SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO V.

Del quinto precepto del Arte de bien morir, en que se manifiesta el error en que viven los ricos de este siglo.

Demostrada esta verdad que acabamos de probar, conviene declarar un error y una mentira que anda muy válida entre los hijos de este siglo, y es sobremanera perniciosa para aprender el Arte de bien morir, y conseguir la vida eterna. Este error, pues, de que hablo, es una persuasión en que viven los ricos y poderosos del mundo, de que las riquezas y bienes temporales que gozan son tan absolutamente suyos, especialmente cuando los poseen con buen título, que pueden libremente disponer de ellas a su albedrío, cómo y cuando les diere gusto, sin que nadie les pueda ir a la mano, gastando pródigamente en vestidos, casas, palacios, jardines, caballos, perros y a leones, haciendo festines y banquetes superfluos; comiendo y bebiendo opíparamente sin rienda ni tasa, dando y desperdiciando lo que Dios les entregó para que le sirviesen con ello, como si fueran dueños tan absolutos de ello como él.

Este es un error perniciosísimo, y una ceguedad lamentable, que impide el camino del cielo, y cierra la puerta a la luz para caminar a él. Porque aunque comparando los ricos de este siglo con otros hombres de él, sea verdad que las riquezas que poseen sean propias suyas; pero respecto de Dios, cuyas criaturas y siervos son, no son suyas, sino mayordomos y administradores de ellas, de que le han de dar estrecha cuenta en la hora de su muerte; y si ahora no aprenden a distribuirlas y gastarlas, conforme a su gusto y voluntad, después se hallarán alcanzados de cuenta, y tan atacados y confusos, que no podrán salir de ella.

Esta es una verdad tan clara y manifiesta, que todas las Sagradas Escrituras la están diciendo. Porque, lo primero, el profeta David la repite en muchos salmos, diciendo Del Señor es la tierra y cuanto hay en ella, la redondez del mundo y cuantos en él habitan. Y en el salmo XLIX torna a decir en nombre del mismo Dios: Mías son las fieras de las selvas, los jumentos y los bueyes de los montes. Si necesitare, tuviere hambre, no te daré parte a ti, porque mío es cuanto hay en la redondez de la tierra. Como si dijera: no lo pediré, sino lo compraré, y usaré de ello conforme lo necesitare, porque es mío, y puedo hacer de ello lo que quisiere. Y como en el libro del Paralipómenon hubiesen ofrecido el Rey David y todos los grandes de su corte grande suma de riquezas, oro, plata y sacrificios a Dios, concluye diciendo: Todo, Señor, es vuestro, y lo que recibimos de vuestra mano os volvemos a ofrecer. Lo cual confirmó el mismo Dios por boca del profeta Ageo, diciendo : Mía es la plata, y mío el oro. Dándoles a entender, que como lo había dado para edificar el templo, lo daría para volverle a reparar, porque todo es suyo.

Lee los Evangelios, y con dificultad hallarás cosa más repetida en ellos; y si no, dime: ¿Qué otra cosa quiso enseñar Cristo Señor nuestro, en la parábola del mayordomo, que refiere San Lucas, que fue acusado delante de su Señor como pródigo y desperdiciador de su hacienda, y le llamó a cuentas, privándole en primer lugar de la mayordomía, y poniendo fin al manejo y gobierno de la hacienda? Este rico, dicen los Santos que es Dios, cuyas son todas las riquezas que el mundo encierra; este mayordomo, el hombre, a quien las entrega para que las administre, dando a unos más, y a otros menos; pero todos son mayordomos y administradores, no más, de los bienes temporales que poseen en este mundo, a los cuales viene a pedir cuentas en la hora de la muerte, en la cual las ha de dar cada uno, y muy estrecha, de su mayordomía. Y aun muchas veces, cuando las administran mal, gastándolas pródigamente, suele Dios quitárselas, por las voces que dan contra ellos todas las criaturas, dejándolos pobres de ricos, y mendigos de poderosos, como se ve cada día, enviando fuego que abrase sus mieses, landres que consuman sus ganados, piedras y granizos que destruyan sus viñas y olivares, ladrones que roben sus riquezas de oro y plata, guerras y pleitos que asolen sus reinos, y dándolos a otros que los administren y gobiernen con la rectitud y acierto que deben.

Abran los ojos los ricos y poderosos con los ejemplos cotidianos que ven por sus casas, y por las de sus vecinos, y adviertan que todas son voces que les da el cielo para que gasten las rentas y bienes temporales rectamente, conforme a la voluntad Divina, y como quien ha de dar cuenta de ellos; y como dice Cristo nuestro Señor, ganen con ellos el reino de los cielos, y la voluntad de los Santos y del Santo de los santos, del Rey de los reyes, que es el Juez Eterno, para que a la partida de este mundo los reciba en ellos. Reparando de camino que en esta misma parábola llamó a las riquezas de este mundo el Redentor, engañosas, falsas e inicuas, porque lo son respecto de las virtudes; que, como dice San Cipriano, son las verdaderas riquezas que debemos acaudalar en este destierro, para comprar con ellas la vida eterna. Y llámalas también malas e inicuas de vota de San Agustín, porque las aprecian los hombres malos y pecadores, y las desprecian los buenos, los cuales, como tienen más luz del cielo, saben y conocen el valor de las virtudes, y la vileza de lo temporal, y así aprecian aquellas, y desprecian esto.

Y si quieres más testimonios, lee en el mismo capítulo de San Lucas la historia de aquel rico avariento, del cual dice Cristo Nuestro Señor, que vestía púrpuras y holandas, y comía espléndidamente, y gastaba su hacienda en perros y criados, y por ventura en las demás superfluidades en que gastan las suyas los ricos de este siglo; y mendigando el pobre Lázaro a las puertas de su casa, no le dio de limosna las migajas que caían de su mesa; pero pasó presto esta farsa, hizo cada uno su papel, y al tiempo de la cuenta, las dieron tan diferentes, que el pobre fue llevado en hombros de ángeles al cielo, y el rico sepultado en el infierno.

Yo te ruego que ponderes sobre este caso, qué pecados hizo este rico para ser condenado con tan rigurosa sentencia; porque sin duda podemos creer que si los tuviera no los pasara en silencio Cristo, ni los dejara de referir su Evangelista. Advierte, pues, que, según parece, ni era robador, ni adúltero, ni homicida; honraba a sus padres, guardaba las fiestas, no perjuraba, ni hacia otros insultos más que gastar pródigamente su hacen da en festines, convites, delicias y regalos; y por esta culpa se halló tan alcanzado en aquella última cuenta, que fue condenado para siempre jamás al infierno, porque usó de la hacienda que no era suya como si fuera suya. Abre, pues, tú los ojos con su ejemplo, y mira cómo gobiernas y administras la tuya; carga el peso de la consideración en la vida pasada; mira cómo la has gastado hasta ahora, y cómo la gastas al presente; cómo la debes gastar en lo futuro para que no te suceda la miserable tragedia que sucedió a este; no te fíes, pareciéndote que tienes tu partido seguro, porque ni robas lo ajeno, ni matas al prójimo, ni das lugar a lascivias en tu alma, ni eres perjuro, ni vengativo, ni pierdes el respeto a los templos, ni a tus padres o mayores. Porque todo esto se verificaba de este rico, y al fin para en el infierno, porque no distribuyó su hacienda como debía. Guárdate, no te suceda otro tanto, pues que se acerca el tiempo de dar la cuenta y la razón de tu mayordomía; piensa despacio cuál la darías si te la pidieran cuando leas esta escritura, y, pues, como dijimos, no tienes hora segura, ajusta tus cargos, corrige lo pasado, y dispón las cosas seguramente para lo porvenir.

Y para último remate y conclusión de lo dicho, te pido que no olvides la impiedad de este rico para con el pobre Lázaro, cubierto de llagas, que, como dice San Pedro Crisólogo, fue el mayor cargo de sus cuentas» y el colmo de su condenación; escarmienta en su cabeza, y vuelve la tuya a los pobres que Dios te da por vecinos, y te pone delante de los ojos cada día para que los socorras con lo que sobra en tu casa, y ganes por su medio el cielo. Compra la gloria con lo que te sobra de hacienda; no la gastes en palacios, jardines, carrozas, caballos, criados opulencia de menaje, convites, cazas y festines, porque te hallarás más alcanzado al tiempo de dar la cuenta, y clamarán los pobres contra ti, porque estando ellos desnudos, vestías de sedas las paredes de tu casa; y estando ellos hambrientos, sustentabas a posta tanto número de perros, a leones, caballos y criados de que no necesitabas; y no teniendo ellos techo, edificabas suntuosísimos palacios; y no teniendo cama, gastabas tus rentas en escritorios, bufetes, sillas y menajes sobrados. Cíñete con la razón; ajústate a lo necesario; deja lo superfluo, advirtiendo que tu hacienda no es tuya, ni la puedes gastar en lo que se te antojare, sino que es de Dios, y tú su administrador, de que le has de dar estrecha cuenta; sustenta con ella a los pobres, casa las huérfanas, cura los enfermos, socorre a las viudas, ampara a los encarcelados, y todos rogarán por ti, para que cuando salgas de esta vida seas aposentado con los santos en los eternos tabernáculos que este es el arte de bien morir.