HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Tercera entrega

 

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Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Además del arrianismo, que fue la herejía por antonomasia de este período, aparecieron en el seno de la Iglesia otras varias herejías, que dieron ocasión para que se determinara el dogma en una forma clara y definitiva. En las luchas contra las mismas apareció una vez más la fuerza interior del cristianismo, que, asistido por el Espíritu Santo, salió siempre victorioso contra toda clase de adversarios.

EL MACEDONIANISMO O HEREJÍA CONTRA EL ESPÍRITU SANTO

Tanto Arrio como la mayor parte de los arrianos, hasta mediados del siglo IV se circunscribieron en su polémica a las cuestiones sobre el Verbo. Pero, evidentemente, si negaban la consubstancialidad del Hijo con el Padre, en buena lógica debían defender lo mismo respecto del Espíritu Santo. Pero, de hecho, no hablaban de este asunto. Toda su atención se concentraba en el Hijo. Del mismo modo, sus primeros impugnadores, incluso los primeros Concilios, se fijaron únicamente en el Verbo y proclamaron la doctrina católica que a Él se refiere. No expresaban nada en particular sobre el Espíritu Santo.

Primeros impugnadores

Macedonio

Sin embargo, como de la doctrina arriana se seguía necesariamente la negación de la divinidad del Espíritu Santo, a mediados del siglo IV comenzaron a proponerlo algunos, tanto anhomeos como semiarrianos. Por esto, al tener noticias de ello San Atanasio, compuso el año 358 un tratado en el que defendía la doctrina ortodoxa sobre esta materia fundamental en la Trinidad. En este tratado designa a los adversarios con el nombre la πveμatόμaχoi, guerreadores contra el Espíritu Santo.

A la cabeza de este nuevo tipo de herejía apareció bien pronto Macedonio, patriarca de Constantinopla. Cuando el año 360 fue arrojado de la capital por los rígidos arrianos, dio una forma definitiva a su doctrina, a la que se adhirieron muchos semiarrianos. Por una parte admitía Macedonio una semejanza completa del Hijo con el Padre, que equivalía a verdadera igualdad, al modo de muchos semiarrianos; mas por otra declaraba a la tercera Persona criatura de Dios, ministro especial y supereminente de todas las gracias, superior a todos los ángeles, pero subordinado al Padre.

El sínodo de Alejandría, convocado en 362 por San Atanasio para allanar diferencias entre los semiarrianos y atraerlos a la verdadera fe de Nicea, fue el primero que lanzó oficialmente el anatema contra esta doctrina, y un año más tarde la condenaba de nuevo el mismo Atanasio en un escrito dirigido al nuevo emperador Joviano.

Intensificación de la lucha

Durante el reinado de Juliano el Apóstata celebraron los macedonianos, como se comenzó a llamar a los nuevos herejes, un sínodo en Zele del Ponto, en el cual propusieron claramente su doctrina, por la que se separaban tanto de los católicos como de los arrianos rígidos. Al morir, pues, Macedonio el año 362, la secta tenía ya suficiente consistencia, y sus partidarios continuaron defendiéndola bajo la dirección de Maratonio de Nicomedia. Así se explica que durante los años siguientes, en vez de amenguar, más bien se intensificara la lucha. Entre los defensores de la ortodoxia, además de San Atanasio, que luchó contra ella hasta su muerte, se distinguieron los dos Gregorios, Nacianceno y Niseno, San Ambrosio y San Hilario de Poitiers.

Naturalmente, llegó también a Roma la noticia del nuevo error, que se propagaba, sobre todo, en Oriente. Consta que, en términos generales y expresos, fue anatematizada la herejía contra el Espíritu Santo en varios sínodos de Roma; pero de un modo particular fue condenada en el que se celebró en el año 380 por San Dámaso, donde se publicaron los célebres Anatematismos de San Dámaso.

Pero la condenación más solemne y definitiva de esta falsa doctrina tuvo lugar en el segundo Concilio ecuménico, primero de Constantinopla, celebrado en 381.

EL APOLINARISMO. PRINCIPIO DE LAS HEREJÍAS CRISTOLÓGICAS

Tanto el arrianismo como el macedonianismo son herejías llamadas trinitarias, pues negando la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo, destruyen la Trinidad. Pero en este mismo tiempo se inició otro grupo de errores, los más persistentes y dañinos a la Iglesia: son las herejías cristológicas, que, como indica la misma palabra, se refieren a Cristo, al Hombre-Dios, y tienen de común la falsa explicación de la unión entre las dos naturalezas, divina y humana, en Cristo.

Origen y significación de esta herejía

El origen de estas luchas cristológicas, y en particular del apolinarismo, está íntimamente relacionado con el arrianismo. El punto céntrico en ambos errores era la Persona de Cristo. Los arrianos la consideraban en relación con la Trinidad. Apolinar y otros herejes la consideraban en sí misma, es decir, en el modo de unión de las dos naturalezas, divina y humana. Pero la relación entre estos dos grupos de herejías no consiste únicamente en tener el mismo punto céntrico, que es la Persona de Cristo, sino en el modo como se iniciaron las herejías cristológicas, que fue como reacción y defensa contra el arrianismo.

Esta reacción partió de la escuela antioquena. Efectivamente, como los arrianos negaban la divinidad de Cristo, los antioquenos insistían de un modo particular en ella, y para obviar dificultades distinguían en Cristo dos naturalezas en tal forma que comprometían la unidad personal. Fue lo que dio principio al nestorianismo.

Como esta tendencia era exagerada y peligrosa, se produjo otra reacción, que iba también contra el arrianismo, mas procuraba evitar otros peligros. Defendía que Cristo era realmente Dios y que en Él se hallaba la Persona divina, el Verbo; pero unido a una naturaleza humana incompleta, un cuerpo sin alma. Haciendo el Verbo las veces de alma de dicho cuerpo humano, se explicaban la unidad perfecta del compuesto y la divinidad del Hombre-Dios, Jesucristo.

Defensores e impugnadores

Estas doctrinas se extendieron rápidamente, de modo que ya el sínodo de Alejandría de 362, reunido por San Atanasio, las descubrió y anatematizó. Aunque este sínodo no nombró a ningún defensor de esta herejía, el que en realidad era su propagandista infatigable era Apolinar el Joven, obispo de Laodicea, su patria, gran amigo de San Atanasio y hombre de extraordinaria erudición. Ya su padre se había hecho benemérito de la causa cristiana componiendo en tiempo de Juliano el Apóstata diversas piezas poéticas para uso de los escolares, en sustitución de los autores paganos. Pero tanto Apolinar el Viejo como el Joven se habían distinguido de un modo particular por su actividad frente a los arrianos y otros heterodoxos. Sin embargo, en esto trabajó muy particularmente el hijo, para lo cual, entre otras cosas, compuso una obra notable contra Porfirio y Juliano, De veritate, así como también algunas de carácter exegético. Juntamente había luchado contra los maniqueos y Marcelo de Ancira. Pero lo que constituía como la obsesión de su vida de luchador eran los arrianos. De ahí provenía su amistad con San Atanasio.

Para explicar la divinidad del Verbo, unido con la humanidad, tomó Apolinar la teoría platónica del principio tricotómico. Según este principio, en el compuesto humano hay tres partes: alma intelectual, alma sensitiva y cuerpo material. A Jesucristo, pues, le faltaba el alma intelectual. El Verbo mismo hacía sus veces. Sólo así creía Apolinar que podía defender la divinidad de Cristo, pues partía de estos dos principios fundamentales.

Primero y básico, que dos cosas perfectas y completas no pueden unirse y formar una sola. Por tanto, dos naturalezas completas, como la humana y la divina, no pueden formar un solo supósito personal. Por esto, para no mutilar a la naturaleza divina, mutilaba a la humana.

De ahí procedía el segundo principio básico. Sólo de esta manera se podía defender la impecabilidad e inmutabilidad del Verbo. Pues decía Apolinar que, dondequiera se halla el pneuma humano, el alma intelectual del hombre, necesariamente estaba lo pecaminoso, ingénito en ella. Por tanto, como en Cristo había verdadera impecabilidad, no podía existir esa parte de la naturaleza humana.

Tal era la doctrina de Apolinar, antitética en cierto modo de la escuela antioquena y del nestorianismo y verdadero punto de arranque del monofisitismo y otras herejías subsiguientes.

Después de la condenación de la herejía en el sínodo de Alejandría de 362, como siguiera ganando adeptos en diversas partes, continuaron desenmascarándola San Atanasio y San Basilio, aunque sin nombrar todavía al jefe de la secta. Entonces trató Vitalis, el más fiel discípulo de Apolinar, de atraerse al Papa Dámaso por medio de una profesión de fe equívoca. Pero San Dámaso se informó exactamente, y así, en los sínodos de 374 y 376 de Roma, lanzó el anatema contra la herejía. Una vez descubierta ésta, Apolinar organizó una jerarquía completa, en la que formaban varios obispos.

Concilio de Constantinopla de 381

La guerra se hizo desde entonces cada vez más abierta y tenaz por ambas partes, y San Basilio hizo una apelación formal al Romano Pontífice. Por esto, en un concilio celebrado en Roma el año 377, al que asistía Pedro de Alejandría al lado de San Dámaso, éste condenó abiertamente toda la doctrina de Apolinar. Esta misma sentencia fue repetida en Alejandría el año 378 y en Antioquía en 379.

Mas, como todos deseaban dar a la condenación del apolinarismo la mayor solemnidad y autoridad posible, por esto se pensó en la oportunidad de un concilio ecuménico. Las circunstancias no podían ser más propicias. Ocupaba en Roma la cátedra de Pedro San Dámaso (366-384), quien ya en otras muchas cosas había dado muestras de valor y energía. El Imperio oriental estaba en manos del gran Teodosio I, íntimamente unido con el Papa por tener los mismos ideales de defensa del cristianismo.

Existía entonces otro gran problema dogmático, el macedonianismo, o negación de la divinidad del Espíritu Santo, y como no bastara contra esta herejía el sínodo de Roma del año 380, el Papa Dámaso y el emperador Teodosio I convinieron en la necesidad de celebrar un concilio ecuménico. Su objeto principal era proceder contra ambas herejías, el macedonianismo y el apolinarismo.

Celebróse, en efecto, este Concilio en Constantinopla el año 381, y en él se vio que los macedonianos contaban con una fuerza considerable, pues al lado de 150 obispos ortodoxos se reunieron 36 partidarios suyos No era tan considerable en las altas esferas la fuerza del apolinarismo; pero el peligro era mayor, como se vio más tarde con el predominio alcanzado por el monofisitismo, que de él se derivaba. La presidencia la tuvieron, primero, Melecio de Antioquía, y al morir éste durante el concilio, San Gregorio Nacianceno; pero, habiéndose retirado éste, siguió Nectario hasta el final del sínodo. Muy pronto, ante el predominio de los ortodoxos, marcharon ostensiblemente los macedonianos, por lo cual continuaron las discusiones, no sin vencer gravísimas dificultades. En ellas tomaron parte, además de los ya indicados, Melecio y Gregorio Nacianceno, San Gregorio Niseno y su hermano Pedro de Sebaste, San Cirilo de Jerusalén, Diodoro de Tarso y más tarde una buena representación de Egipto, capitaneada por Timoteo de Alejandría.

De este modo el concilio confirmó solemnemente el símbolo de Nicea y lanzó anatema contra diversas herejías del tiempo, los semiarrianos, sabelianos, etc., y sobre todo contra los macedonianos y apolinaristas.

Como síntesis de sus enseñanzas, proclamó un símbolo, el llamado de San Epifanio, que no es otro que el credo de la misa. Sobre él se han hecho multitud de investigaciones e hipótesis. Lo más probable es que se trata de un símbolo usado en la iglesia de Jerusalén, del que da noticias San Cirilo de Jerusalén, símbolo compuesto a su vez sobre la base del que incluye San Epifanio en su escrito Ancoratus. De ahí que se le denomine símbolo de San Epifanio. En él se repiten primero, con ligeras variantes, los artículos del símbolo de Nicea, y luego se añade lo que se refiere al Espíritu Santo: «Et in Spiritum Sanctum Dominum et vivificantem, qui ex Patre Filioque procedit».

Este Concilio, por muy diversas razones, fue muy discutido; pero desde el siglo VI fue reconocido en Occidente como ecuménico en lo que toca a sus decisiones dogmáticas.

Por lo que se refiere a las herejías condenadas por el concilio, el emperador Teodosio I aplicó con todo rigor sus decisiones. Las reuniones de los macedonianos, apolinaristas y semiarrianos quedaron rigurosamente prohibidas, y sus obispos fueron depuestos. Sin embargo, todavía dieron bastante que hacer a los obispos ortodoxos. Después de la muerte de Apolinar, ocurrida en 390, el partido se dividió en dos partes: una, de los más radicales, fieles a Apolinar, que condujo al monofisitismo; otra, más benigna, que al fin se reconcilió con la Iglesia romana.

Entre las refutaciones del apolinarismo más dignas de tenerse en cuenta, está la de San Epifanio de 377, en su Panarion, en el cual insertaba una profesión de fe donde expresamente se afirmaba que Cristo es hombre perfecto, pues el Verbo se había unido a su naturaleza humana perfecta. Por semejante manera, San Gregorio Nacianceno refutaba en dos epístolas las mismas doctrinas apolinaristas.

Prisciliano y el priscilianismo

El priscilianismo y la causa de Prisciliano, aunque tuvieron su origen y principal desarrollo en España, sin embargo adquirieron luego tal trascendencia y suscitaron tales cuestiones, que alcanzan un carácter de verdadera universalidad para la Iglesia occidental. Por esto han sido muy estudiados últimamente, sobre todo después del reciente descubrimiento de multitud de escritos suyos. En España son dignos de especial mención los trabajos de Antonio López Ferreiro, Menéndez Pelayo, Fidel Fita y, últimamente, del P. García Villada. Entre los últimos del extranjero citamos solamente los de A. d’Alés, especializado en esta materia.

Principio de la secta

El rigorismo novaciano y luciferiano, junto con el gnosticismo y maniqueísmo, produjeron en España una secta de un ascetismo exagerado, que consideraba a sus secuaces como elegidos, puros e inspirados por Dios. Profesaban la pobreza, la continencia, abstinencia de carnes y vida de penitencia, y llegaron a prohibir el matrimonio. Denominábanse mutuamente hermanos y llamaban mucho la atención.

En estas circunstancias juntóseles Prisciliano, nacido el año 345. De natural inquieto, erudito, rico y amigo de figurar, púsose bien pronto al frente del movimiento. Incansable en el trabajo, soñador de grandezas, no falto de habilidad y talento natural, entregóse en cuerpo y alma a la propaganda de la secta, ganóle gran número de adeptos y dióle con su persona mayor consistencia. Los historiadores del tiempo nos presentan a Prisciliano como hombre de un atractivo extraordinario, al que contribuía la misma calidad de la secta con el misterio y fanatismo que la acompañaba. Entre los discípulos que se le juntaron distinguiéronse desde el principio los obispos Instancio y Salviano, quienes se mantuvieron siempre fieles y juraron defenderlo hasta la muerte.

El primero que se dio cuenta del peligro y de la significación del nuevo movimiento fue el obispo Higinio, el cual lo denunció al metropolitano de la Lusitania, Idacio de Mérida. Siguiéronse luego, como es natural, discusiones y exámen de la secta, a lo que respondió Prisciliano con diversas profesiones de fe, que resultaron insuficientes. Por todas estas razones, como el asunto iba tomando cada día más revuelo, se decidió tratarlo a fondo en el concilio de Zaragoza del año 380.

Concilio de Zaragoza (380)

Efectivamente, se celebró este concilio, y, según las noticias de la época, tuvo una importancia considerable. Sin embargo, por lo que se refiere a la causa de Prisciliano, al modo como se discutió y al término final de la discusión, existen noticias contradictorias. Según parece, a pesar de que la finalidad principal del concilio era examinar la causa y la doctrina de Prisciliano, no se presentó ninguno de ellos. Sin embargo, existen sólidos argumentos para asegurar que, examinada su causa, fueron condenados Instando, Salviano y Prisciliano. Mas, por su parte, en la exposición que hizo Prisciliano al año siguiente ante el Romano Pontífice en favor de su causa, afirma que en Zaragoza no se dictó sentencia contra ellos.

Lo que no puede ponerse en duda es que el concilio de Zaragoza de 380 anatematizó muchas prácticas muy en boga entre los priscilianistas, sobre todo las reuniones secretas y ciertos excesos de falsa piedad. El tiro iba dirigido al corazón de la nueva secta, que por lo mismo reaccionó en una forma violenta. Por de pronto quiso obrar con decisión, y así uno de sus primeros actos después de celebrado el concilio, fue que Instancio y Salviano consagraron obispo de Avila a Prisciliano, con el objeto de realzar su doctrina. Con ello se quebrantaron los cánones y la costumbre existente; pero todo eso les preocupaba a ellos muy poco. Con la misma falta de escrúpulos se dieron entonces a consagrar obispos y ordenar presbíteros, sobre todo en las regiones de León y Galicia. El resultado fue una verdadera confusión, con la duplicidad frecuente de párrocos y obispos en multitud de iglesias y diócesis.

Persecución tenaz contra Prisciliano

El obispo Idacio y otros obispos católicos que habían desenmascarado a la nueva herejía siguieron los pasos de Prisciliano y los suyos, y acudieron al emperador Graciano en demanda de socorro contra la confusión introducida por los nuevos herejes en la iglesia española. Celoso como era Graciano del orden y unidad católica, se dejó fácilmente convencer, y dio un decreto condenando al destierro a los obispos intrusos. De este modo se inició aquel duelo mortal entre Prisciliano y el obispo Idacio.

A esta orden de Graciano tuvieron que someterse Prisciliano y sus seguidores; pero entonces decidieron acudir a Roma. Salieron, pues, de España y se detuvieron algún tiempo en Aquitania, haciendo propaganda de sus errores. En Burdeos fueron rechazados por el obispo, quien había asistido al concilio de Zaragoza; mas ellos consiguieron ganarse las simpatías de la viuda Eucrocia y su hija Prócula, junto con un pequeño grupo de hombres y mujeres. Al cabo de pocos días partieron para Roma, acompañados de Eucrocia y Prócula y otros adictos a su causa.

Pero en Italia se pusieron las cosas muy mal para Prisciliano. El papa San Dámaso no quiso darles audiencia. En Milán quisieron ganarse a San Ambrosio, pero tampoco éste los recibió. Perdida entonces la esperanza en las autoridades eclesiásticas, volviéronse a las civiles, y con grandes cantidades de oro, que proporcionaba Eucrocia, sobornaron a Macedonio, intendente de palacio, y consiguieron se derogase el decreto lanzado contra ellos. Incluso consiguieron fueran repuestos en sus sedes, y lo que constituyó el colmo, que se persiguiera a Idacio y a sus amigos, los cuales tuvieron que escapar a las Galias. Idacio se dirigió entonces a Tréveris, capital interina del usurpador Clemente Máximo, dueño entonces del Imperio occidental, y entregó al nuevo emperador un memorial contra los priscilianistas. El resultado fue que Máximo ordenó prenderlos y conducirlos a Burdeos, donde se había reunido un sínodo con el fin de que fueran juzgados en él.

Proceso de Prisciliano

Y aquí comienza la parte más trágica y discutida de la vida de Prisciliano. Él y los principales cabecillas de la secta se presentaron ante el sínodo de Burdeos, y, efectivamente, en 384 se inició su proceso. Como Instancio no consiguiera justificar sus irregularidades en la consagración de obispos y en muchos puntos doctrinales, fue condenado al destierro y recibió algunas otras penitencias. Entonces, pues, temiendo otro tanto Prisciliano, dio un paso que fue la causa de su ruina: en vez de presentarse ante los jueces de Burdeos, apeló al emperador. De este modo, la causa pasó del tribunal eclesiástico al tribunal civil.

La interinidad del usurpador Máximo hizo posible este proceso irregular. Ni Graciano, que le precedió, ni Teodosio I, que fue su sucesor, hubieran admitido este proceso civil contra obispos. Pero el tribunal de Máximo no tuvo dificultad. San Martín de Tours, entonces en Tréveris, que gozaba de un prestigio universal en todo el Occidente, se opuso con toda energía a que se sentenciara esta causa en un tribunal civil; mas no lo pudo evitar. Rápidamente, pues, probado el delito, a pesar de las protestas, fueron sentenciados y decapitados Prisciliano, Latroniano, Eucrocia y otros cuatro.

Ahora bien, después de todo lo dicho se pregunta cuál fue propiamente el crimen que presentó el tribunal para motivar esta sentencia tan rigurosa. Según todos los indicios, no fue el crimen de herejía, sino el de maleficio. Efectivamente, examinando la sentencia dada por el tribunal de Tréveris, no aparece más que este crimen. Los demás que se expresan en la sentencia, es decir, «doctrinas obscenas y reuniones nocturnas con mujeres torpes», fueron únicamente circunstancias agravantes. En realidad, la magia era uno de los crímenes que más detestaron los emperadores cristianos, y Prisciliano fue acusado y convencido de haberla practicado. Es cierto que él no lo confesó; pero de las confesiones que él hizo se puede fácilmente deducir todo lo demás.

Por tanto, según el derecho romano cristiano, la sentencia fue justa. Sin embargo, ni el procedimiento ni el suplicio fueron aprobados por los hombres más significados del tiempo, San Martín de Tours y San Ambrosio de Milán. Ambos protestaron expresamente contra el emperador. Pero, en todo caso, no puede presentarse a Prisciliano como un caso de intolerancia de la Iglesia, pues no fue juzgado por la Iglesia, sino por la autoridad civil; ni como el primer hereje sentenciado por sus ideas, pues no fue condenado por sus ideas religiosas, sino por sus prácticas de magia.

Doctrina de Prisciliano

Por lo que se refiere a la doctrina de Prisciliano, en realidad eran muy vagas las noticias que se tenían hasta hace poco. Su obra principal son los Noventa cánones o sentencias, donde está reunida la doctrina de San Pablo según la mente de Prisciliano. De esto y de los pocos datos conocidos por el concilio de Zaragoza de 380, por Sulpicio Severo y algunos otros autores, se sacaron las noticias que solían transmitirse sobre el priscilianismo.

Pero, a fines del siglo pasado, el alemán Jorge Scheeps descubrió varios opúsculos que parece son de Prisciliano. A su cabeza va el Liber Apologeticus, opúsculo escrito en nombre de toda la secta y dirigido al episcopado católico.

Trátase en él de hacer una profesión de fe católica y una condenación rotunda de todas las herejías.

Reduciendo, pues, su ideología a los capítulos principales podemos resumirla así: En sus opúsculos se muestra muy bien enterado de la negación de la divinidad de Cristo de los arrianos, de las oscuras ideas gnósticas sobre los eones, con lo que se hace sospechoso de estos errores. A los fieles los divide en tres clases, que recuerdan las de los gnósticos. Sobre el origen de la materia usa un lenguaje muy incorrecto. Llama la atención su complacencia en oponer la naturaleza divina al principio material, con lo que produce la impresión de que admite la doctrina gnóstica sobre el principio del bien y el principio del mal. Más atrevidas son las expresiones que dan a entender cierto parentesco entre la naturaleza humana y la tierra. Por otra parte, Prisciliano defiende claramente la preexistencia de las almas y la metempsicosis.

Especial consideración merece la teoría de Prisciliano sobre el canon de la Sagrada Escritura y la inspiración, que debe considerarse como uno de los caracteres específicos de la secta. Prisciliano sostenía que, aparte el canon oficial, existían otros libros inspirados, y, en general, que la inspiración de los libros sagrados quedaba abierta. Era el medio más eficaz para autorizar sus propias invenciones. Presentábalas como inspiradas por Dios, y todo el mundo debía acatarlas. Naturalmente, todo lo que significa tradición y determinación de la doctrina católica por parte de la autoridad eclesiástica era contrario a su sistema.

OTROS ERRORES O DESVIACIONES CISMÁTICAS

En el campo exuberante de la Iglesia católica, junto a los frutos de doctrina y santidad que caracterizan el siglo IV, no sólo se desarrollaron los árboles dañinos del arrianismo y demás desviaciones doctrinales, sino que brotaron también y crecieron otras plantas nocivas, que fue necesario desarraigar. El donatismo continuaba haciendo estragos en África. En vano dio Valentiniano I el año 373 una ley prohibiendo sus reuniones, y Graciano volvió a urgirla en 377, llegando a quitarles sus iglesias; todas estas medidas de rigor resultaron inútiles y contraproducentes.

No obtuvo más provecho el sistema de instrucción y de persuasión. El obispo Optato de Mileve escribió una amplia obra sobre el donatismo; pero sobre todo inició entonces su actividad San Agustín, quien, ordenado sacerdote en 393, se dedicó con su ardiente celo a la conversión de los donatistas. Durante algún tiempo creyó que el mejor medio para atraerlos era la instrucción debida, hasta llegar al convencimiento. Mas bien pronto se persuadió de la inutilidad de sus esfuerzos.

Mención especial merece el cisma del antipapa Félix. El principio de este cisma tuvo lugar con ocasión del destierro del Papa Liberio. Al salir éste de Roma, Félix le hizo un solemne juramento de que le sería fiel mientras le durara la vida. Sin embargo, poco después fue llamado a Milán, y allí se dejó seducir por Constancio para que se proclamara obispo de Roma. Hízose así, en efecto, y, bajo la presión imperial, la mayor parte del clero le prestó obediencia, mientras el pueblo generalmente se mantuvo fiel a Liberio.

Así continuaron las cosas sin especial dificultad mientras Liberio estuvo en Tracia. Pero ya en 357, estando Constancio en Roma, tuvo que recibir a una comisión de matronas romanas que se declararon partidarias de Liberio y le suplicaron instantemente el levantamiento de su destierro. De hecho, al volver Liberio a Roma le dio Constancio la orden de que se entendiera con Félix en la dirección de la Iglesia. Pero el pueblo romano no quiso saber nada de esto. Así, pues, arrojó de la ciudad al antipapa y recibió con grandes muestras de entusiasmo al Papa legítimo. Este procedió con moderación frente a los clérigos partidarios de Félix y los dejó a casi todos en sus cargos.

Al morir Liberio estalló en un nuevo cisma el disgusto latente. Como sucesor fue elegido Dámaso (366-384); pero entonces una fracción extremista del clero se alzó en rebeldía, dando por razón que Dámaso había simpatizado con los amigos del antipapa Félix, y, en consecuencia, eligió un nuevo papa, Ursino o Ursicino. La tensión siguió en aumento, pero con el reinado de Teodosio I, que favoreció constantemente al Papa legítimo, fue desapareciendo el cisma.

Otras cuestiones religiosas que tuvieron lugar en este período fueron más bien de carácter local, sin trascendencia especial para toda la Iglesia. A ellas pertenece el cisma de Melecio, de la primera mitad del siglo IV, que tuvo lugar en Alejandría de Egipto. De otro género muy diverso fue la cuestión promovida por Lucifer de Cagliari y sus partidarios, llamados luciferianos. Durante las grandes discusiones con los arrianos, Lucifer, obispo de Cagliari, en Cerdeña, se distinguió por la entereza en la defensa de la ortodoxia. Por esto, él, junto con Eusebio de Vercelli, fueron los únicos que se resistieron a las imposiciones de Constancio en el sínodo de Milán de 355. Por esta razón fueron desterrados por el emperador.

Sin embargo, bien pronto apareció en Lucifer de Cagliari una tendencia marcadamente rigorista, pues cuando el mismo San Atanasio y el Romano Pontífice emprendieron el nuevo sistema de suavidad, con el fin de atraer a los semiarrianos, levantó él bandera contra lo que designaba como claudicación y excesiva blandura. Sus partidarios, los luciferianos, llevaron todavía más adelante este rigorismo, que pronto se concretó en un conjunto de principios parecidos a los de los novacianos y donatistas. Sólo ellos constituían la verdadera Iglesia, pura y limpia. La Iglesia católica, en cambio, estaba degenerada y manchada con el contacto con los pecadores.

San Jerónimo escribió en 379 el diálogo Contra los luciferianos. Uno de los representantes más insignes de esta secta, según San Jerónimo, es Gregorio de Elvira en España, a quien han hecho célebre algunas de sus obras y, sobre todo, el empeño en presentar a Osio no sólo como apóstata y renegado, sino como corifeo de la impiedad arriana en los últimos años de su vida.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones