¿NO HACEMOS NADA…?

EN EL COMBATE DE RESISTENCIA

 

HAGO MÁS DE LO QUE PUEDO…

 

Desde el modernismo nos llaman fariseos, herejes, blasfemos, antiecuménicos, anticatólicos… Otros, en la misma tradición, nos catalogan de extremistas, descarados, desalentadores, soberbios, cobardes, apocalípticos…

Son pocos los que llegan a comprender la situación crítica de la Iglesia (y al decir Iglesia con mayúscula, obviamente, no nos referimos a la oficial, sino a la verdadera), son pocos los que pueden ver que esta es la crisis final; y, por lo tanto, pocos son los que aceptan ocupar un puesto en el único reducto donde hoy se puede sobrevivir: LA INHÓSPITA TRINCHERA

Y será cada vez peor…

Esta es una barricada donde estamos solos, donde casi no tenemos los Sacramentos ni las comodidades de las grandes capillas, donde nos parecemos más a los primeros apóstoles que a los héroes de las cruzadas; pero débiles, como buenos hijos del siglo XX-XXI, tenemos muy claro cuál es el combate que debemos afrontar, tenemos la fe y la Divina Asistencia de Nuestro Señor, que no nos escasea las gracias, ya que fue su plan hacernos vivir aquí y ahora.

Gracias a Dios llegan, de vez en cuando, más infelices a esta trinchera; y aquí nos quedamos, sosteniendo erguidos la bandera, y haciendo, a veces, más de lo que se puede…

Somos infelices que buscamos la paz del alma en medio de la tormenta; guardar los restos de la fe que nos quedan; y, por sobre todas las cosas, la salvación de nuestras almas para la mayor gloria de Dios.

No como los fariseos, sino encarnando estas premisas en nuestra vida diaria; no como anticatólicos, porque acusemos a la falsa iglesia, sinagoga de satanás; no como soberbios, porque sabemos comprender el estado del mundo y debemos sobrevivir en él; no como extremistas, porque no vamos poniendo sobrenombres de herejes y apóstatas a quienes no les corresponda; y, por sobre todo, no como desalentadores ni cobardes, porque vivimos la alegría de la espera de la pronta venida de Nuestro Señor, en Gloria y Majestad, como está escrito; y esta espera nos lleva comprender qué batalla nos toca librar en este combate final.

Para quienes quieran penetrar en nuestro espíritu, van estas líneas de quienes nos han inspirado siempre.

Decía el Padre Castellani:

Mis amigos, mientras quede algo por salvar; con calma, con paz, con prudencia, con reflexión, con firmeza, con imploración de la luz divina, hay que hacer lo que se pueda por salvarlo. Cuando ya no quede nada por salvar, siempre y todavía hay que salvar el alma (…) Es muy posible que bajo la presión de las plagas que están cayendo sobre el mundo, y de esa nueva falsificación del catolicismo, (…) la contextura de la cristiandad occidental se siga deshaciendo en tal forma que, para un verdadero cristiano, dentro de poco no haya nada que hacer en el orden de la cosa pública. Ahora, la voz de orden es atenerse al mensaje esencial del cristianismo: huir del mundo, creer en Cristo, hacer todo el bien que se pueda, desapegarse de las cosas criadas, guardarse de los falsos profetas, recordar la muerte. En una palabra, dar con la vida testimonio de la Verdad y desear la vuelta de Cristo. En medio de este batifondo, tenemos que hacer nuestra salvación cuidadosamente (…) Los primeros cristianos no soñaban con reformar el sistema judicial del Imperio Romano, sino con todas sus fuerzas en ser capaces de enfrentarse a las fieras; y en contemplar con horror en el emperador Nerón el monstruoso poder del diablo sobre el hombre. (A modo de Prólogo. Decíamos ayer, páginas 31-32).

«Hay que trabajar como si el mundo hubiera de durar siempre; pero hay que saber que el mundo no va a durar siempre”. Esta actitud, aparentemente contradictoria o imposible, ha sido siempre la consigna de los espíritus religiosos en todas las grandes crisis de la historia. Los dos términos parecen inconciliables; y lo serían si no fuera por el misterioso catalítico que es la fe. (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve? página 284).

Los espíritus religiosos, como buenos médicos, huelen la muerte, pero siguen medicando. Es la actitud paradojal de la fe. (…) Por una paradoja de psicología profunda, esta literatura pesimista ha sostenido el optimismo constructivo del Cristianismo. (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, página 285).

Cuando las inmensas vicisitudes del drama de la Historia, que están por encima del hombre y su mezquino racionalismo, llegan a un punto que excede a su poder de medicación e incluso a su poder de comprensión —como es el caso en nuestros días—, sólo el creyente posee el talismán de ponerse tranquilo para seguir trabajando (…) La consideración de la visión religiosa de la crisis actual es uno de los motores más poderosos (el primer motor incluso) del movimiento político y económico. Si el hombre no tiene una idea de adónde va, no se mueve; o, si se sigue moviendo, llega un momento en que su movimiento deja de ser humano y se vuelve una convulsión. (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, página 286).

La unión de las naciones en grandes grupos, primero, y después en un solo Imperio Mundial (sueño potente y gran movimiento del mundo de hoy) no puede hacerse sino por Cristo o contra Cristo. Lo que sólo puede hacer Dios (y que hará al final, según creemos, conforme está prometido), el mundo moderno intenta febrilmente construirlo sin Dios; apostatando de Cristo, abominando del antiguo boceto de unidad que se llamó la Cristiandad y oprimiendo férreamente incluso la naturaleza humana, con la supresión pretendida de la familia y de las patrias. Mas nosotros, defenderemos hasta el final esos parcelamientos naturales de la humanidad, esos núcleos primigenios; con la consigna no de vencer sino de no ser vencidos. Es decir, sabiendo que si somos vencidos en esta lucha, ése es el mayor triunfo; porque si el mundo se acaba, entonces Cristo dijo verdad. Y entonces el acabamiento es prenda de resurrección. (Visión religiosa de la crisis actual. Cristo, ¿vuelve o no vuelve?, páginas 289-290).

Los dos textos destacados implican toda una espiritualidad. Nada mejor que expresarla poética­mente, tal como lo hiciera el mismo Padre Leonardo Castellani en Los Papeles de Benjamín Benavides, página 399:

Corazón, tente en pie sin doblegarte

de la injusta opresión a la insolencia;

aunque estoy loco, tengo yo mi arte:

“Nam furor sæpe fit læsa patientia”.

[En efecto, muchas veces la ira lesiona la paciencia]

Luchando sin más armas que mi triste

corazón contra el mal peor que existe

¿no hago yo nada? Lucho,

sangro y no caigo al suelo.

No hago mucho,

pero hago más de lo que puedo…

Centinela aterido,

no dejo sospechar que estoy herido,

ni dejo conocer que tengo miedo…

Herido, helado, aguanto la bandera;

no deserto la inhóspita trinchera.

Y aunque sé que la muerte me ha podido,

estoy de pie y estoy ante ella erguido,

marcando el SOS de la brega

a un auxilio que no me llegará

sino un momento tarde, si es que llega,

y que muerto de pie me encontrará…

La otra mitad la hará sobre mi tumba

otro infeliz, después que yo sucumba…

¡Corazón!, ¡tu mitad se ha hecho ya!

1

 

Apocalipsis, XVIII = caída de Babilonia

Al ver el humo de su incendio llorarán y se lamentarán sobre ella los reyes de la tierra, que con ella vivieron en la fornicación y en el lujo.

Manteniéndose lejos por miedo al tormento de ella, dirán: “¡Ay, ay de la ciudad grande de Babilonia, la ciudad poderosa, porque en una sola hora vino tu juicio!”

También los traficantes de la tierra lloran y hacen luto sobre ella, porque nadie compra más sus cargamentos: cargamentos de oro, de plata, de piedras preciosas, de perlas, de fino lino, de púrpura, de seda y de escarlata, y toda clase de madera olorosa, toda suerte de objetos de marfil y todo utensilio de madera preciosísima, de bronce, de hierro y de mármol; y canela, especies aromáticas, perfumes, mirra, incienso, vino y aceite, flor de harina y trigo, vacas y ovejas, caballos y carruajes, cuerpos y almas de hombres.

Los frutos que eran el deleite de tu alma se han apartado de ti; todas las cosas delicadas y espléndidas se acabaron para ti, y no serán halladas jamás. Los mercaderes de estas cosas, que se enriquecieron a costa de ella, se pondrán a lo lejos, por miedo a su tormento, llorando y lamentándose, y dirán: “¡Ay, ay de la ciudad grande, que se vestía de finísimo lino, de púrpura y de escarlata, y se adornaba de oro, de pedrería y perlas; porque en una sola hora fue devastada tanta riqueza!”

Cuerpos y Almas de hombres… Tremendo tráfico que recuerda el de Tiro con los esclavos (Ezequiel XXVII, 13), pero al que se añade aquí el de las almas.

Se trata del Estado Servil, ciertamente; pero, ¿cómo no ver también el odio del demonio, no sólo por el alma de los hombres, sino incluso de sus cuerpos.

Pues bien, este tráfico demoníaco sólo se terminará con la caída de Babilonia.

Mientras podamos denunciarlo (como mínimo) y obstaculizarlo un poco, con espíritu de Katéjon, ¿por qué no hacerlo? ¿Implica ello que se piensa en una restauración?

¡Claro que no!

Y quien mejor lo puede explicar es este escrito de Jean Vaquié:

DOS COMBATES… Dos tácticas

Como síntesis de la reflexión sobre todos estos textos sólo nos queda decir que es cada vez más evidente que la lucha contrarrevolucionaria abarca dos combates que han de desarrollarse en dos tiempos distintos: un combate de resistencia, conservador, y un combate para restablecer el Reino de Cristo Rey.

En primer lugar debemos combatir para conservar las últimas posiciones que nos quedan. Es necesario, con toda necesidad, conservar nuestras Capillas, nuestros Centros de Misa, nuestras Familias Católicas, nuestras Publicaciones…

Por sobre estos innumerables compromisos conservadores se entablará el combate por el restablecimiento del Reino de Nuestro Señor Jesucristo.

Estas dos contiendas tienen sus tiempos y tendrán, en un momento, los mismos combatientes. Es importantísimo no confundir ambos combates, es necesario distinguirlos, porque ellos tienen objetivos diferentes y, por lo mismo, también poseen tácticas distintas.

Muchas veces, el comportamiento erróneo de los jefes y los soldados tradicionalistas se deben a que existe una incomprensión respecto a estos dos combates y a sus objetivos. Es decir, muchas veces se piensa que existe un solo combate y se confunden los objetivos de la batalla de conservación con los fines de la lucha posterior, se mezcla la parte que le corresponde a los hombres con la acción que deben llevar a cabo Cristo Rey y su Madre Santísima. Por lo tanto, es de la mayor importancia considerar las tácticas de estas dos confrontaciones superpuestas.

¿Cómo combatir la batalla defensiva, de mantenimiento? Ante todo, hay que hacer dos advertencias: esta batalla apunta solamente a objetivos secundarios, y no le es proporcionada ninguna asistencia divina extraordinaria.

Además, ella posee particularidades que dependen de sus raíces históricas e imponen tres límites a los combatientes, que deben ser respetados:

1º) La misión de las fuerzas contrarrevolucionarias no es de ruptura, sino de resistencia, para conservar los restos.

La tendencia espontánea de nuestras filas es hacia la restauración. Pero, la batalla que debemos librar no es una refriega de ruptura, de arremetida. Los medios con los que contamos no son proporcionados para intentar romper el asedio.

Nuestra misión es vigilar, conservando los restos que van a perecer. Si intentásemos la ruptura, equivocaríamos la táctica.

2º) Las fuerzas contrarrevolucionarias son, humanamente, impotentes.

La batalla de mantenimiento es llevada a cabo por una minoría, vigorosa y valiente ciertamente, pero humanamente impotente. El dispositivo revolucionario es inexpugnable.

El enemigo ha tejido un asedio cerrado que, si bien es artificial, se impone de una manera absoluta. Las fuerzas contrarrevolucionarias son incesantemente neutralizadas, mutiladas y aniquiladas.

3º) Las fuerzas contrarrevolucionarias están constreñidas por los medios de la “legalidad” revolucionaria.

Los contrarrevolucionarios tienen consciencia de defender los derechos de Dios contra el poder de la Bestia. Es de esa fuente que extraen su ardor y su confianza. Pero se imaginan demasiado fácilmente que esta posición de principio les da sobre el Estado laico una preeminencia jurídica.

Es demasiado tarde para exigir del Estado laico el reconocimiento de los derechos de la Iglesia, para pretender del Estado apóstata el reconocimiento de los derechos de Jesucristo, para esperar del Estado sin Dios el reconocimiento de los derechos de Dios.

En el combate que llevamos a cabo, somos constreñidos a los medios de la “legalidad” revolucionaria, que, por añadidura, será cada día más rigurosa, reduciendo cada vez más nuestros medios de defensa.

La batalla ulterior, la que tendrá por objetivo arrancar el poder a la Bestia y restituírselo a Cristo Rey, es obra personal de Dios. Sin embargo, el Divino Maestro espera que el pequeño número intervenga por la oración y la penitencia para remover el obstáculo que se opone a la acción divina, e incluso, en una cierta medida, para desencadenarla.

La situación es tal que, al mismo tiempo, participamos de un combate de conservación y de un combate preparatorio por medio de la súplica.

Es necesario ser hombres de acción para asumir la custodia de los restos, y ser hombres de adoración para participar de la batalla de súplica.

Estas dos actitudes son difíciles de conciliar, y eso explica las divergencias en la apreciación de las prioridades.

¿Qué hay que privilegiar, la acción o la oración?

Este problema de la cohabitación del hombre de acción y del hombre de oración se resuelve sabiendo que hay un tiempo para la oración, que debe preceder a la acción, y un tiempo para la acción, que debe seguir a la oración. Además, hay que ser muy activos en la contemplación y muy contemplativos en la acción: permanecer y al mismo tiempo salir; salir y al mismo tiempo permanecer.

Mientras combatimos conservando nuestros puestos de resistencia, por la oración y la penitencia obtendremos la decisión divina de hacer misericordia, adelantaremos el triunfo del Corazón Inmaculado de María y el restablecimiento definitivo del Reino de Cristo Rey.