Padre Juan Carlos Ceriani: TRANSFIGURACIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Sermones-Ceriani

TRANSFIGURACIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

En aquel tiempo, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle. Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo. Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

La Santa Iglesia, por medio de su Sagrada Liturgia, nos invita hoy a meditar sobre la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo.

Este episodio de la vida de Nuestro Señor es considerado por los exégetas como el punto culminante de su ministerio público. De hecho, los milagros son más escasos, la predicación es menos frecuente, el trato con sus discípulos es más íntimo, las alusiones a su muerte son frecuentes y los choques con los fariseos son violentísimos.

Siendo, como es, un misterio glorioso, está, sin embargo, saturado del pensamiento de la Pasión. En efecto, inmediatamente antes, predice su Pasión y Muerte; en la fase central, habla con Moisés y Elías sobre la Pasión; al descender del monte, alude nuevamente a su Muerte o salida de este mundo.

¿Cuál es el motivo de tal insistencia? La razón para enfatizar en este punto radica en que Nuestro Señor quería conducir a sus discípulos a la convicción profunda de que el Cristo, el Ungido, es, al mismo tiempo, el Hijo Único de Dios (verdadero Dios) y el Hijo del Hombre (verdadero Hombre).

Una de las dos creencias sin la otra no basta para la salvación. Debemos creer y confesar que Jesucristo es Dios y es Hombre.

Jesucristo quiere confirmar a los Apóstoles en la fe del Verbo Encarnado: como Hombre, debía padecer…; como Dios, había de resucitar…

Con una muestra de su Gloria, quiere prepararlos para que acepten el escándalo de la Pasión.

Todo esto se entiende mejor si consideramos la ocasión y las circunstancias del episodio.

San Mateo nota con exactitud el tiempo: seis días después”, dice. ¿Seis días después de qué? De haber recibido Jesús la confesión de San Pedro de que Él es el Hijo de Dios, y de haber anunciado por vez primera su Pasión y Muerte.

Para confirmar a los Apóstoles en el dogma de su Divinidad y de su Humanidad, Nuestro Señor había preguntado a los discípulos quién decía la gente que era el Hijo del Hombre. Como sabemos, los contemporáneos de Jesucristo pensaban que Jesús era Juan Bautista, o Elías, o Jeremías u otro de los Profetas, es decir, un simple hombre.

“Y vosotros, ¿quién decís que soy?”, preguntó a los Apóstoles. Y aquí vino la confesión de San Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

Declaración rotunda de la filiación divina de Jesús… Confesión pública de la gloria de su divinidad…

Ahora bien, la fe del Apóstol, que había sido elevada hasta la gloria de la divinidad, no debía juzgar inconveniente ni indigno del Dios impasible la adopción de nuestra debilidad; ni pensar que la humanidad sagrada de Jesús no podía ser alcanzada por el suplicio y la muerte.

Por eso, Nuestro Señor, inmediatamente después de la confesión de San Pedro, predice la Pasión…; y, transcurridos seis días, se transfigura para confirmar la fe de sus discípulos.

El hecho mismo de la transfiguración, con todos sus detalles, demuestra lo que llevamos dicho:

“Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve”. Es la irradiación de la majestad divina de Jesús. Su alma santísima gozaba de la visión beatífica, y el efecto connatural es la gloria de su Cuerpo; gloria que deja traslucir en ese momento.

La transfiguración hubiese debido ser el estado habitual de Jesús.

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Lo dicho hasta aquí nos lleva a explicitar algunas verdades muy importantes sobre el misterio del Verbo Encarnado.

El misterio de la Encarnación corresponde a la expresión utilizada por San Juan: El Verbo se hizo carne, y consiste en la unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana en la Persona del Verbo, segunda Persona de la Santísima Trinidad; y por lo tanto no hay en Cristo más que una sola Persona, no humana, sino divina.

Fue en el Concilio de Éfeso, celebrado el año 431 bajo el pontificado de San Celestino I, donde se condenó en bloque la doctrina de Nestorio y se proclamó la Persona única y divina de Cristo bajo las dos naturalezas, y, por consiguiente, la maternidad divina de María.

He aquí el texto principal de la carta segunda de San Cirilo a Nestorio, que fue leída y aprobada en la sesión Iª del concilio de Éfeso:

No decimos que la naturaleza del Verbo, transformada, se hizo carne; ni tampoco que se transmutó en el hombre entero, compuesto de alma y cuerpo; afirmamos, más bien, que el Verbo, habiendo unido consigo, según hipóstasis o persona, la carne animada de alma racional, se hizo hombre de modo inefable e incomprensible y fue llamado Hijo del hombre, no por sola voluntad o por la sola asunción de la persona. Y aunque las naturalezas sean diversas, juntándose en verdadera unión, hicieron un solo Cristo e Hijo; no porque la diferencia de naturalezas fuese suprimida por la unión, sino porque la divinidad y la humanidad, por misteriosa e inefable unión en una sola persona, constituyeron un solo Jesucristo e Hijo. Porque no nació primeramente un hombre cualquiera de la Virgen Santísima, sobre el cual descendiera después el Verbo, sino que, unido a la carne en el mismo seno materno, se dice engendrado según la carne, en cuanto que vindicó para sí como propia la generación de su carne… Por eso los Santos Padres no dudaron en llamar Madre de Dios a la Santísima Virgen.

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¿De qué modo se realizó la unión de las dos naturalezas, divina y humana, en la Persona única y divina del Verbo?

La unión del Verbo divino con la naturaleza humana de Cristo no se realizó fundiéndose las dos naturalezas en una sola, sino que, después de la unión, las dos naturalezas permanecieron perfectamente íntegras e inconfusas.

Esta doctrina católica es un dogma de fe.

Contra esta doctrina católica se alzó el llamado monofisismo, que tuvo por principal inspirador a Eutiques (+ después del año 454), archimandrita o abad de su monasterio de Constantinopla, quien, reaccionando exageradamente contra la herejía de Nestorio —que afirmaba la existencia de dos personas en Cristo—, cayó en el extremo contrario al afirmar la fusión de la naturaleza humana con la divina y, por lo mismo, la existencia de una sola naturaleza en Cristo: para él, la naturaleza humana de Cristo se diluyó en la divina, y, por lo mismo, después de la unión las dos naturalezas quedaron convertidas en una sola, la divina.

Entre las diversas ramificaciones del monofisismo, algunos afirmaban que de la unión de las dos naturalezas en Cristo resultó una nueva y tercera naturaleza mixta, que abarcaba en sí la divina y la humana. Otros decían que la divinidad y la humanidad de Cristo, sin cambiar en sí mismas, formaban una sola naturaleza compuesta.

La Santa Iglesia ha definido expresamente el dogma en diversas ocasiones, principalmente en el concilio de Calcedonia, celebrado el año 451 contra Eutiques, bajo el pontificado del gran San León Magno. He aquí el texto de la declaración dogmática:

Siguiendo, pues, a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, perfecto en la divinidad y perfecto en la humanidad, verdaderamente Dios y verdaderamente hombre con alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros menos en el pecado; engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y mismo Cristo, Hijo, Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación; en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis; no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y mismo Hijo unigénito, Dios Verbo, Señor Jesucristo, como de antiguo acerca de Él nos enseñaron los profetas, y el mismo Jesucristo, y nos lo ha transmitido el Símbolo de los Padres.

Pío XII explicó ampliamente esta doctrina en su Encíclica Sempiternus Rex, publicada con motivo del decimoquinto centenario del concilio de Calcedonia.

El monofisismo, no sólo es una herejía, sino que es metafísicamente imposible, porque ataca la idea misma de Dios, su infinitud y su inmutabilidad.

Una naturaleza finita puede recibir su subsistencia de una persona infinita; pero no puede jamás confundirse en una sola cosa con la naturaleza divina. Si lo infinito ha de seguir siendo infinito, no puede jamás disolverse en lo infinito o confundirse con él.

Si la divinidad en Cristo fuese el principio formal, la forma substancial, de la humanidad de Jesús, la humanidad no habría seguido siendo ya pura humanidad, sino deihumanidad, otra naturaleza específicamente nueva. Pero también esta teoría es metafísicamente imposible, porque Dios, ser infinito, no puede jamás ser forma substancial de una naturaleza finita.

Lo infinito sobrepasa las fronteras de lo finito. De ahí la imposibilidad de que la divinidad forme con la humanidad una tercera naturaleza, ya que con ello se negaría la diferencia entre lo infinito y lo finito. Ambos componentes de la nueva naturaleza mixta habrían de pertenecer a la nueva categoría del ser, y, por tanto, o lo infinito tendría que hacerse finito, o lo finito se transformaría en infinito.

El Símbolo llamado de San Atanasio o Quicumque dice así:

Es necesario para conseguir la salud eterna creer fielmente en la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo.

Es, pues, la verdadera Fe que creamos y confesemos que Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre; Dios, engendrado de la sustancia del Padre antes de todos los siglos; y Hombre, nacido en el mundo de la sustancia de su madre.

Dios perfecto, y Hombre perfecto; subsistente de alma racional y de carne humana.

Igual al Padre según su Deidad; e inferior al Padre según su humanidad.

El cual, aunque sea Dios y Hombre, con todo no es dos, sino un Cristo.

Uno, no por conversión de la divinidad en carne, sino por asunción de la humanidad en Dios.

Uno totalmente, no por confusión de la sustancia, sino por unidad de la persona.

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En Jesucristo, no sólo hay dos naturalezas, sino que también hay dos voluntades perfectamente distintas, la divina y la humana.

Lo negaron principalmente los monotelitas, que ponían en Cristo una sola voluntad y una sola operación.

Antes que ellos negaron también la doble voluntad de Cristo —incompatible con su herejía— los monofisitas, que, como hemos dicho, no admitían en Cristo más que una sola naturaleza.

El Concilio III de Constantinopla (años 680-681), definió contra los monotelitas:

Y predicamos igualmente en Él dos voluntades naturales o quereres y dos operaciones naturales, sin división, sin conmutación, sin separación, sin confusión, según la enseñanza de los Santos Padres; y dos voluntades, no contrarias —¡Dios nos libre!—, como dijeron los impíos herejes, sino que su voluntad humana sigue a su voluntad divina y omnipotente, sin oponérsele ni combatirla, antes bien, enteramente sometida a ella. Era, en efecto, menester que la voluntad de la carne se moviera, pero tenía que estar sujeta a la voluntad divina del mismo, según el sapientísimo Atanasio. Porque a la manera que su carne se dice y es carne de Dios Verbo, así la voluntad natural de su carne se dice y es propia de Dios Verbo, como Él mismo dice: Porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre, que me ha enviado, llamando suya la voluntad de la carne, puesto que la carne fue también suya. Porque a la manera que su carne animada santísima e inmaculada, no por estar divinizada quedó suprimida, sino que permaneció en su propio término y razón, así tampoco su voluntad quedó suprimida por estar divinizada, como dice Gregorio el Teólogo: “Porque el querer de Él, del Salvador decimos, no es contrario a Dios, como quiera que todo Él está divinizado”.

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Relacionada con el tema de la doble voluntad de Cristo se encuentra la cuestión de la doble operación: una para cada naturaleza, íntimamente unidas en la Persona única del Verbo.

Esta cuestión fue oscurecida por las herejías cristológicas de los primeros siglos (nestorianismo, monofisismo y, sobre todo, monotelismo), que obligaron a la Iglesia a intervenir enérgicamente, condenando los errores y proclamando la verdadera doctrina católica.

En Cristo hay que distinguir, pues, dos operaciones, la divina y la humana.

Esta es una sentencia de Fe, expresamente definida.

Lo negaron los monotelitas (consecuencia de su error = una sola voluntad) y los monoergetas (que sostienen una sola energía u operación). Sus errores fueron condenados por la Iglesia.

En la Sagrada Escritura se atribuyen a Jesucristo, sea operaciones que sólo pueden convenirle por razón de su naturaleza divina (como tener la misma operación con el Padre, lo. 5, 19); sea otras que solamente le convienen en virtud de su naturaleza humana (como nacer, hablar, llorar, tener hambre, sufrir, morir).

Esto prueba la doble operación de Cristo.

El Magisterio de la Iglesia lo definió expresamente en el concilio III de Constantinopla (año 680-681):

Glorificamos también dos operaciones naturales sin división, sin conmutación, sin separación, sin confusión, en el mismo Señor nuestro Jesucristo, nuestro verdadero Dios, esto es, una operación divina y otra operación humana, según con toda claridad dice el predicador divino León: “Obra, en efecto, una y otra forma con comunicación de la otra lo que es propio de ella: es decir, que el Verbo obra lo que pertenece al Verbo y la carne ejecuta lo que toca a la carne”. Porque no vamos ciertamente a admitir una misma operación natural de Dios y de la criatura, para no levantar lo creado hasta la divina sustancia ni rebajar tampoco la excelencia de la divina naturaleza al puesto que conviene a las criaturas. Porque de uno solo y mismo reconocemos que son tanto los milagros como los sufrimientos, según lo uno y lo otro de las naturalezas de que consta y en las que tiene el ser, como dijo el admirable Cirilo. Guardando desde luego la inconfusión y la indivisión, con breve palabra lo anunciamos todo: Creyendo que es uno de la santa Trinidad, aun después de la encarnación, nuestro Señor Jesucristo nuestro verdadero Dios, decimos que sus dos naturalezas resplandecen en su única hipóstasis, en la que mostró tanto sus milagros como sus padecimientos, durante toda su vida redentora, no en apariencia, sino realmente; puesto que en una sola hipóstasis se reconoce la natural diferencia por querer y obrar con comunicación de la otra, cada naturaleza lo suyo propio; y según esta razón, glorificamos también dos voluntades y operaciones naturales que mutuamente concurren para la salvación del género humano.

Esta doctrina es una consecuencia necesaria de la existencia en Jesucristo de dos naturalezas íntegras y perfectas.

A la naturaleza divina corresponde una operación divina, y a la naturaleza humana corresponde una operación humana.

De lo contrario —como explica Santo Tomás—, habría que decir, o que la naturaleza humana no tenía en Él su propio ser y operación (de donde sería imperfecta, contra lo que enseña la fe), o que la operación divina y la humana se habían fundido en una sola (herejía monofisita).

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En Cristo hay también operaciones teándricas, o sea, propias del Dios-Hombre; pero no constituyen una tercera especie de operaciones naturales, sino una mera combinación de la divina y humana.

Esta es una sentencia completamente cierta en teología.

Aunque esa expresión, teándrica, se presta fácilmente a una interpretación monofisita —como si en Jesucristo no hubiera más que una sola operación—, puede tener un sentido verdadero, que ha sido admitido por la enseñanza católica.

Según este sentido ortodoxo, se llama operación teándrica de Jesucristo aquella en que la operación divina se sirve de la operación natural humana como de instrumento para producir efectos que trascienden la propia virtud de la naturaleza humana; por ejemplo, la gracia, los milagros, etc.

No constituye, por lo tanto, una tercera operación natural —que correspondería a una tercera naturaleza de Jesucristo distinta de la divina y de la humana—, sino que es una operación a la que concurren las dos naturalezas, haciendo la divina de causa principal y la humana de causa instrumental.

Que éste y no otro es el verdadero sentido ortodoxo de las operaciones teándricas o divino-humanas de Jesucristo, consta expresamente por la declaración de San Martín I contra los monotelitas:

Si alguno toma neciamente, como los malvados herejes, la operación divino-humana del Hombre-Dios que los griegos llaman teándrica como una sola operación, y no confiesa, según los Santos Padres, que es doble, es decir, divina y humana; o también que la palabra teándrica es designativa de la única operación del Hombre-Dios y no demostrativa de la admirable y gloriosa unión en Jesucristo de las dos operaciones, sea condenado.

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Todo esto lo resume magníficamente Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, IIIª Parte, q. 19, a. 1:

¿Hay en Cristo una sola operación divina y humana?

Respondo: (…)

La acción de todo ser movido por otro es doble: una, la que procede de su propia forma; otra, la que recibe del que lo mueve.

Y por tanto, siempre que el motor y el móvil tienen formas o fuerzas operativas distintas, es necesario que la operación propia del motor sea distinta de la operación propia del móvil, por más que el móvil participe de la operación del motor, y así ambos actúen intercomunicados.

Así pues, en Cristo, la naturaleza humana tiene una forma y una virtud operativa propias, y lo mismo sucede con la naturaleza divina.

De ahí que, también, la naturaleza humana tenga una operación propia distinta de la operación divina, y viceversa.

Y, sin embargo, la naturaleza divina se sirve de la operación de la naturaleza humana como de la operación de un instrumento suyo; y, del mismo modo, la naturaleza humana participa de la operación de la naturaleza divina, lo mismo que el instrumento participa de la operación del agente principal.

Y esto es lo que dice el Papa León en su carta Ad Flavianum: Una y otra forma, esto es, tanto la naturaleza divina como la naturaleza humana de Cristo, realiza lo que le es propio, con la participación de la otra, a saber: el Verbo hace lo que es del Verbo, y la carne ejecuta lo que es de la carne.

En caso de que en Cristo la operación de la divinidad y la de la humanidad fuese una sola, habría que decir:

* o que la naturaleza humana no tiene la forma y la potencia propias (cosa que es imposible afirmar de su naturaleza divina), de lo que se seguiría que en Cristo solamente existiría la operación divina;

* o que en Cristo sólo hay una potencia compuesta de la divina y de la humana.

Ambos supuestos son inadmisibles, pues, en el primer caso, resultaría que la naturaleza humana de Cristo era imperfecta; y, en el segundo, pondríamos en Él una confusión de naturalezas.

Y por eso el VI Concilio condena con razón este parecer, declarando: Celebramos en el mismo Señor Jesucristo, verdadero Dios nuestro, dos operaciones naturales indivisas, inconvertibles, sin confusión, inseparables, esto es, la operación divina y la operación humana.

1ª Objeción: Dice Dionisio en el c. 2 De Div. Nom.: “La acción misericordiosa de Dios sobre nosotros se distingue porque, como nosotros, y a partir de nosotros, el Verbo, superior a cualquier sustancia, se humanó íntegra y verdaderamente, y obró y sufrió todo lo que convenía a su operación humana y divina”.

En el texto citado sólo menciona una operación humana y divina a la vez, llamada en griego teándrica, es decir, divino-humana.

Parece, por tanto, que en Cristo existe una sola operación compuesta.

Respuesta: Dionisio pone en Cristo una operación teándrica, esto es, divino-viril, o divino-humana, no en virtud de una confusión de operaciones o potencias de ambas naturalezas, sino porque su operación divina se sirve de su operación humana, y ésta participa del poder de su operación divina.

Por lo que, como escribe él mismo en una carta: [Cristo] realizaba de modo sobrehumano las cosas que son propias del hombre, como lo demuestra la Virgen al concebir sobrenaturalmente, y el agua sosteniendo el peso de los pies terrenos que la hollaban.

Es evidente, en efecto, que el ser concebido es algo propio de la naturaleza humana, lo mismo que lo es el caminar; pero ambas cosas se dieron en Cristo de modo sobrenatural. Y, de igual modo, [Cristo] realizaba humanamente las cosas divinas, como cuando curó al leproso tocándolo.

Por eso añade en la misma carta: Pero, una vez que Dios se hizo hombre, actuaba con una operación nueva divina y humana.

Que distinguía en Cristo dos operaciones, una propia de la naturaleza divina y otra propia de la humana, es evidente por lo que dice en el c.2 del De Div. Nom., al afirmar que el Padre y el Espíritu Santo no participan en modo alguno de las cosas atinentes a su operación humana, a no ser que nos fijemos en su voluntad benignísima y misericordiosa, esto es, en cuanto que el Padre y el Espíritu Santo, por su misericordia, quisieron que Cristo obrase y padeciese lo que pertenece a la naturaleza humana.

Pero añade: Hecho hombre, también realizó toda obra divina, sublime e inefable porque, inconmutable, seguía siendo Dios y Verbo de Dios.

Así pues, resulta claro que una es su operación humana, de la que el Padre y el Espíritu Santo no participan, a no ser bajo el aspecto de la aceptación de su misericordia; y otra es su operación en cuanto Verbo de Dios, de la que participan el Padre y el Espíritu Santo.

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Por todo esto, así como Nuestro Señor, mediante el misterio de su Transfiguración, quiso conducir a sus discípulos a la convicción profunda de que el Cristo, el Ungido, es, al mismo tiempo, el Hijo Único de Dios (Dios verdadero) y el Hijo del Hombre (verdadero Hombre), porque una de las dos confesiones sin la otra no basta para la salvación, así también nosotros debemos creer y confesar que:

* El Hijo de Dios se hizo hombre, sin dejar de ser Dios.

* El Hijo de Dios encarnado, esto es, Jesucristo, es Dios y hombre juntamente, perfecto Dios y perfecto hombre.

* En el Hijo de Dios hecho hombre no hay más que una Persona, y ésta es la divina.

* En Jesucristo, que es Dios y hombre, hay dos naturalezas: la divina y la humana.

* En Jesucristo hay dos voluntades: la una divina y la otra humana.

* En Jesucristo hay que distinguir dos operaciones naturales: la divina y la humana.

Finalmente, hemos de sostener que en Jesucristo hay también operaciones teándricas, o sea, propias del Dios-hombre; pero que no constituyen una tercera especie de operaciones naturales, sino una mera combinación de la divina y humana.

… y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.