SEAMOS ALMAS REPARADORAS

 

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Cuando Miguel Ángel concluyó su magnífica “Piedad”, a los 24 años, muchos contemporáneos pusieron en duda su autoría debido a su juventud. El artista al enterarse de los comentarios, indignado, talló sobre la cinta que cruza el pecho de nuestra Santa Madre la siguiente frase: «Miguel Ángel Buonarroti, florentino, lo hizo».

Esta obra maestra del renacimiento tuvo como destino original la Capilla de Santa Petronila en el Vaticano, pero adquirió tanta notoriedad que, en 1749, fue trasladada a su ubicación actual en la Basílica de San Pedro.

Al ser objeto permanente de admiración en todo el mundo y fuente de análisis en cada uno de sus detalles, podemos saber de ella datos como el origen del mármol utilizado, su composición química, los instrumentos empleados, el contrato establecido para su realización, la fecha de conclusión, quiénes fueron sus modelos, y un largo etcétera.

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Imaginemos ahora que la Divina Providencia dispusiera que un fenómeno natural dañara esta obra reduciéndola a escombros; por ejemplo con un rayo (no sería la primera vez que sucede en el Vaticano). Lógicamente las autoridades pertinentes encargarían a los mejores restauradores la tarea de reconstruir esta pieza. El trabajo permanecería en privado, lejos de las miradas de los curiosos y seguramente el equipo humano se perdería en el anonimato tras los aplausos que generaría volver a ver la obra en exposición. Porque, para el común de la gente, los restauradores no son tan importantes como los artistas, se piensa que no crean; y, por tanto, su trabajo se reduce a volver a dejar las cosas tal y como estaban. Son meros reparadores.

Si lo vemos desde el punto de vista de la fe, las almas reparadoras cumplirían una función similar a la arriba descrita; pero con una importancia superior, ya que el objetivo de su labor es la Majestad Infinita conculcada por nuestros pecados. Cuanto mayor es la dignidad del ofendido, más grande es el deber de reparar.

Reparación

“Mira este corazón mío que, a pesar de consumirse en amor abrasador por los hombres, no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio, desprecio, indiferencia e ingratitud, aún en el mismo sacramento de mi amor. Pero lo que traspasa mi Corazón más desgarradamente es que estos insultos los recibo de personas consagradas especialmente a mi servicio.”

Palabras del Sagrado Corazón de Jesús

La idea de reparación es antigua como el Cristianismo y el Evangelio; es innegable que desde las grandes revelaciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque, en el año 1673, ha tomado ésta una forma, si no nueva del todo, muy especial, cobrando, desde entonces, un relieve, una importancia y ciertos matices delicados que no tenía anteriormente.

Podemos, pues, afirmar, sin exageración, que la reparación, dada la situación anormal y de desequilibrio creada por el pecado, es inseparable de la perfecta caridad. En efecto, no podemos, aquí en la tierra, amar cumplidamente a Dios sin expiar la ofensa que le infiere el pecado —sin consolar su Corazón divino, herido y triste hasta la muerte (Mateo 26, 38) por causa del pecado—, y sin resarcir o reponer, en cuanto es posible, los daños causados por la rebeldía del pecado.

La reparación es, pues, en otros términos, un amor de compasión, de desagravio y de penitencia en vista del desacato de que es objeto el Señor por parte de los pecadores.

Razón de reparar, si Nuestro Señor ha restaurado perfectamente entregándose en la Cruz por nuestros pecados.

Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Colosenses 1, 24

La entrega del Señor satisfizo perfectamente al Padre por nuestros pecados y nos abrió las puertas del Cielo; pero siendo nosotros su cuerpo místico, como tal, hemos de participar en su sacrificio. Si no reparamos con Nuestro Señor no somos cuerpo suyo.

También vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo.

I Pedro 2, 5

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Reparación en su Realeza

¡Pobre Jesucristo!, solía decir San Francisco de Sales: «tenedle compasión, al menos vosotros que os llamáis sus amigos; dadle un albergue, pues la muchedumbre furiosa le persigue con piedras, gritando a voz en cuello: “¡Quítale, reo es de muerte, crucifícale!… ¡No queremos que Cristo reine sobre nosotros!” Abridle de par en par las puertas, diciéndole: “¡En cambio, nosotros queremos, y te conjuramos, que reines en esta casa; sé su Rey!”».

Tributémosle gloria, proclamando su realeza y su reinado social. Amando, por la donación de nuestros corazones, a este Corazón, a la vez que tan bueno y tan amante, tan abandonado por los hombres y despojado de las naciones, leyes, escuelas y hogares.

Y podemos llevarlo a cabo en primer lugar con el cumplimiento de nuestros deberes de estado, satisfaciendo por la práctica de las virtudes cristianas, además de la penitencia; para remediar los ultrajes públicos de los pecadores y sus deplorables efectos.

Comunión Reparadora de los Primeros Viernes

Aquí encuentra su lugar apropiado la Reparación, notable característica de la devoción al Sagrado Corazón.

En efecto, el Amor que no es amado, que es aún desdeñado y ofendido, reclama una especie de compensación generosa, que, al aplacar la Justicia ofendida, provoca torrentes de ternura, de bondad y de misericordia.

La justicia es inseparable de la bondad divina. Porque infinitamente justo, el Señor se vería obligado a castigar rigurosamente; la reparación detiene, pues, su brazo vengador.

Es así como Jesús, infinito en todos Sus atributos, parece ser más dulce y tierno que severo. Vino para salvar y tiene ansias de perdonar, pero su santidad exige un desagravio de amor penitente y reparador. Cuando lo encuentra, el Corazón de Jesús saca de las piedras, teñidas con su sangre, grandes santos.

Con ese fin, para verse obligado a prodigar, en vez de castigo, perdón y misericordia, Él mismo nos ha enseñado los santos ardides, las tretas de amor y de reparación que nos merezcan milagros de conversión.

Con este fin establece Él mismo la celebración amorosa, ferviente, de los Primeros Viernes, celebración que debe ser a la vez eucarística y en espíritu de desagravio. Si esto le damos, Él se compromete a ser dadivoso y tierno hasta el prodigio.

Y siempre con este fin de prodigar bondades y perdón, pide a Santa Margarita María que se levante de noche, que vele mejor que el Ángel, que le consuele en la hora de tinieblas y de pecado. Es, pues, Jesús quien, con esta petición, instituye la «Hora Santa», ejercicio hermosísimo que corre como fuego en cañaveral y que ha preparado las mejores victorias del Corazón de Jesús.

Reparación en los hogares

El primer lugar en el que se le debe amor de reparación al Corazón de Jesús es en la familia, que en su calidad de célula social lo reconoce como Señor y Soberano de la humanidad. En este sentido, la práctica de las virtudes cristianas en familia con la intención de desagraviar, es nada menos que un homenaje de «latría» en espíritu de amor y de desagravio por la horrenda apostasía de la sociedad moderna.

El gran pecado y el primero que debemos reparar es ¡el desamor de los bautizados! ¡Ah! ¡Si te amáramos, Jesús, siquiera como amamos cuando derrochamos afectos con las criaturas!

Porque, fuerza es decirlo, a pesar de nuestra poquedad, tenemos una reserva de nobleza oculta en el fondo del alma, tenemos generosidades inusitadas, valentías que nos asombran, abnegaciones que no nos conocíamos, y a una hora de hidalguía o de desgracia descubrirnos todos estos tesoros, bajo una fibra secreta y desconocida de nuestro ser miserable. Pero despilfarramos entonces nuestro oro entre parientes y amigos, y para Jesús, en un caso parecido, no hubiéramos seguramente hecho tales descubrimientos ni gastado tales abnegaciones y noblezas. Sí, sabemos amar, cuando querernos amar, pero rara, muy rara vez queremos amar como podemos. Cuando se trata del Señor ¡Él es tan poco afortunado en esto!

Nos lo pide y exige porque Jesús es Rey por derecho de creación y de redención, derecho absoluto: “Jesus Nazarenus, Rex” Nos lo pide como una reparación, como un consuelo para su Corazón.

Vedlo: a las puertas de tantas casas, ricas o pobres, está Jesús, coronado de espinas, con diadema de sangre y de ignominia, con los cabellos húmedos en el rocío de la noche, y os ruega, os suplica que le abráis, que le brindéis un asilo de amor y un trono de gloria en la tempestad desencadenada en contra suya.

Vedlo arrojado de los parlamentos y de los tribunales, expulsado de las leyes y de las escuelas, desterrado de tantos hogares y aún, a veces, de sus mismos templos.

Vedlo como un Peregrino errante, empolvado, triste y desvalido en los caminos desiertos, saciado de oprobios, amargado con el ultraje de los pérfidos ingratos.

Oídlo, golpea con su mano herida, y dice: ¡Abridme, soy Jesús, no temáis, soy el Rey de Amor, abridme!

En Silencio

María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.

Lucas 2, 19.

Es al pie del Calvario es donde podemos encontrar los mejores ejemplos de fidelidad y desagravio al Corazón de Jesús:

En Santa María Magdalena, vemos el amor arrepentido. Las almas penitentes compenetradas con el recuerdo de sus faltas, se postran ante el Corazón herido de su buen Maestro, y le consuelan con su amor.

En San Juan, está el amor de desagravio. En pie, cerca del costado herido de Cristo, los que toman al Discípulo Amado como guía recogen y ofrecen sin cesar a Dios, por las necesidades de la Iglesia y la conversión de los pecadores, la Preciosísima Sangre y Agua que salieron de la Herida del Corazón de Jesús.

Finalmente, con la Santísima Virgen, encontramos el amor inmolado. A Ella se unen víctimas voluntarias al Salvador, perpetuamente sacrificado en nuestros altares, y cooperan con Él, por sus sufrimientos propios, a la salvación del mundo.

Ella, que no tuvo sombra de pecado, es la reparadora por excelencia, cumpliendo a cabalidad todos los requisitos deseados; abnegación, humildad, ocultamiento, penitencia y silencio. Al igual que los restauradores de arte, a los ojos de los hombres su trabajo permanece en el anonimato, pero su “Fiat” en el plan de la Salvación ocupaba un lugar fundamental. Porque no siempre el trabajo del artista que necesita firmar su obra en el lugar más visible es lo que realmente prevalece, en este caso aspiremos a no ser nosotros quienes tallemos en el pecho de nuestra Santa Madre nuestro nombre, sino que sea esta misma Reina la que nos escriba en su Corazón.

¡Hosanna al Divino Prisionero del amor!

Creación toda entera, ven, acude en nuestro auxilio, ven a suplir nuestra impotencia; los humanos no sabemos cantar, bendecir ni agradecer; ven, y con cantares de naturaleza ahoga el grito de blasfemia, repara el sopor, la indiferencia del hombre ingrato, colmado con la misericordia infinita de Jesús Eucaristía: ¡Hosanna al Creador convertido en criatura y Hostia por amor! ¡Hosanna al Divino Prisionero del amor! En reparación por tantos que no aman, amemos más, amemos con amor más fuerte que la muerte.

¡Corazón Divino de Jesús, venga tu reino!

Hora Santa del Jueves Santo, Padre Mateo Crawley.

Fuentes:

Jesús Rey de Amor. Padre Mateo Crawley-Boevey. Secretariado Nacional del Sagrado Corazón. Madrid 1960.

Manual de la Guardia de Honor del Sagrado Corazón, erigida por León XIII. México 1904.

Vida y Obras completas de Santa Margarita María de Alacoque, P. José M. Sáenz de Tejada.