Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Séptimo Domingo después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

SÉPTIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, mas por dentro son lobos voraces: por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así es que todo árbol bueno produce buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, ni un árbol malo darlos buenos. Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego. Por sus frutos, pues, lo podéis reconocer. No todo aquel que me dice: ¡Señor, Señor! entrará por eso en el reino de los cielos; sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial, ése es el que entrará en el reino de los cielos.

La palabra profeta designaba entre los judíos a todos aquellos que habían recibido o se arrogaban la misión de instruir a otros y de hacer conocer la divina voluntad.

De donde se distinguía dos tipos de profetas: los verdaderos, los buenos, los realmente enviados por Dios; y los falsos, los malos, los que no tenían ninguna misión divina.

Como ese estado de cosas habría de perdurar a lo largo de la historia de la Iglesia, e incluso agravarse hacia el fin de los tiempos, Nuestro Señor nos pone en guardia contra los doctores de mentiras: Guardaos de los falsos profetas

Los profetas de mentiras siempre han sido más escuchados que los verdaderos profetas.

Es, por desgracia, la historia de la humanidad: Adán prefirió escuchar al padre de las mentiras, antes que creer al Dios de toda verdad, a pesar de sus terribles amenazas.

Los hombres siempre escuchan preferentemente a aquellos que alagan sus pasiones y toleran sus defectos.

Nuestro Señor, en su infinita presciencia, prevé que siempre será así, incluso en su Iglesia. Por eso, como un Buen Pastor, quiere proteger a su rebaño y dice a sus ovejas: Guardaos de los falsos profetas

Entre ellos están los ministros de Jesucristo; quienes por su cobardía o su malicia, engañan a las almas y las pierden…

En la cátedra, disminuyen las verdades, o bien por miedo callan cual perros mudos; como negligentes centinelas se duermen o no gritan a la vista del enemigo…

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Conservando como telón de fondo esta pequeña introducción, deseo referirme a una cita de Santo Tomás que es utilizada para adormecer a las almas respecto de la situación actual de la sociedad, tanto en el orden temporal como en el espiritual; y, en consecuencia, sobre el carácter del combate que se ha de librar, que, como sabemos, es de resistencia y no de restauración o reconquista.

Dicha cita me la exhibieron por primera vez a fines de diciembre de 2011; y la había utilizado poco antes el Padre Carlos Caliri en Alta Gracia; últimamente hizo uso de ella el Superior del Distrito de la F$$PX de América del Sur, Padre Mario Trejo, durante una conferencia en Martínez a propósito de las facultades otorgadas por la Roma modernista para asistir a los matrimonios de los fieles que siguen la actividad pastoral de la F$$PX.

Como pueden apreciar, el tema es muy importante; y lo vamos a analizar, como dije, teniendo de telón de fondo la advertencia de Nuestro Señor: Guardaos de los falsos profetas

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El texto comentado por Santo Tomás pertenece a los tres primeros versículos del segundo capítulo de la Segunda Carta de San Pablo a los Tesalonicenses.

Tesalónica, capital de Macedonia, recibió la luz del Evangelio en el segundo viaje apostólico de San Pablo. No pudiendo detenerse allí a causa de la sedición de los judíos, el Apóstol se dirige a ellos mediante una carta escrita en Corinto hacia el año 52 —es decir que es la primera de todas las epístolas paulinas— para confirmarlos en los fundamentos de la fe y la vocación de la santidad, y consolarlos acerca de los muertos, con los admirables anuncios que les revela sobre la resurrección y la segunda venida de Cristo.

En una segunda carta, también escrita en Corinto poco después de la anterior, San Pablo se dirige a los tesalonicenses para tranquilizarlos, porque eran engañados por algunos sobre el alcance de la primera carta, cuyo contenido, lejos de rectificarlo, confirma el Apóstol.

¿Qué sucedía en Tesalónica? No bien había San Pablo partido de allí, aparecieron falsos maestros inquietando los ánimos de sus convertidos; llegando a forjar una falsa carta de San Pablo.

El lenguaje de esos falsos maestros parece haber sido el de Himeneo y Fileto, contra los cuales el Apóstol previene en II Timoteo II, 17.

Dirían: ¿Vosotros estáis esperando el segundo Advenimiento? ¡Pobres ingenuos! Ya ha sucedido. Cristo ha venido y congregado a sus santos con Él. ¡Y vosotros habéis sido dejados!

También pudo referirse esa falsa carta al segundo Advenimiento como cosa futura, pero con exclusión de los que ya hubiesen muerto. De ahí que los creyentes se sintieran tan terriblemente conmovidos.

Por eso, no faltaban quienes descuidaban sus deberes cotidianos, creyendo que el día de Cristo había pasado ya; y que, por consiguiente, el trabajo no tenía valor, o que las persecuciones que sufrían pudiesen ser ya las del “día grande y terrible del Señor”, sin que ellos hubiesen sido librados por el Advenimiento de Cristo y la reunión con Él.

San Pablo los confirma en su esperanza y les da las aclaraciones necesarias, refiriéndose en forma sucinta a lo que largamente les había conversado de viva voz en su visita.

De ahí que, para nosotros, el lenguaje de esta carta tenga hoy algún punto oscuro, que no lo era entonces para los tesalonicenses.

¿No debería esto despertarnos una santa emulación para saber, hoy, lo que aquellos antiguos aprendieron de boca de San Pablo?

A juzgar por el uso y abuso que hacen los sacerdotes de la F$$PX del comentario de Santo Tomás, parece que no…

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Leamos primero el texto del Apóstol San Pablo:

1 Con respecto a la Parusía de nuestro Señor Jesucristo y nuestra común unión a Él, os rogamos, hermanos, 2 que no os apartéis con ligereza del buen sentir y no os dejéis perturbar, ni por espíritu, ni por palabra, ni por pretendida carta nuestra en el sentido de que el día del Señor ya llega. 3 Nadie os engañe en manera alguna, porque primero debe venir la apostasía y hacerse manifiesto el hombre de iniquidad, el hijo de perdición.

Y comencemos ahora con el Comentario de Santo Tomás de Aquino:

Los amonesta a no apartarse de la verdad, como si el día del juicio estuviese encima, porque primero ha de darse a conocer el Anticristo, que San Pablo llama el hombre del pecado.

Dice en general: “que nadie os engañe de ningún modo”.

La razón por la que quita de en medio estas piedras de tropiezo el Apóstol es porque el prelado, por ningún motivo, ha de querer que, valiéndose de mentiras, se consigan algunos bienes.

Asimismo porque la cosa creída, que se avecinaba la llegada del Señor, era peligrosa:

Primero, porque se daría ocasión a mayor engaño, ya que habría algunos, después de muertos los Apóstoles, que dijesen ser ellos Cristo. Por eso el Apóstol no quiso hubiese lugar a dudas.

También porque el demonio pretende con frecuencia hacerse pasar por Cristo; y no quiso que a los Tesalonicenses les pasase otro tanto.

San Agustín pone otra razón: porque correría peligro la fe; pues:

* alguno diría: tardará en venir el Señor, y entonces me prepararé para recibirlo;

* otro: pronto vendrá, ahora me voy a preparar.

* otro, en fin: no sé. Y éste está más en lo justo, porque concuerda con lo que dice Cristo.

Pero el que va más errado es el que dice: pronto, porque, pasado el término de la predicción, los hombres entrarían en desesperación y creerían era falso lo que estaba escrito.

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El Comentario de Santo Tomás continúa, pero aquí lo cortan los falsos profetas…; pensando, quizás, que con esto obtienen su objetivo… ¡Imaginemos!: va más errado el que dice: pronto, porque, pasado el término de la predicción, los hombres entrarían en desesperación y creerían era falso lo que estaba escrito.

Antes de seguir con la esclarecedora parte restante, destaco una frase: pasado el término de la predicción.

Es decir, que en el pensamiento de San Agustín y de Santo Tomás, el pronto vendrá está ligado con un plazo preciso predicho.

Pero una cosa es decir Nuestro Señor viene pronto, y otra, muy distinta, es precisar el término o fecha de la predicción, diciendo Nuestro Señor viene en tal mes de tal año

Señalado esto, sigo con lo ocultado por los disfrazados con pieles de ovejas.

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Establece luego la verdad, al decir: “porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía”.

Y muestra primero lo que acontecerá a la venida del Anticristo, que son dos cosas: una anterior a su venida; otra, su misma venida.

Primero está la apostasía, que la Glosa explica de muchas maneras, y primero de la fe, que, según estaba anunciado, todo el mundo la recibiría.

Esta es pues la señal precursora, que —según San Agustín— aún no se cumple; después de ella habrá muchos apóstatas, “y por la inundación de los vicios se resfriará la caridad de muchos”.

O entiéndase la apostasía o separación del Imperio Romano, al que todo el mundo estaba sometido.

Según San Agustín, figura suya era la estatua de Daniel, en cuyo capítulo 2º se nombran 4 reinos, acabados los cuales acontecería la venida de Cristo; y que ésta era una señal a propósito, porque la firmeza y estabilidad del Imperio Romano estaba ordenada a que, debajo de su sombra y señorío se predicase por todo el mundo la fe cristiana.

Mas ¿cómo puede ser esto, siendo ya pasadas muchas centurias desde que los Gentiles se apartaron del Imperio Romano y, eso no obstante, no ha venido aún el Anticristo?

Digamos que el Imperio Romano aún sigue en pie, mas mudada su condición de temporal en espiritual, como dice San León Papa en un sermón sobre los Apóstoles.

Por consiguiente, la separación del Imperio Romano ha de entenderse, no sólo en el orden temporal, sino también en el espiritual, es a saber, de la fe católica de la Iglesia Romana.

Y ésta es una señal muy a propósito, porque, así como Cristo vino cuando el Imperio Romano señoreaba sobre todas las naciones, así por el contrario la señal del Anticristo es la separación de él o apostasía.

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Resumiendo, Santo Tomás enseña que primero se dará la apostasía de la fe, que todo el mundo recibirá.

Para San Agustín, muerto en el año 430, y para Santo Tomás, muerto en el año 1274, aún no se cumplía.

Pero, ¿es válido utilizar, hoy, este texto, habiendo acaecido el Cisma de Occidente, la Apostasía de Lutero, la Revolución Francesa, la irrupción del modernismo en la Iglesia, la Revolución bolchevique y el Conciliábulo Vaticano II y sus funestas reformas?

Santo Tomás señala que debe entenderse la apostasía o separación del Imperio Romano en el orden espiritual, es a saber, de la fe católica de la Iglesia Romana.

Los Padres Trejo y Caliri, ¿tienen el texto completo del Comentario de Santo Tomás? Y, si lo tienen, ¿por qué no lo citan?

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Para no alargarme demasiado y, sobre todo, para no detenerme en mis propias apreciaciones, dejo la palabra a autoridades de verdadero peso, que no refutan a Santo Tomás, sino a su mala aplicación.

RESPONDE MONSEÑOR LEFEBVRE

La primera autoridad, no la más importante, es la del propio Fundador de la FSSPX. Presento seis textos; tres sobre una cuestión y tres sobre otra.

A) Monseñor Lefebvre y el fin de los tiempos

a) Roma está en tinieblas.

Homilía del 29 de junio de 1987:

Roma está en tinieblas, en las tinieblas del error. Nos es imposible negarlo.

¡Sólo Dios sabe dónde esto va a terminar!

No es un combate humano.

Estamos en lucha con Satanás.

Es un combate que pide todas las fuerzas sobrenaturales de las que tenemos necesidad para luchar contra el que quiere destruir la Iglesia radicalmente, que quiere la destrucción de la obra de Nuestro Señor Jesucristo.

Debemos ser conscientes de este combate dramático, apocalíptico, en el cual vivimos y no minimizarlo.

En la medida en que lo minimizamos, nuestro ardor para el combate disminuye.

Nos volvemos más débiles y no nos atrevemos a declarar más la Verdad.

La apostasía anunciada por la Escritura llega. La llegada del Anticristo se acerca. Es de una evidente claridad.

Ante esta situación totalmente excepcional, debemos tomar medidas excepcionales.

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b) Tiempo de tinieblas y de firmeza en la fe

Fideliter N° 59, septiembre-octubre de 1987:

Hemos llegado, yo pienso, al tiempo de las tinieblas.

Debemos releer la segunda epístola de San Pablo a los tesalonicenses, que nos anuncia y nos describe, sin indicación de duración, la llegada de la apostasía y de una cierta destrucción.

Es necesario que un obstáculo desparezca. Los Padres de la Iglesia han pensado que el obstáculo era el imperio romano. Ahora bien, el imperio romano ha sido disuelto y el Anticristo no ha venido.

No se trata, pues, del poder temporal de Roma, sino del poder romano espiritual, el que ha sucedido al poder romano temporal.

Para Santo Tomás de Aquino se trata del poder romano espiritual, que no es otro que el poder del Papa.

Yo pienso que verdaderamente vivimos el tiempo de la preparación a la venida del Anticristo. Es la apostasía, es el desmoronamiento de Nuestro Señor Jesucristo, la nivelación de la Iglesia en igualdad con las falsas religiones.

Por el momento, es una apostasía más material que formal, más visible en los hechos que en la proclamación. No puede decirse que el Papa es apóstata, que ha renegado oficialmente de Nuestro Señor Jesucristo; pero en la práctica, se trata de una apostasía.

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c) Dos Congresos — Las dos Bestias.

Homilía del 19 de noviembre de 1989:

Ahora os diré algunas palabras sobre la situación internacional. Me parece que tenemos que reflexionar y sacar una conclusión ante los acontecimientos que vivimos actualmente, que tienen bastante de apocalípticos.

Son algo sorprendente esos movimientos que no siempre comprendemos bien; esas cosas extraordinarias que suceden detrás, y ahora a través, de la cortina de acero.

No debemos olvidar, con ocasión de estos acontecimientos, las previsiones que han hecho las sectas masónicas y que han sido publicadas por el Papa Pío IX. Ellas hacen alusión a un gobierno mundial y al sometimiento de Roma a los ideales masónicos; esto hace ya más de cien años.

No debemos olvidar tampoco las profecías de la Santísima Virgen. Ella nos ha advertido. Si Rusia no se convierte, si el mundo no se convierte, si no reza ni hace penitencia, el comunismo invadirá el mundo.

¿Qué quiere decir esto? Sabemos muy bien que el objetivo de las sectas masónicas es la creación de un gobierno mundial con los ideales masónicos, es decir los derechos del hombre, la igualdad, la fraternidad y la libertad, comprendida en un sentido anticristiano, contra Nuestro Señor.

Esos ideales serían defendidos por un gobierno mundial que establecería una especie de socialismo para uso de todos los países y, a continuación, un congreso de las religiones, que las abarcaría a todas, incluida la católica, y que estaría al servicio del gobierno mundial, como los ortodoxos rusos están al servicio del gobierno de los Soviets.

Habría dos congresos: el político universal, que dirigiría el mundo; y el congreso de las religiones, que iría en socorro de este gobierno mundial, y que estaría, evidentemente, a sueldo de este gobierno.

Corremos el riesgo de ver llegar estas cosas. Debemos siempre prepararnos para ello.

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B) Monseñor Lefebvre y Roma

a) La Roma Anticristo.

Carta a los futuros Obispos, del 29 de agosto 1987:

A los Padres Williamson, Tissier de Mallerais, Fellay y de Galarreta.

Estando ocupados la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma por anticristos, la destrucción del Reino de Nuestro Señor continúa rápidamente en el interior mismo de su Cuerpo Místico aquí abajo…

Esto nos ha valido la persecución de la Roma anticristo.

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b) Roma ha perdido la fe y está en la apostasía.

Conferencia en el Retiro Sacerdotal, el 4 de septiembre de 1987.

Ahora voy a lo que, probablemente, os interesa más; yo digo: Roma ha perdido la fe, mis queridos amigos. Roma está en la apostasía. Estas no son simples palabras, no son palabras vacías las que digo. Es la verdad. Roma está en apostasía. Ya no podemos tener confianza en ese mundo, salió de la Iglesia, salieron de la Iglesia, salen de la Iglesia. Es seguro, seguro, seguro.

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c) Roma sede de la iniquidad… etc.

Homilía del 30 de junio de 1988.

También nuestros ojos se vuelven hacia la Virgen María. Saben bien, queridos hermanos, cómo León XIII, en una visión profética que tuvo, dijo que un día la Sede de Pedro sería la sede de la iniquidad. Lo dijo en uno de sus exorcismos, en el “exorcismo de León XIII”. ¿Es hoy? ¿Mañana? No sé. En todo caso ha sido anunciado. La iniquidad puede ser sencillamente el error. El error es una iniquidad: no profesar ya la Fe de siempre, no profesar ya la Fe católica, es un grave error; ¡si hay una gran iniquidad, es precisamente esa! Realmente creo que puedo decir que no ha habido nunca una iniquidad más grande en la Iglesia que la jornada de Asís, ¡que es contraria al primer mandamiento de Dios y contraria al primer artículo del Credo!

No solamente el Papa León XIII ha profetizado estas cosas, sino Nuestra Señora. Nuestra Señora del Buen Suceso, profetizó para el siglo XX. Dijo a una religiosa claramente: “Durante el siglo XIX y la mayor parte del siglo XX, los errores se propagarán cada vez con más fuerza en la Santa Iglesia, y llevarán a la Iglesia a una situación de catástrofe total. Las costumbres se corromperán y la Fe desaparecerá”.

Nuestra impresión es que no podemos dejar de constatarlo.

Pido disculpas por continuar el relato de esta aparición, pero en ella se habla de un prelado que se opondrá totalmente a esta ola de apostasía y de impiedad y preservará el sacerdocio preparando buenos sacerdotes. Hagan ustedes la aplicación si quieren, yo no quiero hacerlo. Yo mismo me he sentido estupefacto leyendo estas líneas, no puedo negarlo. Está inscrito, impreso, consignado en los archivos de esta aparición.

Además ustedes conocen las apariciones de la Salette, donde Nuestra Señora dijo que Roma perderá la Fe, que habrá un eclipse en Roma; eclipse, adviertan lo que eso puede significar viniendo de parte de la Santísima Virgen.

Y finalmente el secreto de Fátima, más cercano a nosotros. Sin duda que el tercer secreto de Fátima debía hacer alusión a estas tinieblas que han invadido Roma, estas tinieblas que invaden el mundo desde el Concilio. Estos son hechos sobre los que, me parece, podemos también apoyarnos.

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RESPONDE NUESTRO SEÑOR

La autoridad máxima. Solamente algunas citas entresacadas de los Evangelios:

San Mateo

De la higuera aprended esta semejanza: cuando ya sus ramas se ponen tiernas, y sus hojas brotan, conocéis que está cerca el verano. Así también vosotros cuando veáis todo esto, sabed que está cerca, a las puertas.

Mas en cuanto al día aquel y a la hora, nadie sabe, ni los ángeles del cielo, sino el Padre solo. Y como sucedió en tiempo de Noé, así será la Parusía del Hijo del Hombre. Porque así como en el tiempo que precedió al diluvio, comían, bebían, tomaban en matrimonio y daban en matrimonio, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no conocieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la Parusía del Hijo del Hombre. Entonces, estarán dos en el campo, el uno será tomado, y el otro dejado; dos estarán moliendo en el molino, la una será tomada y la otra dejada.

Velad, pues, porque no sabéis en que día vendrá vuestro Señor. Comprended bien esto, porque si supiera el amo de casa a qué hora de la noche el ladrón había de venir, velaría ciertamente y no dejaría horadar su casa. Por eso, también vosotros estad prontos, porque a la hora que no pensáis, vendrá el Hijo del Hombre.

En aquel entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de entre ellas eran necias, y cinco prudentes (…) Después llegaron las otras vírgenes y dijeron: “¡Señor, señor, ábrenos!” Pero él respondió y dijo: “En verdad, os digo, no os conozco.” Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

San Marcos

Mas en cuanto al día y la hora, nadie sabe, ni los mismos ángeles del cielo, ni el Hijo, sino el Padre. ¡Mirad!, ¡velad! porque no sabéis cuando será el tiempo; como un hombre que partiendo para otro país, dejó su casa y dio a sus siervos la potestad, a cada uno su tarea, y al portero encomendó que velase. Velad, pues, porque no sabéis cuándo volverá el Señor de la casa, si en la tarde, o a la medianoche, o al canto del gallo, o en la mañana, no sea que volviendo de improviso, os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!

San Lucas

Velad, pues, y no ceséis de rogar para que podáis escapar a todas estas cosas que han de suceder, y estar en pie delante del Hijo del hombre.

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RESPONDE EL CARDENAL NEWMAN

De un sermón que lleva por título Esperando a Cristo

(…)

Claro que también es verdad que en una oportunidad San Pablo advirtió a sus hermanos contra la ilusión de un regreso inmediato del Señor; pero no dice más que esto: que Cristo enviará una señal que precederá inmediatamente su venida —un cierto terrible enemigo de la verdad— seguido luego de Él mismo, de modo que no se halla en nuestro camino, ni impide que ojos anhelantes lo esperen.

Y en verdad, pareciera que San Pablo más bien advierte a sus hermanos contra la desilusión porque Cristo no aparece aún, antes que disuadirlos de la espera.

Pues bien, se podría tal vez objetar que hay aquí una suerte de paradoja:

¿Cómo es posible —se nos pregunta— esperar permanentemente algo que tarda tanto? Lo que tanto ha tardado en suceder, puede tardar aún mucho más. Para los primeros cristianos era posible quizá esperar así Cristo, pero ellos no contaban con la experiencia del largo período durante el cual la Iglesia lo ha estado esperando. No podemos sino usar de nuestra razón: no hay ahora más razones para esperar a Cristo que otrora, cuando, como ha quedado claro, Él no vino. Los cristianos han estado esperando en todo tiempo el último día, y siempre se han visto desilusionados. Les ha parecido ver señales de su venida —particularidades de su tiempo que un poco más de conocimiento sobre el mundo, una experiencia más dilatada de la historia, les habría indicado ser común a todas las épocas. Han estado asustados sin motivo valedero, inquietos en sus mentes estrechas, construyendo sobre sus supersticiosas veleidades. ¿En qué época no ha habido gente persuadida de que se acercaba el Día del Juicio? Tales expectativas no han sino inducido a la indolencia y la superstición. Y deben ser consideradas como evidencias de debilidad.

Bien. Ahora trataré de contestar alguna cosa a esta objeción.

Y en primer lugar, considerada como objeción a la continua espera (para usar una frase común), prueba demasiado. Si se la sigue hasta sus últimas consecuencias de manera consistente, no debería esperarse el Día del Señor en ninguna época; la época en que vendrá (sea cuando sea) no debiera esperarlo; que es precisamente contra lo que se nos advirtió.

Si es verdad que no vino cuando los cristianos lo esperaban, no es menos cierto que cuando venga, para el mundo será un suceso inesperado.

Y así como es verdad que los cristianos de otros tiempos se figuraban ver señales de su Venida cuando de hecho no había ninguna, es igualmente cierto que cuando aparezcan, el mundo no verá las señales que lo anticipan.

Las señales de su Venida no son tan claras como para dispensarnos de intentar discernirlas, ni tan patentes que uno no pueda equivocarse en su interpretación, y nuestra elección pende entre el riesgo de ver lo que no es y el de no ver lo que es.

Es cierto que muchas veces, a lo largo de los siglos, los cristianos se han equivocado al creer discernir la vuelta de Cristo; pero convengamos en que en esto no hay comparación posible: que resulta infinitamente más saludable creer mil veces que Él viene cuando no viene que creer una sola vez que no viene cuando viene.

Tal es la diferencia entre la Escritura y el mundo; a juzgar por las Escrituras deberíamos esperar a Cristo en todo tiempo; a juzgar por el mundo no habría que esperarlo nunca.

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RESPONDE EL CARDENAL PIE

Del famoso discurso con ocasión de la repatriación de las reliquias de San Emiliano:

El mal se produce desde entonces, se producirá hasta el fin bajo mil formas distintas.

Vencerlo enteramente aquí abajo, destruirlo por completo, y establecer sobre sus ruinas el estandarte en adelante inviolable del Nombre, del Reino y de la Ley de Dios, es un triunfo definitivo que no se dará a ninguno de nosotros, pero cada uno de nosotros debe ambicionar con esperanza contra la esperanza misma.

Sí, con esperanza contra la esperanza misma. Puesto que quiero decirlo a esos cristianos pusilánimes, esos cristianos que se hacen a esclavos de la popularidad, admiradores del éxito, y a los cuales desconciertan los menores progresos del mal: ¡Ah! aquejados como son, ¡quiera Dios que les sean evitadas las angustias de la última prueba!

Esta prueba, ¿está próxima?, ¿está distante?: nadie lo sabe, y no me atrevo a prever nada a este respecto; ya que comparto la impresión de Bossuet, que decía: “Tiemblo poniendo las manos sobre el futuro”.

Pero lo que es cierto es que, a medida que el mundo se aproxima de su término, los malvados y los seductores tendrán cada vez más la ventaja.

No se encontrará casi ya la fe sobre la tierra, es decir, casi habrá desaparecido completamente de todas las instituciones terrestres.

Los mismos creyentes apenas se atreverán a hacer una profesión pública y social de sus creencias.

La escisión, la separación, el divorcio de las sociedades con Dios, dada por San Pablo como una señal precursora del final, irán consumándose de día en día.

La Iglesia, sociedad ciertamente siempre visible, será llevada cada vez más a proporciones simplemente individuales y domésticas.

Finalmente, habrá para la Iglesia de la tierra como una verdadera derrota: “se dará a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos”.

La insolencia del mal llegará a su cima.

Ahora bien, llegados a este extremo de las cosas, en este estado desesperado, sobre este globo librado al triunfo del mal y que será pronto invadido por las llamas, ¿qué deberán hacer aún todos los verdaderos cristianos, todas los buenos, todos los santos, todos los hombres de fe y de valor?

Enfrentándose a una imposibilidad más palpable que nunca, con un redoblamiento de energía, y por el ardor de sus rezos, y por la actividad de sus obras, y por la intrepidez de sus luchas, dirán:

¡Oh Dios! ¡Oh nuestro Padre!, que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre así en la tierra como en Cielo; venga a nosotros tu Reino así en la tierra como en el Cielo; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo.

¡Así en la tierra como en el Cielo! Murmurarán aún estas palabras, y la tierra se ocultará bajo sus pies.

Y como otra vez, tras un horrible desastre, se vio al senado de Roma y todas las instituciones del Estado avanzarse al encuentro del cónsul vencido, y felicitarlo por no haber desesperado de la República; del mismo modo el senado de los Cielos, todos los coros de los Ángeles, todos los órdenes de los bienaventurados, vendrán delante de los generosos atletas que habrán sostenido el combate hasta el final, esperando contra la esperanza misma.

Y entonces, este ideal imposible, que todos los elegidos de todos los siglos habían proseguido obstinadamente, se volverá por fin una realidad.

En su segunda y última Venida, el Hijo entregara el Reino de este mundo a Dios su Padre; el poder del mal se habrá evacuado para siempre en el fondo de los abismos; todo el que no haya querido asimilarse, incorporarse a Dios por Jesucristo, por la fe, por el amor, por la observancia de la ley, será relegado en la cloaca de los desperdicios eternos.

Y Dios vivirá, y reinará plena y eternamente, no solamente en la unidad de su naturaleza y la sociedad de las Tres Personas divinas, sino también en la plenitud del Cuerpo Místico de su Hijo encarnado, y en la consumación de sus Santos.

Entonces, oh Emiliano, te volveremos a ver, a ti y a tu magnánima falange; y, después de haber trabajado como vosotros aquí abajo en la medida de nuestras fuerzas por la glorificación del Nombre de Dios sobre la tierra, por la venida del Reino de Dios sobre la tierra, por la realización de la Voluntad de Dios sobre la tierra, eternamente liberados del mal, diremos con vosotros el eterno Amén: “Que así sea”.

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Para terminar esta larga disertación, sólo me resta repetir la advertencia del Señor:

Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, mas por dentro son lobos voraces: por sus frutos los conoceréis.