SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO VI.

Del sexto precepto del arte de bien morir, en el cual se ponen tres virtudes morales

Aunque, como queda dicho, las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, encierren con eminencia los preceptos de toda ley para saber el arte de bien vivir, y consiguientemente de bien morir, pero la Divina Providencia del Espíritu Santo, autor de los libros sagrados, nos enseñó tres virtudes morales para aprender con mayor facilidad este arte celestial, tan importante como necesario para conseguir la vida eterna. Estas son la templanza, la justicia y la piedad, de las cuales habló el Apóstol San Pablo en la carta que escribió a su discípulo Tito, por las siguientes palabras: Apareció la gracia de Dios nuestro Salvador a todos los hombres, enseñándonos que, negando la impiedad, y los deseos seglares, vivamos en este siglo templada, justa y piadosamente, esperando la dichosa promesa, y venida gloriosa de nuestro gran Dios, nuestro Salvador Jesucristo. En las cuales palabras nos da el sagrado Apóstol el sexto precepto de bien vivir y bien morir, que es vivir templada, justa y piadosamente; con templanza, justicia y piedad. Lección que comprendió el Profeta David en dos palabras, diciendo : Apártate del mal, y obra bien. Dos cosas hay en el pecado: apartarse de Dios, y convertirse a las criaturas, según aquello de Jeremías: Dos males cometieron los de mi pueblo; dejáronme a mí, y abrieron cisternas para sí, que no pueden tener el agua. ¿Pues qué hará el que desea excusar estos dos males? Huir de la impiedad, y refrenar los apetitos desordenados de los deseos temporales; porque la impiedad nos aparta de Dios, y los malos deseos nos convierten a las criaturas. Con esto evitará el mal, y con la tercera virtud de la piedad hará bien y cumplirá toda la ley; y así, dice San Pablo, que vivamos con templanza, justicia y piedad, lo cual cumpliremos siendo templados para con nosotros, justos para con nuestros prójimos, y píos con Dios.

Pero expliquemos más en particular este celestial y saludable documento, para que con mayor facilidad podamos ponerle en ejecución. Y para mayor claridad, pregunto lo primero: ¿Qué cosa es impiedad? Vicio contrario a la piedad. ¿Pues qué es piedad? Una virtud y don del Espíritu Santo, con el cual reconocemos, adoramos, veneramos y reverenciamos a Dios nuestro Señor, como a padre. Amonesta, pues, el Santo Apóstol San Pablo, que de tal suerte detestemos la impiedad, que vivamos pía y santamente en este siglo, que es lo mismo que decir, que vivamos tan píamente, que no demos lugar a la impiedad.
Pero deseo que adviertas dos cosas en este lugar: la primera, repite el Apóstol dos veces esta virtud, la primera amonestándonos que detestemos la impiedad; la segunda, que vivamos píamente en el siglo, ensoñándonos con esta reduplicación, que de tal suerte hemos de ser píos para con Dios, que no demos lugar a ningún género de impiedad. Esto digo, porque hay algunos tan mal considerados, que por una parte veneran y sirven a Dios, y por otra le ofenden, mezclando con las obras buenas que hacen, tales imperfecciones y vicios, que pierden su valor. Vienen al templo a orar a Dios, asisten al tremendo sacrificio que nos ofrece el sacerdote en el altar, reverencian con piedad sus imágenes, oyen su palabra de boca del predicador, y juntamente miran con ojos lascivos a las mujeres, parlan y murmuran en el templo, dicen palabras obscenas, blasfeman con la vida al Señor que veneran con el culto exterior. ¿Qué otra cosa hacen estos sino ser píos para con Dios, reconocerle y venerarle por una parte con piedad, y ofenderle por otra con impiedad y pecados? Persuádanse, pues, los que desean aprender el arte de bien vivir y bien morir, que es necesario de tal suerte ser píos para con Dios, que destierren de sus obras cualquiera linaje de impiedad, y que sean puras y santas delante del Señor; porque les aprovechará poco ejercitar por una parte la virtud de la piedad, asistiendo a la Misa, a los divinos oficios y al sermón, si por otra parte le ofenden con lascivias, murmuraciones y blasfemias.

Lo segundo que debes reparar en este lugar, es que el Apóstol nos exhorta a detestar toda impiedad; esto es, todo linaje de impiedad, no solamente grave sino la más leve que se pueda imaginar. Esto se dice por aquellos que no reparan en cometer algunos pecados leves (si hay algunos que merezcan este nombre contra tan grande Señor) en las obras que hacen en el servicio de Dios, jurando en el templo, aunque sin mentira ni necesidad, hablando vanamente en los oficios divinos, distrayéndose en la oración, estando con inmodestia en las iglesias, mirando con atención a las mujeres, aunque sin deseos lascivos, y otras culpas de este jaez, con tanto desahogo y libertad, como si no estuvieran en la presencia de Dios, o no viera y supiera lo que hacen y dicen en su templo, por mínima cosa que sea, en que se engañan torpemente, pues les advierten por Moisés, que es él celoso de su honra, y que castiga las maldades de los padres en los hijos hasta la tercera generación. Acuérdense de lo que le pasó al hijo de Dios, del cual dice San Juan que dos veces el primer año de su predicación, no sólo reprendió a los que profanaban el templo con ventas y compras y corrillo de murmuración, sino que los castigó de su mano, y los echó de él, y después otras veces en el discurso de su vida. Y es mucho de ponderar que el que a sus injurias estuvo mudo, y a sus ofensas sufrido, sin volver palabra mala, ni tomar género de venganza, como advierte San Pedro, con las de su Eterno Padre no quiso disimular, ni con las irreverencias que se cometían en su templo contrarias a la piedad; porque adviertas cuánto aborrece este vicio, y con cuánto cuidado le debes excusar.

Vengamos ahora a la segunda virtud moral, que es la justicia, la cual mira a nuestros prójimos, y nos enseña a guardar con ellos la igualdad que tenemos obligación. Y para cumplirla exactamente nos exhorta el Apóstol, que neguemos nuestros deseos de las cosas seculares, con que también se encadena aquel precepto general que pusimos arriba de huir el mal y hacer el bien; porque verdaderamente no se puede guardarla equidad de la justicia, ni apartamos del mal, sino es negando los deseos temporales. Porque ¿qué otra cosa son sino los que pusimos arriba, apetitos lascivos, codicia insaciable de los ojos, y soberbia de la vida? Todos los cuales no nacen de Dios, ni son de Dios sino del mundo, a quien llama el Apóstol este siglo. Así, pues, como la justicia no puede ser injusta, así tampoco la injusticia no puede ser justa, ni eslabonarse con la verdadera santidad los deseos seculares de los bienes caducos de este mundo. Bien pueden los hijos de este siglo vender santidad de palabra, y fingir en lo exterior la virtud; pero si no limpian el corazón, y refrenan los desordenados apetitos, no podrán tener la verdadera y sólida, cual conviene. Por lo cual con celestial acuerdo exhorta el Apóstol a todos, que no solamente vivamos ajustadamente, sino que también neguemos nuestros deseos y apetitos, porque no se puede hallar lo uno sin lo otro; y que es lance inexcusable arrancar del corazón la raíz infecta de la codicia sensual, para plantar en él el árbol salutífero de la justicia, y que dé sazonados frutos de buenas y santas obras. Ni tengo por necesario, que nos detengamos en explicar qué entiende el Apóstol por vivir justamente, pues es cosa tan sabida que la justicia es virtud que da a cada uno lo suyo, según lo que escribe a los Romanos, diciendo: Dad a todos los que les toca, el tributo a quien se debe tributo, la alcabala a quien se debe la alcabala, temor a quien se debe temor, y amor a quien debemos amor. Y si quieres saber más claro la distribución de lo dicho, el tributo y alcabala se debe a los Príncipes del mundo, el temor a los señores, y el amor a los padres y parientes, como lo dijo Dios por Malaquías. Y si quieres pasar más adelante, al que vende se le debe justo precio por lo que dio, al jornalero su jornal por su trabajo, al criado su salario, y sus gajes al maestro, y así de los demás; esto enseña y practica la virtud de la justicia de que hablamos.
Y advierte otro punto muy importante, y es que también pertenece a esta virtud guardar rectitud en la distribución de los oficios, dignidades, puestos, rentas y honores, no los repartiendo por parentesco y amistad, sino por merecimientos, sin aceptar personas; porque si en esto faltan aquellos a quien toca repartirlos, no alcanzará esta virtud, ni por el consiguiente el arte de bien vivir y bien morir.

A esta virtud pertenece también pagar las deudas, no reteniendo la hacienda ajena injustamente, restituir lo mal ganado y no dejarlo para los herederos o testamentarios, cumplir los testamentos de los difuntos, pagar los daños que hubiéremos causado a nuestros prójimos en la honra o personas, o cualquier cosa que le debiéremos por derecho y justo título; porque esta es justicia y ley de Dios, que amemos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, y que no queramos para ellos lo que no queremos para nosotros, que es regla y arte de bien vivir y bien morir; que quien en la hora última se halla con todos estos cargos, no podrá responder de ellos, y se hallará tan alcanzado de cuenta, que como dice San Pablo, caerá con el peso de la carga en el profundo del infierno.
Resta, para dar fin a este capítulo, que digamos de la tercera virtud, que es la templanza, necesaria para aprender este arte; y no hablamos solamente de la templanza que se opone a la destemplanza, gula y embriaguez en comer y beber, sino de la que abraza todas las acciones de nuestra vida, en cuanto al porte exterior ele vivir, y al uso de las cosas necesarias, a la cual no se oponen menos nuestros apetitos y deseos seculares, que a la justicia y piedad; porque, si atentamente lo miramos, hallaremos que han hecho fuerte en las casas de los más poderosos y ricos de este siglo, pues vemos en ellas tanta superfluidad de bienes temporales, y tan insaciable sed de riquezas, que nunca se satisfacen, que es una destemplanza y embriaguez del espíritu, la cual, apoderada del alcázar de la razón, no la deja libre para subir a Dios, ni caminar al cielo, y conocer y apreciar cómo debe los bienes eternos. Este vicio, pues, tan perjudicial, es el que desea desterrar el Apóstol de los corazones de los fieles, exhortándolos a que vivan sobria y templadamente, tomando de los bienes temporales los necesarios solamente, y dejando los demás, que es lo que pidió Salomón a Dios en los proverbios, cuando dijo : Dos cosas te he pedido que te suplico no me niegues antes que muera: no me des riquezas ni mendiguez, sino lo necesario para vivir precisamente. Pidió como santo y como sabio, como prudente y acertado, midiendo el uso de los bienes con la razón, y ajustándose a su necesidad, y dejando con templanza lo demás que no había menester.

Lo mismo practicó el Apóstol San Pablo y aconsejó a su discípulo Timoteo, y a todos los fieles en él, diciendo : Teniendo el alimento y el vestido con que cubrirnos, estamos contentos; porque así como no trajimos cosa alguna cuando entramos en el mundo, así tampoco la sacaremos cuando nos partamos de él. Razón verdaderamente digna de tan gran varón; porque, ¿cuál hombre se puede hallar de razón, que trabaje y afane para allegar riquezas que no ha de gozar, y que al mejor tiempo, y cuando más las pudiera necesitar, las ha de perder, y que quiera que no quiera, se las han de quitar? Tales son cuantas se buscan y adquieren superfluamente en el mundo, porque a la partida, que será muy presto, nos han de desnudar de todas, y no hemos de sacar del mundo más de lo que trajimos a él. Desnudos entramos, y desnudos hemos de salir. Ésta es una lección ciertísima, y que enseña a despreciar lo que el siglo tanto adora, y a tomar templadamente lo que hubiéremos menester para vivir, y dejar lo demás. Esto enseñó Salomón, esto predicó San Pablo, y esto enseñó el que fue más que todos, Cristo nuestro Redentor, clamando tantas veces, que eran bienaventurados los pobres, los que se contentan con poco, y dejan lo superfluo. ¡Ay de vosotros ricos, que vivís en suntuosos palacios, con opulencia de alhajas y criados, y superfluidad de comidas y gastos, cuya destemplanza os ha de acusar después, y condenaros a miserable necesidad; oíd lo que dice el mismo Cristo de sí: Las búfalos tienen cuevas, y los pájaros nidos, y el hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza. Tan pobre vivió de los bienes de la tierra, que aun lo necesario no tomó de ellos para vivir. Esta lección dio de palabra y obra el más sabio de los sabios; y si tres testigos hacen fe para cualquiera verdad, ves aquí tres los más abonados del orbe, que aprueban y atestiguan lo que te digo, de los cuales debes aprender cuánto importa la templanza de los bienes temporales para bien vivir y bien morir. Y si dijeres que son pocos los que siguen esta doctrina, y muchos la contraria, a esto respondo que por la misma razón son pocos los que aprenden este arte de bien morir, y muchos los que le ignoran. Sé tú de los pocos, y no de los muchos, que los bienes temporales no son tuyos, aunque los tengas, sino de Dios; no te está bien allegar muchas riquezas para tener mucho que dar cuenta, y más habiéndolas de gozar otros y no tú.