HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Segunda entrega

 

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La herejía en sus diferentes manifestaciones

A los dos enemigos exteriores, los perseguidores y filósofos, se añadió otro, el enemigo interior, que por esto mismo era más temible y peligroso: el peligro de los cristianos que en el mismo seno de la Iglesia trataban de corromper su doctrina o desviarla. Estos enemigos fueron en los primeros siglos especialmente peligrosos, porque la Iglesia no había definido todavía cada uno de sus dogmas, por lo cual era más difícil poderla defender contra las desviaciones del error. Además, varios de estos enemigos interiores eran hombres de grandes cualidades naturales y se presentaban con todo el ropaje de la ciencia y del prestigio de un ascetismo, sumamente apto para sorprender a muchos incautos.

Por todas estas causas, la crisis que tuvo que atravesar el cristianismo en los primeros siglos a causa de los enemigos interiores, los herejes y cismáticos de todas clases, fue seguramente mayor que la que le procuraron los enemigos exteriores.

Primeras desviaciones heréticas

Primeros errores

Podemos señalar como primer error el particularismo judío, que bajo diversas formas y matices pretendía atar la nueva Iglesia a la antigua Ley y obligar a los cristianos a las prescripciones mosaicas. Esta concepción, fundamentalmente errónea, fue rechazada definitivamente en el primer concilio de Jerusalén, celebrado por los apóstoles el año 49-50. Pero no desapareció de la Iglesia el error, y así, el Apóstol San Pablo tuvo que luchar durante toda su vida contra él y al fin sus partidarios fueron la causa de su primera cautividad en Jerusalén y Roma.

Fuera de esto, el carácter típico de las primeras desviaciones heréticas fue cierta rebeldía contra toda ley, cierta libertad exagerada, que conducía finalmente a un verdadero libertinaje. Es lo que se denominó antinomismo. A estos grupos pertenecen los que aparecen en la segunda carta de San Pablo y en la de San Judas, así como también los nicolaítas de Éfeso y de otras ciudades, de quienes habla el Apocalipsis.

Los ebionitas, de quienes se habla también en estos primeros tiempos de la Iglesia, son los descendientes judío-cristianos de las tendencias particularistas judías. Su error consistía en que no admitían la divinidad de Cristo. Algunos llegaron a reconocerlo como Mesías, y recibieron el nombre de nazarenos. Sin embargo, no tuvieron mucha importancia.

Simón el Mago

Como patriarca de los herejes es presentado con frecuencia Simón Mago. Ha sido citado también como precursor gnóstico; pero tal vez su característica es más bien la de rebelde, cismático y fomentador de discordia. Como dicen los Hechos de los Apóstoles (8, 9-11), antes de su primer encuentro con los Apóstoles había revuelto toda Samaría con sus artes de magia, por las que se presentaba como un ser extraordinario.

Duramente reprendido y estigmatizado por San Pedro, en el Nuevo Testamento no encontramos ninguna otra referencia sobre Simón Mago. En cambio, otros documentos contemporáneos y ciertas tradiciones y leyendas nos hablan sobre él. Conforme a esta documentación, habiendo apostatado de su fe, es cierto que supo después mantener el fanatismo de los samaritanos. Estos lo consideraban a él como un semidiós; más tarde llegaron a mirarlo como virtud de Dios y aun Dios supremo. Los simonianos del siglo II lo reconocían como su fundador y maestro.

En cambio, son enteramente legendarias otras noticias de muy diversas procedencias. Tales son: la que transmite San Justino de que fue a Roma. Más aún: el que allí en Roma fue el enemigo y contrincante de San Pedro. Sobre todo es legendario el que se hiciera sepultar, prometiendo que resucitaría a los tres días, o que se elevó por virtud del demonio y, una vez en lo alto, cayó y se mató.

TENDENCIAS Y ERRORES RIGORISTAS

Significación de estas tendencias.

En la segunda mitad del siglo II, coincidiendo con el período de crecimiento de la Iglesia después del largo período de prosperidad del Imperio, comienza un movimiento ideológico que fue sumamente peligroso para el desarrollo interior de la joven Iglesia. Era el montañismo, tertulianismo, novacianismo, todos los cuales coincidían en una tendencia marcadamente rigorista. Los diversos conatos de herejía propiamente tal que hemos indicado hasta aquí habían alcanzado muy poca extensión, y así no ofrecían gran peligro para la ortodoxia. En cambio, esta nueva corriente del rigorismo, representada en su primera aparición por Montano y sus discípulos, brota de las mismas entrañas del cristianismo; hace profesión de no querer nada que no sea la más pura doctrina de Cristo; se presenta como el ideal de perfección del mismo Jesús; trata de corregir las supuestas desviaciones del verdadero espíritu cristiano. Mucho mejor que Marción, el montañismo aspiraba a reformar a la Iglesia católica.

Sin embargo, el término de toda esta campaña e ideología era el mismo que el de los enemigos más violentos. Los rigoristas aspiraban a reformar a la Iglesia y preparar un nuevo e inminente reino de Dios; se ponían de frente a la autoridad legítima; su fanatismo exagerado los conducía a creerse poco menos que infalibles, de donde fácilmente se pasaba a una libertad exagerada; y ante la menor dificultad, declaraban una guerra violenta contra la verdadera Iglesia católica, es decir, exactamente como los paganos y enemigos exteriores. El peligro, pues, para la Iglesia fue también muy grande, y tenía especial importancia por venirle de su mismo interior, de enemigos solapados que albergaba en su seno, y que, so capa de perfección y reforma e insinuándose en muchas almas bien intencionadas, le hacían una guerra enconada.

El montañismo

La ocasión del movimiento montañista o rigorista, secta de fanáticos, iluminados y visionarios, la dio probablemente el hecho de la frecuencia con que en los primeros años de la Iglesia derramaba Dios sobre sus fieles el carisma de la profecía. Este hecho, atestiguado repetidas veces en los Hechos de los Apóstoles y en otros documentos auténticos del tiempo, era un peligro para algunos fanáticos, que podían tomar pie de esa circunstancia para presentarse como inspirados del Espíritu Santo, abusando de la buena fe de los demás. El peligro era tan real, que en la Didaché, libro sobre la Doctrina de los Apóstoles y una especie de catecismo primitivo, se pone en guardia a los fieles contra él.

En este ambiente, pues, se presentó Montano, uno de esos espíritus ilusos y fanáticos que hacen alarde de inspiración de Dios. Los principios de su actuación nos los describe Eusebio en su Historia. Siendo Grato procónsul del Asia Menor, hacia el año 172, el neófito Montano comenzó de repente a profetizar a la población de Arbabán, en Frigia. No parece decía nada sorprendente o nuevo; pero afirmaba que el mundo acabaría pronto y que la nueva Jerusalén debía reunirse en el llano de Pepuza. Pronto, dos mujeres lo imitaron: Maximila y Priscila. Montano y las dos profetisas siguieron cada vez con más entusiasmo anunciando la proximidad del fin del mundo y excitando a todos a la más rigurosa penitencia. Para darse más autoridad, se presentaba Montano como el Espíritu Paráclito prometido por Cristo en la última cena.

Toda su predicación se caracteriza por un rigorismo exagerado; pero lo peor del caso es que lo presentaba como inspirado de Dios, ya que en su sistema esta inspiración divina entraba en la providencia ordinaria. Los preceptos de Montano pueden compendiarse de este modo:

Ante todo, apartarse de las costumbres introducidas en comunidades cristianas y aun sancionadas por la autoridad eclesiástica y ejercitarse en una mortificación intensa de sí mismos, y más concretamente, con la renuncia al matrimonio y el ejercicio de un riguroso ayuno. Como suponían a la Iglesia separada del verdadero espíritu, de ahí que procuraran su reforma. La renuncia al matrimonio debía ser absoluta, no sólo a segundas nupcias, como algunos han dicho. Los ayunos son característicos en el montañismo. Lo nuevo en él era el imponer bajo precepto algunos ayunos ya observados en la Iglesia. Según Montano, el poco tiempo que faltaba para la venida de Cristo debía pasarse en un ayuno lo más riguroso posible.

En segundo lugar, debían estar dispuestos siempre al martirio, y aun desearlo ardientemente. En particular se prohibía el huir o esconderse en la persecución. No debían esperar el perdón de los pecados. Este punto es el más característico del rigorismo montañista y fue siempre como su distintivo. El error positivo consistía en suponer que los pecados mayores no podían ser perdonados y que la Iglesia no tenía poder para ello. A estos pecados mayores que no podían ser perdonados se los denominaba pecados capitales, eran: apostasía, homicidio y adulterio. Además, añadían otros preceptos secundarios: prohibición de ornato en las mujeres, aceptar cargos públicos; el uso de la pintura, escultura y ciencias profanas.

Extensión del montañismo

Montano exigía e imponía todas sus reformas con el fin de volver al estado de perfección y pureza del cristianismo apostólico, y como todos los cristianos del tiempo profesaban una estima tan grande de ese ideal primitivo, de ahí que se sintieran atraídos hacia el montañismo. Tal vez lo que da el sello más significativo a Montano, junto con el rigorismo indicado, es su oposición declarada a la Iglesia organizada y sistematizada, que le quitaba la libertad para seguir sus veleidades. Por esto no reconocía a la autoridad eclesiástica y la sustituía por el espíritu individual de profecía e inspiración directa.

El movimiento, pues, se extendió en Oriente y Occidente. En varias ciudades del Asia Menor, la secta de los frigios o catafrigios, como se les llamaba, ganó pronto muchos partidarios. Grandes masas se dirigían con los profetas al llano de Pepuza para esperar allí la venida de Cristo, y como en esta suposición no se necesitaban bienes terrenos, algunos lo abandonaban todo. A pesar del desengaño de ver que no llegaba Cristo, la secta fue creciendo.

También en el Occidente encontró eco el error. La primera noticia que de ello tenemos la dan las iglesias de Lyón y Viena de Francia. Como estas iglesias, por medio de su pastor San Ireneo, estaban íntimamente relacionadas con Oriente, enteradas del movimiento montañista, enviaron durante la persecución de Marco Aurelio una carta a los hermanos de Frigia. Más tarde manifestaron su parecer sobre las ideas montañistas, que rechazaban con toda decisión. La segunda noticia se refiere al papa Eleuterio (175-189), el cual, aunque no condenó expresamente el movimiento, ciertamente le era desfavorable.

Medidas eclesiásticas

¿Qué hizo entretanto la autoridad eclesiástica para oponerse y contrarrestar el efecto de estas tendencias de falso rigor y reforma? Desde luego, como sucedía entonces mismo con los gnósticos y otros enemigos de la Iglesia, hubo varios escritores católicos que echaron mano de la pluma para refutar los sueños de Montano. Eusebio nos da cuenta de Apolinar de Hierápolis, Melitón de Sardes, Milcíades el Apologeta, Apolonio y un anónimo muy interesante.

Este anónimo polemista nos da cuenta de la primera medida eclesiástica contra los montañistas. Fueron algunos sínodos del Asia Menor, los más antiguos de que tenemos noticias. En ellos fueron examinadas las nuevas doctrinas y, encontrándolas falsas y heréticas, fueron excomulgados sus partidarios.

Eusebio da también la noticia de la carta del obispo de Antioquía, Serapión, con la firma de muchos otros, en la que refuta la secta rigorista. A esto siguió la organización de disputas públicas, y, finalmente, el papa Víctor (189-199) o Ceferino (199-217) dieron el paso decisivo, excomulgando a los partidarios de la secta. En realidad, la Iglesia hizo frente a este nuevo peligro con todos los medios disponibles.

El tertulianismo

Montano y sus dos profetisas lucharon hasta su muerte por la propagación de la nueva doctrina. Los anatemas de los sínodos y del Papa no los detuvieron en su carrera. Como no acataban su autoridad y por medio de la inspiración directa de Dios se sentían superiores a ella, no se arredraron por nada.

Una de las cosas que más contribuyeron al progreso de estas ideas fue la conquista para ellas de Tertuliano, quien con su espíritu ardoroso encontró cierto descanso en esta secta exaltada. No obstante, al abrazar Tertuliano esta doctrina y constituirse en jefe del movimiento, la transformó un poco, dándole una forma que suele denominarse tertulianismo.

Durante algún tiempo, Tertuliano confió en atraer a esta ideología a toda la comunidad de Cartago; mas, al ver que esto no se verificaba, sino que, por el contrario, se le ponía de frente la mayor parte de los fieles, por fin se separó de la Iglesia el año 197. Desde entonces aparece cada vez más vehemente su oposición a la autoridad eclesiástica. Por otro lado, acomodó el montañismo en esta forma:

Todo lo que en la nueva doctrina tenía carácter sobrenatural y extraordinario procuraba eliminarlo o al menos lo consideraba como secundario. Por esto apenas aduce nunca los oráculos de los nuevos profetas. Lo que le subyuga es la doctrina misma. Además, procura limar las asperezas del sistema montañista frente a la tradición eclesiástica. Según Tertuliano, no se rechazan las instituciones de la Iglesia de entonces como opuestas al espíritu de Cristo, sino porque ha pasado su tiempo, pues el cristianismo debía pasar por diferentes estadios de perfección, y entonces debía entrar en el de la nueva doctrina.

Por lo demás, asienta la doctrina fundamental montañista: sostiene que es reprobable el esconderse en la persecución; insiste en la observancia de los ayunos; mantiene con particular ahínco la doctrina sobre la penitencia, propugnando con su habitual vehemencia que no se pueden perdonar los llamados pecados capitales. En cambio, suaviza la prohibición del matrimonio, limitándolo a las segundas nupcias.

A los adversarios indicados hasta aquí se añadieron otros de carácter más especulativo, que debían ser principio de una serie de herejías interminables. A este grupo pertenece, en primer lugar, el adopcianismo de los que negaban la divinidad de Cristo; pues admitiendo en él únicamente una fuerza superior, lo rebajaban a una pura criatura.

ADOPCIANISMO O DINAMISMO

Primera etapa del adopcianismo

Durante los dos primeros siglos, los maestros cristianos no se habían preocupado de una manera expresa de definir en qué consistía la fuerza especial que residía en el Hombre Dios; pero siempre se había defendido con entusiasmo la divinidad de Cristo. Por esto chocó la doctrina que comenzó a correr a fines del siglo II; afirmaba que Cristo era puro hombre, nacido naturalmente de la Santísima Virgen; pero que en el bautismo había recibido una fuerza especial.

Esta ideología, que tan radicalmente rebajaba la persona de Cristo, encontró buena acogida entre los judaizantes y paganos. Los primeros herejes venían a decir algo parecido. Teodoto de Bizancio fue el primero que presentó en un cuerpo consistente esta doctrina. Hombre de esmerada educación, apostató en una de las persecuciones; pero, arrepentido, se dirigió a Roma para ocultar allí su vergüenza. Sin embargo, también en Roma tuvo que dar cuenta de sí, y, para defender su conducta, afirmó que al fin y al cabo no había negado más que a Cristo, es decir, un mero hombre. Con esta ocasión tuvo que explicar su doctrina, que procuró apoyar sobre todo con textos de la Sagrada Escritura.

Hacia el año 190 fue excomulgado por el papa Víctor. Con todo, continuó haciendo nuevos prosélitos, sobre todo entre los que se hallaban ya como predispuestos. El aire racionalista de la secta atraía también a algunos, si bien a un mismo tiempo causaba gran indignación al pueblo sinceramente cristiano, pues destruía la encarnación. Con los nuevos adeptos consiguió Teodoto organizar una comunidad cismática en Roma; mas como para fundamentar su doctrina tenían que acudir más bien a razones naturales, los autores ordinariamente aducidos eran Euclides, Aristóteles y otros filósofos gentiles.

Los discípulos de Teodoto de Bizancio dieron a la secta una organización más eclesiástica. Uno de ellos fue otro Teodoto (el Joven), quien presentó a Melquisedec como intermediario entre Dios y los ángeles y superior a Cristo, pues éste no era más que una imagen de Dios. Por esto a sus discípulos se los llamó melquisedequianos. Artemón, que fue quien siguió en la dirección del movimiento, procuró darle más consistencia. Llegaba a sostener que esta doctrina era la más antigua de la Iglesia y que había sido defendida hasta por el papa Víctor.

Pablo de Samosata

En una forma muy parecida, pero enteramente independiente, se presentaron estas mismas ideas heréticas a mediados del siglo III. Su promotor era Pablo de Samosata, hombre bien formado dialécticamente. Nombrado obispo de Antioquía en 260, se dio a una vida secular muy conforme con su carácter altanero. Pero bien pronto, más que por los excesos de su vida, llamó la atención por la doctrina que comenzó a defender. Según él, Cristo era mero hombre; pero en Él habitaba el Logos impersonal, la virtud de Dios, de una manera más especial que en los profetas. Cristo, pues, sufrió según la naturaleza, pero según otra fuerza o gracia obró milagros. En una palabra, Cristo no era propiamente Dios, sino puro hombre, levantado o adoptado por una fuerza superior. Por esto se denominó a este error adopcianismo y dinamismo.

Naturalmente, estos errores causaron en todo el Oriente un gran escándalo, si bien hallaron algunos partidarios. Por esto, y por el disgusto que producía asimismo su vida escandalosa, el año 264 fue convocado un sínodo en Cesarea de Capadocia, en el que tomaron parte el obispo de esta ciudad, Firmiliano, Gregorio Taumaturgo, Dionisio de Alejandría y otros. Pablo de Samosata tuvo que presentarse y responder ante el concilio; pero disimuló y prometió la enmienda; entonces los Padres reunidos, para asegurar mejor la ortodoxia, redactaron y firmaron una fórmula de fe de gran interés. El efecto fue nulo. Pablo continuó su vida fastuosa y siguió enseñando sus errores.

El año 268 reunióse un segundo sínodo; pero esta vez todos estaban decididos a poner remedio eficaz al mal. No fue fácil convencer de herejía a Pablo, quien sabía escabullirse con mil subterfugios. Mas, después de largas discusiones, el presbítero Machión lo logró. El resultado fue la excomunión solemne del hereje. Nombrósele inmediatamente sucesor para la sede de Antioquía. Esto no obstante, gracias al apoyo de Zenobia, reina o regente de Palmira, Pablo de Samosata pudo mantenerse hasta que, conquistada Antioquía por el emperador Aurelio, éste dio la célebre solución de que debía quedar como único obispo aquel que estaba en comunión con el de Roma. Este fue el golpe mortal para Pablo de Samosata y su secta. Desde entonces desaparece de la escena, así como también desaparecen poco a poco sus partidarios.

MONARQUIANOS o SABELIANOS

Al mismo tiempo que se debatía en Roma y en Oriente la cuestión del adopcianismo, apareció en escena otra herejía mucho más peligrosa, el llamado monarquianismo, y más tarde también sabelianismo. El adopcianismo se estrellaba contra el sentimiento cristiano, que amaba y adoraba a Cristo; en cambio, el monarquianismo aparentemente salvaba los dos grandes dogmas, la divinidad de Cristo y la unidad de Dios, y por eso mismo presentaba un aspecto de grandiosidad y ciencia; pero en realidad destruía la redención.

Doctrina del monarquianismo

Hasta el siglo III, todos los escritores eclesiásticos se habían circunscrito a profesar simplemente las dos verdades: la divinidad de Cristo y la unidad de la divinidad. Entretanto, los hombres de ciencia no habían tratado de determinar más en particular la relación que existe entre el Padre y el Hijo, o con otras palabras, cómo se compaginan estos dos grandes misterios. Solamente de paso hablan algunos autores del siglo II sobre esta materia, particularmente San Justino; mas, como no estaban los términos bien determinados en un asunto tan delicado, usaron algunas expresiones que aparentemente se oponen a la ortodoxia. Esto debe tenerse presente para juzgarlos con toda justicia.

En estas circunstancias, pues, apareció la herejía de los monarquianos, que pretendía dar una solución al problema de compaginar los dogmas de la unidad de Dios y de la divinidad de Cristo. Su explicación es la siguiente:

Partían de la base inconmovible de la unidad de Dios. Por esto repetían a modo de estribillo, según refiere Tertuliano: Monarchiam tenemus. Por otra parte, querían defender la divinidad de Cristo, y como no entendían cómo podía conservarse la unidad divina con la distinción de personas, sacrificaban a ésta, afirmando que en verdad el Hijo era Dios, pero que era el mismo Padre con una forma o modalidad especial. El Hijo, pues, no es, según ellos, persona distinta del Padre, sino la misma divinidad que con una forma o modalidad es el Padre y con otra el Hijo. El Padre, con otra modalidad, fue quien descendió al seno de María; Él fue quien padeció y murió en cruz. Por todo lo cual estos herejes recibieron los nombres de modalistas, patripasianos o hyopátores (hijo-padres), más tarde también sabelianos. Si bien se mira, esta teoría aparentemente tiene una sencillez extraordinaria y evita toda la dificultad del misterio; pero en realidad destruye el carácter propio de la redención.

Defensores y propagadores

Esta doctrina fue presentada por vez primera en Oriente por Noeto, natural de Esmirna, compaisano de San Policarpo. Por esto se llamó también noecianos en un principio a sus defensores. Mas no pasó inadvertido el peligro de esta ideología, y así, dice mucho en favor de la sagacidad de los presbíteros de Esmirna, que se dieron cuenta de la novedad de la doctrina y exigieron a Noeto alguna explicación. Noeto, en cambio, se defendió ponderando que él estimaba más que nadie las excelencias de Cristo y de la divinidad. No se dejaron arredrar por sus falacias los buenos presbíteros esmirnianos, sino que, habiendo convencido de error al hereje, lo arrojaron ignominiosamente de su iglesia el año 170.

Sin embargo, no adquirieron revuelo estas discusiones hasta que la doctrina comenzó a propagarse en Roma. Según las noticias algo contradictorias de Tertuliano e Hipólito, espíritus turbulentos en sus ideologías propias, pero acérrimos impugnadores de esta herejía, por dos caminos se comenzó a difundir esta doctrina en la Ciudad Eterna. Por un lado, por medio de un tal Práxeas, originario del Asia, donde había sufrido por la fe. Llegado a Roma el año 190 confesor, empezó a difundir estas ideas. Ante el escándalo que recibió el pueblo cristiano, tuvo que retractarse y dar de ello una confirmación por escrito. Entonces se dirigió al África y procuró propagar allí la nueva doctrina; mas como al mismo tiempo impugnaba a los montañistas, Tertuliano desencadenó una campaña contra él con su libro Contra Praxeam, pues aunque él mismo era disidente de Roma, defendía el dogma de la Trinidad.

Entretanto seguía la tempestad desatada en Roma, donde los papas Ceferino y Calixto tuvieron que luchar a la vez contra los partidarios de la herejía y contra sus impugnadores. En efecto, por otro camino llegaron a Roma dos discípulos de Noeto, Epígono y Cleomenes, los cuales se dieron con todo ardor a la propagación de la secta a principios del siglo III. Pero quien más se distinguió por su celo en favor de la herejía fue Sabelio, quien pronto se puso al frente del movimiento. Mas no se contentó con defenderla a ciegas. Amplió la misma concepción, aplicándola al Espíritu Santo, por lo cual trataba de defender la Trinidad, pero no en la misma esencia de Dios, sino en sus relaciones con el mundo. Es decir, Padre, Hijo y Espíritu Santo eran para Sabelio tres formas diversas, que él llamaba itpootora, esto es, rostros o aspectos de una sola persona.

Toda esta concepción trató Sabelio de fundamentarla mejor con especulaciones sacadas de la filosofía pagana. El resultado era siempre una unidad personal absoluta de Dios, que se extiende o toma aspectos diversos: como Padre en la creación, como Hijo en la encarnación, como Espíritu Santo en la santificación. Precisamente por el prestigio que alcanzó Sabelio en el desarrollo ulterior de esta herejía, ésta fue designada generalmente como sabelianismo.

Lucha contra esta herejía

Contra el monarquianismo o sabelianismo, además de Tertuliano, que lo refutaba en África, se levantó en Roma el presbítero Hipólito, el cual es quien nos refiere en su Philosophumena casi todos estos pormenores. Pero Tertuliano, y sobre todo Hipólito, al refutar la doctrina de Sabelio, insistían demasiado en la distinción de personas, por lo cual los monarquianos les echaban en cara la acusación de diteísmo o triteísmo. Pero también en el Romano Pontífice y en los maestros ortodoxos producía Hipólito gran descontento, pues defendía la buena causa, cayendo a su vez en otros errores. A esto se añadía que, con su carácter vehemente, Hipólito estaba también en oposición con el Romano Pontífice. Por todo esto, las luchas trinitarias se fueron prolongando con gran vehemencia y con bastante confusión durante el pontificado del Papa Ceferino (199-217).

Pero Hipólito insistía y apremiaba. Como el Papa no aceptaba su impugnación del sabelianismo, lo acusaba él de connivencia con los herejes. Pero en esto se dejó llevar Hipólito de su pasión. El Papa Ceferino no hizo otra cosa sino dar una declaración de que no existía sino un solo Dios y que Jesucristo era verdadero Dios. Afirmaba los dos extremos, sin dar solución al problema discutido.

Esta actitud excitó más a Hipólito, cuyas iras se concentraron contra el consejero e inspirador del Papa, el archidiácono Calixto, y su excitación llegó al colmo cuando, a la muerte de Ceferino, fue éste elevado al pontificado. Hipólito, que había esperado su propia elevación a la cátedra pontificia, veía ahora en ella a su contrincante Calixto. Así, pues, con el pretexto de que el nuevo Papa no lanzaba inmediatamente excomunión contra los sabelianos, Hipólito dio el paso decisivo, separándose de la comunión del Papa y proclamándose él mismo antipapa. En la relación de todos estos acontecimientos en su Philosophumena, cubre de ignominia a Ceferino y a Calixto. Al primero lo califica de ignorante y ambicioso; a Calixto lo presenta como astuto, vicioso, destructor de la disciplina eclesiástica y hereje.

Por fin, como la herejía de Sabelio se iba poniendo cada vez más al descubierto, el Papa Calixto se vio obligado a lanzar la excomunión contra él y sus partidarios. Sabelio escapó entonces a Oriente; de allí pasó a Egipto y murió el año 260. La secta de los sabelianos se mantuvo hasta fines del siglo IV.

Mas no por esto quedó terminado el cisma de Hipólito, el cual tenía otros puntos gravísimos de disensión con Calixto. A la muerte de éste continuó Hipólito formando su iglesia separada. El año 265 fueron desterrados a Cerdeña el Papa Ponciano y él, y Dios movió su corazón en esta última etapa de su vida, pues consta que se reconcilió con la Iglesia y murió mártir. La Iglesia lo venera como santo.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?