Obstáculos para la oración efectiva

rezar

 

Los defectos de nuestros rezos.

Santiago Apóstol dice: No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de saciar vuestras pasiones…

Y San Agustín resumió y expresó en tres palabras los defectos de nuestros rezos: “Petimus, Mala, Male, Mali” es decir:

– o pedimos a Dios cosas malas: Mala;

– o bien rogamos mal: Male;

– o bien rogamos con malas disposiciones: Mali.

a) Petimus Mala: nuestras oraciones tienen por objeto cosas malas.

Nuestro Señor nos promete que todo lo que pidiésemos en su Nombre, se nos concederá. Se compromete apoyar nuestros rezos, en cuanto tengan por finalidad cosas buenas, en relación a nuestra salvación.

“La oración, dice Santo Tomás, es el pedido de cosas convenientes; y lo que conviene, es el bien.”

Si nuestros rezos, similares a los de los paganos, tienen por objeto cosas indignas de Dios, ¿cómo nos las concedería?

¿Qué piden los paganos a sus ídolos?: bienes temporales, el éxito de sus empresas, la suerte en el juego… No piensan ni en su alma, ni en su perfección, ni en la eternidad…

¡Cuántos cristianos ruegan de este modo, y no piden sino cosas malas o indignas de su calidad de cristianos!

No obstante, Dios no nos prohíbe pedir por algunos bienes o por utilidades temporales, como la salud, una larga vida, la ciencia, el trabajo, el dinero necesario, amigos, hijos, etc.

Es lícito pedir todo esto, pero con una doble condición:

Es necesario, en primer lugar, que los pidamos por un buen fin, es decir, con un objetivo sobrenatural, para gloria de Dios y nuestra salvación.

Además, debemos supeditar nuestra voluntad y nuestros deseos a la muy sabia y muy santa voluntad divina.

Si cumplimos con estas dos condiciones, el amor inefable de Dios dirige entonces su misericordia, o para concedernos lo pedido, o para rechazarlo, según que juzgue la ventaja o el daño o el peligro de esos bienes para nosotros.

Pero, si lo rechaza, en su lugar nos dará lo que realmente sea nuestro bien; como la madre que niega al niño enfermo el chocolate que lo pide, y en su lugar le da un remedio amargo que obtiene su mejoría.

Por lo tanto, una vez que hemos solicitado estas gracias, debemos abandonarnos al beneplácito divino, sobre todo en lo que se refiere al modo y al tiempo.

b) Petimus Male: pedimos mal, de mala manera.

Si nuestros rezos no se conceden, es que muy a menudo se hacen mal, es decir, sin espíritu de fe, sin entusiasmo, sin respeto por la majestad divina, sin atención, apresuradamente…

¡Cuántos ruegan sin humildad, sin confianza, sin perseverancia, murmurando, a disgusto por la oración! ¡Y finalmente la abandonan! ¿Qué puede haber de sorprendente, si tales rezos siguen siendo ineficaces?

c) Petimus Mali: pedimos siendo malos; nuestras malas disposiciones vician nuestros rezos.

El pecador se alejó de Dios. Ahora bien, mientras el corazón permanezca adherido al pecado, ¿cómo se elevará hacia Dios?

¿Qué puede asombrar que Dios no nos escuche, cuándo nosotros mismos nos negamos a escucharlo?

¿Y por qué encontrar malo que no tenga en cuenta nuestros rezos, mientras nosotros mismos no hacemos ningún caso de sus órdenes?

Dios no concede lo pedido a los pecadores endurecidos,… o a los que sin preocuparse del triste estado de su alma sólo recurren Él para pedir cosas temporales…

Pero; si el pecador comienza a detestar su pecado y a volverse hacia Dios para implorar su ayuda…, inmediatamente Dios, infinitamente bueno y compasivo, lo observa con compasión y amor, y le concede gracias de conversión, de penitencia y de perdón…

 

“Sino que vuestras iniquidades os han separado de vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho que Él oculte de vosotros su rostro para no oíros.”
(Isaías 59,2)

 

“Y esta es la confianza que tenemos con Él, que Él nos escucha si pedimos algo conforme a Su voluntad.”
(1 Juan 5,14)

 

“Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de saciar vuestras pasiones.”
(Santiago 4,3)

 

“No hagáis nada por emulación ni por vanagloria, sino con humilde corazón, considerando los unos a los otros como superiores, no mirando cada uno por su propia ventaja, sino por la de los demás.”
(Filipenses 2,3-4)

 

“Sin fe es imposible ser grato, porque es preciso que el que se llega a Dios crea su ser y que es remunerador de los que le buscan.”
(Hebreos 11,6)

 

“Mas pida con fe, sin vacilar en nada; porque quien vacila es semejante a la ola del mar que se agita al soplar el viento. Un hombre así no piense que recibirá cosa alguna del Señor.”
(Santiago 1,6-7)

“Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados, y limpiarnos de toda iniquidad.”
(1 Juan 1,9)

 

La oración que es agradable al Señor

 

El Señor, no sólo ofrece o promete, sino que exhorta y alienta a pedir.

“En verdad, en verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado.”
(Juan 16, 23-24)

 

Sinceramente deseoso de derramar en nosotros sus riquezas infinitas, añade, con esplendidez verdaderamente divina: Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado.

¡Qué diferencia entre estos ofrecimientos divinos y los ofrecimientos de mero cumplimiento que hacen a veces los hombres! Jesucristo tiene verdaderas ganas de dar, y por eso echa en cara a los discípulos su cortedad en pedir; cuanto hasta ahora han pedido es tan poco, que para el Señor es como si nada hubiesen pedido.

Y como provocándoles a que pidan, añade: Pedid, y recibiréis. ¿Para qué? Para que vuestro gozo sea colmado.

Es grande el gozo de obtener lo que mucho se ha deseado. Pues bien: nuestro gozo puede llegar a ser cumplido, pleno y perfecto, si pedimos cuanto deseamos, tantas y tantas cosas porque tan ansiosamente suspiramos, pues todo lo alcanzaremos cumplidamente.

Jesucristo nos manda pedir en la oración, pero para que resulten eficaces nuestras plegarias, deben tener las debidas condiciones:

1ª. Que sean hechas en nombre de Jesucristo.

2ª. Que pidamos cosas provechosas para nosotros.

3ª. Que oremos con atención y humildad.

4ª. Que oremos con confianza y perseverancia.

En Nombre de Jesucristo. Esta es la primera condición.

Que la oración sea hecha por su mediación y en virtud de sus méritos. De nosotros mismos no podemos merecer que Dios atienda nuestras súplicas, tenemos necesidad de interponer la mediación del Salvador, con lo cual nuestras plegarias quedan como divinizadas y el Padre celestial no puede menos de atenderlas.

Por esto la Iglesia, en todas sus oraciones, termina interponiendo la mediación de Jesucristo. Per Christum Dominum nostrum…

Para que sean eficaces nuestras oraciones, debemos pedir en ellas cosas verdaderamente provechosas para nosotros. En esto consiste la segunda condición.

Podemos pedir bienes materiales; pero deben ser pedidos con la condición explícita de que sean útiles para la salvación eterna.

Podemos y debemos pedir bienes ordenados a la salvación; y podemos pedirlos de una manera absoluta, seguros de ser atendidos, puesto que Dios desea más que nosotros nuestra salvación.

Otras gracias especiales podemos pedirlas con la condición de que sean del agrado de Dios y provechosas para nosotros; porque podría acontecer que tales gracias fueran un obstáculo para otras gracias más preciosas que el Señor desea concedernos.

La tercera condición es que oremos con atención y humildad.

Sin atención no hay oración propiamente dicha. Desde el momento en que cesa la atención queda interrumpida la oración, que consiste en la elevación del corazón a Dios.

¿Cómo quieres que Dios te oiga, si tú mismo no te oyes y no sabes lo que pides?

También la oración debe proceder de un corazón humilde. En realidad, la oración orgullosa es una contradicción, porque la misma necesidad que sentimos de recurrir a la oración, nos da el convencimiento de nuestra dependencia de la Bondad divina.

Finalmente, la oración debe ser confiada y perseverante.

Esta confianza brota espontáneamente de la conciencia que tenemos de nuestra nulidad.

También debe ser perseverante. El Señor nos lo indica diciendo: pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, golpead y se os abrirá. Como si dijera: orad con redobladas súplicas.

Hemos de advertir, sin embargo, que Dios nos ha prometido oír nuestras oraciones; pero no nos ha prometido que al punto que se las dirijamos nos concederá lo que pedimos.

A veces, Dios dilata concedernos lo que le pedimos para probar nuestra fe, nuestra paciencia…, nuestra humildad, perseverancia y fervor…

Repetidas veces observa San Agustín que lo que pedimos ha de ser verdaderamente en provecho nuestro y para nuestro gozo legítimo. Y por eso, cuando no alcanzamos alguna cosa que hayamos pedido, o es porque no la hemos pedido con la humildad y confianza debida, o es porque la cosa misma no nos es conveniente.

Pero estemos seguros de la generosidad del Señor, que, si no nos da lo que no nos conviene, nos dará en su lugar algo mejor, de lo cual a su tiempo nos gozaremos más cumplidamente.