SAN CAYETANO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN CAYETANO
COFUNDADOR DE LOS CLÉRIGOS REGULARES TEATINOS
(1480-1547)

 

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En Vicenza, ciudad de la República de Venecia, vivían pacífica y cristianamente, a fines del siglo XV, el conde Gaspar de Tiene y su esposa María de Porto. Gaspar había heredado cuantiosas riquezas y un nombre ilustrado por virreyes, teólogos y guerreros, María descendía también de noble linaje, realzado por sus relevantes virtudes.

Antes del nacimiento de Cayetano —segundo de sus hijos—, María, prevenida por una voz celestial, abandonó su rico palacio y se retiró a una humilde casa de su propiedad, pues no convenía que el futuro apóstol de la pobreza evangélica naciese en la opulencia y el regalo. En las aguas bautismales recibió el nombre de Cayetano, en memoria de un ilustre tío suyo, canónigo y profesor de la Universidad de Padua, y el de María, por ser consagrado a tan tierna Madre desde su nacimiento.

Este niño debía ser, andando el tiempo, soldado de Cristo, antorcha que iluminaría al mundo con sus virtudes, padre amante de los pobres y broche de oro que debía cerrar la cadena gloriosa de sus antepasados.

Cayetano sintió desde sus primeros años gran predilección por los desheredados de la fortuna. Su corazón tierno y bondadoso correspondía a las finezas de la gracia, derramaba abundantes lágrimas a vista de las miserias humanas; todos los pobres conocían y cariñosamente llamaban «su amiguito», al que más tarde llamarían «su padre». Con generosidad infantil, prodigábales toda clase de atenciones y cuidados, repartíales los dinerillos que sus padres le entregaban a título de recompensa; y cuando éstos se le agotaban ponía en juego su santa habilidad para reponer aquel pequeño tesoro que tantas alegrías significaba para los pobres. Cuando no lograba reunir sus dinerillos, pedía limosna «por amor de Dios» a cuantos parientes y conocidos había a mano.

ESTUDIANTE

La vida modesta de Cayetano explica la penumbra que envuelve todos sus actos, y nos impide conocer los pormenores de su vida. Dos años tenía cuando murió su padre, su virtuosa madre quedó sola al cuidado de los tres hijos Bautista, el mayor, Cayetano y un recién nacido. Cayetano estudió humanidades en su pueblo natal, y terminó doctorándose en derecho civil y canónico en la Universidad de Padua. Vuelto a Vicenza, se inscribió en el Colegio de Abogados de dicha ciudad.

A medida que ensanchaba el cauce de sus conocimientos crecía también su celo por la santificación de las almas. Los habitantes de Rampazzo, pueblo enclavado en una de su posesiones, se veían privados de la Santa Misa por carecer de iglesia. El joven abogado, que posponía los bienes materiales a los espirituales, se concertó con su hermano Bautista, y ambos construyeron en aquel lugar una iglesia bajo la advocación de Santa María Magdalena, y destinaron 60 ducados al sostenimiento del culto y clero de aquel pueblo.

La Ciudad Eterna, centro y foco del catolicismo, le atraía de modo irresistible; por el deseo de imbuirse en el espíritu eclesiástico, y de perfeccionarse más en él, empredió un viaje a Roma, con determinada resolución de hacer en aquella ciudad una vida retirada y escondida, y de emplearse únicamente en los más bajos ejercicios de humildad. Pero no le valió; porque su insigne virtud y grande reputación le descubrieron luego, dándole a conocer por lo que era. Quiso verle el papa Julio II, y, reconociendo en él señales muy visibles de un extraordinario mérito y de una eminente santidad, que algún día podían ser muy útiles al bien de la santa Iglesia, le mandó que se quedase en la corte. No era este precepto acomodado a la inclinación de Cayetano, que suspiraba por la soledad; pero le fue preciso obedecer. El Papa le dio un oficio de protonotario participante. La amistad con el Pontífice le brindó la ocasión de ultimar las condiciones de paz entre el Papa y la República de Venecia, su patria.

Cierto número de prelados distinguidos del séquito pontifical, entre ellos Jacobo Sadoleto, secretario particular de León X, y Juan Pedro Caraffa, que fue más tarde Paulo IV, y nuestro Cayetano, mostraron al mundo, con su ejemplo, que la fe y las obras no habían muerto en la Roma

del Renacimiento, presentada entonces por Lutero como centro de todos los vicios. En respuesta a tan absurdas como mal intencionadas afirmaciones, sesenta prelados de la corte pontificia se agruparon en 1516 y fundaron la cofradía del «Divino Amor», que fue aprobada por León X.

La práctica constante de los ejercicios de piedad despertó en Cayetano gran inclinación hacia el sacerdocio, inclinación que se vio muy favorecida. Por indulto especial de León X, recibió la dignidad sacerdotal en cuatro días: el 27 de septiembre del año 1516 le confirieron los órdenes menores, el 28 el subdiaconado, el 29 el diaconado, el 30 el sacerdocio.

Desde esta fecha caminó velozmente por el sendero de la perfección, su piedad acendrada, según testigos fidedignos, no tuvo rival. Comúnmente se decía: Cayetano es un serafín en el altar, y en el pulpito, un apóstol. «Cuando se ama a Dios —repetía con frecuencia— todo es fácil».

Su íntima unión con el Señor llegaba hasta la familiaridad. Hallábase cierta noche de Navidad (1517) orando en Santa María la Mayor, ante las reliquias de la Cuna del Niño Jesús, cuando Nuestro Señor se le apareció en forma de niño. Con la venia de la Santísima Virgen, tomóle en sus brazos, y, con el corazón fundido de amor no se hartaba de mirarle y acariciarle. Desde entonces la fiesta de Navidad tuvo para él encantos indescriptibles, hacía pequeños belenes que adornaba con gran primor y predicaba los misterios de Navidad con tanta unción que arrancaba lágrimas a su auditorio.

EN VICENZA

OBRAS SOCIALES OBRERAS.

LOS NOBLES VENECIANOS

Nuestro Santo hubo de salir precipitadamente de Roma, para asistir a su madre, que había caído gravemente enferma. Llegado a Vicenza, tuvo aún el consuelo de recoger sus últimos consejos y enjugar sus postreras lágrimas. Murió la virtuosa condesa el 14 de agosto de 1518.

A partir de esta fecha, la caridad de Cayetano no tuvo límites. Inscribióse en la cofradía de San Jerónimo. Esta corporación obrera iba decayendo de su primitivo fervor; pero así que ingresó en ella, supo nuestro Santo de tal modo inflamar en el amor divino los corazones de los asociados, que en muy poco tiempo fueron restablecidas y aun aumentadas las prácticas de piedad que en ella habían ido cayendo en lamentable desuso. Cayetano soportó una lluvia de burlas y desprecios, incluso de sus familiares que veían con desagrado cómo se ponía al nivel de los obreros y artesanos. Mas él, inspirado de lo alto, prosiguió su labor apostólica en pro de la clase humilde; los opimos frutos recogidos trocaron el parecer de los mismos enemigos, que se convirtieron en sus más fervientes admiradores.

Inculcó en los corazones de los obreros los dos grandes amores: el amor a Dios oculto en el Sagrario, y el amor al prójimo que era víctima del sufrimiento en el lecho del dolor. Consiguió establecer la comunión frecuente entre los afiliados a la cofradía; él mismo los acompañaba al hospital y les enseñaba a curar y asistir a los enfermos. Más tarde fundó un hospital para los incurables. La fama de su caridad corrió como reguero de pólvora hasta los confines de Italia; Verana recibió su bienhechora influencia durante todo el año 1519; en Venecia, por mandato de su director espiritual, que era dominico, reorganizó el hospital Nuevo con tanta abnegación y acierto que, en 1526, los administradores le concedieron el honroso título de «protector y conservador» de la casa, y después de su muerte colocaron su efigie sobre la puerta principal con una inscripción conmemorativa. Los ejemplos del «señor conde Cayetano» tuvieron eco en los nobles de Vicenza y de Venecia: muchos aprendieron de él a curar las heridas, a preparar medicamentos y a barrer las salas del hospital. Fue aquel un eficaz apostolado de caridad cristiana.

FUNDACIÓN DE LOS TEATINOS

Una mañana del año 1523, Cayetano, a la voz de su director espiritual, emprendía el camino de Roma sin más riquezas que una sotana remendada, un báculo y el breviario. Sintió inmensa alegría al volver a su querida Congregación del Divino Amor. Por esta fecha concibió la idea de reformar las costumbres del clero, para lo cual pensaba fundar una nueva Orden de Clérigos regulares cuyos miembros contrarrestasen, por la ejemplaridad de su vida, los graves escándalos de los eclesiásticos relajados.

Compartían la misma idea eminentes personajes: Bonifacio de Cola, hábil y virtuoso abogado; el ya citado Juan Pedro Caraffa, obispo de Teati, y Pablo Consiglieri, hombre de alta alcurnia y de vida angelical.

Después de maduro examen fijaron el reglamento de la nueva Orden y sometiéronlo al beneplácito del Papa. Clemente VII acogió con benevolencia tan loables propósitos, alentó a los fundadores en su empresa y, por un breve del 24 de junio de 1524, reconoció y colmó a la naciente Orden de singulares privilegios. Manifestó al mismo tiempo el deseo de que Juan Pedro Caraffa conservase el título de obispo de Teati, en latín Theatinus: de donde el nombre de «Teatinos» que se dio a la nueva institución. Caraffa fue nombrado primer Superior general.

Cayetano hubiera deseado que sus religiosos abrazasen la pobreza absoluta, hasta el punto de no poder mendigar, pues repetía a menudo «El que alimenta a los pajarillos, que no siembran ni recogen, el que viste primorosamente a los lirios, no dejará perecer a ninguno de los suyos por falta de alimento y vestido». Causas ajenas a su voluntad le impidieron llevar a efecto sus propósitos. Con todo, practicaban la mayor pobreza, de tal suerte que pronto fue popular aquella famosa expresión: «vivir como un teatino».

CONQUISTA Y SAQUEO DE ROMA

Desde la fundación, dedicáronse los religiosos al cuidado de los enfermos y a la asistencia espiritual de los ajusticiados. Estableciéronse primero en el Campe de Marte y después en el Monte Pincio. El 6 de mayo de 1527, el condestable de Borbón, con un ejército de treinta mil soldados, abigarrada mezcla de luteranos y asalariados, puso sitio a la Ciudad Eterna. El intrépido jefe, cuya bravura era digna de mejor causa, dirigió personalmente el asedio; durante el combate fue herido de muerte.

Con todo, Roma, indefensa y cansada de resistir, cayó en poder de los sitiadores. Los luteranos, acuciados por su odio al catolicismo, y la advenediza soldadesca, ávida de destrucción y sedienta de sangre y de dinero, se entregaron a toda clase de desmanes. Dos meses estuvo Roma a merced de la chusma que no respetó lugares ni personas.

Cayetano y sus compañeros se desvivieron para llevar por doquier el bálsamo de la religión y los consuelos de la caridad cristiana» Por su intercesión evitaron gravísimos males que amenazaban destruirlo todo; con la palabra y el ejemplo trabajaron denodadamente en la conversión de los mismos enemigos. El espíritu del mal, envidioso del bien que hacían Cayetano y los suyos, no tardó en dirigir sus tiros contra ellos. Un antiguo criado de la casa de Tiene, que capitaneaba un grupo de soldados, reconocióle mientras iba prodigando los socorros a los desgraciados. Creyendo que su antiguo amo se había disfrazado de pordiosero para ocultar su noble linaje y sus grandes riquezas, mandóle apresar y le sometió a un severo interrogatorio. El siervo de Dios soportó tamaña insolencia con gran alegría y entereza de ánimo, sin parar mientes en la injusticia.

Burlados en su codicia de riquezas, saciaron sus perversos instintos de venganza saqueando al día siguiente el convento y atormentando inhumanamente a sus moradores, a quienes hallaron postrados al pie del altar. No contentos con esto, condujeron a los religiosos a una torre sita en el Vaticano y allí, encerrados, los abandonaron. Un oficial español que a los pocos días pasó por aquel lugar, oyó suaves melodías que salían de la torre. Enterado de lo ocurrido y conmovido por la piedad y devoción de los religiosos, ordenó que los libertasen al momento.

Llegados al Tíber, buscaron una embarcación para ponerse a salvo; un desconocido se ofreció espontánea y generosamente para conducirlos a su destino. Un capitán romano los detuvo durante la huida, mas el temor de los primeros momentos trocóseles en gozo, pues aquel hombre, lejos de molestarlos en lo más mínimo, prodigóles toda clase de atenciones.

FUNDACIÓN EN NÁPOLES

Conducidos por la Divina Providencia, llegaron los fugitivos al puerto de Ostia. Encontraron allí al embajador de la República de Venecia, quien se brindó a reintegrarlos a su patria. En Venecia, los nobles y el pueblo, que recordaban los beneficios de Cayetano, los recibieron triunfalmente.

Cayetano visitó primeramente su inolvidable hospital y lo amplió construyendo, junto a él, un convento. La peste que desoló aquel año la ciudad, le ofreció magnífica ocasión de desplegar su celo entre los apestados. San Jerónimo Emiliano se puso por esta época bajo su dirección y recibió alientos para fundar la Orden de los Somascos.

El papa Clemente VII, en bula fechada el 11 de febrero de 1533, ordenaba al entonces superior de la Orden, Caraffa, la fundación en Nápoles de un convento de Teatihos, y fue designado Cayetano para llevarla a efecto. Acompañado del Beato Juan Marinoni, conocido por el «santo de Dios», partió para aquella ciudad. Bajo el sol abrasador de agosto, hicieron la entrada solemne en la ciudad del Vesubio. Toda la nobleza salió al encuentro de los dos humildes religiosos. El conde de Oppido los instaló en el convento e iglesia que les había preparado. Ofrecióles también algunas rentas para atender a las necesidades materiales del convento; mas el Santo, cuya confianza en Dios no tenía límites, se negó a recibirlas diciendo que «la divina Providencia le había procurado en todas partes lo necesario». El conde, con gran donaire, respondió «Considere, Padre, que en Nápoles hay pocas riquezas y mucho lujo, mientras que en Venecia hay poco lujo y muchas riquezas, lo que permite vivir fácilmente. —Con todo —repuso Cayetano—, creo que el Dios bondadoso de Venecia seguirá siendo bondadoso en Nápoles.

Estas palabras no convencieron al generoso donante, que insistió machaconamente en sus buenos propósitos. Nuestro Santo, deseoso de practicar la regla con la más absoluta independencia, abandonó en 1535 la iglesia y el convento legados por el importuno conde, y se acomodó en un local cedido por una noble napolitana, la Beata Lorenza Longa, a corta distancia del hospital de incurables. En esta nueva residencia, llamada la Pequeña Cuna, curó con la señal de la Cruz a un Hermano lego a quien debían amputar una pierna, por haber fracasado los humanos remedios.

Con el aumento de la comunidad, resultó el local insuficiente, por lo que tres años más tarde, el 16 de mayo de 1538, vióse obligado a trasladarse nuevamente. Por mediación del virrey de Nápoles, Pedro de Toledo, estableciéronse en la iglesia de San Pablo, lo que valió a los Teatinos el sobrenombre de «Paulinos» con que también se los llamaba.

Mientras vivió en Nápoles, veló el Santo por la pureza de la ortodoxia católica, luchó contra algunos herejes, cuya solapada influencia minaba los fundamentos de la fe, y prohibió a sus penitentes que se relacionasen con aquellos impostores. Cuando la herejía salió de la vida privada, escribió a Caraffa, elevado ya a la dignidad de cardenal, para que informase al Padre Santo de los progresos de la misma y dictase los medios de atajarla. Él mismo dirigía desde el púlpito severas diatribas contra los herejes.

Los innovadores, para burlar el fallo de la Inquisición, huyeron de Italia. A ruegos de Cayetano, fundóse, en 1542, por mediación del cardenal Caraffa, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, a cuyo cargo estaba el cuidado de velar por la pureza de la fe y las costumbres en todo el pueblo cristiano.

MUERTE Y CULTO DE SAN CAYETANO

En abril del año 1540. Cayetano fue nombrado prepósito del convento de Venecia. Antes de posesionarse de su nuevo cargo, a ruegos del obispo Giberti, amigo suyo, detúvose unos días en Verona. El prelado, hombre generoso, atendía ampliamente al bienestar material de los teatinos.

Cayetano, amante de la pobreza, protestó respetuosa pero enérgicamente contra aquel generoso proceder. «Disminuya, Excelencia, sus larguezas —le dijo humildemente— ; si no, me marcharé inmediatamente a Venecia con mis religiosos. Prefiero perder una casa y todas las cosas de este mundo, antes que violar lo más mínimo la pobreza».

En Venecia, en 1541, quiso el Señor confirmar la santidad de su siervo con dos portentosos milagros que le trajeron gran popularidad. Dos años más tarde volvió a Nápoles nombrado prepósito, pero su salud quebrantada, obligóle a renunciar el cargo al año siguiente. Un grave acontecimiento precipitó el fin de sus días. El virrey, Pedro de Toledo, pretendió establecer en Nápoles el tribunal de la Inquisición, hubo un levantamiento para protestar del intento, pero la sedición fue ahogada en sangre. Las súplicas y la mediación de nuestro Santo resultaron impotentes para alejar la tempestad.

Tantas calamidades le produjeron una fiebre maligna. Quisieron que se acostase en un colchón, pero el Santo se negó a ello. “Mi Salvador —decía— expiró en una cruz; bueno será que a lo menos muera yo sobre la ceniza”. Por espíritu de pobreza y penitencia rehusó la visita de otro médico que era, al parecer, más hábil. «Soy —dijo— un pobre religioso de escaso valor, que no merece ser asistido». Exhortó a sus hijos a que nunca sufriesen la menor relajación en la perfección de su Instituto, y hasta el último momento no cesó de proferir actos de confianza, de amor y de conformidad con la voluntad divina. Por fin, entregó su alma al Creador el 7 de agosto de 1547.

Aquel mismo día los disturbios cesaron en la ciudad de Nápoles. La muchedumbre, libre de zozobras, invadió la iglesia de San Pablo para contemplar, por última vez, al que veneraba ya como a santo y muy insigne protector. Era aquél el primer testimonio público de un culto que después sancionaría la Iglesia.

Sus últimas voluntades fueron respetadas, enterrósele sin ceremonia alguna y su cadáver fue puesto en una fosa común, cerca de la iglesia de San Pablo. El año 1588, al alargar la nave, se ocupó parte del cementerio en que descansaban los preciosos restos, los cuales fueron trasladados a un sepulcro en el interior de la iglesia; allí se construyó una cripta en el año 1625.

El siervo de Dios fue beatificado por Urbano VIII, el 22 de septiembre de 1624, y canonizado por Clemente X el 12 de abril de 1671. La ilimitada confianza que en Dios ponía San Cayetano, le ha merecido el título de Patriarca de la Providencia. Con esta advocación y la de Santo de los Pobres, le ha invocado siempre y le invoca la piedad cristiana.

EL SANTO DE CADA DíA
POR EDELVIVES

 

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