Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del V Domingo después de Pentecostés

Sermón del V Domingo después de Pentecostés

EL MAGNIFICAT

46 Y María dijo: Mi alma magnifica al Señor

47 Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

48 Porque ha mirado la humildad de su esclava; y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

49 Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

50 Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

51 Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

52 Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

53 A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

54 Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

55 Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

El Domingo pasado, Fiesta de la Visitación de María Santísima, terminábamos nuestra homilía con estas palabras:

Son tan admirables y llenas de sentido las palabras del Magnificat, que encierran un conjunto maravilloso de alabanzas, de agradecimiento y virtudes tan prácticas, que no es posible pasarlas de largo, sino detenernos a saborear sus dulzuras y a estudiar sus enseñanzas.

Y como eso nos hubiese llevado mucho tiempo en aquella circunstancia, lo hemos dejado para meditarlo tranquilamente el día de hoy. Comencemos, pues.

Ante todo, proporcionamos el texto latino:

Et ait Maria:

Magnificat anima mea Dominum et exsultavit spiritus meus in Deo salutari meo.

Quia respexit humilitatem ancillae suae, ecce enim ex hoc beatam me dicent omnes generationes.

Quia fecit mihi magna qui potens est et sanctum nomen ejus.

Et misericordia ejus a progenie in progenies timentibus eum.

Fecit potentiam in brachio suo, dispersit superbos mente cordis sui.

Deposuit potentes de sede, et exaltavit humiles.

Esurientes implevit bonis, et divites dimisit inanes.

Suscepit Israel, puerum suum, recordatus misericordiae suae.

Sicut locutus est ad patres nostros, Abraham et semini ejus in saecula.

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El Magnificat responde a una explosión de júbilo en Dios, incubada desde que se había realizado el misterio de la Encarnación en el seno purísimo de la Virgen Inmaculada.

El himno de María no es ni una respuesta a Isabel, ni propiamente una plegaria a Dios; es una elevación, un éxtasis y una profecía.

Se ven en él tres partes bien marcadas:

1ª) Alabanza de María a Dios por la elección que hizo de Ella (versículos 46-50);

2ª) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el mundo (versículos 51-53);

3ª) Con esta obra se cumplen las promesas hechas a los padres (versículos 54-55).

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1ª Parte) Alabanza que María hace a Dios por la elección que hizo de Ella.

Mi alma magnifica al Señor.

María comienza magnificando, engrandeciendo a Dios.

Es el fin del hombre… alabar y engrandecer al Señor. Obligación dulcísima, pero, al fin, obligación.

Dios todo lo ha creado para su gloria, pero la gloria propiamente sólo se la puede dar en la tierra el hombre…

La gloria es un conocimiento seguido de la alabanza. No podemos alabar si no conocemos. Y como las demás criaturas no tienen conocimiento, nos dan a nosotros ese encargo, de que en ellas veamos y conozcamos a Dios, para que en nombre suyo le alabemos.

Éste es nuestro oficio…, recoger esas notas de bondad, sabiduría, poder, hermosura y caridad, que Dios ha ido depositando en las criaturas, y con ellas formar el himno de la gratitud que debemos entonar en alabanza de Dios.

¡Oficio magnífico y sublime!

Son las primeras palabras de María Santísima al recoger las alabanzas y grandezas que Santa Isabel le dice, para dirigirlas a Dios.

A Él solo la gloria y el honor.

¡Qué hermoso comienzo de este magnífico cántico!

María Santísima engrandece al Señor con toda su alma y corazón. Sólo Ella es la que nunca, ni un momento, dejó de engrandecerle…, siempre, sin cesar…, fue creciendo y aumentando a Dios en su purísima alma.

Por eso dice, en presente, Mi alma magnifica; no dice engrandeció o engrandecerá…, sino ahora y siempre engrandece.

Esa es su ocupación perpetua, su oficio principal; como si no tuviera otro…

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Y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Los dos sujetos, “alma” y “espíritu”, vienen a ser sinónimos, usados sólo por razón de variación literaria. Es, pues, María Santísima la que alaba y se exulta profundamente en Dios.

María Santísima se alegra y se goza, mejor aún, se encuentra como inundada de un gozo-infinito.

¿De qué se goza? Es un gozo íntimo, espiritual, que tiene por objeto al mismo Dios. Se goza y se alegra en Dios, en la posesión plena y perfecta de Dios.

Santa Isabel le recuerda sus grandes gracias y privilegios, y aunque son motivo suficiente para alegrarse y gozarse en ellos, no obstante, parece que no repara tanto en los dones, como en el autor y dador de los mismos.

Pero reparemos que, no dice sólo que su gozo está en Dios, sino en Dios Salvador. Este gozo de María es en Dios, “mi Salvador”.

Dios Salvador es fórmula bíblica. Nunca como aquí cobra esta expresión el sentido mesiánico más profundo. Ese Dios Salvador es el Dios que Ella lleva en su vientre, y que se llamará Jesús, es decir, Yahvé salva. Y ella se goza y alaba a Dios, su Salvador.

Ésta es la raíz y fundamento de la alegría espiritual y del gozo eterno que esperamos, porque es Él nuestro Salvador.

Pensemos también que el gozo de María Santísima no fue en sí misma, sino sólo en Dios, es decir, nada de gozo egoísta, que busca su comodidad y complacencia, sino gozo de amor, que se alegra de amar y ver amado el objeto de su amor, aunque por este amor sufra y padezca.

María miraba en sí misma y allí veía a Jesús en sus mismas entrañas y esta vista causaba su gozo en Dios.

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Porque ha mirado la humildad de su esclava.

María atribuye esta obra a la pura bondad de Dios, que miró la humildad de su esclava. Fue pura elección de Dios, que no escogió para Madre del Mesías a una reina, sino a una esclava desconocida.

Es admirable la lección práctica de humildad que aquí nos da la Santísima Virgen. Acaba de ser saludada por el Ángel de parte de Dios; acaba de ser elevada a la dignidad de Madre suya; acaba de ser bendita entre todas las mujeres por Santa Isabel…, y Ella, empeñándose en abismarse en el profundo de su humildad, reconoce que no es más que una simple esclava del Señor.

Con esto nos dice que todo lo que hay en Ella es de Dios, pues todo procede del hecho que Dios la ha mirado… Y mirado, en lenguaje bíblico, significa mirar con buenos ojos y amar…

Y así, todo procede de esa mirada de amor de Dios hacia Ella…; pues, de lo contrario, no hubiera pasado de ser una de tantas hijas de Eva.

Consideremos como María Santísima nos enseña que el fundamento de todos los bienes del Señor y de todas las gracias que de Él recibimos, es la humildad.

Y así dice, que por eso alaba al Señor y se regocija en su Salvador, porque ha mirado la pequeñez de su esclava.

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Y he aquí que todas las generaciones me llamarán bienaventurada.

Pero, por esa mirada de elección de Dios, desde ahora, es decir, en adelante, después de estos momentos, la van a llamar bienaventurada todas las generaciones.

Es una confirmación de lo anterior. El humilde enamora al corazón de Dios, y Dios no repara en medios para levantarle y ensalzarle.

¡Cuánto ha ensalzado y sublimado Dios a María Santísima! ¿Quién más humilde que Ella? Pues, por eso la llamarán bienaventurada todas las generaciones.

Ella su humilla y Dios la ensalza. Contemplemos esta divina porfía.

Si María no se hubiera hecho esclava, no sería ahora Reina y Señora, ni Madre del mismo Dios.

En Israel la madre se llama dichosa con el nacimiento de un niño; pero aquí no es el motivo de regocijo familiar. Es la universalidad de las generaciones. Es la eterna bendición a la Madre del Mesías.

Esta afirmación parecería entonces una hipérbole oriental si no hubiese sido una profecía cumplida ya por veinte siglos.

Estas palabras encierran, pues, una profecía…; dice que la llamarán bienaventurada. Habla de un futuro que debía desconocer, y, no obstante, con toda seguridad afirma que así será.

¡Qué dulcísimo es para nosotros ver el exacto cumplimiento de estas palabras! Reunamos todos los títulos de María…, sus santuarios y templos… ¿Conocemos alguna iglesia que no tenga uno o varios altares de María?… ¿Hay población, grande o pequeña, que no posea su Virgen y le celebre su fiesta con alegría y esplendor?

Subamos al Cielo y miremos a todos los Santos reconociendo su santidad por María, y a todos los Ángeles que, juntamente con los hombres, no cesan de llamar bienaventurada a María.

¡Qué espléndida confirmación la de esta profecía!

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Porque ha hecho en mí maravillas el Todopoderoso, cuyo Nombre es Santo.

Y todo es debido a que hizo en Ella maravillas, cosas grandes el único que puede hacerlas, Dios. Lo hizo el Poderoso. Esta obra sólo podía ser obra de la omnipotencia de Dios.

Y cuyo Nombre es Santo. En los semitas, el nombre está por la persona. Es, pues, obra de la santidad de Dios.

¡Qué mal entendemos la humildad!… Creemos que consiste en decir al exterior palabras en contra nuestra…, en no reconocer lo bueno que hacemos…, en no ver las gracias que el Señor nos concede…

¡Y nada de esto es la humildad!

Escuchemos a María Inmaculada: Me llamarán bienaventurada todas las generacionesHa hecho en mí grandes cosas el Todopoderoso… Y, no obstante, esto es humildad.

No olvidemos que humildad es verdad y sencillez.

Reconocer lo bueno que haya en nosotros, pero no para alabarnos por ello. Comprender la obra de Dios, tan grandiosa e inmensa, pero que eso nos sirva para alabarle más, para corresponderle mejor, para amarle con mayor fervor y entusiasmo cada día, como consecuencia natural de nuestro agradecimiento.

¿A qué cosas se refería la Santísima Virgen, al decir que había hecho en ella Dios grandes cosas?… ¿En qué pensaría cuando decía estas palabras?

Recorramos, como Ella recorrería, los favores y dones que del Señor ha recibido… Su predestinación desde toda eternidad…; el privilegio inefable de su Concepción Inmaculada, con todas las gracias inherentes al mismo…; todas las maravillas que en su Corazón quiso el Señor acumular…; y recordaría el saludo del Ángel…, el misterio de la Encarnación del Verbo…

Y entonces, saltaría a su vista el milagro de los milagros, el que Ella, ¡criatura!…, ¡esclava del Señor!…, fuera a la vez verdaderamente ¡Madre suya!… Y cómo para eso fue necesario hacer algo muy grande y desconocido, en el cielo y en la tierra, esto es, el ser Madre sin dejar de ser Virgen…

Por eso, extasiada al ver todo esto…, penetrando en el valor y significado de todo ello…, con gran fervor exclama: Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso.

Todo lo atribuye al poder de Dios…, ¡al Todopoderoso!…, ¡a la santidad de Dios!…, ¡a su Santo Nombre!

Dios, con su santidad y bondad y misericordia divina, determinó hacer todo esto…, y con su poder infinito lo hizo.

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Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen.

El pensamiento progresa, haciendo ver que todo este poder es ejercido por efecto de su misericordia.

Y ninguna obra era de mayor misericordia que la obra de la Redención.

Otro detalle delicadísimo de la humildad. María Inmaculada se goza en extender esta misericordia del Señor, que ha tenido con Ella, a todos los demás.

Cuanto ha hecho de grande en su alma, hará con todos los que le temen…; nada de querer ser la única…; se complace en publicar la participación que todos pueden tener en esta bondad de Dios.

La verdadera humildad, no es exclusivista, ni ambiciosa, ni menos envidiosa del bien ajeno.

Pero se añade que esta obra de misericordia de Dios, que se extiende de generación en generación, es precisamente sobre los que le temen.

No se refiere al temor servil, sino al temor reverencial y filial de los buenos hijos. Es aquel temor santo de Dios, de quien dice la Escritura Santa, que es el principio de la sabiduría y, por lo mismo, el comienzo de la santidad y el fundamento del amor.

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2ª Parte) Reconocimiento de la Providencia de Dios en el gobierno del mundo.

Este segundo grupo de ideas lo constituyen los versículos 51-53, y celebra esta Providencia divina con tres imágenes.

Desplegó el poder de su brazo, y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

La primera hace ver cómo Dios utiliza su poder, antropomórficamente su brazo, para dispersar a los que se engríen con los pensamientos de su corazón.

Estos enemigos, que así se ensoberbecen, no son ni los enemigos de Israel, pueblo de Dios, ni los paganos. Son personalmente los sabios, que se guían por la sabiduría de este mundo. Son aquellos a quienes les falta aquella sabiduría que viene de Dios.

A éstos no se los considera como un cuerpo de ejército, sino idealmente reunidos, coincidiendo en la necedad y orgullo de su vida.

Frente a esta sabiduría, Dios realiza sus obras con la suya, totalmente opuesta.

Tal es el caso de María: a una virgen, la hace madre milagrosamente; y a una esclava, Madre del Mesías.

Aquí ensalza, pues, la Santísima Virgen el poder de Dios, que se manifiesta especialmente en algunas de sus obras. Todas son fruto de ese poder infinito de Dios, pero en algunas se manifiesta más claramente esa omnipotencia.

Miraría la Santísima Virgen los Cielos, y la tierra… Y a los Ángeles y a toda la corte lucidísima que rodea el trono de Dios… Vería al hombre y, sobre todo, se vería a sí misma…

¿Dónde vio mejor la fuerza del brazo poderoso de Dios que en la obra de su Corazón y de su Alma purísima e inmaculada?

Contemplaría la Encarnación, en la que Dios tuvo que hacer fuerza a la divinidad…, tuvo que hacer violencia a sí mismo para empequeñecer y achicar y anonadar al mismo Dios…; y así poderlo encerrar en el seno de María…

Y para ello tuvo que hacer la obra única y nunca más repetida, hacer Madre suya a una mujer… y vaciar en Ella todos los prodigios y maravillas de toda la creación…; y hacerla Inmaculada…, y Virgen y Madre a la vez…

Su omnipotencia se manifiesta en las obras de la misericordia y de la bondad…, pero también en las de su justicia.

He aquí otra prueba del poder del brazo divino.

Y así como para los humildes es toda su misericordia, así su justicia se emplea con los soberbios.

¡Cómo recordaría la Santísima Virgen la diferencia de su exaltación hasta el trono de Dios, para ser Reina y Emperatriz del Cielo, con la caída tan ruidosa de Lucifer desde las alturas hasta el mismo infierno!

Ella subió por su humildad, éste cayó por su soberbia.

Y notemos bien que dice a los soberbios de mente y de corazón. Aquí se refiere, claramente, a la soberbia interna, no precisamente a la externa, que es una fatuidad… Es más refinada la interior…; esto es, aparecer humilde al exterior, e interiormente tener asentada la soberbia en el corazón y la mente.

Y lo peor de esta soberbia es, que es tan sutil y tan fina, que penetra hasta lo más íntimo sin apenas darnos cuenta.

Soberbia de mente es el propio parecer…, el no querer ceder…, el no sufrir una contradicción…

Soberbia de corazón es el maldito amor propio, que tan profundamente arraiga en nuestro corazón.

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Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes.

La segunda imagen celebra cómo desaloja Dios a los poderosos de sus tronos y ensalza a los que no son socialmente poderosos.

Es la teología de la Providencia divina, que señala la Escritura en tantos casos.

Así como en el verso anterior expuso lo que el Señor hace siempre con los soberbios de mente y corazón, así ahora nos habla de la vanidad, el orgullo, el deseo de mandar…

Escuchemos la frase enérgica de María Santísima: a ésos, el Señor los arrojará de sus tronos y asientos de vanidad, y con desprecio los abandonará…

Dios ni siquiera mira la fatua vanidad de la tierra… ¡Qué terrible debe ser este desprecio divino! ¡Qué espantoso ese castigo, que con palabras tan fuertes anuncia la Virgen Santísima!

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A los hambrientos los llenó de bienes, y a los ricos los despidió vacíos.

El tercer cuadro parece tomado de una corte oriental. En ella los ricos son admitidos a la presencia del monarca, al que, según costumbre, le ofrecen regalos; pero el monarca, en cambio, para no dejarse vencer en opulencia —ya que ésta es una tónica de las cortes orientales— les hace presentes mayores. Los pobres no son admitidos ni reciben estos dones.

Pero en la obra divina esto no cuenta. Los ricos, como tales, no cuentan con su influjo ante Dios. Él los castiga y empobrece; mientras que los pobres son socorridos y enriquecidos.

Pero…, ¿todavía más? No acierta la Santísima Virgen a acabar con la humildad. ¡Cuánto la ama!

Porque estas palabras son una confirmación o repetición de las anteriores.

Aquí habla de otra manifestación de la humildad, que es la pobreza…, y de la soberbia, que es la abundancia y el regalo.

No se trata de una revolución social. El gobierno del mundo está en sus manos, y Él ejerce su justicia sabia y libremente.

En este canto estos bienes no son específicamente los bienes o pobreza materiales. Se trata de los bienes mesiánicos.

Se ve por el tono general del canto. A María la elige para enriquecerla mesiánicamente. Es lo mismo que cantará luego: los bienes prometidos a Abraham, que eran las promesas mesiánicas. Al fin y al cabo, todo el Antiguo Testamento giraba en torno a estas promesas.

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3ª Parte) Con esta obra cumple Dios las promesas, hechas a los padres.

El tercer pensamiento fundamental lo constituyen los dos últimos versículos.

Se confiesa que esas maravillas que Dios obró en María son el cumplimiento de las promesas mesiánicas hechas a los padres.

Se presenta antropomórficamente a Dios, acordándose.

Después de tantas vicisitudes pasadas en la historia de Israel, parecería como si Dios lo hubiese olvidado. Pero las va a cumplir ahora.

Y las va a cumplir para la época que las señaló y cómo las anunció. No el mesianismo racial, sino el mesianismo espiritual.

En realidad, ya las comenzó a cumplir, pues ya está el Mesías en su pueblo. Por eso ya acogió a Israel.

Acogió a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia.

Recuerda aquí la Santísima Virgen la gran misericordia efectuada con Israel.

Era un pueblo esclavizado a los Faraones; y el Señor milagrosamente le sacó de aquella esclavitud y le llevó a través del desierto. Allí le alimentó con un maná del Cielo, y, después de sacarle triunfante de sus enemigos, le llevó a la rica tierra de promisión.

En fin, le tomó como cosa suya…, le hizo su pueblo escogido…, y le cuidó como a un miembro de familia, con providencia admirable.

Acogió a Israel, su siervo. Otros traducen su hijo. El griego paidós y el latín puerum, admiten ambas traducciones.

¿Alude aquí la Virgen al Mesías, Hijo de Dios, a quien le llegaban los tiempos de su Encarnación, o al pueblo de Israel, a quien Dios acogía enviándole al Mesías prometido?

En realidad caben ambas interpretaciones del nombre de Israel.

Este Israel es el Israel universal, el que se prometió a Abraham, ya que en él serían bendecidas todas la gentes de la tierra.

María no es ajena a esto, cuando reconoce que esta maravilla es la prometida a los padres —Abraham, Isaac, Jacob, David— y cuando, por ello, la llamarán bienaventurada todas las generaciones, que se beneficiarán, como enseñaban los Profetas, del mesianismo.

Como se ve, este texto, no dice que Dios se acordó de su misericordia, como lo hubiese anunciado a los patriarcas incluso Abrahán y su descendencia hasta ese momento, sino que Dios, según lo había anunciado a los patriarcas, recordó la misericordia prometida a Abrahán, a quien había dicho que su descendencia duraría para siempre.

Lo cual concordaría también con el hecho de que la Virgen ignoraba el misterio del rechazo del Mesías por parte del pueblo elegido en su primera venida, y creía, como Zacarías, el anciano Simeón, los Reyes Magos, los apóstoles y todos los piadosos israelitas que aclamaron a Jesús el Domingo de Ramos, que el Mesías Rey sería reconocido por su pueblo.

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Según lo que había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre.

Se trata de la promesa que María había recibido del Ángel con respecto a su Hijo: el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob para siempre, y su reinado no tendrá fin.

Se trata, pues, del mesianismo espiritual y eterno.

¡Qué bien cumple Dios su palabra! Así lo prometió a Abraham y a sus hijos, los demás grandes Patriarcas del Antiguo Testamento… Y como lo prometió, lo cumplió.

No ignoraba Él, lo que aquel pueblo iba a hacer con sus beneficios, y, no obstante…, no se echa para atrás y deshace su promesa.

¡Qué fiel es el Señor!

Pero tengamos en cuenta, como dice la Virgen Santísima, que esta fidelidad de Dios es por todos los siglos…, esto es, que como cumplió lo prometido entonces, también lo cumplirá en lo que prometió después…

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Resumen y conclusión

¡Qué sublime el Cántico del Magnificat!

¡Qué hermosísima la Oración de María!

¡Cuántas cosas abarca!

¡El Canto de la gratitud de su alma a Dios!

¡El Canto de la Redención, con el que publica las maravillas y grandezas que en esta obra hizo el brazo poderoso del Señor y su misericordia!

¡El Canto, en fin, de la humildad!

Claramente nos señala el camino que hemos de seguir…

No hay otro…

Ni Ella ni Jesús encontraron, ni siguieron, tampoco otro…

¡Lancémonos generosamente por él!

Tengamos, por lo tanto, una devoción fervorosa a este sublime Cántico, y diariamente repitámoslo para alabar y dar gracias al Señor.