Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Santísima Trinidad

 FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Y llegándose Jesús a sus discípulos les habló, diciendo: Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a conservar todo cuanto os he mandado. Y mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del siglo.

A lo largo del Año Eclesiástico, la Sagrada Liturgia nos ha ido descubriendo los grandes misterios de la verdadera religión.

Los principales arcanos de la religión católica son los de la Santísima Trinidad, el de la Encarnación y el de la Redención.

El primero y más grande de estos tres misterios es el de la Santísima Trinidad, porque constituye la vida intratrinitaria, la vida divina en sí misma, que los dos otros presuponen.

Impulsada por el agradecimiento, la Santa Iglesia se remonta hoy a la misma fuente de todas las gracias y misterios que ha vivido y contemplado durante todo el transcurso del Año Eclesiástico, y por medio de la Liturgia se eleva al origen mismo, al primer principio y último fin de todo: a la Santísima Trinidad.

Quiere desahogar hoy su corazón, inundado de agradecimiento y de amor, en un perenne Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto.

Por eso, en el Introito, recordando los misterios y las gracias de Navidad, de Pascua y de Pentecostés, eleva su cántico, jubiloso y agradecido, hasta el trono del Dios Uno y Trino: Bendita sea la Santa Trinidad y la Individua Unidad. Glorifiquémosla, porque ha tenido misericordia de nosotros.

Hoy debe ser la gran Fiesta de nuestro agradecimiento al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo por haber realizado, y por continuar realizando en nosotros una misericordia sin límites, la obra de la creación, de la redención y de la santificación.

¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! Llena de asombro y de respeto, la Santa Iglesia contempla hoy, con el Apóstol San Pablo, el abismo de la misericordia, de la sabiduría y de la ciencia divinas.

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Para celebrar y santificar la solemne Fiesta de la Santísima Trinidad, será provechoso considerar los misterios encerrados en esta breve fórmula, En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, que hoy nos recuerda la Santa Iglesia, tomándola del Evangelio de San Mateo; fórmula que nos revela tanto los misterios íntimos de la Santísima Trinidad, como sus operaciones externas.

Vamos, pues, adentrarnos en los arcanos de la Beatísima Trinidad, pero recordemos lo que sabiamente dice la Imitación de Cristo:

La doctrina de Cristo excede a la de todos los Santos, y el que tuviese espíritu hallará en ella maná escondido. Mas acaece que muchos, aunque a menudo oigan el Evangelio, gustan poco de él, porque no tienen el espíritu de Cristo. El que quiera entender plenamente y saborear las palabras de Cristo, conviene que procure conformar con Él toda su vida. ¿Qué te aprovecha disputar altas cosas de la Trinidad, si careces de humildad, por donde desagradas a la Trinidad? Por cierto, las palabras subidas no hacen santo ni justo; mas la virtuosa vida hace al hombre amable a Dios. (Libro I, Capítulo 1).

Con esta sabia advertencia, consideremos que quien dice En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, habla de Tres y habla de Uno.

Profesa a Tres, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Confiesa a Uno, que tiene un solo Nombre, y no muchos nombres; una Esencia, y no muchas esencias.

El misterio de la Santísima Trinidad es, pues, el misterio de un único Dios en Tres Personas distintas.

La verdadera fe, la católica, nos enseña a venerar un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en un solo Dios.

Debemos andar con cuidado, porque existe el peligro de confundir entre sí a las divinas Personas, o de multiplicar su única Naturaleza, al distinguir las Personas.

¿Qué quiere decir la palabra Trinidad? Este término significa tres en la unidad.

Ahora bien, en este misterio, ¿a qué se aplica la Unidad?

La unidad se aplica a la sustancia, llamada también naturaleza, esencia.

Así pues, en la Trinidad sólo hay una única sustancia, una sola naturaleza, una esencia divina, una única divinidad.

En este misterio, ¿a qué se aplica la distinción?

La distinción se aplica a las Personas, a las procesiones, a las relaciones, a los nombres, a las misiones divinas.

En Dios hay Tres Personas distintas. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres Personas distintas.

Las denominaciones de Padre y de Hijo no pueden convenir a una misma persona; pues nadie con propiedad puede ser padre de sí mismo.

Además, un Padre y un Hijo, en cuyo nombre se hace una cosa, no pueden ser sino verdaderas personas.

El Padre y el Hijo son, por tanto, dos Personas distintas.

Y como en esta fórmula, de tanta precisión, el Espíritu Santo está en un mismo orden y categoría con el Padre y el Hijo, se sigue de ahí que es distinto de ellos y verdadera Persona, esto es, una persona distinta.

En conclusión, existe en Dios Trinidad de Personas.

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Pero estas tres Personas son un solo Dios.

Cada una de estas tres Personas, ¿es Dios?

Sí, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios.

Pero, las tres Personas divinas, ¿son tres dioses?

No, no son tres dioses, sino un sólo y mismo Dios.

¿Por qué son un sólo y mismo Dios?

Porque tienen una sola y misma naturaleza, una sola y misma divinidad.

Aunque otra razón no hubiese, nos basta para ello la imposibilidad absoluta de la pluralidad de dioses, probada por la razón natural y categóricamente afirmada en las divinas Escrituras.

Pero, sin ir más lejos, en la misma fórmula que consideramos, se habla del Nombre y no de los nombres del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Esto indica que las tres Personas tienen un solo Nombre, esto es, una sola potestad, en cuya virtud se administra el Bautismo; una sola esencia y naturaleza, declarada por la unidad indivisible de nombre.

Por esta unidad de Nombre, y consiguientemente de esencia y sustancia, se dice que las tres divinas Personas son consustanciales.

La distinción de las Personas divinas, ¿destruye la unidad de Naturaleza?

No, ya que al mismo tiempo que son distintas por sus relaciones incomunicables y por sus propiedades personales, las Personas divinas son iguales por su naturaleza y por sus perfecciones absolutas.

En la Trinidad, la multiplicación de las personas no lleva consigo la multiplicación numérica de las sustancias.

Hay, pues, en Dios tres Personas en una sola Sustancia.

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Esta única Sustancia divina, que existe entera e igual en cada una de las tres divinas Personas, no se posee, sin embargo, por idéntico título.

El Padre, la posee de sí mismo y por sí mismo, como principio y fuente que es al interior de la vida divina.

El Hijo, la recibe del Padre, por comunicación de identidad, en virtud de la eterna generación, por la cual procede del Padre.

El Espíritu Santo, la recibe juntamente del Padre y del Hijo, en virtud de la inefable espiración, por la cual procede de ellos como de principio único.

Las Tres divinas Personas se distinguen entre sí únicamente por sus propiedades.

Sería absurdo y herético suponer cualquier diferencia o desigualdad entre ellas.

Es propio del Padre el ser ingénito; es propio del Hijo el ser engendrado por el Padre; y es propio del Espíritu Santo el proceder del Padre y del Hijo.

En Dios hay, pues, dos procesiones: la del Hijo y la del Espíritu Santo.

El Padre no procede de nadie: es no nacido, es decir, Principio sin principio. El Padre de nadie es hecho, ni criado, ni engendrado.

¿Cómo procede el Hijo del Padre? El Hijo procede del Padre por vía de generación. Dios Padre, contemplándose, reproduce en sí mismo su propia imagen, perfectamente igual, consubstancial. Esta imagen viva y subsistente es su Hijo: El Hijo es sólo del Padre: no hecho, ni criado mas engendrado.

¿Cómo procede el Espíritu Santo del Padre y del Hijo? El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por vía de amor, como de un solo principio de espiración activa. El Padre y el Hijo se aman infinitamente, y aspiran el uno hacia el otro, con el fin de ser un solo y mismo espíritu.

Este amor del Padre y del Hijo, viviente y subsistente, es el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo: no hecho, ni engendrado, sino procedente.

¿Por qué en Dios no hay sino dos procesiones? Porque no hay en Él otras operaciones internas que conocer y amar.

La actividad interna de Dios no tiene ya más que operar cuando, por el entendimiento, produce la Persona infinita del Hijo, y, por el amor, la Persona infinita de Espíritu Santo.

Dice el Prefacio de la Santísima Trinidad: Te damos gracias a Ti, Señor Santo, Padre omnipotente, eterno Dios, que con tu Unigénito Hijo y con el Espíritu Santo, eres un solo Dios, un solo Señor; no en la unidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual, cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu Santo, sin diferencia ni distinción. Confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la Esencia, y la igualdad en la Majestad.

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Si en la vida interna de la Trinidad las operaciones son propias de una o de dos personas, en cambio, en sus relaciones externas, toda operación ad extra, externa, es una acción común por igual a toda la Trinidad, en cuanto es una la divina Naturaleza, a la cual se atribuye propiamente la operación.

Esto se indica también en la fórmula trinitaria que consideramos, donde se dice: En el Nombre, y no en los nombres, del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

De este modo, en la administración del Bautismo, lo mismo que en toda otra acción externa, uno es el Nombre, una la Potestad, una la Potencia, con que intervienen por igual las tres divinas Personas.

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Pero, aunque sea así, es decir, que rigurosamente hablando toda operación de Dios en las criaturas (operaciones ad extra) corresponda igualmente a toda la Trinidad, con todo, por cierta apropiación, cada una de las obras se atribuye especialmente a aquella divina Persona con cuya propiedad personal tiene especial afinidad.

Así, es ordinario atribuir al Padre las obras en que brilla especialmente el poder de Dios; al Hijo las obras en que resplandece singularmente la divina sabiduría; al Espíritu Santo las obras en que se muestra principalmente el amor y la santidad infinita de Dios.

¿Por qué? Porque, como ya sabemos, el Padre, en virtud de su misma Paternidad, posee la plenitud del ser y del poder; el Hijo procede del Padre por vía de inteligencia; el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por vía de amor.

Sabido es de cuánta aplicación sean estas apropiaciones de las Personas divinas para la piedad de los fieles y para una más fervorosa devoción a la Santísima Trinidad.

Con la fórmula En el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo se expresa, consiguientemente, la intervención, una con propiedad, varia por apropiación, de las divinas Personas en todas las obras de la creación y santificación.

Con razón, pues, la Santa Iglesia y todos los fieles en particular emplean esta fórmula sagrada para dar principio a todas sus obras, como que es un reconocimiento de la soberanía de Dios, una invocación de su auxilio omnipotente y una consagración de todas nuestras obras a su mayor servicio y alabanza.

Y acompañamos dicha fórmula con la Señal de la Santa Cruz, para manifestar que a Jesucristo debemos el conocimiento que poseemos de la Trinidad, y a los méritos de su muerte santísima la dulce confianza de que nuestras obras, de suyo tan miserables, puedan ser por su gracia aceptas y agradables a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

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Retengamos bien, pues, en nuestra inteligencia las siguientes sentencias:

Tres Personas distintas, y un solo Dios verdadero.

El Padre, principio ingénito; el Hijo, engendrado por el Padre desde toda la eternidad; el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo sin sucesión de tiempo.

Es justo y necesario que conozcamos, amemos y sirvamos acá en la tierra el objeto de nuestra bienaventuranza futura.

La Santísima Trinidad es, por lo tanto, misterio de Fe, misterio profundo, misterio inescrutable.

Disponemos de este hermoso día para festejar y homenajear a la Santísima Trinidad.

Hagámoslo lo mejor posible, según las posibilidades de esta tierra.

Ya decía el Padre de Chivré: Cuando se ha dado la vuelta completa a través de las solemnidades humanas, comprendidas las de la Iglesia, a pesar del verdadero respeto que merecen por lo que representan, uno vuelve un poco vacío y triste

¿Qué hemos de hacer, pues, para celebrar lo más digna y fructuosamente esta fiesta en este valle de lágrimas, mientras aguardamos hacerlo por la eternidad en el Cielo?

Hemos de hacer cinco cosas:

, adorar el misterio de Dios Uno y Trino;

, dar gracias a la Santísima Trinidad por todos los beneficios temporales y espirituales que de Ella recibimos;

, consagrarnos totalmente a Dios y rendirnos del todo a su divina Providencia, teniendo bien en cuenta lo dicho al comienzo: de nada nos aprovecharía disputar altas cosas de la Trinidad, si careciésemos de humildad, por donde desagradaríamos a la Trinidad;

, pensar que por el Bautismo entramos en la Iglesia y fuimos hechos miembros de Jesucristo por la invocación y virtud del Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo;

, determinarnos a hacer siempre con devoción la Señal de la Santa Cruz, que expresa este misterio, y a rezar con viva fe e intención de glorificar a la Santísima Trinidad aquellas palabras que tan a menudo repite la Iglesia: Gloria sea al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.

¡Bendecida sea la Santísima Trinidad y su indivisible Unidad! Glorifiquémosla, porque hizo resplandecer sobre nosotros su misericordia.

Concluyamos con la oración de la Iglesia en la Santa Liturgia:

Dios todopoderoso y eterno, que por la confesión de la verdadera fe, diste a tus siervos conocer la gloria de la Eterna Trinidad, y de adorar la Unidad en el poder de tu majestad soberana; haz, te suplicamos, que, consolidados por la firmeza de esta misma fe, seamos siempre defendidos contra todas las adversidades.

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