ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – MAYO 2017 – 2ª PARTE

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de MAYO de 2017.(2° PARTE)

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III.- EL CONSENTIMIENTO MATRIMONIAL

El Código de Derecho Canónico dice expresamente que “El matrimonio lo produce el consentimiento entre personas hábiles según derecho, legítimamente manifestado; consentimiento que por ninguna potestad humana puede suplirse” (canon 1081 § 1.).

El matrimonio es un contrato; por lo tanto, el consentimiento de las partes es absolutamente necesario por derecho natural. Constituye la causa eficiente del matrimonio.

Los contrayentes, con su consentimiento, son los que realizan el matrimonio; son sus ministros.

Pío XI, en su Encíclica Casti connubii, enseña:

“Quede asentado, en primer lugar, como fundamento firme e inviolable, que el matrimonio no fue instituido ni restaurado por obra de los hombres, sino por obra divina; que no fue protegido, confirmado ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del mismo Dios, autor de la naturaleza, y de Cristo Señor, Redentor de la misma, y que, por lo tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre, ni siquiera al acuerdo contrario de los mismos cónyuges.

Ésta es la doctrina de la Sagrada Escritura, ésta la constante tradición de la Iglesia universal, ésta la definición solemne del santo Concilio de Trento, el cual, con las mismas palabras del texto sagrado, expone y confirma que el perpetuo e indisoluble vínculo del matrimonio, su unidad y su estabilidad tienen por autor a Dios.

Mas aunque el matrimonio sea de institución divina por su misma naturaleza, con todo, la voluntad humana tiene también en él su parte, y por cierto nobilísima, porque todo matrimonio, en cuanto que es unión conyugal entre un determinado hombre y una determinada mujer, no se realiza sin el libre consentimiento de ambos esposos, y este acto libre de la voluntad, por el cual una y otra parte entrega y acepta el derecho propio del matrimonio [Cf. C.I.C. c. 1081, §2], es tan necesario para la constitución del verdadero matrimonio, que ninguna potestad humana lo puede suplir [Cf. C.I.C. c. 1081, §1].

Es cierto que esta libertad no da más atribuciones a los cónyuges que la de determinarse o no a contraer matrimonio y a contraerlo precisamente con tal o cual persona; pero está totalmente fuera de los límites de la libertad del hombre la naturaleza del matrimonio, de tal suerte que si alguien ha contraído ya matrimonio se halla sujeto a sus leyes y propiedades esenciales.

Y así el Angélico Doctor, tratando de la fidelidad y de la prole, dice: “Estas nacen en el matrimonio en virtud del mismo pacto conyugal, de tal manera que si se llegase a expresar en el consentimiento, causa del matrimonio, algo que les fuera contrario, no habría verdadero matrimonio” [Suma Teológica III Suplem., q. 49, a. 3].

Por obra, pues, del matrimonio, se juntan y se funden las almas aun antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un vínculo sagrado e inviolable.

Tal es y tan singular la naturaleza propia de este contrato, que en virtud de ella se distingue totalmente, así de los ayuntamientos propios de las bestias, que, privadas de razón y voluntad libre, se gobiernan únicamente por el instinto ciego de su naturaleza, como de aquellas uniones libres de los hombres que carecen de todo vínculo verdadero y honesto de la voluntad, y están destituidas de todo derecho para la vida doméstica.

De donde se desprende que la autoridad tiene el derecho y, por lo tanto, el deber de reprimir las uniones torpes que se oponen a la razón y a la naturaleza, impedirlas y castigarlas, y, como quiera que se trata de un asunto que fluye de la naturaleza misma del hombre, no es menor la certidumbre con que consta lo que claramente advirtió Nuestro Predecesor, de s. m., León XIII [Enc. Rerum novarum]: No hay duda de que, al elegir el género de vida, está en el arbitrio y voluntad propia una de estas dos cosas: o seguir el consejo de guardar virginidad dado por Jesucristo, u obligarse con el vínculo matrimonial. Ninguna ley humana puede privar a un hombre del derecho natural y originario de casarse, ni circunscribir en manera alguna la razón principal de las nupcias, establecida por Dios desde el principio: “Creced y multiplicaos”.

Hállase, por lo tanto, constituido el sagrado consorcio del legítimo matrimonio por la voluntad divina a la vez que por la humana: de Dios provienen la institución, los fines, las leyes, los bienes del matrimonio; del hombre, con la ayuda y cooperación de Dios, depende la existencia de cualquier matrimonio particular —por la generosa donación de la propia persona a otra, por toda la vida—, con los deberes y con los bienes establecidos por Dios.”

Queda claro, pues, que “todo matrimonio, en cuanto que es unión conyugal entre un determinado hombre y una determinada mujer, no se realiza sin el libre consentimiento de ambos esposos”.

Por esa razón, enseña Pío XI que “por obra del matrimonio se juntan y se funden las almas aun antes y más estrechamente que los cuerpos, y esto no con un afecto pasajero de los sentidos o del espíritu, sino con una determinación firme y deliberada de las voluntades; y de esta unión de las almas surge, porque así Dios lo ha establecido, un vínculo sagrado e inviolable.”

El consentimiento de los cónyuges es, pues, la causa eficiente del matrimonio; y de dicho contrato resulta el vínculo permanente.

Por eso el Código de Derecho Canónico expresa que “Para que pueda haber consentimiento matrimonial es necesario que los contrayentes no ignoren, por lo menos, que el matrimonio es una sociedad permanente entre varón y mujer para engendrar hijos” (canon 1082, § 1.).

Ahora bien, ¿en qué consiste el consentimiento matrimonial?

El Código de Derecho Canónico responde: “El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad por el cual ambas partes dan y aceptan el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole” (canon 1081 § 2.).

El canon expone las condiciones que, por derecho natural, debe tener este consentimiento:

1ª) Un acto de la voluntad.

2ª) Mutuo y recíproco.

3ª) Consistente en la entrega y aceptación, también mutuas y recíprocas.

4ª) Del derecho perpetuo y exclusivo.

5ª) Sobre los cuerpos de los contrayentes.

6ª) En orden a engendrar hijos.

Este consentimiento, aunque de suyo supone conocimiento por parte de la inteligencia, es un acto de la voluntad; y debe ser interno, y también exteriormente manifestado.

Si el consentimiento reúne todas estas condiciones y se manifiesta exteriormente, es naturalmente válido.

Si carece de alguna de las condiciones que por derecho natural se requieren, el consentimiento es naturalmente inválido e ineficaz en absoluto.

Damos algunas explicaciones complementarias a cada una de las condiciones enumeradas por el Código:

1ª) Un acto de la voluntad.

De tal modo que no bastaría la simple manifestación externa, si la voluntad no consintiera interiormente. Sin este consentimiento interior, sincero y auténtico, el matrimonio sería, por derecho natural, absolutamente nulo e inválido.

2ª) Mutuo y recíproco.

Puesto que, tratándose de un contrato bilateral, sería nulo e inválido si una sola de las partes, pero no ambas, cumpliera las condiciones para realizarlo.

3ª) Consistente en la entrega y aceptación, también mutuas y recíprocas.

No bastaría que una de las dos partes diera a la otra él derecho sobre el propio cuerpo si esta otra no lo acepta, y viceversa.

4ª) Del derecho perpetuo y exclusivo.

El derecho, en el sentido estricto y riguroso de la palabra; de suerte que se cometería una injusticia, si se negara, sin causa razonable que lo justifique, el ejercicio de este derecho al cónyuge que lo pida legítimamente.

No debe confundirse, sin embargo, el derecho radical —que es esencial al matrimonio— con el uso efectivo del mismo, al que pueden renunciar los cónyuges de común acuerdo por un bien común.

Perpetuo, como consecuencia de la intrínseca indisolubilidad del vínculo matrimonial una vez contraído legítimamente.

Exclusivo, en virtud de la unidad del matrimonio, que es una de sus propiedades esenciales.

5ª) Sobre los cuerpos de los contrayentes.

Estas palabras expresan el objeto esencial del contrato matrimonial, según aquellas palabras de San Pablo: “La mujer no tiene potestad sobre su cuerpo, sino el marido; e igualmente el marido no tiene potestad sobre su cuerpo, sino la mujer” (I Cor. 7,4).

Esta es la razón por la que, si uno de los cónyuges abusa a solas de su propio cuerpo o lo entrega a otra persona distinta de su legítimo cónyuge, no sólo peca contra la castidad, sino también contra la justicia, puesto que hace uso de lo que no le pertenece a él, sino a su legítimo cónyuge.

Ni siquiera un cónyuge puede autorizar al otro para estos actos, ya que el derecho exclusivo sobre el propio cónyuge es irrenunciable por la misma naturaleza del contrato matrimonial.

6ª) En orden a engendrar hijos.

Las palabras en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole indican lo que constituye el fin primario del matrimonio; y ellas expresan, además, con admirable precisión y exactitud las cosas que son lícitas o ilícitas entre los cónyuges, que pueden reducirse a este solo principio fundamental: Son lícitos todos aquellos actos que de suyo son aptos para engendrar prole; y son ilícitos e inmorales todos los que, de suyo, no son aptos para ese fin (actos solitarios, onanismo, actos contra natura, etc.).

Para completar este tema, es necesario saber que el Nuevo Código de Derecho Canónico, del año 1983, ha cambiado el objeto del consentimiento matrimonial, constitutivo esencial del matrimonio.

En efecto, el canon 1057 § 2., dice: “El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad por el cual el varón y la mujer se entregan y aceptan mutuamente en alianza irrevocable para constituir el matrimonio”.

1055 §1  La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, fue elevada por Cristo Nuestro Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados.

  • 2 Por tanto, entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento.

 

Recordemos lo enseñado por la doctrina católica, y ya transcrito dicho más arriba: “El consentimiento matrimonial es el acto de la voluntad por el cual ambas partes dan y aceptan el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole” (canon 1081 § 2.).

Por lo tanto, según el nuevo concepto del matrimonio, el objeto del consentimiento matrimonial ya no es, como lo enseña la doctrina tradicional, “el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo [del cónyuge] en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole” (canon 1081), es decir, la procreación, fin primario del matrimonio, sino la persona misma de los esposos.

Los comentaristas de la B.A.C., sin ningún pudor, dicen: “Así se supera la restricción operada por el Código anterior, cuando parecía limitar el objeto del consentimiento matrimonial (…) con una finalidad específica”, es decir, la generación.

Para esta nueva concepción del matrimonio, lo que cuenta esencialmente, lo que constituye el objeto central del matrimonio, es el “consorcio de toda la vida”, mientras que en la doctrina tradicional este elemento, aunque pertenece normalmente al matrimonio, es secundario y puede no existir por diferentes causas en un matrimonio válido.

Todo esto implica la noción personalista del matrimonio, e influye en la designación, jerarquización y orden de los fines del mismo. Dos temas importantes que, Dios mediante, trataremos en otros especiales.

“Caveatis, caveatis” (¡Cuidado, cuidado!). Fue grande la emoción en medio del aula conciliar cuando todas las miradas convergieron en el cardenal Browne, general de la Orden de Predicadores: “Si aceptamos esta definición, nos oponemos a toda la Tradición de la Iglesia y vamos a pervertir el sentido del matrimonio. No podemos modificar las definiciones tradicionales de la Iglesia”.

¿Dónde está el problema?

Era el 29 de octubre de 1964, fecha en que los Padres del Concilio empezaron a discutir el artículo 21 de la Constitución Gaudium et spes (la Iglesia en el mundo moderno), consagrado al matrimonio y a la familia.

La Iglesia Católica siempre ha enseñado que en el matrimonio hay dos fines: 1º) la procreación y educación de la prole; 2º) la ayuda mutua entre los esposos.

La Iglesia enseña, pues, que la transmisión de la vida es la finalidad primera y más importante del matrimonio. No pretende con eso decir que la ayuda mutua entre los esposos deba dejarse de lado; ella está orientada hacia la transmisión de la vida, que es una cooperación a la obra creadora de Dios, y los esposos no podrán llegar a su perfeccionamiento si no se someten a esta finalidad primera.

De este modo lo explicaba ya San Agustín en el siglo V: “Lo que da la razón de ser al matrimonio es la generación de los hijos”.

Y Pío XII, dieciséis siglos después, recordaba la misma doctrina: “El matrimonio como institución natural, en virtud de la voluntad misma del Creador, no tiene como fin primario e íntimo el perfeccionamiento personal de los esposos, sino la procreación y la educación de la nueva vida. Los otros fines, aunque también queridos por la naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados (…) No sólo la actividad común de la vida externa, sino también todo enriquecimiento personal, el mismo enriquecimiento intelectual y espiritual, y hasta todo lo que hay de más espiritual y profundo en el amor conyugal como tal, ha sido puesto, por la voluntad de la naturaleza y del Creador, al servicio de la descendencia” (29/10/1951).

Ya antes, el Santo Oficio había promulgado una sentencia sobre este tema, en la que se declaraba, sin lugar a ninguna duda, que el fin primario del matrimonio es la generación y educación de la prole, y que los fines secundarios están esencialmente subordinados al primario y que de ningún modo son igualmente principales o independientes de este (1/4/1944).

Tal es la doctrina católica, clara y firmemente establecida. Y tal fue la que algunos de los Padres conciliares del Vaticano II se esforzaron en destruir, por estar impregnados de liberalismo (deseo de conciliar la Iglesia con el mundo).

Gaudium et spes

Así, consideraron que la doctrina de los fines del matrimonio era muy molesta a la mentalidad del mundo de hoy. Por eso procuraron cambiarla. En el artículo 21 de la Constitución Gaudium et spes se omitió voluntariamente el uso de las expresiones “fin primario” y “fin secundario”, y el cardenal Leger, arzobispo de Montreal, intervino ese mismo día para felicitar a los autores del esquema por haber omitido esta distinción de los fines.

Ante éstas y otras intervenciones, el Prefecto del Santo Oficio, el cardenal Ottaviani, manifestó al día siguiente su estupefacción: “Ayer se dijo en este Concilio que la posición adoptada hasta hoy en cuanto a los principios que rigen el Matrimonio era dudosa. ¿Significa esto que debe ponerse en duda la inerrancia de la Iglesia? ¿Acaso el Espíritu Santo no ha estado con su Iglesia durante siglos pasados para iluminar las inteligencias en este punto de doctrina?”

Segundo asalto

La lucha sólo estaba empezando. Se puede decir que el combate se desarrolló en medio de la indiferencia de la mayor parte de los obispos, que parecían no darse cuenta del peligro.

Al final del debate, se llevó a cabo una nueva revisión del texto, que se distribuyó el 12 de noviembre, el cual podía ahora interpretarse de manera que dejaba la libertad a los esposos de usar los medios anticonceptivos artificiales para limitar el número de hijos, siempre y cuando tuviesen en vista mantener el amor conyugal.

Se podía esperar que, dada la importancia del tema, todos los Padres conciliares hubiesen pasado el fin de semana examinando el texto… Pero en su lugar, muchos declararon que no habían ni siquiera leído el pasaje. De este modo el conjunto del capítulo sobre el matrimonio fue aprobado.

En ese momento, el mismo Pablo VI se decidió a intervenir: recordó la condenación de los anticonceptivos artificiales, suprimió la palabra “también” en una frase que dejaba suponer que la procreación era solamente un fin secundario del matrimonio, mencionó como “los principales documentos sobre el tema de la regulación de los nacimientos” a la encíclica de Pío XI Casti connubii y el discurso de Pío XII a las comadronas y recomendó a los esposos la práctica de la castidad conyugal.

El cardenal Leger protestó contra estas rectificaciones, pero Pablo VI le expresó que eran obligatorias. Al ver que no podían eliminarlas, intentaron suavizarlas: donde se condenaban los “anticonceptivos artificiales”, se habló de “prácticas ilícitas contrarias a la generación humana”, sobrentendiendo que pueda haberlas que sean lícitas; y se suprimieron las referencias al documento de Pío XII.

EL texto definitivo

El esquema final se votó el 4 de diciembre. De este modo se había evitado lo peor; pero podía ofrecer ahora gran disparidad de interpretaciones.

Así, en un pasaje del artículo 48 ya no existe la tradicional distinción entre fin primario y fin secundario: “Por su índole natural, la institución del matrimonio y del amor conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con su corona propia”.

Este texto está retomado casi exactamente en el número 50: “El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole”.

La cuestión se agrava en el artículo 49, que considera el amor conyugal fuera de su finalidad primera, que es la transmisión de la vida: “Este amor, por ser específicamente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona, y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal (…) Este amor se expresa y perfecciona singularmente con la acción propia del matrimonio. Por ello los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud”.

Como complemento, el artículo 50 tiene un pasaje muy ambiguo: “Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres (…) De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado («non posthabitis») los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia. En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes”.

La prole, “los hijos”, ¿constituye solamente “el don más excelente del matrimonio” o es el fin primario establecido por el Creador a la institución matrimonial? Al no existir más la distinción entre fin primario y fin secundario, y, por consiguiente, al haber nivelado y desjerarquizado los fines, ¿qué sentido tiene decir “sin posponer los demás fines del matrimonio”? ¿Qué significa ese salto de “los hijos” al “cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva”? ¿Cuál es el fin que no debe posponer los demás? Recordemos que Pío XII había enseñado que “Los otros fines, aunque también queridos por la naturaleza, no se encuentran en el mismo grado del primero y mucho menos le son superiores, sino que le están esencialmente subordinados”.

Como consecuencia de la ambigüedad antecedente, se explica de un modo muy confuso este deber que tienen los esposos de transmitir la vida: “Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión, y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia”.

¿Cuál es la misión que deben cumplir los esposos y sobre qué deben formarse un juicio recto, si en primer lugar se pone el propio bien personal y no elbien de los hijos? Los Papas de antes del Concilio utilizaron un lenguaje muy distinto y mucho más firme: “todo enriquecimiento personal (…) ha sido puesto (…) al servicio de la descendencia”, enseñó Pío XII, y agregó: “solamente por motivos graves los esposos pueden substraerse al deber que la naturaleza y el Creador les impone”.

Las consecuencias

Las consecuencias de este liberalismo fueron graves. La nivelación y desjerarquización de los fines del matrimonio permitió a muchos obispos cambiar la enseñanza de la Iglesia. En efecto, si el perfeccionamiento de los esposos y la transmisión de la vida son dos fines igualmente importantes, puede aparecer el llamado “conflicto de deberes” y se puede recurrir de manera indiscriminada a la anticoncepción.

Pero si, como siempre ha enseñado la Iglesia, la transmisión de la vida es el fin primario del matrimonio, al que se subordina el perfeccionamiento de los esposos, la anticoncepción indiscriminada queda totalmente excluida.

Cuando hablamos aquí de anticoncepción, se entiende, evidentemente, la realizada por métodos naturales, porque la anticoncepción artificial está absolutamente prohibida, porque no sólo atenta contra el fin primario del matrimonio, sino que también desnaturaliza el acto procreador.

De este modo se perfilaba un nuevo concepto del matrimonio, todavía no muy claro, pues no se da una definición (los modernistas huyen de las definiciones), sino de una imprecisión voluntaria. Y poco tiempo después llegó el nuevo Código de Derecho Canónico.