MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

San Alejo, Confesor

( f. hacia el 412)

 

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FAMILIA DE SAN ALEJO
Según el historiador griego, Alejo nació en Roma, hacia la segunda mitad del siglo IV. Era su padre Eufemiano, uno de los mas ricos e ilustres senadores de la ciudad; y su madre Agiais, de nobleza igual a la de su esposo; pero ambos, aun mucho mas recomendables por su notoria virtud que por su nacimiento y bienes de fortuna. Su casa era albergue de todos los necesitados, y su caridad ilimitada. Fuera de las muchas limosnas secretas que repartían entre los pobres honrados y vergonzantes, cada día daban de comer a trescientos o cuatrocientos indigentes a la puerta de su casa, de manera que todas sus grandes rentas se consumían en limosnas. Inclinábales mas a esta misericordiosa liberalidad el hallarse sin sucesión y sin heredero, pero al fin les concedió el cielo uno que, desde luego, consideraron como fruto de sus limosnas y de sus oraciones.
El nacimiento de Alejo lleno de gozo a toda la familia, la santidad de su vida la colmo con el tiempo de gloria y esplendor. Paso los primeros años de la niñez en compañía de sus padres, cuyos ejemplos y doctrina eran igualmente eficaces para grabar en su tierno corazón el amor a todas las virtudes. Pusieron ellos el mayor cuidado en buscarle maestros que fuesen tan hábiles en la ciencia de los santos como en las ciencias humanas.
Con la ayuda de estos, hizo Alejo progresos extraordinarios que acreditaron en poco tiempo la excelencia de su ingenio.
Concurrían, ademas, en nuestro joven la afabilidad y nobilísima índole del carácter, rara agudeza y penetración, y fácil palabra. Condiciones estas que no tardaron en granjearle muy halagadora fama. Como, por otra parte, realzaba tales dotes con un exquisito trato y modales elegantes y finos, pronto aquel renombre acabo por formar un ambiente de popularidad que hizo de Alejo la admiración y el encanto de la ciudad entera. Lo cual no dejaba de alegrar profundamente a sus padres. Fundaban ellos todas sus humanas ilusiones en el que había de heredar las glorias familiares, y aquel feliz comienzo tenia que causarles gran satisfacción.
Heredero de inmensa fortuna, y emparentado por alguno de sus ascendientes con el príncipe que a la sazón gobernaba el imperio romano, el joven parecía naturalmente destinado a empleos y cargos distinguidos, el mundo con sus glorias y honores le sonreía. Pero todo ello le importaba poco. Al paso que iba creciendo en sabiduría, crecía también en virtud, y desde luego fue fácil conocer el tedio y disgusto que le causaban las cosas terrenales. Dios, que le destinaba a una gloria mas solida que la de la tierra, preparábale para que fuera en el mundo, maravilloso signo de contradicción concediéndole el don sin par de la pobreza voluntaria.

PRINCIPIO Y FIN DE UNA BODA
Cuando Alejo llego a la edad núbil, sus padres le propusieron en matrimonio a una doncella romana, emparentada también con la familia
imperial. Competían en ella la virtud y la hermosura, y parecía destinada expresamente por el cielo para coronar las felicidades de aquella
familia. A pesar de sus repugnancias por el estado de matrimonio, condescendió Alejo con la voluntad de sus padres, precisamente por el respeto
que les profesaba, y por temor a disgustarlos con su resistencia. Estos se alegraron sobremanera al ver asegurada la felicidad de su hijo, al mismo
tiempo que la continuación de su casa y las tradiciones cristianas de la familia, ambiciones estas que son muy naturales en todo hogar.
Cuando llego el día indicado, empezáronse, con esplendor extraordinario, las diversas ceremonias o formalidades que en aquella época acompañaban
a la celebración del matrimonio. Alejo se prestó a todo, pero en la noche del mismo día, en el momento de cumplir la formalidad que debía hacer definitivo el contrato empezado, vacilo el joven. En vez de acompañar a su desposada a la suntuosa habitación que les estaba destinada, Alejo se aparto de los convidados, y en ferviente oración pidió a Dios que le hiciera conocer su voluntad. Por divina inspiración, con la gracia que ilumino su alma, renovó la promesa que había hecho de pertenecer solo a Jesucristo y de imitarle en su humildad y pobreza, consagro su cuerpo y su alma a Dios determinando permanecer virgen. Alejo debía de dar a conocer a su desposada la decisión que acababa de tomar. A este efecto, puso en la habitación de la joven el anillo de oro, prenda de la alianza, cuya devolución, en aquella hora, según las costumbres de la época, rompía el matrimonio aun no definitivamente concluido. Libre ya del compromiso, como de una servidumbre, Alejo abandono secretamente, aquella misma noche, la casa paterna para poder practicar la pobreza voluntaria e imitar a Cristo que, siendo dueño de todas las cosas, quiso hacerse pobre y vivir por amor al hombre en la
mas extremada humildad.

DE ROMA A EDESA
Con el fin de escapar mas rápida y seguramente a las pesquisas que sus padres no dejarían de hacer, Alejo debió apresurarse a salir de Roma para llegar al puerto de Ostia, desde donde podía, por barco, arribar a Egipto o a Siria. Desconócese el itinerario que siguió el piadoso peregrino. Pero bien puede suponerse que evitaba con cuidado todo lo que pudiera darle a conocer a los mensajeros enviados por sus padres.
Para alejarse mas aun de su familia, encaminóse a pie hacia una antigua y opulenta ciudad de la Mesopotamia septentrional. Era Edesa —hoy Orfa—, capital de Osroena, ciudad fronteriza romana que había sido evangelizada en los primeros días del cristianismo. Edesa había llegado a ser el primer centro religioso de los arameos cristianos y el foco ardiente de un movimiento intelectual, gracias a su celebre escuela o universidad.
Había en ella mas de trescientos monasterios fervientes en los que el culto de María se celebraba con extraordinario fervor. Esta ciudad, profundamente cristiana, fue escogida por el joven patricio romano para su asiento. Mezclose a los mendigos que permanecían acostumbradamente
cerca del santuario, muy concurrido, de la Santísima Virgen. Como ellos, pedía limosna a la puerta de esta iglesia algunas horas del día ; las demás, las pasaba en oración. Por la noche dormía en el pórtico de ella tendido en el duro suelo. Contentábase con un poco de pan y algunas legumbres, y daba a los otros pobres lo demás que recibía de los fieles. Aquel modo de vivir era muy distinto del que conociera en sus años
mozos, y así, en breve tiempo, se desfiguro de manera que era imposible conocerle. Llegaron a Edesa, en busca suya, algunos criados de su padre,
con la noticia que tuvieron de que un mancebo se había embarcado para el Oriente, conociólos el muy bien, pidióles limosna, y se la dieron sin
saber a quien se la daban. No estuvo escondida mucho tiempo virtud tan extraordinaria, a pesar de las diligencias que Alejo hacia para ocultarla.
El sacerdote sacristán de la iglesia quedo muy edificado de la conducta y palabras de este pobre, que un día, bajo el sello del secreto, le abrió su alma y le dio a conocer la razón de su presencia en Edesa. Si ha de creerse al autor de la vida griega, el hijo del senador Eufemiano debió permanecer
diecisiete Años en la abyección y el olvido entre los mendigos de Edesa. Tras este lapso de tiempo, plugo a la Santísima Virgen glorificar a su siervo revelando su gran santidad por un portentoso milagro.

SAN ALEJO SALE DE EDESA
Pasando un día el tesorero, o tal vez el sacristán de la iglesia, bajo los pórticos del santuario dedicado a María, la imagen de la Virgen se ilumino con claridad repentina. Asombrado por este prodigio, el sacerdote se arrodillo temblando a los pies de Nuestra Señora. La Madre de Dios le tranquilizo con ademan lleno de dulzura y, mostrándole el mendigo que estaba cerca, le dijo: ≪Ve, prepara a este pobre una habitación conveniente, no puedo sufrir que uno de mis siervos tan devoto permanezca abandonado y desconocido a la puerta misma de mi santuario≫.
La noticia de esta revelación se divulgo pronto por la ciudad. Alejo, para sustraerse a las muestras de respeto y veneración de que era objeto, y para impedir que su verdadera condición viniera a descubrirse, salio inmediatamente de Edesa y, por etapas, llego a la costa siria, y embarcose en un navío que se hacia a la vela para Tarso. Esperaba visitar esta ciudad llena aun le recuerdos de San Pablo, pero una furiosa tempestad obligo al barco a cambiar de rumbo. Después de una travesía bastante larga, llegaron frente a las costas de Italia y no lejos de Roma, en donde la Providencia había fijado la morada definitiva del ilustre peregrino.

MENDIGO EN LA CASA PATERNA
Al entrar pobre y desconocido en esta ciudad en donde su familia ocupaba situación distinguida, concibió Alejo un pensamiento sublime. En vez de escoger para refugio, como en Edesa, el pórtico de una iglesia, se dirigió hacia la morada paterna y pidió un rincón en la casa que le pertenecía. Considerándole por menesteroso, Eufemiano, que jamas rechazaba a los pobres, no quiso que se impidiese permanecer en su casa, día y noche, al que llegaba con vestido tan pobre y roto. Preparósele, pues un aposentillo, debajo de la escalera principal, y en pago de esta hospitalidad, que el mundo juzgaba extraordinaria, el bienhechor no pidió mas que un favor. —.Cual? —interrogo el mendigo. —Que ruegues por la pronta vuelta de un hijo único que nos abandono hace mucho tiempo. El corazón se le desgarro ante las lagrimas de sus padres, pero guardo su secreto, pensando que el Señor se había comprometido a recompensar magníficamente todo sacrificio sufrido en su nombre, y que aun el dolor de su padre se cambiaría en gozo en el cielo. Resolvió, pues, permanecer desconocido de los suyos, y distribuyo el día entre la oración, la visita a las iglesias y las obras de caridad. Tuvo que sufrir a menudo las burlas e insultos del populacho y los malos tratamientos de los criados de su padre. Vio las lagrimas de su madre, las de su desposada, que conservo inviolable fidelidad a aquel a quien había esperado pertenecer. Escuchando sus quejas y la relación de sus sufrimientos, supo sin duda consolarlas y darles una legitima esperanza. Su alma sufría lo indecible viendo sufrir a los que amaba tan ardientemente, pero guardo silencio para poder permanecer fiel al amor perfecto prometido a Jesús. Así vivió otros diecisiete años, como mendigo, en la propia casa de sus padres, en frecuente contacto con ellos. Dios permitió que quedase ignorada de todos hasta la hora de su muerte. Sin embargo, llego un día en que se ordeno pusiera por escrito su nombre y la historia de su vida. Hízolo así Alejo con sencillez y cual si ya no importase su secreto; comprendía que estaba cerca su fin.

MUERTE DE SAN ALEJO
Agotado por las austeridades a que se entregaba desde hacia tantos años, el pobre de Cristo se vio obligado por la enfermedad a quedarse en su pobre escondrijo. Alegrábase de esta ultima prueba, pero ansioso de llevar su secreto a la tumba, continuo aquella lucha extraordinaria con Dios, que quería glorificar a su siervo, mientras este no se cuidaba mas que de glorificar la humildad y la pobreza evangélicas. Lucha maravillosa que solo pueden comprender quienes se han iniciado en los misterios del divino amor. Pugna admirable en que el Santo se esfuerza por conquistar el ultimo galardón de la virtud —la perseverancia—, por temor de que un desfallecimiento o un punto de vanidad roben un poquito de la gloria que ha querido reservar exclusivamente para Dios. Algunos días después —cuenta la leyenda—, estando el papa San Inocencio I (401-417) celebrando misa en la basílica de San Pedro, en presencia del emperador y de gran concurso de fieles, oyose una voz que decía: ≪Buscad al siervo de Dios, y rogara por Roma y el Señor le sera propicio ≫. Por toda la ciudad se busco a ese santo desconocido, cuya existencia se dignaba el cielo revelar. Pero los esfuerzos fueron infructuosos. El pueblo, reunido de nuevo en la misma basílica, se puso a rogar, suplicando al Señor le hiciera conocer el retiro de su siervo. ≪El siervo de Dios que buscáis —fue la respuesta—, se encuentra en la casa de Eufemiano≫. El senador no creía poseer semejante tesoro, pero un esclavo, que había adquirido cierta amistad con Alejo, dijo: ≪Señor, el siervo de Dios, cuya existencia en vuestra casa ha revelado el cielo, debe ser aquel pobre a quien vos dais hospitalidad, porque es hombre que comulga a menudo, reza mucho, ayuna, visita las iglesias y sufre con’ paciencia, humildad y alegría muchas y graves molestias de los criados de casa≫. Eufemiano entro en el cuartucho; en el, tendido en el suelo, cubierto el rostro con su pobre capa, estaba el Santo: Alejo había muerto pocas horas antes. Esto sucedió —según el autor de la biografiá latina— en el
pontificado de San Inocencio I. San Alejo moriría, pues, entre el 401 y el 417, en los primeros años del siglo v y en fecha que no se puede precisar exactamente. El Martirologio y Breviario romanos, señalan el 17 de julio como el día de su fallecimiento.

RECONOCIDO POR SUS PADRES
Comprobada la muerte del mendigo, quitaron el saco que le cubría pecho y manos. Tenia en estas un pergamino que lleno de estupor a todos los asistentes en el se revelaba la personalidad verdadera de aquel mendigo. El hijo único del senador Eufemiano acababa de morir desconocido y casi abandonado en la casa de su propia familia. Fácilmente se adivina el dolor de los padres de Alejo ante tan dolorosa e inesperada sorpresa.
Casi no podían creerlo. Hallaban, por fin, a su hijo, pero sin vida, !y le habían albergado, sin saberlo, durante tantos años! Reprochábanse no haber sabido reconocerle bajo los harapos que le cubrían. Era espectáculo desgarrador ver a toda la familia sumida repentinamente en tan terrible prueba. El Papa hizo celebrar funerales tan solemnes, cual no se vieron semejantes en Roma, y durante una semana, el cuerpo de Alejo quedo expuesto en la basílica de San Pedro, ante un concurso inmenso de pueblo que acudía a implorar la protección del siervo de Dios. Algunos días mas tarde —si se ha de creer el relato de varios manuscritos latinos— se le traslado a la iglesia de San Bonifacio, donde se había desposado, y erigiósele en ella un magnifico sepulcro, que hizo glorioso el Señor con gran numero de milagros. Con el tiempo, se convirtió en la iglesia de San Alejo el palacio de Eufemiano, sito en el monte Aventino; aun hoy se muestran algunos peldaños de la escalera bajo la cual estaba el aposentillo del Santo, y también una imagen de Nuestra Señora, que, según se cree, es la misma que estaba colocada sobre la puerta de la iglesia de Edesa y que hablo al sacristán en favor de San Alejo.

EL SANTO DE CADA DíA
POR EDELVIVES

 

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