Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Ascensión

 ASCENSIÓN DE NUESTRO SEÑOR

En aquel tiempo, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció Jesús y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado. Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien”. Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y está sentado a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Acabamos de leer que el Señor Jesús fue elevado al cielo y está sentado a la diestra de Dios.

Dos cuestiones atraen, pues, particularmente nuestra atención en esta Fiesta: la Ascensión de Nuestro Señor y su Exaltación a la diestra del Padre.

Siguiendo a Santo Tomás, podemos preguntarnos primeramente si la Ascensión al Cielo le conviene a Cristo, ¿por razón de su naturaleza divina o por razón de su naturaleza humana?

Como hay aspectos diversos, el Santo Doctor nos explica que Nuestro Señor, según el aspecto que se considere, subió al Cielo, sea sólo en cuanto hombre, sea sólo en cuanto Dios.

En efecto, la expresión secundum quod o razón por la cual, puede indicar dos cosas, a saber: la condición del que asciende, es decir su naturaleza, y la causa de la Ascensión.

Si designa la condición del que asciende, entonces el ascender no puede convenir a Cristo según la condición de su naturaleza divina, sea porque nada hay más alto que la divinidad, adonde pudiera subir; sea porque la Ascensión es un movimiento local que no corresponde a la naturaleza divina, que es inmóvil y no localizable.

Por lo cual, en este sentido, Jesucristo ascendió a los Cielos en cuanto hombre, no en cuanto Dios.

Pero si el secundum quod significa la causa de la Ascensión, por haber subido Cristo al Cielo en virtud de la divinidad, y no en virtud de la naturaleza humana, será preciso decir que Nuestro Señor ascendió al Cielo, no en cuanto hombre, sino en cuanto Dios.

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Otro aspecto importante de este artículo de nuestra Fe nos lleva a considerar por cuál virtud ascendió Jesucristo al Cielo.

Sabemos que en Cristo hay dos naturalezas, a saber: la divina y la humana. Por lo cual, su virtud propia puede entenderse según una y otra naturaleza.

No solamente por la virtud divina, sino también por la virtud propia de su cuerpo glorificado ascendió Jesucristo a los Cielos.

En efecto, según la naturaleza humana, la virtud de Cristo puede desdoblarse en dos.

Una, la natural, que procede de los principios de la naturaleza. Y es evidente que Cristo no ascendió por tal virtud.

Otra, la virtud de la gloria. Conforme a ésta ascendió Cristo a los Cielos.

La razón de la virtud de la gloria se atribuye al alma glorificada, por cuya redundancia es glorificado el cuerpo. La obediencia del cuerpo glorificado al alma bienaventurada es tan grande que allí estará el cuerpo donde lo quiera el espíritu. Se trata de la cualidad o dote de agilidad.

Ahora bien, al cuerpo celeste e inmortal le compete estar en un lugar celestial. Por tal motivo, el cuerpo de Cristo subió a los Cielos por la virtud de su alma glorificada, que así lo quiso.

Y como el alma se hace bienaventurada por la participación de Dios, la causa primera de la Ascensión a los Cielos es la virtud divina.

Así pues, Cristo subió a los Cielos por su propia virtud: en primer lugar, por la virtud divina; después, por la virtud del alma glorificada, que mueve al cuerpo como le place.

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En cuanto a la exaltación de Jesucristo a la diestra del Padre, hemos de considerar que en la expresión estar sentado podemos distinguir dos aspectos, a saber: la quietud y también la potestad regia o judicial.

Y de uno y otro modo conviene a Cristo estar sentado a la derecha del Padre.

Del primer modo, la quietud, le conviene en cuanto que permanece eternamente incorruptible en la bienaventuranza del Padre, llamada su diestra. Así, pues, creemos que Cristo habita a la derecha del Padre; es bienaventurado y su bienaventuranza se llama la derecha del Padre.

Del segundo modo, su regia potestad, se dice que Cristo está sentado a la derecha del Padre en cuanto que reina con el Padre y de Él recibe la potestad judicial; y ésto perpetuamente y como rey.

Todo ésto le conviene al Hijo en cuanto Dios.

De donde resulta evidente que Cristo, en cuanto Dios, está sentado a la derecha del Padre; pero de suerte que la preposición ad (a la), que es transitiva, sólo supone la distinción de personas y el orden del origen, pero no un grado de naturaleza o de dignidad, porque ninguno se da en las Personas divinas.

Esta preposición ad designa un cierto acceso a la derecha, mediante el cual se significa conformidad junto con alguna distinción. Lo cual puede acontecer de tres modos.

Primero, existiendo conformidad en la naturaleza y distinción en la persona. Y, en este sentido, Cristo, en cuanto Hijo de Dios, está sentado a la derecha del Padre, porque tiene la misma naturaleza que el Padre. Por lo cual, las tres cosas antedichas convienen esencialmente al Hijo lo mismo que al Padre. Y esto es hallarse en igualdad con el Padre.

Segundo, por razón de la gracia de unión que, por el contrario, lleva consigo la distinción de naturaleza y la unidad de persona. Y, en este aspecto, Cristo, en cuanto hombre, es Hijo de Dios y, por consiguiente, está sentado a la derecha del Padre; de tal modo, sin embargo, que el en cuanto que no designe la condición de la naturaleza sino la unidad del supuesto.

Tercero, el acceso antedicho puede entenderse con arreglo a la gracia habitual, que en Cristo es más abundante que en todas las otras criaturas, en tanto que la misma naturaleza humana de Cristo es más bienaventurada que las demás criaturas, y tiene, por encima de todas ellas, la potestad real y judicial.

Así pues, si el en cuanto designa la índole de la naturaleza, Cristo, en cuanto Dios, está sentado a la derecha del Padre, esto es, en igualdad con el Padre; pero, en cuanto hombre, está sentado a la derecha del Padre, es decir en la mayor bienaventuranza, y tiene la potestad judicial.

Pero, si el en cuanto alude a la unidad del supuesto, también así Cristo, en cuanto hombre, está sentado a la derecha del Padre en igualdad de honor, es a saber: en cuanto que con el mismo honor veneramos al propio Hijo de Dios con la naturaleza que tomó.

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Reflexionemos ahora en las enseñanzas de San Bernardo, también Doctor de la Iglesia, como Santo Tomás.

El Doctor melifluo, a propósito de esta Fiesta, nos dice:

Hoy se presenta el Hijo del hombre ante el Anciano que está sentado en el trono, para sentarse junto a Él. ¡Qué unión más dichosa, y qué misterio tan rebosante de gozos inefables!

Hoy el Padre glorifica a este Hijo suyo e hijo de los hombres, dándole la gloria que tenía junto a Él antes de que existiera el mundo.

Si celebramos con todo fervor las solemnidades de Navidad y de Resurrección, también debemos festejar devotamente este día de la Ascensión. Esta fiesta no es menor que aquéllas, sino su plenitud y broche de oro.

Es un día grande y gozoso. El sol por excelencia, el Sol de justicia se había presentado ante nuestros ojos atenuando su resplandor y su luz impenetrable con la nube de la carne y el velo de su mortalidad.

Pero el gozo y la alegría se han desbordado al rasgar el velo y revestirse de gloria. No se ha despojado de la substancia de su velo, sino de su vejez, corrupción, miseria y vileza. Y de este modo se ha convertido en las primicias de la resurrección.

Pero, ¿qué significan estas fiestas para nosotros, que seguimos viviendo en este mundo? ¿Quién se atrevería a desear subir al Cielo, si no es apoyándose en Aquél que, antes de subir, había descendido?

Para nosotros, la vida de este destierro sería poco menos que un infierno, si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado una semilla de aliento y expectación cuando, elevado sobre las nubes, suscitó la esperanza en los creyentes, que nos hace vivir como ciudadanos del Cielo, la virtud divina que levanta nuestros corazones.

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Así como en otros misterios, la Ascensión acaece por nosotros y actúa en nosotros.

Cristo fue el que bajó y el que subió, dice el Apóstol. Y subió porque bajó. Convenía que Cristo bajara para que nosotros aprendiéramos a subir.

Tenemos ansia de subir, nos apasiona la grandeza. Somos criaturas insignes, dotadas de un espíritu superior; por deseo natural tendemos hacia arriba.

Pero, ¡ay de nosotros!, si seguimos los pasos del que dijo “me sentaré en el monte de la Asamblea, en el vértice del cielo”.

¡En el vértice del cielo! ¡Pobrecillo! Ahí no te acompañamos. Tienes ansias de dominio y aspiras al poder.

¡Cuántos siguen hoy estos caminos trágicos y vergonzosos! Más aún: ¡cuán pocos los que se liberan del placer de dominar!

¿A dónde vais, miserables, a dónde vais? ¿No veis caer a Satanás como un relámpago? Subió ángel a este monte, y se convirtió en diablo.

El astuto enemigo trama otros planes y muestra otro monte semejante: seréis como dioses, versados en el bien y en el mal.

Otra subida muy peligrosa… La ciencia que engríe es un monte muy malo, y, sin embargo, cuántos humanos se afanan en escalarlo. Parecen ignorar que su primer padre cayó de aquel monte y de qué manera: con toda su descendencia hundida y maltrecha.

Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seremos tercos de corazón, amaremos la falsedad y buscaremos el engaño? ¿Ignoramos que lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo para humillar a lo fuertes?

¿Por qué nos seducen estos montes tan escarpados y peligrosos? ¿Por qué no nos encaminamos a ese otro monte de fácil subida y mucho más provechoso?

El ansia de poder arrebató al ángel su felicidad… El deseo de saber despojó al hombre de la gloria de la inmortalidad…

Si nos aterra el abismo del ángel y la ruina del hombre, debemos huir de estos dos montes…

¿Qué debemos hacer? No conviene subir así, pero sentimos un vivo deseo de ascender.

¿Quién nos indicará una subida provechosa?

Aquel de quien leemos: el que descendió, se elevó.

Este es nuestro guía para subir, y no queremos tener nada en común con las huellas ni los consejos de aquel otro conductor o perverso seductor.

Como no existía ningún medio de subir, bajó el Altísimo de este modo, nos trazó un camino suave y eficaz. Descendió del monte del poder, envuelto en la debilidad de la carne; descendió del monte de la sabiduría, porque tuvo a bien salvar a los que creen en la locura de la Cruz.

Ahí vemos hasta dónde descendió, y cómo se anonadó en su poder y su sabiduría.

No nos extrañe, pues, que Cristo subiera al descender…, y que los otros dos se hundieron al subir…

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Y San Bernardo nos invita a considerar los saltos o ascensos, con los que salió como un gigante a recorrer su camino, y asomando por un extremo del cielo llegó, de salto en salto, hasta el otro extremo.

Contemplemos primeramente aquel monte donde subió con Pedro, Santiago y Juan; allí se transfiguró delante de ellos; su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron tan blancos como la nieve. Es la gloria de la resurrección, que contemplamos en la montaña de la esperanza.

¿Por qué subió para transfigurarse, sino para enseñarnos a nosotros a elevar nuestro pensamiento a la gloria que va a revelarse reflejada en nosotros?

Feliz aquel que medita siempre en el Señor, y considera sin cesar en su corazón las alegrías perennes del Señor.

¿Habrá algo pesado para quien comprende que los sufrimientos del tiempo presente son cosa de nada comparados con la gloria futura?

Este es el monte en el que se transfigura Cristo. Subamos y veremos cómo honra el Señor a los suyos.

El primer ascenso es, pues, la contemplación de la gloria.

Necesitamos subir a otro monte, y escuchar allí al que predica y levanta una escala de ocho peldaños que llega hasta el Cielo.

El segundo ascenso es la meditación de la doctrina del Evangelio, las Bienaventuranzas. Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey.

Pero sabemos también que subió a otro monte, para orar a solas. En el primero se transfiguró, para enseñarnos a dónde iba; en el segundo nos habló palabras de vida, para que sepamos por dónde debemos ir; y en el tercero oró, para que tengamos siempre el buen deseo de caminar y llegar.

El tercer ascenso es la oración en el retiro.

¿Qué más podemos decir sobre las ascensiones? No olvidemos el asno en que subió al monte; ni la cruz a la que subió y por la cual fue exaltado el Hijo del hombre.

Sigamos, pues, a Cristo el Señor en esta ascensión; así llevaremos las riendas de nuestro apetito y lo tendremos a raya.

El cuarto ascenso es la mortificación.

Sigamos también al que sube a la cruz, y es levantado de la tierra. Estaremos por encima de nosotros mismos y de todas las teorías del mundo; miraremos de lejos y despreciaremos todo lo terreno

El quinto ascenso es el desprecio del mundo.

Ya sólo nos queda subir al que es el Dios Soberano, bendito por siempre. Lo mejor de todo es morir y estar con Cristo.

El sexto ascenso es la visión de Dios.

Esta es la última ascensión y la plenitud universal; como dice el Apóstol: Cristo, que bajó, es el mismo que subió para llenar el universo.

¿Qué podemos deciros de esa ascensión? ¿A dónde subiremos, para estar donde está Cristo? ¿Qué hay allí? El ojo nunca vio lo que Dios ha preparado para los que le aman…

Deseémoslo vivamente, suspiremos sin cesar por ello. Y, si desfallece el entendimiento, supla el ardor de afecto.

Levantemos al cielo el corazón con las manos, y caminando con fe y devoción acompañemos al Señor en su Ascensión. Muy pronto y sin obstáculos seremos arrebatados en las nubes para estar con Él.

Esto no puede alcanzarlo ahora el espíritu animal, pero lo alcanzará el cuerpo espiritualizado. No nos cansemos, pues, de levantar el corazón porque, como nos dice la propia experiencia, el cuerpo mortal es lastre del alma.

Acompañemos siempre al Cordero: cuando sufre, cuando resucita y, más aún, cuando asciende. Que nuestro hombre viejo esté crucificado con Él, para que se destruya el individuo pecador y ya no seamos esclavos del pecado. Extirpemos cuanto de terreno hay en nosotros. Y así como Él fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, emprendamos también nosotros una vida nueva. Si murió y resucitó fue para que abandonemos el pecado y nos entreguemos a la justicia.

Y como una vida nueva exige un lugar más seguro, y la resurrección pide un estado superior, acompañemos al que sube: busquemos lo de arriba, no lo de la tierra.