Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Solemnidad de Pentecostés

Sermones-Ceriani

FIESTA DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada. El que no me ama no guardará mis palabras; y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he dicho estas cosas durante mi permanencia con vosotros. Pero el intercesor, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará y os recordará todo lo que Yo os he dicho. Os dejo la paz, os doy la paz mía; no os la doy Yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se amedrente. Acabáis de oírme decir: Me voy y volveré a vosotros. Si me amaseis, os alegraríais de que voy al Padre, porque el Padre es más grande que Yo. Os lo he dicho, pues, antes de que acontezca, para que cuando esto se verifique, creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros, porque viene el príncipe del mundo. No es que tenga derecho contra Mí, pero es para que el mundo conozca que Yo amo al Padre, y que obro según el mandato que me dio el Padre.

Celebra alborozada la Iglesia la gran Fiesta de Pentecostés, la venida visible del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, venida que se realiza de una manera invisible sobre los fieles que se preparan como conviene para recibirle.

En esta gran Fiesta de Pentecostés, consideremos ante todo la excelencia del don del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es, ante todo y en virtud de su mismo nombre propio, Espíritu.

Es así llamado, no solamente por su naturaleza espiritual e incorpórea; pues en este sentido también el Padre y el Hijo, y a su modo también los Ángeles, son espíritus, y espíritus puros.

Al Espíritu Santo se aplica esta denominación por un título más propio y personal; es a saber, porque procede del Padre y del Hijo como espiración y aliento de ellos, que se concreta en una subsistencia personal, que, siendo distinta del Padre y del Hijo, recibe de ellos, por comunicación de identidad, la esencia o naturaleza divina, en virtud de la cual es consustancial al Padre y al Hijo, e igual a ellos en todas sus perfecciones divinas.

+++

Respecto de su recepción, si la efusión del Espíritu Santo es continua y permanente en la Iglesia, no es menos cierto que en la Fiesta de Pentecostés esta efusión es más copiosa.

Mucho aprovecha, pues, para obtenerla de Dios, desearla vivamente; y para desearla es necesario conocer su valor inapreciable.

¡Cuántas veces, por desgracia, se repite lo que le pasó a San Pablo con aquellos discípulos de Éfeso! Les preguntó el Apóstol: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo? Respondieron ellos: Pero… si ni siquiera hemos oído jamás que haya Espíritu Santo.

Para no caer nosotros en ignorancia tan lamentable, procuremos conocer al Espíritu Santo. Para ello tomemos como fundamento lo que de Él nos enseña el divino Maestro en el Evangelio de esta festividad.

Según ésto consideremos cómo el Espíritu Santo es la luz divina que nos da la inteligencia de todas las cosas.

Si dentro de la Trinidad augusta es el Espíritu Santo Espíritu de amor, respecto de nosotros es más bien el Espíritu de Verdad.

La acción íntima de Dios en nuestro espíritu, esto es la inspiración, aunque en realidad es común a todas tres divinas Personas, con especial apropiación se le atribuye al Espíritu Santo; el cual, con su luz divina, ilumina nuestra inteligencia y la lleva a la plena posesión de la verdad.

Por el mismo título de Espíritu de verdad el Espíritu Santo nos lleva al conocimiento de la Verdad subsistente, que es Jesucristo Nuestro Señor.

Él es quien da testimonio de Jesucristo dentro de nuestro espíritu, iluminando nuestra inteligencia para que le conozcamos y reconozcamos como verdad suprema, cuya palabra veraz e infalible hay que acatar y recibir.

+++

Toda esta acción en orden a la verdad la efectúa el Espíritu Santo por medio de los cuatro dones intelectuales, que son los dones de Sabiduría, de Entendimiento, de Ciencia y de Consejo.

En general, podemos ya entender la propiedad característica de cada uno de estos dones por sus contrarios, como lo declara San Gregorio el Grande en sus Morales: El Espíritu Santo, dice, da la sabiduría contra la necedad, el entendimiento contra la rudeza, la ciencia contra la ignorancia, el consejo contra la precipitación.

De suerte que el Don de Sabiduría nos hace percibir y gustar en su justo valor las cosas que por nuestra necedad somos incapaces de apreciar; el Don de Entendimiento corrige la rudeza obtusa de nuestra mente; el Don de Ciencia nos hace conocer las cosas que ignoramos; el Don de Consejo previene nuestras imprudencias prácticas.

Conocidos así en general, consideremos cada uno de estos dones un poco más en particular.

El Don de Sabiduría es una especie de discreción y buen gusto intelectual, que comunica acierto y suavidad al juicio, como el gusto estético, por ejemplo, da tino en el juicio de las obras de arte y aquilata la emoción estética.

Poseyendo el Don de Sabiduría, nuestra inteligencia desprecia todo lo bajo y terreno, y fija su mirada en Dios, cuya belleza y amabilidad infinita contempla con inefable suavidad y amor.

Es necedad no saber apartar los ojos, y consiguientemente el corazón, de las cosas materiales, y aun en general de las cosas creadas, como si no hubiese algo más grande, más bello, más amable, más dulce, más digno de nuestra atención y estima. Esta necedad, y aun estupidez nuestra natural, la corrige amorosamente el Espíritu Santo con el Don de Sabiduría.

El Don de Entendimiento perfecciona directamente la potencia misma intelectiva o su aprensión; viene a ser una especie de talento sobrenatural, añadido a la facultad o penetración natural que Dios nos ha dado.

Pero como este don nos lo da el Espíritu Santo en orden a nuestra salud eterna, de ahí es que su objeto principal sean las perfecciones divinas, para cuyo conocimiento y penetración aguza los ojos del alma.

Para conocer y penetrar convenientemente los misterios divinos son muy torpes y tardos los ojos de nuestro entendimiento; por eso el Espíritu de Dios nos comunica otro entendimiento sobrenatural, que activa y aguza nuestra facultad natural.

El Don de Ciencia ensancha la esfera de nuestros conocimientos, y juntamente comunica solidez y extensión a nuestros raciocinios.

La percepción natural de nuestra razón es muy limitada; y al querer ampliar sus conocimientos por el raciocinio fácilmente se desvía, y aun cae en el error, sobre todo cuando se trata de las cosas divinas, tan encumbradas sobre nuestro natural conocimiento.

En esta deficiencia nos socorre el Espíritu Santo con el Don de Ciencia, que abre ancho campo a nuestra inteligencia, iluminando la creación, para que descubra en ella una huella y una imagen del Creador.

El Don de Consejo, a diferencia de los tres anteriores, que son de carácter especulativo, es de orden más práctico, y está ordenado a remediar nuestra natural imprudencia, precipitación y temeridad.

Aun cuando ya existe la virtud de la prudencia, el Don de Consejo le comunica nuevo juicio y dirección, para que acierte mejor en las deliberaciones y resoluciones prácticas.

Su semejanza con la prudencia es manifiesta; pero no es menos cierta su diferencia. Según Santo Tomás, el Don de Consejo se diferencia de la virtud de la prudencia, en cuanto la prudencia es una energía con que el hombre se mueve a sí mismo; mientras que el Don de Consejo es una disposición que le hace apto para ser regido y movido por el Espíritu de Dios.

Sea la conclusión de todas estas consideraciones, que nosotros, conociendo nuestra natural necedad, rudeza, ignorancia e imprudencia, debemos implorar humildemente los Dones del Espíritu divino, con cuya luz podamos gustar la inefable dulzura de la bondad infinita, penetrar en las profundidades de los misterios divinos, descubrir las huellas e imagen del Creador en los seres criados, y disponer con tal acierto las acciones todas de nuestra vida que, con su gracia merezcamos la felicidad eterna.

Y estos Dones los hallaremos en Jesucristo Nuestro Señor, que recibió la plenitud del Espíritu Santo, plenitud de la cual todos nosotros hemos de recibir.

+++

En efecto, el Espíritu de Dios, la tercera Persona de la Santísima Trinidad, es un Dios que se comunica real y personalmente a nosotros.

¡Qué honor y qué riquezas espirituales!

El Espíritu Santo viene a nosotros con todos sus dones y todos sus frutos.

Viene a nosotros este divino Espíritu como doctor a enseñarnos toda verdad. Nos ilumina sobre los dogmas y misterios de nuestra religión y nos llena de sentimientos de piedad y devoción.

Viene como fuente y principio de santidad, nos inspira un santo ardor por la virtud, nos endulza sus rigores, nos dirige, nos conduce y nos ayuda a perseverar en el bien.

Para recibirle fructuosamente es preciso quitar todos los obstáculos, siendo el primero el pecado mortal y también el apego al pecado venial.

El pecado es incompatible con el Espíritu Santo. Entre los pecados que le son más opuestos se halla el que es contrario a la virtud de la pureza; el segundo obstáculo es el espíritu y amor del mundo.

El mundo busca placeres, riquezas, honores; y el espíritu de Dios nos lleva a todo lo contrario; a la supresión o moderación de los placeres, al abandono de las riquezas y al desprecio de los honores y de la gloria mundana.

Un tercer obstáculo es la gran disipación que apaga los sentimientos de fe y de religión, y con esto hace imposible recibir al Espíritu Santo, que se comunica solamente a las almas atentas y aplicadas a Dios y a su propia salvación.

No apaguemos el Espíritu Santo en nuestras almas.

Se le apaga por el pecado mortal, se le arroja del corazón; se obscurece su belleza y su esplendor con el afecto al pecado venial.

No opongamos resistencia al Espíritu Santo.

Resistir es combatir la verdad conocida como lo hacían los judíos; resistirle es no rendirse a las inspiraciones que nos sugiere y que son conocidas como tales.

No contristemos al Espíritu Santo.

Contristarle es obedecerle con lentitud; ejecutar con cobardía lo que exige de nosotros; no querer dárselo todo.

+++

Otro nombre con que designa el Salvador al Espíritu Santo es el de Paráclito.

De varias maneras declaran los intérpretes antiguos la significación exacta de esta denominación. Para unos, Paráclito es lo mismo que Ayudador; para otros, Abogado; para otros, finalmente, Consolador.

Sea lo que fuere de la significación verbal de la palabra, lo cierto es que el Espíritu Santo es todo ésto para nosotros.

Él, primeramente, ayuda y socorre nuestra debilidad.

Débil es nuestra inteligencia, que tan difícilmente alcanza la verdad y tan fácilmente cae en el error; pues ayuda es para nuestra inteligencia el Espíritu Paráclito, que nos preserva del error y nos guía en el conocimiento de la verdad.

Débil es también nuestra voluntad, tan propensa a lo malo, tan torpe para lo bueno; mas acude en nuestro socorro el Espíritu Paráclito, engendrando en nosotros aversión al mal y suave inclinación al bien.

Es también el Paráclito Abogado nuestro para con el Padre. Como dice San Pablo, nosotros no sabemos orar como conviene; somos ineptos para hacer valer nuestra causa delante de Dios.

Pero con nosotros está el Paráclito, que aboga por nosotros, interviniendo en nuestro favor, como dice el mismo Apóstol; esto es, poniendo en nuestro corazón y en nuestros labios los sentimientos y las razones que seguramente moverán al Padre celestial a que nos otorgue lo que le pedimos y lo que más nos conviene.

Él, en suma, nos inspira lo que hemos de decir, y da valor a lo que decimos.

Por fin, es también el Paráclito nuestro Consolador.

Dos sentimientos excita en nosotros, según el mismo Apóstol, el divino Paráclito: el de amor filial, y el de esperanza de los bienes celestiales. Y ¿qué puede haber más dulce y consolador en esta vida que estos dos sentimientos?

Saberse hijo de Dios, sentir en su corazón estos dulces afectos de hijos para con nuestro Padre que está en los Cielos; sentir internamente que el Padre nos ama con amor paterno; y, sobre ésto, experimentar ya desde ahora el gusto anticipado de los bienes celestiales con la dulce confianza de que un día la esperanza se ha de convertir en bienaventurada posesión y realidad: sentir todo ésto es gozar de perenne consolación, es experimentar el gozo más sólido y duradero que se puede sentir en este valle de lágrimas y dolor.

+++

Jesús hace aquí quizá la más estupenda de sus revelaciones y de sus promesas. El mismo Espíritu divino, que Él nos conquistó con sus méritos infinitos, se hará el inspirador de nuestra alma y el motor de nuestros actos, habitando en nosotros.

Necesitamos, pues, atraer al Espíritu Santo.

Si no reina en nuestros corazones el Espíritu Santo debemos procurarlo con toda diligencia.

El divino Espíritu será para nosotros, como fue para los Apóstoles:

1) Espíritu de verdad, que nos enseñará e ilustrará acerca de las verdades necesarias para la salvación. ¡Cuántas verdades ignoramos, o las sabemos a medias, o no las hemos saboreado!

2) Espíritu de santidad, que nos purificará de nuestros pecados, que nos enriquecerá con sus dones, que nos comunicará sus gracias, que restaurará la imagen de Dios en nuestras almas, que nos hará participantes de la vida divina, y será nuestro lazo de unión íntima con Jesucristo.

3) Espíritu de fortaleza, que nos hará triunfar del mundo, del demonio, de nosotros mismos.

+++

Debemos, además, procurar que la venida del Espíritu Santo sea eficaz.

Si el Espíritu Santo ha venido a nuestros corazones debemos dejarle obrar en ellos, porque es el Espíritu de nuestro Creador que lo quiere someter todo a sí.

Debemos someter a su acción nuestro cuerpo, nuestra alma, potencias y sentidos.

Y todo ésto porque es el Espíritu de nuestro Redentor, que desea rescatarnos de la esclavitud de los vicios, pasiones y concupiscencias que nos degradan y envilecen.

Finalmente, porque es el Espíritu de nuestro Santificador, que todo lo quiere perfeccionar en nosotros. No puede morar juntamente con el espíritu mundano, el espíritu de corrupción, de orgullo.

+++

No basta atraerlo, debemos conservar en nosotros su presencia.

El Apóstol San Pablo nos exhorta a que jamás extingamos en nosotros el Espíritu de Dios.

De su permanencia en nosotros depende todo nuestro mérito.

Sin esa permanencia, nuestras obras serían o pecaminosas, o perjudiciales, o inútiles para la vida eterna; con ella todas nuestras obras serán buenas, mejores o perfectas y, por consiguiente, meritorias.

De su presencia depende todo nuestro gozo y consuelo espiritual. Vivir la misma vida de Dios.

No hay nada tan delicioso y consolador. Las mismas cruces, sufrimientos y humillaciones, privaciones y adversidades pierden casi toda su amargura.

De su estadía en nosotros depende toda nuestra esperanza.

El Espíritu Santo es para nosotros el lazo misterioso que nos une íntimamente con Dios, el gaje y precio de nuestra herencia celestial, el sello inviolable de las promesas divinas, la prenda de nuestra gloriosa resurrección, la fuente de vida eterna.