Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Sexto Domingo después de Pentecostés

Sermones-Ceriani

NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

Si bien la Liturgia del Domingo Sexto después de Pentecostés prevalece sobre la Solemnidad de Nuestra Señora del Monte Carmelo, sin embargo, me ha parecido oportuno consagrar la homilía de hoy a este título.

Los títulos marianos expresan, sea una excelencia de Nuestra Señora, sea una función, sea una relación.

Y así hablamos de la Maternidad Divina de María o de su Inmaculada Concepción; o la llamamos Corredentora o Mediadora; o nos referimos a Nuestra Señora de Fátima, de Lourdes, del Pilar, de Guadalupe, etc.

Cabe ahora preguntarse, ¿por qué se multiplican los títulos marianos? Pensemos que solamente en España existen más de 3.000 advocaciones marianas diferentes…

La explicación de esa multiplicidad tiene dos razones, una de parte de la Virgen Santísima, y otra de nuestra parte.

Si contemplamos a la Madre de Dios, encontramos en ella una riqueza casi infinita, una inmensa y simplicísima perfección expresadas por su Nombre: María. Pero sólo Dios puede comprehender, captar y abarcar todo lo que está contenido en el nombre de María.

Este dulce y santo Nombre bastaría para expresar su insondable perfección; pero aquí interviene nuestra parte: al no poder entender y contener esa plenitud en un solo nombre, nos hemos visto obligados a multiplicar los títulos o advocaciones con que honramos a María Inmaculada.

En un esfuerzo por captar la perfección incomparable de esta piedra preciosa, hemos multiplicado la variedad de los puntos de vista, los aspectos bajos los cuales la consideramos, las facetas diversas que presenta a nuestra consideración esta joya maravillosa, obra de arte de la naturaleza y de la gracia.

Además, cada época necesita y tiene sus títulos: del Carmen, del Rosario, de Guadalupe, de Lourdes, Corazón Inmaculado, etc.

Las advocaciones marianas pueden ser doctrinales o locales.

Los títulos doctrinales son fórmulas que expresan de modo breve y concluyente una perfección de la Persona de la Virgen. Todos ellos nos conducen a un conocimiento más profundo y pleno de Nuestra Madre, y por eso no se debe prescindir de ninguno, aunque natural y lícitamente se puede sentir especial predilección o devoción por uno u otro.

Como ejemplo de títulos marianos doctrinales están casi todas las invocaciones de las letanías de la Virgen, así como también todos sus misterios: Inmaculada Concepción, Anunciación, Visitación, Asunción, etc., y otros como Reina, Mediadora, Corredentora, Milagrosa, etc.

Los títulos locales se limitan a expresar una relación de María Santísima con un lugar determinado, recordándonos alguna manifestación de su bondad, alguna aparición o milagro.

Estos títulos marianos locales son numerosísimos; cada nación, ciudad y pueblo tiene “su virgencita”. Así honramos a nuestra Señora de Luján, de Itatí, del Valle, del Milagro, de Fátima, de Lourdes, del Pilar, de Guadalupe.

En estos títulos locales generalmente se encuentra como nota fundamental una aparición o una manifestación especial de la Virgen en un lugar determinado, que hacen de ese lugar y de la imagen en él venerada un objeto para recordarnos las bondades maternales de la Madre de Dios. Incluso algunas veces nos ha dejado un sacramental como el escapulario o la medalla milagrosa.

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Ahora bien, lo primero que se manifiesta respecto de Nuestra Señora del Monte Carmelo es que es difícil encontrar una advocación más popular que ésta.

Parece que el pueblo cristiano tiene un gusto especial en invocar a la Virgen María con el título de Nuestra Señora del Carmen.

Y hasta los más apartados de las prácticas piadosas, que llevan una vida poco edificante y nada conforme a su título de cristianos, no renuncian a tener, a su modo claro está, alguna devoción a su Virgen del Carmen…

Y es que este título es un título de Amor y muy venerable por su antigüedad.

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Respecto a su longeva existencia son dignas de conocerse y meditarse las palabras que la Santa Iglesia emplea en las lecciones del Oficio Divino de su Fiesta.

Dicen así: “En el sagrado día de Pentecostés, cuando los Apóstoles, inspirados por el Cielo, hablaban diversas lenguas, e invocando el Nombre de Jesús obraban estupendos milagros, muchos santos varones, siguiendo la vida y el espíritu de los Profetas Elías y Eliseo, y preparados por la predicación del Bautista, abrazaron en seguida la fe evangélica, comenzaron con singular afecto a la Santísima Virgen a venerarla de tal modo que, por primera vez en el mundo, le consagraron una capilla en aquel mismo lugar donde Elías había visto levantarse la misteriosa nubecilla, imagen de María. Por lo cual comenzaron a llamarse Hermanos de la Virgen del Carmelo”.

Con esto, la Iglesia parece confirmar la tradición ya admitida por varios Pontífices en sus Bulas, de que los Carmelitas, esto es, aquellos descendientes de los Profetas que vivían en el Carmelo, practicando una vida de pobreza, oración y mortificación, honraban ya a la Santísima Virgen aun antes de que Ella viniera a este mundo; y que, así como esperaban y honraban a Jesús antes de su encarnación y nacimiento, esperaban y honraban a la par a su Madre benditísima.

Fácil es, según eso, suponer el amor con que la Virgen miraría a aquella comunidad que tan prontamente había comenzado a honrarla; y cómo seguirá mirando, del mismo modo, a los que continúan esta tan venerable y antigua tradición.

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Para conocer, pues, una de las intervenciones marianas más antigua e importante en su lucha contra el dragón infernal y por la salvación de sus hijos, debemos remontarnos al Antiguo Testamento y ascender al Monte Carmelo.

Es este un monte de Galilea; y así como el Sinaí es llamado Monte de la Ley, el Tabor el Monte de la Transfiguración y el Calvario el Monte de la Redención, de la misma manera, a la santa montaña del Carmelo se le da el nombre de Monte de la Virgen.

El Monte Carmelo fue el teatro donde se deslizó la vida del Profeta Elías Tesbita, a quien la Orden de María siempre consideró como a Padre y cuya vida trató siempre de imitar.

San Elías ganó en el Monte Carmelo la victoria contra los idólatras. En efecto, ante la defección del pueblo, hizo reunir en el Monte Carmelo a todo Israel y a los 450 profetas de Baal, que comían a la mesa de Jezabel. Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: ¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste. He quedado yo solo como profeta de Yahveh, mientras que los profetas de Baal son 450.

Una vez obrado un milagroso sacrificio, Elías les dijo: Echad mano a los profetas de Baal, que no escape ninguno de ellos; les echaron mano, y Elías les hizo bajar al torrente de Cisón, y los degolló allí (cfr. III Reyes, 18: 17-40).

Más adelante el texto sagrado nos narra el diálogo entre Dios y su Profeta. Elías dijo: Ardo en celo por Yahveh, Dios de los Ejércitos, porque los hijos de Israel han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas; quedo yo solo y buscan mi vida para quitármela.

Zelo zelatus sum pro Domino Deo exercituum… Es el lema del escudo de la Orden Carmelitana.

Me consume el celo por el Señor, Dios de los Ejércitos…

Yahveh le dijo: Me reservaré 7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron (cfr. III Reyes, 19: 14-18).

Dios consuela a Elías; dos nuevos reyes castigarán los pecados de Acab y Jezabel, y un nuevo profeta aparecerá en Israel, Eliseo.

Es muy consoladora la promesa del Señor de un “pequeño resto” como divina respuesta al celo dolorido de Elías.

A medida que nos acerquemos al fin de los tiempos los verdaderos fieles serán cada vez menos, pero Dios se reservará siempre un “pequeño rebañito”.

Además, mientras Elías dirigía fervientes súplicas al cielo en favor de su pueblo a causa de la sequía de tres años y medio, desde ese Monte Sagrado divisó el Profeta la Nubecilla del Carmelo, figura de María Santísima.

Poco a poco se fue oscureciendo el cielo por las nubes, y se produjo gran lluvia (cfr. III Reyes, 18: 41-45).

La Santísima Virgen María está simbolizada por esta ligera nubecilla que, surgiendo del Mediterráneo, no bien empieza a dejarse distinguir, ya se dilata y derrama por la inmensidad del horizonte, cubriéndole de vastos y condensados vapores, y luego se disuelve en deshecha y fecunda lluvia.

También la Iglesia Católica en su historia, pero particularmente en nuestros días, sigue con su mirada aquella nubecilla; y se abandona a la más viva confianza al solo recuerdo de la prodigiosa señal, que le hace descubrir a la gran Reina del Cielo; quien, a manera de benéfica lluvia, con su amoroso patrocinio, cubre y defiende toda la tierra y dispone y restituye en las almas la vida de la gracia.

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Decíamos al comienzo que éste es un título de amor, lo cual nos hace ver en esta devoción una prueba singularísima del amor de María a sus devotos.

Podemos concretar la prueba de este amor en el Santo Escapulario.

El Escapulario es el vestido de la Virgen, que amorosísimamente se dignó Ella traer del Cielo y regalárselo a sus hijos.

En las Sagradas Escrituras, siempre fue el regalo del vestido considerado como un símbolo de amor.

Jacob amaba con predilección a su hijo José, y para manifestarle este amor le regaló una túnica tejida de varios colores.

Ana amaba con cariño de madre a su hijo Samuel, y todos los años, como señal de amor, le llevaba al templo una túnica nueva.

Jonatás amaba a su amigo David, y por eso un día no sólo le regaló su arco y su espada, sino su misma túnica y cambió con él los vestidos que llevaba.

¿Y no vemos diariamente con qué cariño las buenas madres gozan de hacer o preparar por sí mismas los vestiditos que a sus hijos han de poner?

¿No nos dice la Tradición esto mismo de la Santísima Virgen, que no quiso que otras manos sino las suyas purísimas tejieran aquella túnica inconsútil que su Hijo había de vestir hasta la Cruz?

Pues, contemplemos ahora el Santo Escapulario, y al verle como un vestido que la Virgen nos regala, tratemos de apreciar el amor maternal que en él ha encerrado nuestra querida Madre.

Recordemos como Rebeca vistió con los vestidos de Esaú a su hijo Jacob, para que así consiguiera las bendiciones de Isacc… Pues, ¿cuánto mejor conseguirá las bendiciones de Dios el que se revista con el vestido de la Virgen?…

Porque, consideremos con atención, que el hábito del Carmen es el vestido de María…

No sólo porque Ella nos le dio, sino porque Ella misma le vestía cuando se apareció a San Simón Stock.

¡Qué profunda ponderación, pensar que Nuestra Madre quiere despojarnos de nuestro vestido…, el nuestro…, el del amor propio, el de las pasiones, el de las tibiezas, el del pecado…, y revestirnos del suyo…, el de la blancura, el de la pureza, el de la santidad!

¿Quién no querrá dejar gustosamente sus propios harapos para adornarse con este vestido de hermosura incomparable?

Ha querido la Virgen Santísima que sus hijos se distingan por el Escapulario…

Así se le dijo a San Simón, cuando fue agraciado con la visita y la promesa del Santo Escapulario; él mereció recibir de manos de Nuestra Señora este don inapreciable.

Estando amenazada de extinción la Orden del Carmelo, San Simón acudió confiadamente a María suplicándole su ayuda y protección, ya que era para propagar su culto que había sido fundada la Orden y se honraban sus religiosos con su mismo Nombre.

La noche del 15 al 16 de julio de 1251 se le apareció la augusta Señora rodeada de coros angélicos trayendo en sus virginales manos el bendito y santo Escapulario, y se lo entregó diciéndole estas consoladoras palabras:

Recibe, hijo querido, este Escapulario de tu Orden como signo distintivo de mi confraternidad y privilegio que yo he obtenido para ti y para todos los hijos del Carmelo. Quien muriese revestido de este hábito será preservado de los fuegos eternos del infierno. Esta es señal de salvación, defensa en los peligros, confederación de paz y pacto sempiterno.

Prestemos atención; es “signo de mi confraternidad”…; luego, también lo es de maternidad; pues, si somos hermanos, luego somos hijos de la misma Madre…

Y la señal y el distintivo de tales, es el bendito Escapulario…

Considerado bajo el aspecto espiritual, el Escapulario del Carmen es, pues, el signo externo de devoción mariana, de la consagración a la Santísima Virgen María por la inscripción en la Orden Carmelitana, con la esperanza de su protección maternal.

Además, es un Sacramental, es decir, un signo sagrado según el modelo de los Sacramentos, por medio del cual se significan efectos, sobre todo espirituales, que se obtienen por la intercesión de la Iglesia.

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Nuestra vida es una lucha continua; desde la cuna al sepulcro debemos luchar. Si queremos salir victoriosos en esta batalla, debemos usar los medios que el Señor nos ha concedido. Todos estamos necesitados del auxilio de lo alto, sobre todo en tres momentos esenciales de nuestra existencia:

1º) en los contratiempos y peligros constantes de la vida;

2º) en la hora de la muerte, para morir en la gracia de Dios;

3º) para salir pronto del Purgatorio, si debemos purgar nuestros pecados en esa mansión de sufrimiento.

Pues bien, la piadosa y santa devoción al Santo Escapulario soluciona estos tres problemas:

1º) Gran utilidad tiene el uso del Escapulario en la vida cristiana, particularmente en las tentaciones. Además, los milagros incontables que a María Santísima le place obrar por medio de su santo hábito nos demuestran a las claras que Ella vela continuamente sobre nosotros, sobre nuestras personas y sobre nuestras cosas.

El Santo Escapulario, considerado en toda su amplitud, no es otra cosa que una aplicación concreta de la Mediación Universal de la Santísima Virgen.

2º) Como sabemos, la Santísima Madre de Dios prometió que quien muriese revestido de este hábito será preservado de los fuegos eternos del infierno.

3º) Finalmente, y según la promesa sabatina, confiamos en que la Virgen Santísima descenderá graciosamente al Purgatorio el sábado después de la muerte de sus devotos, librará a cuantos hallase en aquel lugar de expiación y los llevará al Monte Santo de la vida eterna.

Por llegar su protección a todos los momentos de la vida, al momento crucial de la muerte e incluso más allá de ella, las credenciales del Santo Escapulario son: «En la vida protejo; en la muerte ayudo; después de la muerte salvo».

Estas promesas y privilegios, hablando doctrinalmente, no son otra cosa que la aplicación práctica del famoso principio: “ningún devoto fiel de María puede perderse eternamente”; o de aquel otro: “la verdadera devoción a la Santísima Virgen es una señal de predestinación”.

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Lo dicho debería bastar ciertamente, pero, para estimularnos aún más a la devoción de la Virgen del Carmen y a su Santo Escapulario, consideremos algo de lo muchísimo que sobre sus privilegios se puede decir y meditar… Y veremos cómo hasta por conveniencia…, no podremos menos de apreciarle en lo que vale…

Recordemos las palabras de la Virgen Santísima al hacer la entrega del mismo.

a) Ecce salus in periculis

Es el escudo fortísimo contra todas las asechanzas de los enemigos, y la salvaguardia segura de toda clase de peligros.

Antiguamente los guerreros iban a las batallas cubiertos de cotas de malla acerada y embrazando escudos donde todos los dardos enemigos se estrellaran…

Y si hoy ya han caído en desuso estos medios de defensa, es por la inutilidad ante los medios de ataque tan mortíferos y poderosos que existen.

Pues bien, el escapulario es el escudo que no pierde su eficacia, ni cae en desuso; y eso aunque los enemigos inventen nuevos modos de ataque.

Él será siempre la barrera infranqueable para todas las asechanzas de Satanás.

“No puedo nada con esa persona”, se ha visto obligado a confesar más de una vez el demonio, “porque lleva el escapulario…, no puedo ni acercarme a ella…; arrancádselo y será mía”.

Pensemos si más de una vez el demonio no habrá tenido que repetir esas palabras respecto de nosotros… Y, por lo tanto, cómo debemos apretar el Santo Escapulario contra nuestro corazón.

b) Ecce fœdus pacis et pacti sempiterni

Es, además, prenda de paz y de alianza eterna.

Parecen recordarnos estas palabras las que dijo el Señor cuando extendió el Arco Iris sobre las nubes del Cielo después del Diluvio.

María es este arco iris de paz y de reconciliación entre Dios y los hombres.

Y este oficio suyo nos quiere recordar con su Escapulario, como si quisiera decirnos: “No temáis, que yo soy la nubecita del Carmelo que se interpone entre Dios y los hombres; y, si Dios quiere descargar sus iras, yo templaré sus ardores, como las nubes los del sol; y yo os regalaré con la lluvia fecundante de la gracia, como las nubes con sus aguas refrescan y fecundizan la tierra; y como señal externa de que así es, y para que nunca lo olvidéis, ahí tenéis mi Escapulario”.

c) Ecce signum salutis

Pero sobre todo es prenda segura de salvación.

Quien muriese revestido de este hábito será preservado de los fuegos eternos del infierno…

Y, según la Promesa Sabatina a los cofrades: Después que salieren de este mundo y entraren en el Purgatorio, yo, que soy su Madre, descenderé graciosamente el sábado después de su muerte, libraré a cuantos hallare en aquel lugar de expiación y los llevaré al Monte Santo de la vida eterna.

Estas son sus palabras…, no necesitan comentario…, pero que debemos meditarlas lentamente y saborearlas.

Pensemos en aquel momento del que depende la eternidad…; en el que solos, sin ayuda de nada ni de nadie, nos hemos de encontrar para jugarnos eternamente nuestra dicha o nuestra desgracia…

Y tengamos en cuenta la seguridad, no ya sólo la esperanza, que nos da la Santísima Virgen para aquel instante, si sabemos llevar el Escapulario.

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He aquí sus privilegios…, pero hay que saber llevarlo.

Porque, eso sí…, hay que saber llevar el Escapulario…, y llevarlo bien…; no olvidemos que no es un amuleto, o un talismán…, ni menos un salvoconducto para pecar más fácilmente, creyendo que con sólo llevarle ya basta para ir al Cielo.

El Escapulario es una ayuda muy grande; más grande y más segura que otras devociones; pero nada más.

Por eso se ha de llevar no sólo exteriormente, sobre el pecho…, sino interiormente, en el corazón.

San Antonio María Claret llega a afirmar que los que abusen del Escapulario, la Santísima Virgen, como ya lo ha hecho en algunos casos, hará que, a última hora, se lo quiten y mueran sin él…

Temamos, pues, el abusar de esta prueba tan singular de amor de nuestra Madre.

Prometámosle vestir su uniforme con honra; es decir, honrándonos de llevarle, y honrándola a Ella al llevarle.

San Buenaventura exclama: Revestíos de María, los que de veras la amáis; y entonces sí, cuando el Escapulario sea eso, una manifestación exterior del amor interior que tenéis a vuestra Madre, podréis esperar de Ella las gracias y los frutos que en el mismo quiso acumular, es decir, gracias para evitar el pecado, el infierno, y el mismo Purgatorio.

Pidamos a la Santísima Virgen que, con el vestido externo de su Escapulario, nos dé el interno de sus virtudes y gracias.