LA ARMADURA DE DIOS

LA FAMILIA

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

CAPÍTULO II

LA SOCIEDAD CONYUGAL

CAUSA – ESENCIA – FINES DEL MATRIMONIO

SEGUNDA ENTREGA

ESENCIA DEL MATRIMONIO

Entremos a examinar la misma naturaleza de la unión conyugal, con los deberes que de ella nacen. El contrato, hemos dicho, hace el matrimonio.

Y ¿qué es el matrimonio?

Ya lo hemos definido. Es, según su esencia o razón formal, un lazo, una atadura, un vínculo, que entre cristianos es un sacramento.

Bajo este aspecto, primordial para el cristiano, podemos describir el matrimonio, diciendo que es Un sacramento de la Nueva Ley, por el que se simboliza la unión de Cristo con la Iglesia y se confiere la gracia para santificar la unión legítima del varón y la mujer, para unir con mayor fuerza los espíritus de los contrayentes, y para educar santamente la prole en los deberes de la virtud y formarla en la fe cristiana.

Fijémonos solamente aquí en el mismo hecho del vínculo, dejando para el siguiente capítulo el examen de sus propiedades.

Si me preguntáis en qué consiste este sagrado vínculo, os diré que es la relación moral que se establece entre el hombre y la mujer legítimamente casados, en virtud de la cual se obligan mutuamente en orden a los fines que hemos indicado.

Pero esta relación moral que vincula a los casados, con los deberes que de ella derivan, es el símbolo de algo superior y divino; no un símbolo estéril, sino eficaz para producir la vida del mismo Dios en las relaciones conyugales.

Por ello el matrimonio cristiano rebasa inmensamente las mezquinas ideas del naturalismo corriente.

¡Menguada concepción del matrimonio la del racionalista, que no ve en esta unión más que la expansión del instinto sexual!

¡Afrentosa definición, que pone al ser humano al nivel de los brutos de quienes dice el Salmo que no tienen inteligencia!

¡Pobre concepto jurídico del matrimonio el de los legistas modernos que no ven en él más que un mudo contrato y vínculo de orden natural, que se regula por los mismos principios que los demás contratos y que, por lo mismo, es rescindible a voluntad de los pactantes!

No: sobre el pacto y sobre el vínculo natural, está Jesucristo, que ha querido santificarlo con su gracia y elevarlo ontológicamente a la categoría de algo sobrenatural y divino.

Era ello una suma conveniencia en el plan divino de restaurar todas las cosas en Cristo. Cuando la gracia de Dios, que es la vida y la fuerza de Dios ha venido copiosa sobre la tierra, fruto de los méritos de Jesucristo que ha querido levantarlo todo a sí, hasta el punto de que no hay un acto de orden personal a que no pueda llegar la gracia de Jesús, no era conveniente quedara sin ser santificado por la gracia el mismo manantial de donde brota toda la vida humana, que es el matrimonio.

Este criterio cristiano es fundamental en la cuestión del matrimonio, y él explica la distancia enorme que nos separa de las teorías jurídicas empapadas de racionalismo. El matrimonio y su función primordial, dicen, es cosa natural y del dominio personal; nada tiene que ver  con ello la religión; en todo caso, y para los efectos de orden doméstico y social, bastará la potestad civil para regularlo.

Pero nosotros decimos que el matrimonio es esencialmente social, porque es el núcleo vivo de donde brota la sociedad. Por lo mismo, Dios, que ha santificado la sociedad humana, haciendo de ella la Santa Iglesia, que no tiene mancha ni arruga, debía, por ley de suma conveniencia, santificar esta sociedad elemental del matrimonio que es la que suministra sus individuos a la Iglesia.

Es más: el matrimonio, hasta considerado como simple vínculo de orden natural, había sido santificado por Dios en la creación. Ya lo hemos dicho. Dios es el que plasmó hombre y, de él, la primera mujer. Dios es quien arrancó del pensamiento y del corazón de Adán las palabras inmortales, que son, pese a las aberraciones de la razón y de la historia, la proclamación de la unidad, de la intimidad, de la indisolubilidad, de la santidad del matrimonio: Esto, ahora, es hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada varona, porque del varón fue tomada; por lo cual dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne.

Cuando la Escritura no tiene más que una palabra para describir la creación y cada una de sus partes: Hágase la luz…, Produzca la tierra hierba verde…, para describir la escena del primer matrimonio dictó el mismo Dios una de las páginas más sublimes de la Biblia: página santa, digna de la institución que acababa de crear.

Y cuando hubo caído el primer matrimonio convirtiéndose en tronco de una raza prevaricadora; cuando la humana historia afrentó esta institución con toda suerte de degradaciones, y la debilidad del hombre se manifestó, más que en cosa alguna, en la corrupción de los caminos de la carne, como en frase enérgica dice la Biblia, llevando la ponzoña del mal al mismo manantial de la vida que Dios había santificado en sus comienzos, ¿no era justo que Dios, restaurador y redentor, rehiciera con su gracia lo que la miseria humana pervirtió?

Así lo hizo Jesucristo: de su Corazón, del que brotaron los sacramentos de la Iglesia, dice un Santo Padre, brotó el sacramento del matrimonio, quedando santificado por la unción de la sangre del Hijo de Dios.

¡Cómo debiera recogerse nuestro espíritu al ver, no ya a Dios presente bendiciendo al primer matrimonio en el Paraíso, sino al sentir gotear la sangre del Hijo de Dios sobre el vínculo conyugal, levantando esta unión natural a las alturas de la vida sobrenatural!

Ya no podrá borrarse del matrimonio la marca de la sangre de Cristo. Entre cristianos, instituir un pacto conyugal y substraerlo a la santidad del sacramento, es imposible. De la esencia del matrimonio entre bautizados es ser un pacto sacramental o un sacramento-pacto, llamadle como queráis. Un matrimonio civil no es matrimonio; es mancebía, es contubernio, es torpe consorcio.

Toda la tradición ha reconocido en la unión matrimonial cristiana el carácter de sacramento: “La gracia divina penetra esta unión, dice Tertuliano, y la defiende contra los ataques y la impureza”. “Él matrimonio ha sido santificado por Jesucristo”, dice San Ambrosio. “En el matrimonio cristiano, dice San Agustín, vale más la santidad del sacramento que la fecundidad de las entrañas”.

En los viejos Sacramentarios se encabezan las ceremonias del matrimonio con estas palabras: Sacramentum Matrimonii. Contra Lutero y Calvino, que tuvieron el cinismo de decir que “contraer matrimonio, arar la tierra y hacer zapatos no son cosas más sagradas una que otra”, el Concilio de Trento dijo anatema a quienes negasen al matrimonio la razón de sacramento.

Y ved el profundo simbolismo cristiano de la unión conyugal. San Pablo nos lo descubre con palabras que dan la sensación de lo sublime: Sacramentum hoc, dice, magnum est, ego autem dico in Christo et in Ecclesia. Grande es este sacramento; mas yo digo en Cristo y en la Iglesia.

Es decir, que el matrimonio cristiano ya no tiene sólo la grandeza que podríamos llamar constitucional de orden natural, sino que es el símbolo de la unión de la naturaleza humana a la Persona del Verbo en la Encarnación, y de la unión mística de Cristo con su Iglesia.

El matrimonio es un sacramento social, como el orden; es vinculador de los hombres por la sangre, como lo es el Orden por la gracia; pero Cristo ha querido que este vínculo sacramental fuese representativo del vínculo social de Dios con los hombres, en su doble aspecto de la Encarnación y de la constitución de la Iglesia.

No os admire la idea de que Dios forma una sociedad con los hombres; Él mismo lo ha querido en su caridad infinita: Para que también vosotros forméis sociedad con nosotros, y nuestra sociedad sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo, dice el apóstol. Sociedad del Verbo con la naturaleza humana en Cristo, que, como dice el Angélico, es una especie de desposorio de Dios con los hombres. Sociedad de Cristo con la Iglesia, es decir, con el cuerpo social de los redimidos con su sangre. Por esto la Iglesia es la Esposa de Cristo.

Por esto, dice un Santo Padre, como la primera esposa fue arrancada por Dios del costado de Adán dormido, así la Esposa Iglesia brotó del costado abierto de Jesús, dormido en la Cruz con el sueño de la muerte pasajera. De esta teoría social de la Iglesia, sacará San Pablo, como consecuencia, los deberes mutuos de los esposos cristianos.

Es decir, que como en el tipo del matrimonio cristiano, que es la unión personal del Verbo con la naturaleza humana en Cristo, y la unión de Cristo con la sociedad de los cristianos, que es la Iglesia, hay una virtud santificadora, que es la razón de la perfección sobrenatural en Jesucristo y en su Iglesia; así en la copia de este tipo, que es el matrimonio según Cristo, debe haber una gracia santificadora de la unión y de los que la contraen. Y ¿qué otra cosa es un sacramento más que un signo sensible representativo y causante de la gracia?

Hechas estas someras indicaciones de carácter teológico, yo os invito a que midáis la altura inmensa a que elevó Cristo el matrimonio. No podréis medirla, como no puede el pensamiento humano medir las profundidades del amor y de la misericordia de Dios para con los hombres en los divinos misterios que son el tipo de la unión conyugal, en esta sociedad unipersonal de las dos naturalezas en Cristo, y en la santísima unión del Hijo de Dios con su Iglesia. Nada hay más santo que Jesucristo, santidad esencial; nada hay en el mundo más santo que la Iglesia, que Cristo hizo para sí “inmaculada”; nada hay más santo que la unión, por el lazo de la caridad, de Dios con los hombres. Después de esta unión, que yo llamaría social-divina, no hay unión social humana más santa que la unión conyugal.

¡Qué grande aparece a esta luz la frase paulina: “Este sacramento es grande, lo digo por lo que respecta a Cristo y la Iglesia”!

Desde este momento, todo es santo en el matrimonio: Jesucristo que lo preside, la Iglesia que lo bendice, la gracia que lleva la santidad de Dios a todo lo que es de su constitución, de su vida, de su atmósfera.

Santos son los contrayentes que, como hemos dicho, hacen y reciben el sacramento, y santa es la unión que de aquí resulta, en sí misma y en sus funciones primordiales. San Pablo tiene dos palabras que señalan la enorme distancia que separa el matrimonio cristiano de toda otra unión marital, aun legítima: Honorabile conjugium, “acoplamiento venerable”, llama a la unión conyugal cristiana: Thorus immaculatus, “tálamo sin mancilla”, dice de la función capital del matrimonio, que es la procreadora (Hebr., 13, 4).

Santísima es la gracia de Cristo que fluye en este sacramento sobre los desposados: “Ella, dice el Concilio de Trento, une al hombre y la mujer con los lazos de la caridad mutua, les hace estables en una afección recíproca, les aparta de todo amor extraño, de todo contacto ilícito, a fin de que todo en el matrimonio sea honorable, e inmaculado el lecho nupcial”. “Ella perfecciona el amor natural, refuerza la unión hasta la indisolubilidad, y santifica a los casados”.

Y como si no bastara esta santidad íntima, la Iglesia ha formulado unas preces rituales para la celebración del matrimonio y para la bendición de los casados, tan llenas de sublimes conceptos, como lúcidas con la luz de la castidad y eficaces con el sentido de fecundidad de vida humana y de gracia divina que contienen.

¡En verdad que es santo el matrimonio cristiano!

Al llegar aquí, preguntará quizás alguno: ¿Qué hay que sentir sobre el matrimonio civil? ¿No lleva aneja también la bendición de Dios, como corresponde a toda unión legítima?

No. El matrimonio civil, si por tal se entiende el contrato celebrado por los esposos ante la autoridad civil, sin intervención alguna de la Iglesia, no es, entre cristianos, un matrimonio, sino bochornoso concubinato.

La razón ya la hemos indicado: entre cristianos, el contrato es inseparable del sacramento; si no hay sacramento no hay validez de contrato; y la autoridad civil no puede hacer, ni administrar, ni autorizar sacramentos, ni regular con sus leyes una materia sobre la que no tiene jurisdicción: “Siendo el matrimonio sagrado por su esencia, dice León XIII en su Encíclica Arcanum, debe regularse y gobernarse, no por el poder de los príncipes, sino por la autoridad divina de la Iglesia, única que tiene el magisterio de las cosas sagradas”.

Entonces, ¿qué valor tiene la ceremonia civil de inscripción del matrimonio? ¿No puede reconocerse a los poderes civiles ninguna clase de autoridad en lo relativo al contrato sacramental? En lo que tiene de sacramento, no; pero sí por lo que atañe a las consecuencias de carácter civil del matrimonio. Y en este sentido puede llamarse a la ceremonia civil un accesorio del matrimonio.

El matrimonio es un contrato sacramental; pero este carácter sagrado no anula ciertos aspectos legales que se le reconocen en toda sociedad, más si cabe en la cristiana, por la unidad e indisolubilidad del sacramento. La autenticidad legal del contrato, sus consecuencias en lo relativo a las estipulaciones dotales, a la sucesión hereditaria y otras, legitiman la intervención del poder civil, no en el sacramento, sino en lo que en el orden civil deriva del sacramento.

Por la misma razón, es la Iglesia la que interviene en materia de separación de los esposos en lo que atañe al sacramento; pero es la autoridad civil quien regula los efectos civiles de la separación. Nada ha perdido con ello la santidad del contrato sacramental.

Dejad ahora que saque la consecuencia legítima de esta ley fundamental de la santidad que regula la esencia del matrimonio, y con ello os indique la forma de vida de los que lo contrajeron.

Yo os decía que el contrato matrimonial, porque es voluntario, reclama la libertad completa de los esposos; libertad que rompa toda cadena que se os quiera imponer de fuera, en nombre de las conveniencias humanas; libertad a la que ponen cerco a veces las mismas exigencias de la sangre y del amor de nuestros domésticos; libertad que aherrojan a veces las fuerzas bajas de nuestra propia vida: el amor ciego, la codicia ruin, la veleidad y el capricho.

Ahora os digo que, siendo el matrimonio santo en su esencia, el primer deber que impone a los desposados es la santidad.

No hablo ya de la vocación general a la santidad, de esta vocación que responde a nuestra elección como miembros del reino de Cristo: Dios nos eligió en Cristo para que fuésemos santos. Me refiero a la santidad específica del estado matrimonial. Hay una santidad universal, que tiene el denominador común de caridad, que es la unión sobrenatural con Dios y con nuestros hermanos. Pero esta caridad toma distintos matices en cada estado, hasta diré en cada individuo. Hay una santidad sacerdotal, como hay una santidad religiosa, como hay una santidad conyugal.

Esta es vuestra santidad, casados, la santidad que os exige el sagrado vínculo que os une.

Santificad ante todo vuestro amor, ya que él es el que ha vinculado vuestras vidas. Amaos, amaos entrañablemente uno a otra: sois hueso de los mismos huesos, y carne de la misma carne. Esto quiere decir que la medida del mutuo amor debe ser el amor con que os améis a vosotros mismos.

Vuestra unión es el símbolo de la mística unión de Cristo con su Iglesia; amaos, pues, como Cristo ama a la Iglesia, como la Santa Iglesia ama a Cristo; es la ley que proclama el Apóstol: Maridos, amad a vuestras esposas, como Cristo amó a su Iglesia. Y ved cómo Cristo amó a la Iglesia, hasta dar la vida por ella. Quien ama a su mujer, sigue el Apóstol, se ama a sí mismo; porque jamás nadie aborreció su propia carne.

Ved, esposas, cómo la Iglesia ama a Cristo. Ved ese río de sangre y dieciséis millones de mártires; contad los millones de vírgenes; oíd ese aleteo secular de centenares de millones de corazones que vuelan hacia Cristo; es el amor de la Iglesia por Cristo, es el modelo de vuestro amor para con vuestros esposos.

Ello me da pie para condenar todas las profanidades de doctrina y todas las profanaciones de hecho con que la impiedad y las costumbres modernas han afrentado el santo amor conyugal. ¡Amor libre, amor natural, amor sexual! Anatema a estos amores, indignos de un ser racional, indignos de un cristiano, incapaces de fundar una sociedad espiritual como es el matrimonio, demoledores de su unidad y de su estabilidad.

El amor conyugal debe ser no sólo un amor racional, sino sobrenatural, porque Dios le ha sellado en su misma fuente con la gracia divina. El amor conyugal debe bajar de las alturas de la inteligencia y de la voluntad, debe caldearlo el amor de corazón con las llamaradas de un santo apasionamiento, y ser levantado a las alturas de Dios, para que con él se eleve toda la vida de los esposos.

Dese al cuerpo lo que se le debe, por la fuerza del contrato y para los fines del sacramento; pero todo ello esté embebido de la santa caridad, en la que quiso el mismo Dios meter las raíces del matrimonio.

Sean, si queréis, la juventud y la hermosura acicate de vuestro amor; pero no sean la razón de vuestro amor.

¡Pobre amor el que se funda en la carne! Es deleznable, como la carne misma; es bajo, como la carne desgajada del espíritu. Le matan los desengaños, las veleidades, las genialidades que del mismo nacen, los rozamientos inevitables que el mismo produce. Le apagan las nubes de la contrariedad que él mismo acumula. Le arrancan paulatinamente del corazón los años, a medida que aja el tiempo, con su mano implacable, la carne que ya no se mira como la propia carne, y nubla los ojos en que no se ha visto nunca el alma, y debilita un cuerpo que ya no sirve para los goces bastardos.

En cambio, ved las glorias del amor conyugal cristiano. Amor sereno y firme, con la serenidad del pensamiento y la fortaleza de una voluntad inquebrantable de amar, por caridad y en Cristo, a la otra mitad de su vida. Amor, si queréis, apasionado, con los santos transportes que sentiría Adán en presencia de su esposa; pero que refluyen en la misma caridad para estimularla. Amor efusivo, que abre las puertas del corazón y que penetra y deja penetrarse hasta los repliegues del alma, para que la misma atmósfera de un mismo amor envuelva y embalsame dos vidas que se han fundido en una sola vida. Amor concentrado, casi diría egoísta, que no consiente ni el asomo del amor ajeno en el coto del amor conyugal. Amor abnegado, por el que al unísono lloran, y trabajan, y sufren los esposos. Es el mismo amor racional que ha recibido la forma de la caridad cristiana y ha sido sublimado a las regiones de la grandeza sobrenatural.

Y con la santidad del amor, la santidad del vínculo conyugal reclama la santidad de toda la vida, de todos los vuestros y de todo lo vuestro, de toda la casa.

Todo sacramento, dicen los teólogos, es un signo exigitivo de la gracia, es decir, todo sacramento causa la gracia que significa, si a ella no se pone óbice. El sacramento que significa unión de Cristo con su Iglesia, no sólo debe llevar la santificación al vínculo, sino a todo lo que es consiguiente al vínculo.

¡Oh! Mirad la Iglesia, la santa Esposa de Cristo; Dios ha puesto en su alma el fermento de la caridad, y todo en ella ha ido santificado: la ciencia, las artes, el culto, las instituciones de todo género, las costumbres populares.

Toda su gloria es interior, como la de la esposa del Rey, de que nos habla el salmista; pero su cuerpo es espléndido, sus vestiduras son recamadas de oro y adornadas de ricas broderías; es la santidad social, proyección externa de la de su alma.

Así debe ser el matrimonio cristiano; la gracia de Dios informando este lazo que con la gracia de Dios se contrajo; pero, como por el tronco sube la savia a las ramas, a las hojas, a los frutos, así la santidad debe vivificar todo lo que derive de los esposos, todo cuanto los envuelva. Santas las costumbres, santas las relaciones, santos los hijos, santa la educación, santa la servidumbre, santas hasta las paredes de la casa que sirve de albergue a los que santamente casaron, a los que han recibido la misión, a perpetuidad, de representar simbólicamente los santísimos desposorios de Cristo y de su I Iglesia: Este sacramento es grande; lo digo por lo que respecta a Cristo y a la Iglesia.

LOS FINES DEL MATRIMONIO

Discurramos brevemente sobre el tercer aspecto del Matrimonio. ¿Cuáles son sus fines?

Decimos que el fin primordial es la procreación de los hijos, no sólo en lo que dice orden a su generación, sino a su promoción o elevación a un estado perfecto, según el fin de la humana naturaleza, función que llamamos educación.

Los secundarios son la mutua ayuda de los casados en lo que atañe a la vida doméstica, y el remedio a su debilidad moral.

Cada uno de estos puntos debiera ser tratado en un libro; tan vastos son los horizontes que ofrecen. Desglosando de este capítulo lo relativo a la educación de la prole, a la que dedicamos los capítulos VI y VII, y a los fines secundarios del matrimonio, de que se dirá en el capítulo siguiente, nos ceñiremos a someras consideraciones sobre el fin primario del matrimonio que es la procreación de los hijos.

La materia es delicada. Nadie, con todo, podrá extrañar que en un libro sobre la familia se puntualice la doctrina cristiana acerca lo más vital y recatado que tiene el matrimonio, pero que es lo que tiene más profunda repercusión en la vida social. A pretexto de injustificados prejuicios por nuestra parte, y por la propaganda de doctrinas de perdición por los enemigos de la familia y de la sociedad, se han inferido gravísimas injurias a la santidad del matrimonio, y ésta, dice el Catecismo del Concilio de Trento, debe ser predicada o explicada al pueblo, “mayormente pudiéndose advertir que así San Pablo como el Príncipe de los apóstoles dejaron escritas cuidadosamente en muchos lugares las cosas que pertenecen, no sólo a la dignidad, sino también a los oficios del matrimonio. Porque, inspirados por el Espíritu de Dios, entendían muy bien cuántas y cuán grandes utilidades podrían provenir a la república cristiana si tuvieran los fieles bien conocida la santidad del matrimonio y la guardasen sin mancilla alguna; como al contrario, si esta santidad se ignora o desestima, las muchas y grandes calamidades y desventuras que se acarrean a la Iglesia”.

El Código de Derecho Canónico lo manda a quienes tienen cura de almas (canon 1033).

Bossuet, en su Catecismo de la diócesis de Meaux, para uso de sus diocesanos, tiene esta pregunta y respuesta: “¿Qué mal debe evitarse en el uso del matrimonio? — Rehusar injustamente el débito conyugal; usar del matrimonio para satisfacer la sensualidad; evitar el tener hijos, lo que es un crimen abominable.” Se vale el gran Obispo de la misma tremenda frase de la Escritura (Gén., 38, 9-10).

La procreación es un deber que nace, hablando en general, de la misma naturaleza del contrato matrimonial y de la del acto conyugal al cual vinculó Dios la fecundidad. Frustrarla, es pecar contra naturaleza. Más, aún lo es impedir, por cualquier medio, que llegue a la madurez el fruto de este acto; el mismo Catecismo del Concilio de Trento habla con terrible dureza de “la maldad de aquellos casados que, o impiden con medicinas la concepción, o procuran aborto; porque esto se debe tener por una cruel conspiración de homicidas.”

La Iglesia declara excomulgados a los que procuran el aborto, incluso la madre, si se sigue el efecto (canon 2350). Ya Tertuliano decía en su Apologético que ” frustrar el nacimiento es un homicidio prematuro, porque todo fruto está en su germen”.

¿Por qué entonces, dirá alguno, acepta la Iglesia como un sacrificio heroico el de la facultad de procrear, y llama “raza hermosa”, pulchra generatio, a la de los castos? Porque el precepto gravita sobre la humanidad en general, y pueden, los que se sientan con rvalorpara ello, ofrecer a Dios sus cuerpos incontaminados; es un estado de mayor perfección, al que son pocos los llamados, dice el Apóstol. Hasta los mismos casados, por espíritu de sobriedad, de mortificación, de santificación de ciertos días, hasta de economía, pueden no hacer uso de la facultad procreadora que recibieron de Dios. Sólo la contravención de las leyes de la naturaleza es lo que condena la moral cristiana en este punto (cfr. Sum. Teol. II-II, q. 152. A. 2, ad 1).

Pero salvando estas excepciones, la fecundidad es un mandato para los casados. Cuando Dios hubo criado a nuestros primeros padres, dice el Génesis que les bendijo, diciéndoles: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra. En estas palabras se encierra un poder excelso y el deber correlativo, porque en la escala de los poderes no hallaréis en el mundo uno sobre el que no pese la ley de la responsabilidad correspondiente a su ejercicio. El poder de dar la vida importa, en las condiciones supuestas, el deber de darla.

¡El poder de dar la vida! ¿Quién tiene legítimamente este poder sobre la tierra? Sólo vosotros, esposos; y este poder debiera espantaros, porque os coloca sobre todo poder inferior al poder de Dios. Los reyes sólo gobiernan a los hombres que vosotros hacéis; el artista sólo reproduce una imagen de ese cuerpo al que vosotros disteis la vida; todos las Cresos del mundo no pudiesen formar un poco de materia organizada, cuanto menos un cuerpo humano, cuanto menos arrancar de la materia un suspiro, una palpitación de vida.

¡La vida! ¡La vida humana! Sólo Dios pudo infundirla al barro de que formó al primer hombre, sacando de su pecho divino, como nos describe el Génesis en sublime antropomorfismo, un hálito que organizó y vivificó aquella masa inerte: E insufló sobre su cara un soplo de vida. Después de Dios sólo los padres han recibido el poder de multiplicarla, con la participación de la paternidad de Dios, de quien viene toda paternidad, en el cielo y en la tierra. Yo creo que si no hubiese habido más que un padre en el mundo los hombres se hubiesen postrado ante él, rendidos por la grandeza y majestad de este poder.

Pero, ¡miserable ingratitud la del hombre! Dios ha puesto la ley fundamental del matrimonio, en lo que atañe a sus fines; pero los hombres, los padres, renuncian a este poder o le cercenan; se quedan quizás, egoístas, con el goce que puso Dios como estímulo de la paternidad y declinan, para no decirlo con palabra más dura, la grandeza y la responsabilidad del tremendo poder que Dios les dio.

Llenad, padres, los deberes que la ley de la paternidad importa. Os lo exige la sociedad civil, mirando sólo al matrimonio como sociedad de orden natural.

La ciudad, la patria, la tierra, os piden la vida de esos hombres nuevos que de vuestro poder la esperan. La tierra necesita brazos, energías. La ciudad reclama ciudadanos que no tendrá si la familia se los niega. La patria quiere inteligencias y voluntades, genios quizás, que la hagan grande, soldados que la defiendan.

Os lo exige la Iglesia que bendijo vuestra unión para que le dierais nuevos cristianos: Sit fœcunda in sobole: “Sea fecunda en hijos”, pedía la Iglesia a Dios, el día del matrimonio, al pedir su bendición sobre la esposa. Vosotros, con vuestra unión conyugal, sois el símbolo de la unión de Cristo con su Iglesia; y Cristo y su Iglesia no cesan de engendrar hijos según el espíritu. No fuera ello posible si vosotros ahogarais la vida, represándola en la misma fuente de donde brota.

Os lo exige la dicha de vuestros hogares, porque los hijos son una bendición de Dios, y la bendición de Dios es fecunda en toda suerte de bienes. El salmista nos pinta la belleza de un hogar, con la madre, lozana y fecunda como vid cargada de racimos, y el padre, venerable como añoso tronco de olivo coronado de los tiernos tallos de sus hijos, que circundan la mesa paternal; y acaba la pintura con este epifonema: Así bendecirá el Señor al hombre que le teme.

Hay que insistir en el fenómeno de la esterilidad voluntaria, que consideramos una de las grandes aberraciones de la civilización moderna y uno de los distintivos de las razas decadentes. Roma perdió su poder de invasión y de defensa, que la había hecho dueña de la porción más rica del mundo conocido, cuando se vaciaron de hijos los hogares; porque los matrimonios, corrompidos por la costumbre de adulterio y del divorcio, arrastrados por la corriente de la molicie colectiva, perdieron el querer y el poder de la fecundidad. Los bárbaros, de sangre moza, numerosos como enjambres, aniquilaron fácilmente los débiles restos de una generación, agotada ya antes por el egoísmo de los padres.

En la Francia de hoy resuena, del uno al otro confín, el clamor de políticos y moralistas, llamando a los padres al cumplimiento de su deber primordial, que es dar hijos a la patria. En cincuenta años ha bajado allí la natalidad de 26’ i a menos de 17 por mil; de 1.005.000 de nacimientos en 1861, no restan más que 700.000 en 1923; y cuando en 1830 había cuatro nacimientos por matrimonio, hoy no se cuenta sino un promedio de dos.

Ni ha quedado libre de los estragos del mal nuestra patria. En los veinticinco años últimos ha bajado el coeficiente de nuestra natalidad de 33,81 por mil, a 30. Gracias al mejoramiento de la higiene, ha decrecido la mortalidad, aún en mayor proporción que la natalidad; lo que permite saldar con un superávit de 10’ 22 vidas por mil, cuando en 1900 la diferencia de natalidad y mortalidad, daba sólo en favor de la natalidad un 4’ 90 por mil. Balance satisfactorio si se considera la totalidad de nuestro territorio, tanto como es desolador el de las regiones donde han arraigado más las prácticas neomaltusianas. El noreste de España no da, desgraciadamente, sino un coeficiente 4’ 72 por mil en favor de la natalidad. Es cifra que se presta a serias consideraciones de carácter moral y social.

Por ello deben converger todos los factores de orden legal, económico, moral, y religioso a restañar la herida por donde se pierde nuestra sangre. Esta herida la han abierto el egoísmo y los necios prejuicios en el corazón mismo de donde brota la sociedad, que es el matrimonio. Hay que matar el egoísmo y destruir los prejuicios.

Ante el poder y los deberes de la paternidad, son débiles, son necios argumentos, son infames egoístas las razones que puedan dictar las humanas conveniencias.

Las dudosas exigencias de la salud, los fútiles pretextos de la belleza, los cálculos del bienestar y de las pingues herencias, que Dios haga no fallen —porque suele Dios castigar en aquello en que se peca— y las teorías económicas en pugna con las leyes fundamentales de la vida humana, no deben pesar ante la voz imperiosa de Dios que llama al acrecentamiento de la vida humana y la consiguiente conquista de la tierra: Creced… Dominad

Hubo en el siglo XVIII un economista inglés, Malthus, pastor protestante, que pretendía que el crecimiento normal de la humanidad podría, en un momento dado, hacer que la tierra no le bastara al hombre para vivir. Mientras la población crece en progresión geométrica, las subsistencias crecen sólo en progresión aritmética, decía Malthus. Los alimentos se suman; las bocas se multiplican. La teoría, lejos de ser inmoral tal como la concibió el autor, más bien propendía el ascetismo; porque, para prevenir el peligro, recomendaba Malthus la continencia.

Pero “los hechos, dice Hoppenot, dan a esta teoría el más solemne mentís. La crisis que amenazaba a los hombres no venía, antes de la guerra última, del exceso de población, sino del exceso de producción. Había plétora de productos en los mercados; lo que faltaba eran consumidores de las subsistencias. Hoy mismo faltan hombres para las tierras, que se hallan sin colonos; hay inmensas regiones que están aún despobladas. Los progresos de la química agrícola y de las fabricaciones industriales parecen asegurar la subsistencia de una población que aumente indefinidamente. La pequeña Bélgica, aun con densidad enorme de población, gozaba, antes de la guerra, gran bienestar”.

En lo que Malthus, honradamente y en un plano general, vio un peligro para la humanidad, sus discípulos de hoy han hallado un pretexto para la divulgación de doctrinas y prácticas abominables que han llevado la desolación a muchos hogares: “Un hijo, dos hijos, y nada más”, dicen los neomaltusianos, si es que a tanto se llega; la multiplicación de los hijos es la ruina de las familias y un peligro gravísimo para las madres. Pero “esta doctrina, sigue el mismo Hoppenot, es una mentira histórica; porque todo el mundo sabe que los hijos numerosos son una riqueza para una familia pobre. Durante algunos años, ellos serán una carga para la madre; pero, ved que desde los doce años empiezan a ganar, tantos salarios como hijos, y la familia pobre pasa a un holgado vivir. Este es el hecho que deberá confesar la economía imparcial”.

Con respecto a las madres, más que en los peligros imaginarios o remotos hay que buscar las causas de la esterilidad voluntaria en el egoísmo del bienestar y del | goce, en el culto idolátrico de una belleza física siempre inferior a la aureola de la maternidad multiplicada.

Ni el testimonio de la historia ni el de la ciencia verdadera son adversos a la maternidad copiosa; ¿quién no ha visto cien veces ancianas venerables, de tez y aire juvenil, madres de una prole numerosa? Cuanto a la ciencia, atengámonos al autorizado testimonio de los sabios: “Si todas las casadas consintieran en ser madres, morirían de hambre los cirujanos, esto es matemático, y podríamos demostrarlo; lo que da hoy más contingente a los cirujanos es la esterilidad voluntaria…” La maternidad, lejos de presentar los peligros que le atribuyen la ignorancia crédula del público y la falsa ciencia interesada de los apóstoles del neomaltusianismo, es, para la mujer sana, una garantía de prolongada salud, y con frecuencia un remedio de eficacia sin par para la mujer enferma”. En cambio, se venga la naturaleza cuando siente sus fueros violados.

Es que sobre todo vela la Providencia de Dios: sobre la madre, sobre la vida de los hijos, sobre la prosperidad de las familias fieles a sus preceptos, sobre toda villa humana, para la que puso Dios reservas inagotables de subsistencias en esta tierra bendita que entregó a nuestra posesión y dominio.