SAN IGNACIO DE LOYOLA

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN IGNACIO DE LOYOLA

FUNDADOR DE LA COMPAÑIA DE JESÚS (1491-1556)

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Cuando más arreciaban contra la cristiandad los enemigos de nuestra Santa Religión, levantó el Señor las cruzadas, a cuya cabeza puso siempre, con singular providencia, un esforzado capitán. En la primera mitad del siglo xvi, eligió Dios para tan noble empresa de su gloria, al insigne caballero español Iñigo de Loyola. Siglo fue aquél de confusión y desconcierto para las inteligencias. Amenazaban a la fe católica príncipes malvados, monjes apóstatas y el desbordamiento de ideas paganas que so capa de Renacimiento se derramaron por los ámbitos de Europa. Menester era, para contener su avasallador empuje, el dique de un Renacimiento cristiano y de una cruzada intelectual, cuyos soldados juntasen a la fe la ciencia, y a las virtudes apostólicas un tacto exquisito y un perfectísimo conocimiento del campo en que habían de actuar a fin de poder combatir al enemigo con sus propias armas. Esta adaptación maravillosa de lo humano a lo sobrenatural fue papel reservado en la Iglesia de Dios muy particularmente a la ínclita «Compañía de Jesús» y a su esclarecido patriarca y fundador San Ignacio de Loyola.

Nació San Ignacio en el castillo de Loyola de la pronvicia de Guipúzcoa, la Noche Buena del año 1491. Bautizáronle en la iglesia de Azpeitia y le llamaron Iñigo o Ignacio. Fue el último de los trece hijos de Beltránde Loyola y María Sáenz de Balda. Para situar más concretamente la vidade nuestro Santo, diremos que nació durante el reinado de los Reyes Católicos y murió dos años antes que el emperador Carlos V.

Mostró desde niño vivo y despierto ingenio. Enviáronle sus padres a la corte para que allí se educase con otros jóvenes de su calidad; y como era de grande y brioso ánimo, pronto se aficionó a las armas. Ya en su edad varonil, capitán de los ejércitos de don Fernando, se nos presenta como uno de tantos hidalgos, prendado de la vida cortesana y de las gestas guerreras, pundonoroso y arrogante caballero.

No cabe duda de que Ignacio tuviera buenos principios de religión y moral, pero no nos atreveríamos a asegurar que bastasen para apartarle de lamentables extravíos. Hay distintas opiniones entre los biógrafos sobre la juventud de nuestro héroe, la cual, por cierto, fue no poco mundana. ¡Trazas misteriosas de la Divina Providencia! Quizá permitió el Señor aquellos deslices y angustias morales en consideración al futuro ministerio de Ignacio, a quien destinaba para establecer una Orden que había de dedicarse principalmente a reanimar en los hombres la virtud de la esperanza.

SITIO DE PAMPLONA. — CONVERSIÓN

El año de 1521, mientras Iñigo defendía el castillo de Pamplona contra las tropas de Francisco I, fue herido de bala en la pierna derecha. Lleváronle a toda prisa al castillo de Loyola. Para no quedar cojo, se sometió heroica y calladamente a sucesivas operaciones dolorosísimas; mas, a pesar de tantos cuidados, quedóle de aquel mal una leve cojera hasta el fin de su vida. La convalecencia había sido lenta. Para matar el tiempo durante ella, y no aburrirse, pidió el Amadís de Gaula, novela de aventuras amorosas y bélicas muy estimada de nobles y guerreros. Mas no fue posible dar con tal libro y hubo de contentarse Ignacio con otro de Vidas de Santos y la Vida de Cristo de Ludolfo de Sajonia.

La inmovilidad le invitó a reflexionar; y así, de grado o por fuerza, tuvo que admirar aquellos ejemplos de pobreza voluntaria, de humildad, de desasimiento y de aparente flaqueza que ocultaba, en realidad, la más varonil y, fecunda energía. Llegó así a familiarizarse con Cristo, ideal de santidad, a quien contemplaba padeciendo otra vez la Pasión para satisfacer por los delitos de los pecadores. De esta suerte y casi sin caer en ello, fue Ignacio descubriendo los maravillosos horizontes del mundo sobrenatural.

Decíase a sí mismo «Ea, ¿por qué no he de hacer yo lo que San Francisco de Asís o Santo Domingo hicieron?» Pero a estos pensamientos religiosos se juntaban otros de vanos recuerdos del siglo. Púsose entonces a reflexionar sobre el carácter de unos y otros, y descubrió que los malos pensamientos, al desvanecerse dejan el corazón vacío, siendo así que los espirituales llenan el alma. Pero ni reflexiones ni lecturas bastaban a esta alma ardiente y generosa. Con obras quería mostrar al mundo que estaba resuelto a mudar de vida. Pensó al principio en que se haría Cartujo en cuanto volviera de un viaje que deseaba emprender a Jesusalén; estaba determinado a dejar familia y bienes para darse de lleno a la penitencia. Habiendo sanado de las heridas, montado en una mula, fue cierto día a visitar al duque de Nájera, virrey de Navarra. Detúvose en el famoso santuario de Nuestra Señora de Aránzazu, y cumplido que hubo con el duque, partióse para Nuestra Señora de Montserrat, que está cerca de Barcelona.

Pensando en la peregrinación que quería hacer a Tierra Santa, compró, al llegar al pie de la montaña de Montserrat, un equipo completo de peregrino: hábito y esclavina de sayal, cinturón y sandalias de cuerda, bordón y calabacino. Tres días permaneció en Montserrat; allí hizo confesión general de su vida, y antes de partirse colgó delante del altar de la Virgen su espada, con la que durante el viaje había estado a punto de matar a un moro que en su presencia se permitiera blasfemar de Nuestra Señora.

EN MANRESA. — EL LIBRO DE LOS «EJERCICIOS»

Antes de embarcarse para Jerusalén, salió Ignacio hacia Manresa, donde había un hospital para los peregrinos. Allí vivió de limosna mientras cuidaba a los enfermos y cumplía rigurosísima penitencia. Solía juntarse con quienes, sin duda, le baldonarían a sus anchas por lo desaliñado que a sabiendas andaba; porque pensando Ignacio en el esmero y cuidado que ponía en otro tiempo para lucir elegantes atavíos, pretendía ahora castigar aquella vanidad y vencerse en esto, andando por el hospital muy descompuesto en su persona. Tuvo, pues, que sufrir toda clase de afrentas. Mas nada fue todo ello si se compara con las grandes tentaciones por que pasó hallándose en aquel lugar. Asaltáronle los escrúpulos y hasta llegó a apretarle con fuerza el pensamiento de suicidarse, pensamiento que él rechazaba horrorizado por considerarlo ofensa gravísima al Criador. Triunfó, por fin, después de durísimos combates, de aquella impertinente molestia, y consiguió en premio aquel don singular, que le acompañó toda su vida, de saber serenar las almas escrupulosas.

Por entonces tuvo sus célebres visiones, que si bien no fueron exteriores y objetivas, por ellas «entendió maravillosamente —dice su secretario— muchísimas cosas respecto de las ciencias naturales y los misterios de la fe recibiendo allí más luces que en todas sus demás visiones y en todos los estudios de su vida juntos».

Siguiéronse, por poco tiempo después, raptos y éxtasis maravillosos, uno de lo cuales le duró toda una semana, de suerte que le daban por muerto. Entretanto, el peregrino de Montserrat había ido adentrándose en los secretos de la santidad por la dolorosa senda de la prueba interior, y por la práctica de una muy rigurosa penitencia. Por tal manera iba orientándose poco a poco en la vida espiritual, y creciendo en, confianza y amor. Finalmente, creyó llegada la hora en que podía ser útil a los demás con el caudal de su propia experiencia. No era desde luego hombre sin letras, pero tampoco de sobra ilustrado; no descuidó, pues, las ocasiones de aprender: estudió gramática y se ejerció en la elocución, yendo adrede en busca de auditorio. Empezaron los del hospital a mirarle con buenos ojos; no se burlaban ya de él, ni le maltrataban, antes le dieron desde entonces muestras de benevolencia y respeto. Al advertirlo Ignacio, tomó aquello por nuevo lazo del demonio, y, para evitarlo, fuése en busca de lugar apartado donde poder vivir más retirado y oculto que en el hospital.

Hallólo en el fondo de un vecino valle, en una cueva llena de malezas, La Santa Cueva, muy venerada aún hoy día de los fieles en Manresa, fue testigo de maravillosas y heroicas austeridades que trocaron y gastaron la robusta complexión de nuestro Santo. En ella se bosquejó una de las más prodigiosas obras maestras del ascetismo; el famosísimo libro de los Ejercicios, teniendo como Maestra a la Santísima Virgen a quien Ignacio profesaba ternísima devoción.

Andando el tiempo, este excelente libro se ha vulgarizado sobremanera entre los fieles. Su epígrafe tiene visos de arenga militar, y es que el pensamiento del antiguo defensor de Pamplona, fue trazar como un plan de campaña para uso de quien, queriendo vencerse y dejar el pecado, se declara a sí mismo cruda guerra, para ir consiguiendo, con la gracia de Dios, y victoria tras victoria, la perfección y santidad que sólo se logra «bajo la bandera de Cristo» y en lucha contra demonio, mundo y carne.

San Ignacio escribió el libro de los Ejercicios para sí mismo y para los que habían de ser sus compañeros en el apostolado. Mas también lo destinó a las personas del siglo algo ilustradas, pero cristianas a medias, que deseaban enfervorizarse en la práctica de la religión, lo mismo que a quienes, viviendo ya cristianamente, aspiran a mejorar su vida más y más. De ahí la singularidad y eficaz virtud de este excelente libro confirmado y alabado por el papa Paulo III el año 1543 y por los auditores de la Rota y tribunales de la Inquisición. Siglos lleva ya este precioso libro de fecunda influencia en el mundo espiritual, y hoy puede afirmarse que, a pesar del continuo progreso que viene realizando como obra de apostolado, no ha logrado todavía la cumbre a que ha de llevarla su extraordinario mérito.

JERUSALÉN, ESPAÑA, PARÍS

Hallándose ya notablemente mejorado de su dolencia, dejó Ignacio la villa de Manresa y partió para Jerusalén. Embarcóse en Barcelona, cruzó el Mediterráneo, y fue a desembarcar a Gaeta. De allí mendigando, prosiguió a pie hasta Roma, adonde llegó el domingo de Ramos del año 1523. A los quince días salió para Venecia. Dio allí con un rico español, el cual intervino cerca del dux para que reservasen a Ignacio un puesto a bordo de un navío que debía pasarle a la isla de Chipre. Aunque cansadísimo y enfermo, embarcóse el día 14 de julio. En la travesía quiso reprimir el libertinaje de los marineros, pero poco faltó para que aquellos desalmados le dejasen abandonado en un islote solitario. Llegado a Chipre, embarcó Ignacio en el navío en que solían hacerlo los peregrinos, y tras cuarenta y ocho días de navegación abordaron al puerto de Jafa, de donde nuestro Santo se dirigió a Jerusalén. Finalmente, después de cinco días de viaje llegó a la Ciudad Santa, y entró en ella el 5 de septiembre.

Lloró de consuelo a vista de los Santos Lugares y visitó muchas veces todas las estaciones de la Pasión del Salvador. Hubiera querido quedarse allí para predicar y convertir a los infieles; pero no se le permitió, y viose obligado a retornar con los demás peregrinos.

Volvió a Barcelona, y merced a la liberalidad de una insigne bienhechora llamada Isabel Roses, estudió Ignacio humanidades por espacio de dos años con el sabio maestro Jerónimo Ardébalo, sin por eso disminuir sus austeridades ni dejar de trabajar en la salvación de las almas. Pasó luego a la Universidad de Alcalá, donde se encontró con tres antiguos compañeros y un muchacho francés con quien trabó amistad. Aquí como en todas partes, vivió de limosna. Pronto llegó a tener enemigos por causa del celo que mostraba para convertir pecadores y promover la práctica de los Ejercicios. Acusáronle de herejía, y con malas artes lograron que se le detuviera y encerrara en la cárcel. Cuarenta y dos días quedó en ella sin saber por qué. Diéronle al fin libertad y amparado por el señor Arzobispo de Toledo pasó a Salamanca para proseguir los estudios.

Ignacio y sus tres compañeros no tuvieron mejor suerte en Salamanca, porque allí también los encarcelaron. Vínole entonces la idea de pasar a París, donde solían estudiar por entonces muchos españoles, y allá se encaminó para llegar el dos de febrero de 1528. Asistió a los cursos del colegio de Monteagudo y luego estudió Filosofía en el de Santa Bárbara, y consiguió graduarse de Maestro en Artes a los 14 de marzo de 1535.

Entretanto, como se acercase el día en que el Señor iba a dar a su Iglesia por medio de Ignacio la ínclita Compañía de Jesús, inspiró a seis compañeros del Santo para que se le juntasen con el propósito de trabajar unidos en la salvación de los prójimos. Eran éstos Francisco Javier, a quien Ignacio ganó el corazón con su exquisita amabilidad; Santiago Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás Bobadilla, Simón Rodríguez y Pedro l abro, sacerdote originario de Saboya; todos ellos hombres insignes en virtud y letras. Con todo, ni ellos ni San Ignacio tuvieron antes de 1538 el pensamiento de fundar el Instituto religioso que tan célebre y admirado sería en el mundo entero. El día de la Asunción de 1534, en la capilla del mártir San Dionisio del monasterio benedictino de Montmartre, hicieron voto de ir a Jerusalén para dedicarse totalmente a la conversión de los infieles en Oriente, y, si no les fuese posible, acudir a Roma y presentarse aI Sumo Pontífice para que los emplease en servicio de la Iglesia. En el mismo lugar y fecha, renovaron este voto los años 1535 y 1536.

FUNDACIÓN DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS

Antes de cumplirlo, tuvo el santo fundador que volver a España para arreglar algunos negocios en provecho de sus discípulos. De aquí salió para Venecia, donde habían de ir sus compañeros, citados allí por él. Pasaron varios meses antes de que llegase, y en el ínterin, juntáronse a ellos tres compañeros más. Llegaron los nueve a Venecia el día 6 de enero de 1537.

Ignacio había conquistado a un bachiller español llamado Hoces, el cual ya no los abandonó hasta su muerte, ocurrida poco después. En dicha ciudad fueron ordenados de presbíteros Ignacio y aquellos discípulos suyos que no eran todavía sacerdotes. Realizóse la ceremonia el día de San Juan del mismo año de 1537; ofició en ella el nuncio Monseñor Varallo que fue después cardenal. Un año entero pasó el Santo preparándose a recibir las sagradas órdenes, y los cuarenta días inmediatamente anteriores vivió solitario, en una casucha arruinada y expuesta a todos los vientos, entregado de lleno al ayuno y a la oración.

Declaróse entretanto la guerra entre venecianos y turcos, lo cual hizo imposible la peregrinación a Jerusalén. Ignacio, que permaneció un año en Venecia, envió a algunos de sus compañeros a las universidades de Italia para que enfervorizasen a los estudiantes, y en compañía de los demás fue a Roma para informar al Sumo Pontífice y pedirle consejo y dirección. El papa Paulo III, que estaba por entonces preocupado por la reforma de costumbres en el clero secular y regular, blanco principal de los trabajos del Concilio de Trento, otorgó cariñosísima acogida a aquel grupo de sacerdotes, la misma ideal perfección de vida que se habían ya propuesto los Teatinos aprobados en el año 1524, y los Somascos, fundados en 1528. Ignacio y sus compañeros, aspiraban, además, a cumplir el apostolado cristiano en todas sus formas, por la predicación apostólica, la enseñanza, y las misiones dentro y fuera de Europa.

El año de 1539, convinieron en fundar un nuevo Instituto, resolución que aprobó verbalmente el Papa el 23 de septiembre de 1539. A 27 de septiembre del siguiente año, 1540, por la Constitución Regímini militántis Ecclésios, Paulo III dio licencia a San Ignacio y a sus compañeros para fundar una Sociedad llamada «Compañía de Jesús», y para admitir en ella a quien estuviese dispuesto a hacer voto de pobreza, obediencia y castidad perpetua, y a trabajar por medio de la predicación, ejercicios espirituales, confesión y obras de misericordia, para que las almas adelantasen en la práctica de la vida cristiana. Esta nueva institución estaba destinada a luchar eficazmente contra el protestantismo.

DIFUSIÓN DE LA COMPAÑÍA

Pronto repartió Ignacio a su hijos por todo el mundo: antes de publicarse la Constitución apostólica, ya San Francisco Javier corre a evangelizar las Indias, dos padres y un novicio llegan a Irlanda y empiezan la predicación con grave riesgo de su vida. Entretanto, entregábase el fundador a otras empresas: reconciliaba grandes enemigos políticos, fundaba casas de refugio para judíos conversos, otras para pecadoras arrepentidas y diversos centros de educación para los jóvenes.

El 22 de abril de 1541, con unánime sentir, fue Ignacio elegido Prepósito General en San Pablo extramuros. Recibió luego votos de sus discípulos y emitió los suyos antes de comulgar. No faltó a la Compañía el apoyo de Paulo III: en 1543, logró el fundador una Carta apostólica que suprimía la limitación del número de profesos dos años después, por otra Carta facultábase a la Compañía para predicar y administrar los Sacramentos, en 1546, otorgóse a los Padres derecho de tener coadjutores para lo temporal y espiritual, en 1548, a petición del duque de Gandía, que fue después el padre Francisco de Borja, fue aprobado y alabado el libro de los Ejercicios por Paulo III. Todas estas decisiones fueron confirmadas en 1550 por Julio III, y después por muchos otros Pontífices que han colmado a la Compañía de Jesús de merecidos elogios y privilegios.

SU MUERTE

En 1547, llevado de su profunda humildad, quiso San Ignacio renunciar al generalato, y nombrar sucesor al padre Laínez; tres años después, en 1550, volvió a insistir con otra carta, pero fue también en balde. Los postreros años de su vida los pasó revisando las Constituciones de la Compañía, y escribiendo su redacción definitiva, y el comentario y aplicación de las mismas.

Sobrevínole grave enfermedad el año 1556, con lo que dejó el gobierno a tres de sus discípulos. Finalmente, habiendo recibido la bendición del Sumo Pontífice, dio con gran paz y sosiego su espíritu al Señor, a los 31 de julio del mismo año. Enterráronle en la iglesia de la casa profesa. Más tarde fue trasladado el Sagrado cadáver a la del Gesü.

Aunque la Compañía llevaba sólo dieciséis años de fundada, al morir San Ignacio dejaba un centenar de casas distribuidas en diez provincias. Fue beatificado por el papa Paulo V el día 27 de julio de 1609. Su Santidad Gregorio XV lo canonizó con fecha del 12 de marzo de 1622.

La historia de la Compañía es, desde sus comienzos, inseparable de la historia de la Iglesia. A mediados del siglo XVIII se concertaron contra ella todas las potestades infernales que tenían a su servicio el judaismo, el protestantismo, la enciclopedia y la mayor parte de los soberanos de Europa; los cuales valiéndose de mil engaños y violentas amenazas, lograron al fin que el débil Clemente XIV firmara con mano temblorosa el Breve de extinción de la Compañía a 21 de julio de 1773. Pero veintiocho años después, otro papa, Pío VII, volvió por el honor de la Orden y la restableció, primero en Rusia en 1801, y en 1814, en todo el mundo.

EL SANTO DE CADA DíA
POR EDELVIVES

 

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