SANTA CRISTINA

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SANTA CRISTINA

VIRGEN Y MÁRTIR EN ITALIA (f hacia el año 300)

santa cristina

 

Esta virgen mártir recibió los honores del culto casi inmediatamente después de su muerte. Brilla en ellas singularmente lo sobrenatural. ¿Quién no admirará la intrépida fe de esta doncella, fiel a Jesucristo a pesar del furor de su padre pagano y verdugo, de las lágrimas de su madre y de los horrorosos suplicios a que fue sometida?

Razón tuvo el gran padre de la Iglesia, San Ambrosio, en llamar a esta esposa amada del Salvador, «campo hermoso, tierra amena, heredad del Señor fecunda en santidad y virtud». La incomparable virgen es testimonio prodigioso de la gracia del Señor, y prueba elocuente de su inmensa bondad y poder. La niña Cristina será siempre gloria inmortal del cristianismo y ornamento eterno de la Iglesia Católica. Esta alma solidísima en carne flaca, este espíritu agigantado en un cuerpecito débil, este corazón intrépido frente al poder del mundo, será siempre el honor de las mujeres por su modestia, el modelo de las vírgenes por su pureza, la emulación de los mártires por su constancia y una exaltación de la gracia por su ternura. Un milagro de la virtud llevado a lo más alto de su eficacia.

 

LA JOVEN RECLUSA
No se sabe a punto fijo dónde nació Cristina. Algunos historiadores afirman que era romana. Según las Actas, sufrió el martirio en la villa de Tiro, situada en una isla del lago de Bolsena, en Toscana. Su familia profesaba el paganismo y su padre Urbano era gobernador de la villa de Tiro. La joven Cristina había recibido del cielo, a la par que una gran hermosura corporal, las más bellas cualidades morales y grandes bienes de fortuna; en una palabra, todo cuanto puede contribuir a hacer humanamente feliz a una persona.
Sin embargo, Dios le había otorgado un don mucho más valioso aún, el don inestimable de la fe. La que parecía destinada por su nacimiento a permanecer en las tinieblas del error, halló la verdad y la abrazó con sinceridad y valor, no obstante la perspectiva de los peligros y tormentos, y consagró a Jesucristo todo su amor, decidida a serle fiel hasta la muerte.

Su familia ignoraba este cambio. Urbano, que estaba orgulloso de su amada hija, quiso ocultarla a los ojos del mundo y aun probablemente, sustraerla al proselitismo de los discípulos de Cristo, a quien odiaba, e hizo construir una especie de torre que adornó con profusión de dioses de oro y plata. Allí encerró a Cristina con algunas sirvientas, dándoles orden expresa de ofrecer incienso y sacrificios a los ídolos. Nuestra joven tenía entonces once años. Todas estas precauciones hubieran sido completamente ineficaces para hacer a Cristina virtuosa, si fuera pagana, pues el culto de los demonios no ayuda a la santificación; más Cristina era ya cristiana y tenía en Jesús la fuente de sus virtudes; por eso no temía aquella peligrosa soledad y hasta encontraba en ella un medio de unirse más a Dios.

La piadosa doncella elevaba sus pensamientos y sus miradas al cielo, para conversar en silencio con el celestial Rey de su alma, y para pedirle luz, fuerza y perseverancia. De este modo preparaba su corazón y su cuerpo para la lucha más dura y sangrienta que cabe en la imaginación y en la idea, pues el mismo que le dio la vida, había de ser el tirano cruel y desnaturalizado que por odio a la religión se hartara de su sangre inocente.

Siete días habían transcurrido ya desde su encierro y las estatuas de las divinidades paganas no habían recibido aún ningún honor. Las sirvientas comenzaron a inquietarse. Dijeron, pues, a su ama; —Siete días llevamos aquí encerradas y no hemos ofrecido a nuestros dioses ni incienso ni sacrificios. Van a irritarse y hacemos morir. Ciertamente que más temían la cólera de Urbano que la de los dioses, y se extrañaban de que Cristina, tan obediente en todas las cosas, desobedeciese a su padre en un punto que ellas juzgaban importantísimo —¿Por qué teméis? —respondió vivamente la joven—. Vuestros dioses son ciegos y no me verán; sordos y no oirán mis oraciones. Por lo que a mí toca, sólo ofrezco sacrificios al único Dios verdadero que ha hecho el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto en ellos se encierra.

Horrorizadas al oírla hablar de esta manera, las sirvientas se arrojaron a sus pies para decirle entre sollozos. —Te rogamos que nos oigas. Eres de familia noble; tu padre es prefecto de la ciudad, ¿por qué adoras a un Dios que no ves? Si tu padre lo sabe, nos acusará de haberte enseñado una religión impía y nosotras sufriremos injustamente las consecuencias de su enojo. —El demonio os ha seducido —respondió Cristina— , poneos conmigo en los brazos del Dios Todopoderoso, haced ofrenda de vuestros corazones a Jesucristo, y Él os librará del demonio y os devolverá la tranquilidad.

 

CRISTINA ES CONSOLADA POR UN ÁNGEL
Transcurridos algunos días, fue Urbano a ver a su hija y a venerar a los dioses. Mas como encontrase la puerta cerrada, y no se la abriesen, golpea desesperadamente y grita amenazador. Cristina, absorta en la oración, no le oye. Tiene los ojos levantados al cielo y contempla a su Dios en éxtasis sublime y completamente ajena a cuanto pasa a su alrededor. Por fin las sirvientas acuden a los golpes y gritos, abren las puertas y le manifiestan que Cristina es cristiana y desprecia a los dioses.

Irritado Urbano, corre cabe su hija y le dice: —¿Cómo es eso, Cristina? ¿Es posible que te hayas cegado hasta el punto de adorar a un Dios que no pudo salvarse a sí mismo? Sacrifica a los dioses o de lo contrario te harán morir. —Vuestros dioses no tienen ningún poder sobre mí —responde Cristina—; soy hija del Dios del cielo, único a quien ofrezco mis sacrificios.

Urbano se retiró muy encolerizado. Temiendo Cristina que vendrían días de luchas terribles, suplicó a Jesús que acudiera en su ayuda. Al punto se le apareció un ángel y le dijo: «El Señor ha oído tu oración, ten buen ánimo, pues combatirás contra tres jueces. Si triunfas, serás coronada». Mientras esto decía, el mensajero celestial iba trazando la señal de la cruz sobre la frente de la doncella como para bendecirla.

Aquel signo redentor infundió nuevos ánimos a la generosa doncella. Y si antes estaba dispuesta a esperar serenamente las dificultades, sentíase ahora con alientos como para salir en busca del martirio. Ya no pensaba en los tres jueces de que le hablara el ángel, sino en la dicha de padecer y morir por su Dios a quien sin tardar quería sacrificar la vida.

 

COMIENZO DE UN LARGO MARTIRIO
Indignada Cristina al ver a su alrededor las estatuas de los ídolos, rompió al atardecer todas las que pudo, e hizo distribuir los fragmentos de metal precioso entre los cristianos pobres e indigentes.

Algunos días después volvió Urbano a entrevistarse con su hija. Su furor se desbordó al saber lo que Cristina había hecho, y trocando en rabia el amor paternal, asió a la virgen niña por los cabellos, la arrastró por el suelo sin piedad, y a grandes golpes y bofetadas trató de vencer su firmeza. Fue en vano aquella crueldad del inicuo padre. Llama inmediatamente a los verdugos y les manda que desnuden y azoten con varas a la inocente víctima. Desgarraron luego su cuerpo ensangrentado, con peines y garfios acerados, hasta hacer saltar su carne a pedazos; pero Cristina, invencible en la fe, tiene aún valor para decir al magistrado: «Ved que los que me azotan están ya rendidos; vuestros dioses no pueden ni siquiera darles fuerzas». Urbano, avergonzado de verse vencido por su hija, le hace arrojar en el calabozo y se vuelve confuso a su casa.

La madre de Cristina, informada de cuanto había pasado, fue adonde estaba la niña y le dijo: «Hija mía, ten piedad de tu madre, y no la hagas morir de pena; tú eres mi hija única y todo lo que tengo es tuyo». Pero ni las lágrimas ni las súplicas pudieron vencer la constancia de la joven mártir. Cristina amaba tiernamente a su madre, pero sabía muy bien que es preciso amar a Jesucristo con amor infinitamente más grande y que debemos obedecer a Dios antes que a los hombres.

Llamóla Urbano nuevamente a su tribunal para decirle: —Cristina, adora a los ídolos, de lo contrario, no te llamaré hija mía. —Soy hija de Dios —replicó la cristiana doncella—. De Él he recibido el alma y la vida, a ti sólo te debo el cuerpo.

El gobernador no pudo ya contener su indignación. Llamó a los verdugos y les ordenó que de nuevo azotasen con varas a su hija. Los miembros, todavía magullados por las flagelaciones precedentes, desgárranse con el furor de los golpes. Su cuerpo queda hecho una llaga, y su sangre inocente brota abundante de sus venas. Sostenida por una fuerza divina, la heroica joven sonríe en medio de tan atroces suplicios. Inclínase con calma, recoge sin inmutarse un trozo de carne ensangrentada que acaba de caer a tierra, y se lo enseña a su padre desnaturalizado. Mas no por esto se conmueve el inicuo juez; tal vez teme el muy ruin perder el puesto y la magistratura si perdona a una cristiana. Quiere, pues, terminar por un suplicio digno de su propia vileza. Manda tender en el suelo gran cantidad de carbones encendidos con aceite y pez, y atando la niña a una rueda de hierro, le hace dar vueltas en el aire, para atormentarla lentamente en la fragua de la tribulación y del tormento hasta ver de rendirla.—Señor, Dios mío, —exclamó Cristina a la vista de las llamas— no me abandonéis en este nuevo combate; miradme propicio y que vuestros santos ángeles apaguen este fuego a fin de que no reciba herida alguna.

Conforme a su súplica el fuego respetó sus doloridos miembros, y las llamas, volviéndose hacia los espectadores, consumieron a algunos, según consta en las Actas. Como Urbano le preguntase de dónde lo venía aquel extraordinario socorro, respondió la virgen mártir: —De Jesucristo me viene este auxilio, Él me ha enseñado a sufrir; Él, que es luz de los ciegos y vida de los muertos. En su nombre triunfo de tus esfuerzos y de tu poder, que es poder de Satanás. Rugió de ira Urbano al oír esta respuesta, y mandó que Cristina fuese llevada al calabozo y que en él se la abandonase.

Dios se encargó de consolar a su fiel sierva, enviándole tres ángeles que le curaron las llagas, alimentaron su cuerpo, confortaron su ánimo y la prepararon para seguir en su lucha hasta coronarla con nuevos triunfos.

 

NUEVOS TRIUNFOS DE CRISTINA
Durante la noche, cinco hombres, enviados secretamente por el prefecto, se apoderaron de la mártir y atándole una piedra al cuello la precipitaron en un lago. Pero, ¡oh maravilla!, Cristina quedó a flote sobre las aguas por las que avanzaba tranquilamente hacia la orilla. Una hermosa corona circundaba su frente; llevaba una estola de púrpura al cuello y delante de ella abrían paso los ángeles del Señor.

Al verla sana y salva, su padre, ciego de cólera, ordenó que fuera nuevamente encarcelada, pero mientras la conducían a la prisión, el cruel y desnaturalizado padre cayó mortalmente herido por la justicia divina y poco después expiró en medio de horribles dolores que nadie supo aliviar.

A Urbano sucedió Dión, pagano y perseguidor de los cristianos. Enterado Dión de los procedimientos seguidos hasta entonces con la prisionera hízola comparecer en su presencia y probó de intimidarla nuevamente. —Cristina —le dijo—, tú eres de familia noble, ¿qué error te ciega, pues, y te lleva a abandonar a nuestros benévolos dioses, para adorar a un Dios crucificado? Ofréceles sacrificios, de otro modo me veré obligado a entregarte a suplicios, de los que tu Dios no podrá librarte. —Espíritu malvado —respondió ella con energía—. Has de saber que Cristo, a quien tú desprecias, me librará de tus manos. Sonrió el juez ante aquel desafío, y mandó sumergirla en una caldera de aceite hirviendo mezclado con pez, pero Dios velaba por su fidelísima sierva; hizo ella la señal de la cruz y, ante el pasmo y confusión de sus verdugos, mantúvose sin daño ni molestia en medio de aquel baño mortal. —A los dioses debes esta defensa —le dijo Dión— ; sin duda quieren salvarte la vida porque te guardan para grandes cosas. —Te equivocas —replicó Cristina—, a solo Cristo, mi Dios, se la debo; a Cristo que te sepultará en los infiernos si continúas persiguiéndole en la persona de los cristianos como has hecho hasta ahora.

Rabioso ya el pagano juez, ordena que le corten los cabellos y le destrocen los vestidos, y que la expongan así desnuda a las burlas e insultos del populacho. Mas el pueblo, que estaba admirado del heroísmo de la intrépida jovencita, clamó contra aquella orden inhumana; sobre todo, las mujeres manifestaron ostensiblemente su indignación. Cristina dio gracias al Señor y rogó a su Divino Esposo, que continuara auxiliándola en los combates y a despecho de las industrias de aquellos sus enemigos.

 

DIÓN Y SUS FALSOS DIOSES. EL FUEGO DOMINADO. RESURRECCIÓN DE UN HECHICERO
Algún tiempo después, Dión hizo conducir a Cristina al templo de Apolo. Apenas la virgen hubo franqueado el umbral, cuando la estatua del ídolo se desplomó de su pedestal haciéndose añicos. Llenos de estupor ante este milagro, muchos paganos creyeron en el verdadero Dios. Dión huyó espantado, y ya meditaba el modo de vengarse de aquella derrota, cuando, herido súbitamente por la ira de Dios, cayó por tierra dando espantosos gritos. Poco después, murió, como Urbano, entre atroces dolores.

Le sucedió en la magistratura Juliano, hombre más feroz, si cabe, que los anteriores. Había leído las actas del proceso de la joven mártir, y, deseoso de conocer a esta niña extraordinaria, hízola comparecer en su presencia, seguro de que él conseguiría lo que no pudieron los otros. —Hechicera —le dijo—, adora a los dioses o te haré morir. —¿Tú también —respondió Cristina— tratas de amedrentarme? ¿No comprendes que tus palabras no podrán jamás hacerme perder la fe? —Pues bien, si así es, que enciendan un horno y que la arrojen en él —dijo Juliano— ; de esa manera resolveremos el asunto.

Sus órdenes fueron ejecutadas al pie de la letra, y la pobre doncella que ya tantos duelos había probado, fue precipitada en el horno ardiente. Un ángel descendió del cielo, tomó de la mano a Cristina y cantaba con ella las glorias del Señor.

Al oír los soldados aquellos cantos impregnados de celestiales armonías, corrieron a dar la nueva al prefecto. Éste hizo abrir el horno, y ante el estupor de sus verdugos, salió Cristina llena de vida y de fuerzas, después de haber permanecido cinco días en el fuego abrasador.

No sabía Juliano cómo terminar con esta joven cristiana, victoriosa de tantos suplicios, y el demonio le sugirió una idea, hija legítima de su maldad. Decidido a ponerla en ejecución inmediata, mandó llamar a los soldados: «Haced venir a un hechicero para que arroje en el calabozo de esta joven impía, serpientes y víboras». Hizo el mago lo que se le había ordenado Excitó cuanto pudo con sus encantamientos a los reptiles, mas éstos se llegaron a la mártir sin hacerle daño alguno; volviéronse luego y acometieron al hechicero causándole mordeduras mortales. Cristina se puso entonces de rodillas en fervorosa oración, y dijo después a las serpientes. «En nombre de mi Señor Jesucristo, marchaos lejos de aquí y no hagáis daño a nadie».

Luego rogó por el desgraciado hechicero, víctima indirecta del perseguidor Juliano. Oída su oración, el mago recobró al instante la vida y las fuerzas, reconoció el poder del Dios de los cristianos y le dio gracias.

Los espectadores quedaron atónicos a la vista de tales portentos- el magistrado, en cambio, cegado por su odio a la religión cristiana, atribuyólo todo a maleficios de Cristina, y volvió a exigirle que sacrificara a los dioses del imperio. Como la virgen cristiana se negara rotundamente, mandó que el verdugo le hiciera en el pecho varios cortes profundos y dolorosísimos.

 

LOS ÚLTIMOS TORMENTOS
Viendo Juliano que ningún suplicio era bastante para quitar la vida a la invencible doncella, la hizo poner de nuevo en la cárcel.

Allí convirtió Cristina a varias mujeres que fueron a visitarla. Poco tiempo después, Juliano la hizo comparecer en su presencia y le dijo: —Cristina, vas a morir inmediatamente si no sacrificas a los dioses. —Es inútil que insistas: Jamás lograrás hacer que reniegue de mi fe. —Verdugos, cortadle la lengua —rugió el tirano. Al oír Cristina esa cruel orden, levantó sus ojos al cielo y suplicó: —Señor, mira a tu humilde sierva y acógela ya en tu divino seno. Oyóse, entonces, como una voz sobrenatural que dijo: —Cristina, sierva buena y fiel, merecedora del reposo eterno, ven a recibir la recompensa que has conquistado por la heroica confesión de tu fe.

Cortáronle la lengua y, finalmente, fue atada a un gran tronco de árbol y asaeteada hasta que Dios recibió en sus manos aquella alma pura de tantos modos afligida y tan gloriosamente triunfante de los enemigos.

Sucedió esto, según los Martirologios más antiguos, el 24 de julio. El año del martirio es desconocido. Algunos relatos indican como fecha probable los principios del siglo IV, durante la persecución de Diocleciano.

 

CULTO Y RELIQUIAS
Los preciosos restos de Santa Cristina, recogidos por un pariente suyo, fueron llevados poco después de su martirio a la ciudad de Palermo, en donde se los tuvo en gran veneración. Su tumba exhalaba suaves perfumes y fluía de ella un aceite milagroso. Créese que la condesa Matilde —en el siglo XI— logró que fueran devueltos a Bolsena y depositados en un hipogeo próximo a dicha ciudad. Sin embargo, lo cierto es que gran parte de las reliquias fueron robadas.

La tumba de la mártir fue descubierta en 1880; el sarcófago había sido roto; en su interior se halló un vaso funerario de mármol, parecido a un cofre, con una inscripción abreviada que permitió no obstante identificar su contenido. La inscripción parece ser del siglo VIII.

El Martirologio romano recuerda el día 24 de julio, los diversos suplicios que la virgen Cristina tuvo que sufrir en Tur o Tiro, en Toscana. El mismo día se hace conmemoración de la Santa en el Breviario romano. La iconografía representa ordinariamente a Santa Cristina con una serpiente o unas flechas en la mano, a veces aparecen junto a su imagen ídolos que caen hechos pedazos. También se la figura andando sobre las aguas acompañada de ángeles, o con una gran piedra al cuello y a punto de ser arrojada a un lago, otros la representan sosteniendo una rueda.

EL SANTO DE CADA DíA
POR EDELVIVES

 

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