Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 5ª de Pascua

Sermones-Ceriani

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: en verdad, en verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá. Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado. Os he dicho todo esto en parábolas. Se acerca la hora en que ya no os hablaré en parábolas, sino que con toda claridad os anunciaré las cosas del Padre. En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque me amáis a mí y creéis que salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo. Otra vez dejo el mundo y voy al Padre. Le dicen sus discípulos: “Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios”.

La razón de proponer la Santa Iglesia a nuestra consideración este Evangelio en vísperas de la Ascensión del Señor, está en aquellas palabras que tan hermosamente la anuncian: Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo, y vuelvo al Padre.

Sin embargo, la mayor parte del Evangelio que hoy leemos es una serie de promesas vinculadas a la oración.

Para provecho para nuestro espíritu debemos considerar ambos asuntos.

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En primer lugar, compara el Señor y contrapone su vuelta al Padre a la primera venida.

Como respecto de la Encarnación y Nacimiento, dice, salí del Padre y vine al mundo, así ahora, en cuanto a la Ascensión, dejo el mundo, y vuelvo al Padre.

Estas palabras tan sencillas en la apariencia, están llenas de insondables misterios.

¿Cómo pudo salir del Padre y volver al Padre el Unigénito, que siempre y necesariamente está en el seno del Padre?

Oigamos la magnífica exposición de San Agustín:

“Salió del Padre, porque del Padre procede; vino al mundo, porque mostró al mundo su cuerpo tomado de la Virgen; dejó al mundo, con su partida corporal; se fue al Padre, con la Ascensión de su Humanidad, sin dejar por eso el mundo con su presencia y gobierno”.

No olvidemos que salir del Padre y venir al mundo fue para el Hijo de Dios aquel despojarse voluntariamente de los honores que, aun exterior y sensiblemente, como Dios le correspondían…

No olvidemos que dejar el mundo y volver al Padre es recobrar ante la faz del Cielo y de la tierra la gloria de la divinidad, que por naturaleza y por su merecimiento le era debida.

En el mundo, Jesucristo tenía como reprimida dentro de sí y velada su gloria de Hijo de Dios; ahora despliega, manifiesta, exhibe triunfalmente los esplendores eternos de esta gloria divina; ahora, como dice San Pablo, entra en la gloria de Dios Padre, para mostrarse revestido y coronado de ella.

Agradezcamos a Jesucristo que por nosotros primero se despojó de su gloria externa, y congratulémonos con Él de que, ahora, de nuevo, también para nuestro provecho, se reviste de ella.

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Ahora bien, gran parte de esta gloria divina la hace consistir el Salvador, por la bondad inefable de su divino Corazón, en mirar por nuestro bien y en recomendar y despachar favorablemente nuestras oraciones.

Escuchemos con la gratitud que se merecen, las regaladas promesas con que nos exhorta y alienta a la oración.

Tan sólo en el Evangelio de la presente Domínica, tres veces promete el Señor el feliz despacho de nuestras oraciones.

Comienza diciendo: en verdad, en verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá.

Notemos tres propiedades en esta promesa.

Primera: la seguridad y aseveración con que el Señor empeña su divina palabra: en verdad, en verdad os digo.

Segunda: la universalidad ilimitada de la promesa por parte de la materia: cuanto pidiereis, os lo concederá el Padre.

Tercera: la condición que exige indispensablemente: en mi nombre; es decir, que hemos de pedir, no por nuestros méritos, sino por los méritos de Jesucristo.

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Pero el Señor, no sólo ofrece o promete, sino que exhorta y alienta a pedir.

Sinceramente deseoso de derramar en nosotros sus riquezas infinitas, añade, con esplendidez verdaderamente divina: Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado.

¡Qué diferencia entre estos ofrecimientos divinos y los ofrecimientos de mero cumplimiento que hacen a veces los hombres! Jesucristo tiene verdaderas ganas de dar, y por eso echa en cara a los discípulos su cortedad en pedir; cuanto hasta ahora han pedido es tan poco, que para el Señor es como si nada hubiesen pedido.

Y como provocándoles a que pidan, añade: Pedid, y recibiréis. ¿Para qué? Para que vuestro gozo sea colmado.

Es grande el gozo de obtener lo que mucho se ha deseado. Pues bien: nuestro gozo puede llegar a ser cumplido, pleno y perfecto, si pedimos cuanto deseamos, tantas y tantas cosas porque tan ansiosamente suspiramos, pues todo lo alcanzaremos cumplidamente.

Consideremos, pues, los bienes de la oración, y luego sus condiciones.

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En cuanto a los bienes, la oración es para nosotros: nuestra grandeza, nuestro deber y nuestra fuerza.

¡Qué misericordia la de Dios! Ha puesto como única condición para darnos sus gracias el que nosotros se las pidamos. ¿Y quién no puede pedir?

Pedid y recibiréis. He aquí el precepto.

Para que vuestro gozo sea colmado. He ahí el fruto de la oración.

La oración es nuestra grandeza. Ella es elevar la mente a Dios para alabarle y pedirle mercedes.

Por eso es nuestra grandeza, porque nos une a Dios.

La oración es una escalera espiritual: ella sube el hombre con su plegaria, y por ella baja Dios con su misericordia.

La oración nos da alas para volar hasta el trono de Dios; nos eleva sobre las cosas de la tierra en pos del infinito.

La oración es nuestra grandeza porque nos une con Dios y es una grandeza dignificada por el ejemplo de Cristo.

Su vida fue una vida de oración. Sus primeros actos fueron ir al templo a orar, sea el día de la Presentación, sea a los doce años para la Pascua; el primer acto de su vida pública fue retirarse al desierto a orar; sus milagros iban precedidos de la oración; el primer acto de su Pasión fue la oración en el Huerto; y las últimas palabra de sus labios fueron una plegaria de perdón y un acto de abandono en manos de su Padre.

Y ahora, en su vida gloriosa y en su vida eucarística, está continuamente orando por nosotros a su Padre celestial.

Es, pues, una grandeza que nos eleva, dignifica y diviniza con el ejemplo de Cristo.

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La oración es también un deber de gratitud por todos los beneficios que hemos recibido de Dios. Dios nos ha dado la vida, nos la conserva, nos da el alimento, la salud, las fuerzas; todo lo gobierna por las causas segundas la mano paternal de la Providencia.

En el orden sobrenatural Dios nos ha redimido, nos ha dado la gracia, nos ofrece el Cielo; nos ha dejado los Sacramentos, nos ha hecho nacer en el seno de la Iglesia.

¡Cuántos beneficios! Debemos agradecerlos por medio de la oración. Las mismas criaturas nos enseñan a alabar a Dios. La creación es un himno inmenso que se eleva al Todopoderoso.

Y en este concierto de alabanzas debe tomar parte el hombre, la criatura privilegiada, que lleva en su frente un destello de Dios y en sus manos el cetro del universo.

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Finalmente, la oración es nuestra fuerza.

Es un escudo que nos hace invulnerables contra los ataques del enemigo. Es luz que nos ilumina y sin luz no podemos caminar por este mundo de sentidos, y sin fuerza no podemos vencer a los enemigos. Esta luz, esta fuerza se nos comunica en la oración.

¿Dónde han encontrado los santos el heroísmo que los ha colocado en los altares?

Preguntemos a los Doctores, y nos dirán que en un reclinatorio y en el silencio de la oración preparaban sus escritos y esas notables piezas de elocuencia, esos vuelos de águila que todavía nos arrebatan al leerlas.

La oración es, pues, la llave del Cielo, el escudo que nos hace invulnerables a las tentaciones, el bálsamo que cicatriza las llagas, nuestro tesoro, nuestra esperanza.

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Jesucristo nos manda pedir en la oración, pero para que resulten eficaces nuestras plegarias, deben tener las debidas condiciones:

1ª. Que sean hechas en nombre de Jesucristo.

2ª. Que pidamos cosas provechosas para nosotros.

3ª. Que oremos con atención y humildad.

4ª. Que oremos con confianza y perseverancia.

En Nombre de Jesucristo. Esta es la primera condición.

Que la oración sea hecha por su mediación y en virtud de sus méritos. De nosotros mismos no podemos merecer que Dios atienda nuestras súplicas, tenemos necesidad de interponer la mediación del Salvador, con lo cual nuestras plegarias quedan como divinizadas y el Padre celestial no puede menos de atenderlas.

Por esto la Iglesia, en todas sus oraciones, termina interponiendo la mediación de Jesucristo. Per Christum Dominum nostrum

Para que sean eficaces nuestras oraciones, debemos pedir en ellas cosas verdaderamente provechosas para nosotros. En esto consiste la segunda condición.

Podemos pedir bienes materiales; pero deben ser pedidos con la condición explícita de que sean útiles para la salvación eterna.

Podemos y debemos pedir bienes ordenados a la salvación; y podemos pedirlos de una manera absoluta, seguros de ser atendidos, puesto que Dios desea más que nosotros nuestra salvación.

Otras gracias especiales podemos pedirlas con la condición de que sean del agrado de Dios y provechosas para nosotros; porque podría acontecer que tales gracias fueran un obstáculo para otras gracias más preciosas que el Señor desea concedernos.

La tercera condición es que oremos con atención y humildad.

Sin atención no hay oración propiamente dicha. Desde el momento en que cesa la atención queda interrumpida la oración, que consiste en la elevación del corazón a Dios.

¿Cómo quieres que Dios te oiga, si tú mismo no te oyes y no sabes lo que pides?

También la oración debe proceder de un corazón humilde. En realidad, la oración orgullosa es una contradicción, porque la misma necesidad que sentimos de recurrir a la oración, nos da el convencimiento de nuestra dependencia de la Bondad divina.

Finalmente, la oración debe ser confiada y perseverante.

Esta confianza brota espontáneamente de la conciencia que tenemos de nuestra nulidad.

También debe ser perseverante. El Señor nos lo indica diciendo: pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, golpead y se os abrirá. Como si dijera: orad con redobladas súplicas.

Hemos de advertir, sin embargo, que Dios nos ha prometido oír nuestras oraciones; pero no nos ha prometido que al punto que se las dirijamos nos concederá lo que pedimos.

A veces, Dios dilata concedernos lo que le pedimos para probar nuestra fe, nuestra paciencia…, nuestra humildad, perseverancia y fervor…

Repetidas veces observa San Agustín que lo que pedimos ha de ser verdaderamente en provecho nuestro y para nuestro gozo legítimo. Y por eso, cuando no alcanzamos alguna cosa que hayamos pedido, o es porque no la hemos pedido con la humildad y confianza debida, o es porque la cosa misma no nos es conveniente.

Pero estemos seguros de la generosidad del Señor, que, si no nos da lo que no nos conviene, nos dará en su lugar algo mejor, de lo cual a su tiempo nos gozaremos más cumplidamente.

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Pero lo más delicado de la promesa lo expresa el Señor con estas exquisitas palabras, verdaderamente salidas de su divino Corazón: En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque me amáis a mí y creéis que salí de Dios.

Lo normal es que hubiese dicho que Él recomendaría nuestra petición, para que el Padre la despachase favorablemente…

¡Pero no!, dice el Señor: No os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, puesto que el mismo Padre os ama

La garantía de nuestras oraciones ya no es solamente el poder, la generosidad o la misericordia del Padre, sino su amor…

El Padre nos ama; y porque nos ama, accede a nuestras peticiones y previene nuestros deseos.

El amor, y sobre todo el amor de un Padre, es más generoso que la misma generosidad…, y más compasivo que la misma misericordia…

El amor desea dar, el amor tiene por felicidad el dar, el amor derrocha pródigamente…

Pero, ¿por qué nos ama tanto el Padre celestial? Lo dice a continuación su divino Hijo: El Padre os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios.

Éstas son las dos razones por las cuales nos ama el Padre: nuestro amor a Jesucristo y nuestra fe en Jesucristo.

¿Amamos a Jesucristo?

¿Creemos en Jesucristo?

Sea, pues, ésta la conclusión de todas nuestras consideraciones: amar a Jesucristo, creer en Jesucristo.

Con este amor y esta fe, tenemos asegurado el feliz despacho de todas nuestras oraciones, y consiguientemente el feliz logro de todos nuestros deseos.

Tendremos en nuestro favor y, en cierta manera, en nuestras manos el Corazón mismo de Dios…