LA ARMADURA DE DIOS

LA FAMILIA

SEGÚN EL DERECHO NATURAL Y CRISTIANO

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

CAPÍTULO II

LA SOCIEDAD CONYUGAL

CAUSA – ESENCIA – FINES DEL MATRIMONIO

Este sacramento es grande; mas yo digo en Cristo y en la Iglesia

(Efesios, 5, 32)

La familia es una sociedad de derecho natural, integrada por tres sociedades elementales, también de orden natural: la sociedad conyugal, constituida por los esposos; la paternal o filial, que es la de padres e hijos; y la heril, que es la de la familia propiamente dicha con la servidumbre.

Entremos en el análisis de estas sociedades, empezando por la conyugal, o matrimonio, fundamento de la familia.

No nos empeñaremos en una disquisición de carácter filosófico o apologético sobre la sociedad conyugal o sobre las doctrinas inventadas por el espíritu anticristiano para combatir este sagrado fundamento de toda sociedad.

Mis lectores no necesitan una vindicación de la doctrina católica sobre el matrimonio, porque son sagradas para ellos las enseñanzas de la Iglesia en este punto, ni una exposición científica de las leyes por las que Dios, autor de la naturaleza y de los sacramentos, quiso que se rigiera el contrato matrimonial, elevado por Jesucristo a la dignidad de sacramento.

Es por ello que, sin dejar de puntualizar nuestra doctrina, porque no son pocos los que la ignoran u olvidan, voy a dar a este capítulo un carácter principalmente práctico, en consonancia con el fin de este estudio, que es la edificación de la familia cristiana.

El matrimonio, en cuanto es una sociedad natural, es la unión marital del hombre y la mujer entre personas legítimas, que retiene una compañía inseparable de vida.

Considerado como sacramento es la misma unión natural elevada a la dignidad de sacramento.

Se llama unión marital, ya para significar la esencia misma del matrimonio, ya para distinguirlo de cualquiera otra clase de unión entre varón y mujer.

Dícese entre personas legítimas, porque el matrimonio exige determinadas condiciones de edad, libertad física y de estado, etc., sin las que no puede ser válido.

Retiene esta unión una compañía inseparable de vida, porque es indisoluble el lazo con que quedan atados por el matrimonio el hombre y la mujer.

Dícese también el matrimonio sociedad conyugal, porque marido y mujer se sujetan al yugo de los mismos deberes fundamentales; y matrimonio, de matris munium, “deber u oficio de la madre”, porque en el hecho de la procreación de una nueva vida humana, fin primordial del matrimonio, a la madre, dice Santo Tomás, corresponde la parte principal.

Dejemos por un momento esta definición, y fijémonos en el hecho natural que determina este otro hecho de la sociedad conyugal. Me refiero al instinto sexual, que pasará más tarde a ser el acto racional más trascendental de la vida de los cónyuges y que, prescindiendo de otros motivos secundarios en el común de los matrimonios, empuja al hombre y a la mujer a unirse entre sí para formar la sociedad matrimonial, fundamento de la familia.

Dios, dice la Escritura, hizo al hombre masculino y femenino. En vez de dar al hombre una participación de su propia vida, con facultad de reproducirla por sí solo, quiso dividir la función procreadora entre el hombre y la mujer, dando a cada uno las funciones correspondientes según su sexo. Ni el hombre solo, ni la mujer sola podrán gloriarse de haber alumbrado una nueva vida humana sin la colaboración de otro sexo.

¡Privilegio estupendo que reservó Dios únicamente a su santísima Madre!

Pero ved el fenómeno que denunciaba : apenas hombre y mujer han llegado a la plenitud de su desarrollo personal, cuando surge en el fondo de su organismo una tendencia, un impulso, indefinido en sus comienzos, pero que luego forma un estado de conciencia, que a vueltas puede estallar con toda la violencia que logran los bajos instintos de nuestra naturaleza y comprometer la vida moral del ser humano: es el instinto sexual, tan natural como el mismo hombre cuando se le mantiene dentro el coto de la razón, en virtud del cual el hombre se inclina a la mujer y la mujer se inclina al hombre, para hallar cada uno en el otro un complemento al poder parcial que Dios les concedió para procrear la vida humana.

Esta ley de la atracción mutua de los seres aparece como una condición universal de su actividad y de su perdurabilidad, de una manera especial en los seres vivos. La tierra atrae al cuerpo grave; la molécula a la molécula, para la formación de los cuerpos; busca el insecto al insecto; la flor envía a la flor su polen; lánzase el ave en pos del ave en el ancho cielo; las fieras se buscan y se hallan en sus guaridas del monte. Es el misterio de la armonía del mundo y de la belleza inagotable de la creación; el misterio inexplicable de la vida, que corre por el mundo como un río formado por la confluencia de los seres que están llamados a propagarla.

En el hombre esta atracción reviste una forma superior; porque ya no es la molécula que se junta a la molécula para formar un cristal; ni la flor que confía al azar de los vientos el beso que dará a otra flor; ni el animal a quien acosa un estímulo cuyo alcance ignora.

El hombre, no: él no sabe cómo nació en el fondo de su ser esa fuerza extraña que le empuja a salir de sí mismo para buscar una compañera; pero lo que empezó por ser un estímulo orgánico e inconsciente, se define pronto en sí mismo y en su objeto, pasa a la categoría de sentimiento, sube a las altas cumbres de la inteligencia, para que el hombre, llamado por esta fuerza que de la región inferior le solicita, se diga a sí mismo, en la serenidad luminosa de su conciencia: “No está bien que yo esté solo; es preciso que busque una ayuda semejante a mí mismo.”

Ayuda, no para la satisfacción pasajera de una necesidad instintiva, que ello fuera indigno del hombre, sino para todo aquello que la misma naturaleza humana reclama, a saber, la procreación y la educación de la prole, bonum prolis, fin principal del matrimonio, y la mutua prestación de aquellos servicios y obsequios a los que la misma naturaleza, tan sabia y simple y sobria, inclina al hombre para con la mujer, y a la mujer para con el hombre, bonum fidei. Es decir, que este instinto natural del hombre rebasa la condición de un simple contacto eventual, como sucede en las especies inferiores, para convertirse en la natural exigencia de constituir una sociedad permanente, el matrimonio o sociedad conyugal, en que hombre y mujer se junten a perpetuidad en ayuda mutua para el logro de estos grandes fines que la naturaleza les impone.

Y el hombre busca esta ayuda; busca, no ya con el instinto ciego, sino con la razón y el corazón, una vida que palpite al compás de la suya; una inteligencia gemela, un corazón cortado según la medida del suyo, un alma que sea capaz de vivir y respirar según vive y respira la suya; todo encerrado en un cuerpo de mujer: Adjutorium simile sibi.

¡Feliz el hombre que en la ruta de la vida halló la mujer cuyo ideal se forjó en su pensamiento! ¡Feliz la mujer que halló al hombre de sus ensueños, porque también ella ha sentido el misterio de esta atracción hacia el hombre! Se conocerán, se compenetrarán, y sobre todo se amarán, con amor de razón y con amor legítimo de pasión. Y de este acto de inteligencia y de amor nacerá un deseo: el deseo de unirse, de enlazar sus vidas para los altos fines a que Dios les llama.

El matrimonio, decíamos, no es más que la unión legítima del varón y la mujer, que importa en ellos unidad de vida, elevada esta unión a la dignidad de Sacramento de la Iglesia. Ya veis como en la misma naturaleza de las cosas, en el fondo mismo de la vida humana, se halla la raíz de esta sociedad conyugal, base de la familia.

Digamos incidentalmente que si la sociedad conyugal es una exigencia de la naturaleza humana considerada en su carácter de especie o género que por voluntad de Dios debe propagarse según leyes establecidas por Dios mismo, no lo es para todos los individuos de la especia: pueden el hombre y la mujer renunciar al matrimonio y vivir en estado de continencia, más tranquilo, más santo y más útil que el de la vida conyugal, según la doctrina de San Pablo (I Cor. 7, 32-35; Cfr. Suma Teol. II-II, q. 152, a. 4; Cont. Gentil, I, 3, c. 137).

Y aun puede haber legítima sociedad conyugal sin su fin primordial, que es la procreación de los hijos, y sólo con el objetivo de los fines secundarios, siempre dentro la observancia de la ley de Dios.

No podríamos dar un paso en firme en el estudio de los diferentes aspectos de la familia que vamos a examinar sin conocer antes LAS LEYES FUNDAMENTALES DEL MATRIMONIO CRISTIANO Y LOS DEBERES QUE DE ELLAS DERIVAN PARA LOS CASADOS.

Es el asunto de este capítulo.

En la sociedad conyugal hay que considerar tres aspectos fundamentales, con las leyes y deberes que de ellos derivan.

Estos aspectos corresponden, a estas tres preguntas:

¿Cuál es la causa del matrimonio?

¿Qué es el matrimonio?

¿Para qué es el matrimonio?

He aquí lo que los antiguos llamaban la causa eficiente, la causa formal y la causa final de una cosa.

Repitamos estas tres preguntas y contestémoslas en forma ceñida; ellas serán los puntos de referencia de todo este capítulo.

¿Cuál es la causa del matrimonio? El contrato entre el varón y la mujer que se casan, expresado por el mutuo consentimiento.

¿Qué es el matrimonio? Es la unión del marido y la mujer; no la unión según la carne, sino la unión de las dos vidas para llenar los fines del matrimonio.

¿Para qué es el matrimonio? El fin primordial es la procreación de los hijos, en el sentido más amplio de la palabra; los fines secundarios son la mutua ayuda y el remedio a la debilidad moral de los contrayentes.

Ya veis que se abren a nuestros ojos vastísimas perspectivas al simple enunciado de los conceptos que integran la noción de matrimonio. Entremos con reverencia cristiana en el santuario donde se forja la vida humana y analicemos una a una estas ideas, para formarnos concepto cabal de las leyes fundamentales de la sociedad conyugal y de los gravísimos deberes que importa.

EL CONTRATO, CAUSA DEL MATRIMONIO

¿Cuál es la causa del matrimonio? El contrato entre el varón y la mujer, es decir, la convención, el pacto en que marido y mujer se obligan a algo que es de la esencia del matrimonio. Es un consentimiento, una convergencia de pensamiento y voluntad en el vínculo matrimonial, según ley y entre legítimas personas, de donde se origina este lazo perenne que llamamos matrimonio.

Y ¿a qué se obligan el varón y la mujer en virtud del contrato matrimonial? A la donación mutua de sí mismos, de su cuerpo, de Su corazón, hasta de su espíritu en lo que legítimamente exigen los fines de la unión conyugal.

¡Oh! Todos conocemos los momentos solemnes de la vida humana; pero no hay ninguno, ni el de la muerte del ser querido, ni el de las emociones de los grandes triunfos, ni aquel en que se le dice al hombre por vez primera: “Eres padre”, que pueda compararse, si no es el del voto sacerdotal o religioso, a aquel momento en que le dice el sacerdote al candidato al matrimonio: “¿Quieres a esta mujer aquí presente para tu legítima esposa?” “Sí, quiero”, dice el hombre: “Sí, quiero”, dice la mujer. Es el consentimiento mutuo, expresión del contrato matrimonial. De este contrato nace un vínculo, una ligadura profunda: es el matrimonio.

¿Qué es lo que han querido este hombre y esta mujer? Han querido, en un acto de suprema libertad, jugarse su libertad; han querido, en un acto de soberano dominio de sí mismos, abdicar de este dominio y entregarlo a la otra parte pactante; han querido ambos someter, no sus cervices, sino sus cuerpos y sus almas al yugo del matrimonio, porque han pactado y han convenido constituir la sociedad conyugal. Ya no son libres; son cónyuges, porque están sujetos al mismo yugo; son esposos, porque se han prometido y se han dado uno al otro.

¡La donación mutua de sí mismos! ¡Tan avaro como es el hombre de sus cosas! ¡Tan avaro, sobre todo, como es de sí mismo! ¿Quién es el hombre, dice la Escritura, que no va tras las riquezas? ¿Quién es el hombre, decimos nosotros, que da las riquezas que posee? Gran cosa es, dice un Santo Padre, renunciar lo que uno tiene; pero mucha mayor cosa es renunciar lo que uno es.

Y en el matrimonio, oh hombres, oh mujeres, dais a otro, no la posesión, sino el sujeto de ella; renunciáis, no lo que tenéis, sino lo que sois. Oíd la palabra del Apóstol: La mujer no tiene poder sobre su cuerpo, sino el marido. Igualmente el marido no tiene poder sobre su cuerpo, sino la mujer (I Cor. 7, 4). Ni el varón ni la mujer son ya dueños de sí mismos, en lo que atañe a los fines del matrimonio, desde que han convenido en constituir la sociedad conyugal.

Desde este momento, el hombre y la mujer, que gozaban de la autonomía que da la plena posesión de su persona, han perdido esta autonomía. El marido tiene una mujer, y la mujer tiene un marido; pero esto, que hasta cierto punto dilata los límites de la propia personalidad, que ha hallado su complemento para determinados fines, cercena la libertad, en forma a veces dolorosísimas para la flaca naturaleza humana.

¿Os habéis sometido, esposos, al yugo del matrimonio? Luego deberéis vivir bajo un mismo techo, tendréis una misma mesa y un mismo tálamo, con el deber moral de sufriros uno a otro, de ayudaros uno a otro, de vaciaros uno en el otro, hasta de fiscalizaros uno al otro, si lo exige un derecho que el otro cónyuge quizás olvide. Y, saliendo del ámbito de vuestras relaciones personales, tendréis que ser ambos los pilares de vuestra casa, con toda la fatiga que ello importa: buscar el pan y aderezarlo para comer vosotros y vuestros hijos; cuidar del cuerpo y del corazón y de la inteligencia de vuestros vástagos; trabajar y ensanchar, si es posible, vuestra hacienda; poner pecho y hombros para el sostén de vuestra casa, grande o pequeña, cuya estabilidad pondrán quizás en peligro las mil contingencias de la vida. Estas son, y otras muchas, las grandes responsabilidades que arrancan del contrato matrimonial.

Pero notad algo gravísimo, que se refiere a la misma naturaleza del contrato, cuando son cristianos los que pactan el matrimonio. Este pacto o convención, que no rebasa los límites del derecho natural cuando los pactantes no pertenecen a la sociedad cristiana, tiene entre los hijos de la Iglesia toda la dignidad y fuerza de un sacramento. Es un sacramento-pacto, un convenio sacramental, es decir, es algo material y sensible a que Jesucristo ha vinculado la gracia divina, en orden al vínculo conyugal y a sus fines.

Insistiremos en esta doctrina al tratar de la esencia del matrimonio. Basten por ahora las siguientes afirmaciones:

Este contrato es un verdadero sacramento de la Iglesia. Jesucristo no quiso que en la ley de gracia el pacto de entrega mutua que de sí mismos hacen los esposos quedara en el mismo nivel que los demás contratos humanos, que no rebasan los límites de un convenio de orden natural. Como todo sacramento, el contrato matrimonial es una cosa sagrada, en el rito externo que lo concreta y en los efectos que produce.

Es sagrado el rito del matrimonio. Suelen los hombres dar cierta solemnidad a sus pactos, sobre todo cuando en ellos se atraviesan intereses de cuantía: pero nunca podrán elevar estas formalidades —la firma de un protocolo, la entrega de un pagaré, la mactación de un cordero, en el aman de los musulmanes—, a la categoría de cosa divina. El rito del pacto matrimonial, sí: fue divinizado por el mismo Jesucristo. Él quiso que las palabras representativas del pacto tuvieran el carácter de materia en este sacramento del matrimonio, en cuanto expresan la entrega mutua que de sí mismos hacen los contrayentes, y el de forma del mismo sacramento en cuanto expresan la mutua aceptación.

Es más, todo sacramento tiene su ministro, que es el que hace el sacramento, en nombre de Cristo que lo instituyó; y como quiera que en el matrimonio son los pactantes los que ponen la materia y la forma, ellos son, por una excepción única en la economía sacramental de la Iglesia, los ministros del matrimonio que contraen.

Puesta la materia y la forma, es decir, hecha y aceptada por los esposos la entrega de sí mismos, se origina un doble efecto: la gracia sacramental, si los contrayentes, en el acto de celebrar su matrimonio, están en la debida disposición, que no es otra que el estar libres de pecado mortal: y un vínculo sagrado, el matrimonial o unión marital, relación de carácter moral, en virtud de la cual tienen los esposos mutuo dominio sobre sus cuerpos en orden a los fines del matrimonio; sagrado, en cuanto es un título exigitivo de la gracia de Dios, es decir, de una participación de la misma vida de Dios, que Dios no negará jamás y que dará según la medida de las disposiciones de los casados.

Por fin, la razón de contrato y la de sacramento son inseparables en el matrimonio cristiano. Por lo mismo, todo contrato matrimonial válido es, entre cristianos, un sacramento, y no puede subsistir un contrato matrimonial sin que sea sacramento. Tal es la solidaridad entre el sacramento y el contrato matrimonial, que el matrimonio contraído por infieles pasa a ser sacramento por el solo hecho de su bautismo.

Ya veis, por lo que tiene de contrato y de sacramento, si es trascendental en la vida del hombre y de la mujer este momento en que, puestos en pie ante el sacerdote, se entregan uno al otro y enlazan sus manos, símbolo de la fusión de sus vidas.

Y ya comprenderéis los gravísimos deberes que de ello derivan. No trato de los deberes posteriores al contrato sacramental, sino de los que impone el mismo hecho de contraerlo.

Puntualicémoslos.

¿Se trata de un contrato, de un pacto mutuo? Luego, anee todo, se requiere libertad, porque en todo pacto median pensamiento y voluntad, de los que es hija la libertad.

¿Se trata de un contrato en que el ser humano condiciona en forma gravísima esta misma libertad con que pacta? Luego se requiere plenísima libertad.

¿Se trata de un contrato que obliga a perpetuidad, en lo más vital y penoso a un tiempo, no con obligación circunstancial y discontinua, sino con la terrible eficacia de aquellas leyes que, según los moralistas, urgen “siempre y para siempre”? Entonces se requiere la libertad más amplia y completa, dice Santo Tomás: voluntarium complete, hasta el punto que, si interviene coacción, el contrato es nulo: Per violentum mixtum impeditur (Supplem. q. 47, a. 3 ad 2).

Se ha dicho que los votos de religión, de obediencia, castidad y pobreza, y lo mismo podemos decir del matrimonio, son el acto de máxima libertad; lo son porque de un golpe se entrega, sino la libertad misma, el ejercicio de la libertad, para siempre, en lo que más quiere el hombre, en su cuerpo, en sus afecciones, en la forma de su vida. Por esto la Santa Iglesia condena de nulidad los matrimonios pactados sin libertad.

Se dirá tal vez: ¿quién casa sin libertad? Ya sé que en la inmensa mayoría de los casos se lleva a los altares libertad bastante para la validez del matrimonio, como sé que la coacción o el miedo, causados por padres o tutores desalmados, han arrancado a los labios de la tímida doncella o del joven inexperto el: “Sí, padre”, cuando su alma decía: “No, no quiero a este hombre; no quiero a esta mujer”. La Iglesia es en este caso la que sale por los fueros del matrimonio y de la libertad, declarando nulo un contrato sacramental en que no ha intervenido sino coaccionada la voluntad.

Pero, atended bien, porque ello es mal gravísimo de nuestra época, que ha visto al espíritu fenicio, a lo que el Apóstol llama la concupiscencia de los ojos, erigirse en principio regulador de las humanas acciones. No forcéis la voluntad de vuestros hijos e hijas fascinando su pensamiento y su imaginación con las riquezas que ofrece lo que se llama un buen partido. No les empujéis hacia el altar para conquistar aunque sean talegas de oro a cambio de su libertad. Vuestros hijos e hijas, su alma, su porvenir, su felicidad, valen inmensamente más que el oro y los títulos de las grandes cajas de caudales. No les llevaréis, quizás, a la catástrofe individual y social de un sacramento nulo, porque tal vez ellos también querrán lo que vosotros queréis, la riqueza, y, aunque en un plano secundario, al que aporta al matrimonio la riqueza; pero, buscando un buen negocio —que no pasan de esta categoría los matrimonios— habréis logrado lo que es mucho peor que el peor de los negocios: hacer dos vidas infelices; quizás habréis puesto el primer jalón de una historia de escándalos públicos; tal vez habréis fundado una generación de desventurados.

Y a quienes hayan de contraer les digo: El matrimonio es un contrato voluntario, que por su naturaleza reclama la máxima libertad. Sed libres, pues, los que habéis de contraer; libres para contraer, y libres de hacerlo con quien la prudencia cristiana os aconseje. Romped las cadenas que de fuera se os quieran imponer a título de conveniencias que no son las del matrimonio. Pero sed libres también —y aquí reclamo la atención de los futuros esposos— de estas otras cadenas que en el fondo del alma forjan a veces el capricho, la ilusión, la pasión más tremenda de todas, que es un amor descaminado.

Un contrato en el que se aventura todo lo que uno más quiere, la libertad, la dicha, la eficacia misma de la vida, reclama serenidad de pensamiento, ponderación de juicio, madurez de reflexión. Y el amor bajo es ciego, porque le falta el ojo de la inteligencia, que es el ojo del alma; el capricho es voluble, incapaz de sentar los sillares de una vida inconmovible, como debe serlo la de los esposos; y la precipitación es imprudencia temeraria, que puede ocasionar la catástrofe de dos vidas, que no han podido conocerse, ni amarse, ni compenetrarse; que comprenderán su desgracia cuando ya no quepa el remedio.

Id; pues, al matrimonio los que tenéis vocación de este estado. El matrimonio es cosa buena, dice San Agustín: la hizo Dios. Llevad, padres, vuestros hijos e hijas al altar, donde se entreguen ante Dios a la otra mitad que Dios les deparó para poner los cimientos de una familia. Al hacerlo, hacéis cosa buena, dice San Pablo. Pero todos, padres e hijos, interrogad antes a la razón serena; cerrad los ojos a toda razón bastarda, que no es razón; pesad las responsabilidades; pedid consejo. Y, sobre todo, orad como lo hicieron Tobías y Sara en el trance peligroso de sus bodas: Levántate, Sara, le decía su prometido, y roguemos a Dios hoy y mañana y pasado; porque estas tres noches nos juntamos con Dios; y pasada la tercera noche, haremos vida maridable.

Y si la naturaleza del contrato matrimonial exige plena libertad de contraer, la gravedad de los compromisos que importa reclama madura reflexión.

“Antes no te cases, mira lo que haces”, dice nuestro viejo refrán. “Si los hombres se sometiesen a un noviciado antes de casarse, pocos serían los profesos”, decía De Maistre. Es que para no errar en el tremendo contrato se requieren dos condiciones fundamentales: tener vocación al estado conyugal y acertar en la elección del otro sujeto del contrato.

La vocación a un estado, hablando en cristiano, es un llamamiento de Dios; y este llamamiento, que no nos hace Dios en forma visible y clamorosa, debe el cristiano deducirlo de sus propias aptitudes e inclinaciones, en relación al estado para el que se crea llamado, examinadas a la luz de la sana razón, requiriendo el consejo de personas prudentes con la santa prudencia cristiana y acudiendo a las luces de Dios, que llama a cada uno de nosotros a un estado de vida determinado.

Suelen, los jóvenes no preocuparse de su vocación, cuando se trata de contraer matrimonio. ¿Para qué?, dirán ellos. ¡Si se trata de encerrarse en un claustro para profesar los votos religiosos! ¡Si sintiera yo una leve inclinación al estado sacerdotal, con su excelsa grandeza y sus tremendas responsabilidades! Pero, ¿quién no es bueno para casado, cuando el estado matrimonial lleva consigo una cierta holgura de vivir, por cuanto en él se satisface legítimamente el deseo que más acucia al hombre, de aquello cuya abstención más atormenta al hombre, después de las exigencias de su conservación personal?

¡Frívola manera de enfocar el problema gravísimo de los destinos humanos, de la tierra y del cielo! Con todo, San Pablo tiene una frase tremenda al tratar del estado matrimonial. Tribulationem tamen carnis habebunt hujusmodi! ¡Pasarán los casados por la tribulación de la carne!

He aquí la ilusión y la verdad: la ilusión de quienes creen la vida matrimonial un fácil y dichoso paraíso; la realidad, dictada por Dios y formulada por su Apóstol, de la tribulación, es decir, de la mortificación, de las punzantes espinas, en lo que se esperaba vida deleitosa. Los mismos apóstoles, al asentar Jesús, frente la relajación judía, las bases de la indisolubilidad del matrimonio, con la continuidad y perpetuidad de unas cargas que ya no se podrán sacudir, exclamaron: ¡Si es así, no conviene casarse! Non expedit nubere! Y Jesús no rectifica el concepto de la durísima condición del matrimonio, sino que invita a sus discípulos a la contemplación de la luminosa raza de los continentes.

Es obvia la consecuencia. Hay que tantear el vado, antes de pasarlo. Si aun los que entren con vocación en el matrimonio deberán soportar gravísimas tribulaciones, ¿tengo yo aliento para ello? ¿Tengo aquellas aptitudes de naturaleza que a lo menos me hagan tolerable la carga, o, por el contrario, me faltan, y ello centuplicará mi tribulación futura? ¿Cómo no deberé conocer este mar de tribulación que es el matrimonio, antes de aventurarme a navegar por sus aguas con peligro de estrellarme? Luego, he de conocerme, y he de conocer las responsabilidades y peligros del estado conyugal, y, sobre todo, he de conocer la voluntad de Dios en este punto.

Nótese un hecho: a medida que disminuyen las vocaciones eficaces para el estado sacerdotal y religioso, disminución que ha llegado a infundir tristeza y alarma a muchísimos Obispos que ven desierto el seminario, se ha multiplicado el escándalo del divorcio, y más aún el espectáculo de los matrimonios que viven en perpetua lucha, rotos los lazos del amor, agitándose él y ella, inquietos, torturados, a veces con público escándalo, dentro las estrechas paredes del hogar. ¡Quién sabe si en el fondo de esta desgracia social se halla como causa la prevaricación de quienes eran llamados a una vocación superior! Y cuando no, dejando esta hipótesis a los juicios de Dios, ante cuyos ojos están los secretos de las almas, podemos asegurar que la causa de tanta ruina está en la imprudencia y en la temeridad de quienes entraron en el matrimonio sin sopesar cargas ni medir propias aptitudes para llevarlas. ¡Realidad terrible, cruel desengaño, el del joven o la joven que, al día siguiente del matrimonio, vieron el abismo que va de su criterio, equivocado o mezquino, al hecho, que no puede ya deshacerse, una vida colmada de contradicción y desventura!

Es por ello que los candidatos al matrimonio, de uno y otro sexo, deberán examinar, ante Dios y su conciencia, si tienen en su corazón bastante amor para prodigarlo al consorte, en las formas más puras y llenas de la afección intensa y desinteresada, del sacrificio llevado hasta el heroísmo, de la perseverancia puesta a prueba de toda suerte de desavenencias. Si es este amor tan valeroso y dilatado, que sea capaz, como deberá serlo, de transfundirse a una familia numerosa si Dios la envía, y buscar para ella, durante largos años de fatigas, desde el pan de cada día hasta la formación mental y moral de los hijos. Si cuentan con caudal bastante de energía para mantener el futuro hogar en el orden y en la observancia de la ley cristiana, para formar en Cristo a los hijos, para aguantar sin desfallecimientos las tormentas que suelen azotar las familias: enfermedades, dificultades económicas, trabajo sin tregua, muertes prematuras.

Todo ello vendrá; y vendrá, quizás, a pesar de los cálculos y proyectos egoístas de los esposos. Cierto que no faltará la gracia de estado: Dios es fiel, y no consentirá que sean atribulados sobre sus fuerzas quienes contrajeron matrimonio según Él y llamados por Él.

Cierto también que tiene la vida de familia encantos inefables, tanto mayores cuanto que Dios los ha puesto como contrapeso a las grandes tribulaciones de la vida doméstica. Pero faltará, tal vez, la gracia de Dios, si es temeridad irreflexiva la que lleve al hombre o la mujer al matrimonio. Ni serán fecundos en goces los hogares formados por la inepcia, o a los que no se llevó la preparación debida, hija de la reflexión grave y serena.

Pero esta reflexión que exigimos para el matrimonio nada tiene de común con el cálculo. Aquélla tiene por base la razón, y por fin el bienestar temporal y eterno, que suelen depender del acierto en el estado de vida; éste tiene por criterio el provecho propio. El matrimonio bien concertado es la unión de dos, por los lazos del amor mutuo; el matrimonio de cálculo, de razón, de conveniencia, es la atracción de uno de los contrayentes por la fuerza egoísta, centrípeta, del otro. En el primero, se funden dos almas en una, para unos mismos fines de la vida; en el segundo, queda un contrayente prisionero del otro, prendido, no en las redes del amor, sino de una estrategia fría, hija del amor desordenado al propio yo.

Quizás ambos contrayentes han sido calculistas al proyectar su enlace: ello importará un doble yerro y un engaño doble.

Y una doble desgracia; porque si el matrimonio debe ser un vínculo formado por el amor recíproco, que llega hasta la mutua donación de los contrayentes, ¿cuánto no dista de esta noción una unión concertada por el cálculo, en la que no se suele dar sino a cambio de recibir cosa mayor? ¿Cómo se dará a sí mismo al otro, quien sólo quiere al otro para sí?

De aquí una tercera condición para que no resulte el contrato fallido, lo que equivale a decir, en este caso, el matrimonio desgraciado: es la proporcionalidad entre los contrayentes, en edad, posición social, riqueza, carácter, educación, concepto de la vida, religión, costumbres: todo aquello, en una palabra, que es de notoria influencia en el modo de ser personal y en la relación social.

Esta proporcionalidad es una semejanza, una serie de semejanzas; y la semejanza es la máxima garantía del amor, como la desemejanza es el germen de toda desavenencia: Amor similes quærit. No hay que insistir en ello: a la vista de todo el mundo están las ruinas acumuladas en los hogares por el desnivel de riqueza, de religión, de sangre, de carácter, que a los cónyuges separa.

Concretándonos a la cuestión religiosa, la Iglesia ha hecho de la herejía un impedimento del matrimonio, y León XIII, tratando de los matrimonios mixtos, decía ni su Encíclica Arcanum: “Conviene vigilar para que no se concierten fácilmente matrimonio entre herejes y católicos; porque desde el momento en que las almas están separadas en el terreno religioso, difícilmente puede esperarse que estén acordes en lo demás”.

Santa Juana de Chantal, a ruegos de una hermana suya, iba a dar su consentimiento en el matrimonio con un gentilhombre de su vecindad; un día, a través de la reja de su castillo, observa a su pretendiente al paso del Santo Viático: “No solamente no ha doblado la rodilla, le dice indignada a su hermana, pero ni siquiera se ha descubierto: ¡jamás será él mi esposo!”

Una mujer necia y ruin y un hombre de talento y corazón; un esposo de alma plebeya y una mujer de espíritu noble; la riqueza orgullosa de uno y la humillante pobreza del otro; un carácter violento, con otro pendenciero y quisquilloso; la piedad y el espíritu volteriano; y otros mil antagonismos de la vida, son germen fecundo de las desavenencias matrimoniales, de pleitos, de escándalos, quizás serán causa de la ruina eterna de los cónyuges. Porque, como dice Bourdaloue: “¿Dónde está la simpatía de corazones entre tantos matrimonios como se conciertan? Y si hay antipatía, ¿puede darse martirio más cruel? Pero lo más deplorable es que estas penas domésticas apartan de Dios: ¡cuánta animosidad y cuántas querellas! Y en estas disposiciones se llega a la muerte, para pasar, dice San Bernardo, del infierno del matrimonio, al verdadero infierno de los demonios”.

A todo ello hay que añadir la alteza de miras y la preparación, de cuerpo y alma, que este contrato exige si se le considera bajo la razón de sacramento. Es un contrato sagrado, en sí mismo, en sus consecuencias y en sus fines, y las cosas sagradas exigen santo temor y reverencia, porque en ellas está en alguna manera Dios.

Los contrayentes debieran llevar a los altares sus cuerpos incontaminados, arrancando esta materia viva, objeto de un contrato sagrado, de la cantera viva de una juventud austera; y profiriendo la palabra sacramental: “Sí, quiero”, con unos labios no manchados con la vana fraseología de los fementidos amores.

Sacramento de vivos como es el matrimonio, no debieran los contrayentes acercarse al altar sin previa purificación de su conciencia por la confesión, y sin recibir el Cuerpo vivo de Cristo, en cuyo nombre y poder van a hacer un sacramento que les impondrá gravísimos deberes.

Manchar con un sacrilegio el primer momento del matrimonio, o profanarle con una confesión insincera o una comunión en pecado mortal o, lo que fuera peor, con una villana parodia, sería exponerse a las tremendas represalias que se toma Dios de quienes menosprecian sus cosas.

Cuanto a la alteza de miras, tiene el matrimonio fines más altos que los bajos que suelen perseguir los jóvenes casaderos. La procreación y educación de los hijos según Dios quiera; la constitución de un hogar en que halle asilo toda virtud; la noble aspiración a labrar la felicidad del otro cónyuge; la ejemplaridad ciudadana; la contribución al logro de los altos fines de la sociedad y de la Iglesia: todo ello visto y sentido en la serenidad de una conciencia iluminada, darían al momento del contrato matrimonial una solemnidad espiritual que hoy no tiene en la mayoría de los casos; y sentirían los contrayentes el escalofrío que da la visión de lo sublime. La gravedad del acto podría ser punto feliz de referencia para toda su vida.

Pero, ¿quién piensa hoy en ello? ¿Quién así se dispone para el gran paso? Lo que se inicia en una tertulia, en un cotillón o un té, se fomenta en la frivolidad del flirteo y de unas relaciones sostenidas a ras de tierra, sin más preocupación que la de vestidos y joyas, sin más ideal que el de la futura fiesta y viajes nupciales; el pensamiento y corazón vacíos, por la ignorancia y la irreflexión, de las grandes cosas que debieran saturarlos.

Y el contrato matrimonial, por todas estas causas, en vez de ser el punto inicial de una vida feliz y fecunda, es tal vez el primer paso en el camino de la desventura.

Continuará…