ESPECIALES DE CRISTIANDAD CON EL PADRE JUAN CARLOS CERIANI – MAYO 2017

especiales-con-p1Compartimos con nuestros Lectores los Especiales de Cristiandad con el querido Padre Juan Carlos Ceriani correspondientes al mes de MAYO de 2017.

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EL MATRIMONIO

I.- COMO CONTRATO NATURAL

Cuando hablamos de la institución matrimonial, hay que distinguir entre el matrimonio como medio natural para la propagación del género humano y como Sacramento.

Como medio natural para la propagación del género humano lo instituyó el mismo Dios como autor de la naturaleza humana, imprimiendo en ella la inclinación natural del hombre y de la mujer a procrear hijos.

Esta ley natural la promulgó positivamente el mismo Dios en el Paraíso Terrenal cuando bendijo a Adán y Eva, diciéndoles: Creced y multiplicaos y henchid la tierra (Génesis, 1, 28).

Como Sacramento fue instituido por Nuestro Señor Jesucristo, elevando a la dignidad de Sacramento el mismo contrato natural celebrado entre personas bautizadas y dándole virtud para producir la gracia ex opere operato.

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El matrimonio, como oficio natural, constituye un verdadero contrato bilateral realizado entre un hombre y una mujer hábiles para contraerlo.

Esto se prueba simple y fácilmente teniendo en cuenta las nociones mismas de matrimonio y de contrato bilateral.

En primer lugar, el matrimonio, en efecto, lo produce el consentimiento legítimamente manifestado entre personas hábiles según el derecho, en virtud del cual ambas partes se dan y aceptan el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole.

Por otra parte, el contrato bilateral es un convenio entre dos o más personas, en virtud del cual se obligan mutuamente, por justicia conmutativa, a dar, hacer u omitir alguna cosa.

Como vemos, entre la noción de matrimonio y la definición de contrato bilateral se da paralelismo y correspondencia. De modo tal, tenemos que:

El matrimonio es el convenio entre dos personas hábiles, en virtud del cual se obligan mutuamente, por justicia conmutativa, a dar y aceptar el derecho perpetuo y exclusivo sobre el cuerpo en orden a los actos que de suyo son aptos para engendrar prole.

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Modernamente, y siguiendo los desvaríos de la Revolución, la concepción contractual del matrimonio ha sido muy impugnada; y se la ha sustituido por la denominada institución matrimonial.

La doctrina recogida por la enseñanza y la legislación tradicional de la Iglesia mantiene la concepción del matrimonio como contrato bilateral.

Ya veremos que la iglesia conciliar ha introducido importantes modificaciones que comprometen esta noción, siguiendo los pasos revolucionarios.

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Hay que decir, sin embargo, que el matrimonio constituye un contrato sui generis, con características muy especiales, que le distinguen de cualquier otro contrato bilateral humano.

He aquí las principales diferencias con los demás contratos:

1ª) De suyo, por su propia naturaleza, prescindiendo incluso de su elevación por Jesucristo a la dignidad de Sacramento, el matrimonio es algo sagrado y religioso, no meramente civil y profano.

Bajo este aspecto, el matrimonio es signo de una cosa sagrada, y, por lo mismo, incluso entre los infieles puede llamarse sacramento en sentido lato, y así le llaman efectivamente Inocencio III, Honorio III y con frecuencia los teólogos.

León XIII, explicando admirablemente esta doctrina en su Encíclica del 10 de febrero de 1880, Arcanum divinae sapientiae, sobre la familia, n. 11, se expresa de este modo:

“Los naturalistas y todos aquellos que se glorían de rendir culto sobre todo al numen popular y se esfuerzan en divulgar por todas las naciones estas perversas doctrinas, no pueden verse libres de la acusación de falsedad. En efecto, teniendo el matrimonio por su autor a Dios, por eso mismo hay en él algo de sagrado y religioso, no adventicio, sino ingénito; no recibido de los hombres, sino radicado en la naturaleza. Por ello, Inocencio III (C.8 De divort.) y Honorio III (C.11 De transact.), predecesores nuestros, han podido afirmar, no sin razón ni temerariamente, que el sacramento del matrimonio existe entre fieles e infieles. Nos dan testimonio de ello tanto los monumentos de la antigüedad cuanto las costumbres e instituciones de los pueblos que anduvieron más cerca de la civilización y se distinguieron por un conocimiento más perfecto del derecho y de la equidad: consta que en las mentes de todos éstos se hallaba informado y anticipado que, cuando se pensaba en el matrimonio, se pensaba en algo que implicaba religión y santidad. Por esta razón, las bodas acostumbraron a celebrarse frecuentemente entre ellos, no sin las ceremonias religiosas, mediante la autorización de los pontífices y el ministerio de los sacerdotes. ¡Tan gran poder tuvieron en estos ánimos carentes de la doctrina celestial la naturaleza de las cosas, la memoria de los orígenes y la conciencia del género humano!”

Por otra parte, y como es sabido, la Iglesia tiene por válido el matrimonio contraído por los infieles con arreglo a sus legítimas costumbres, con tal, naturalmente, que no haya entre los contrayentes ningún impedimento dirimente por derecho natural o divino. Este matrimonio se llama legítimo (Código de Derecho Canónico, canon 1015 § 3).

2ª) La Iglesia tiene sobre el matrimonio natural una potestad especialísima.

León XIII, a renglón seguido del texto que acabamos de citar, dice:

“Por consiguiente, siendo el matrimonio por su virtud, por su naturaleza, de suyo algo sagrado, lógico es que se rija y se gobierne no por autoridad de príncipes, sino por la divina autoridad de la Iglesia, la única que tiene el magisterio de las cosas sagradas.

Hay que considerar después la dignidad del sacramento, con cuya adición los matrimonios cristianos quedan sumamente ennoblecidos. Ahora bien: estatuir y mandar en materia de sacramentos, por voluntad de Cristo, sólo puede y debe hacerlo la Iglesia, hasta el punto de que es totalmente absurdo querer trasladar aun la más pequeña parte de este poder a los gobernantes civiles.

Finalmente, es grande el peso y la fuerza de la historia, que clarísimamente nos enseña que la potestad legislativa y judicial de que venimos hablando fue ejercida libre y constantemente por la Iglesia, aun en aquellos tiempos en que torpe y neciamente se supone que los poderes públicos consentían en ello o transigían.

¡Cuán increíble, cuán absurdo que Cristo Nuestro Señor hubiera condenado la inveterada corruptela de la poligamia y del repudio con una potestad delegada en Él por el procurador de la provincia o por el rey de los judíos! ¡O que el apóstol San Pablo declarara ilícitos el divorcio y los matrimonios incestuosos por cesión o tácito mandato de Tiberio, de Calígula o de Nerón!

Jamás se logrará persuadir a un hombre de sano entendimiento que la Iglesia llegara a promulgar tantas leyes sobre la santidad y firmeza del matrimonio, sobre los matrimonios entre esclavos y libres, con una facultad otorgada por los emperadores romanos, enemigos máximos del cristianismo, cuyo supremo anhelo no fue otro que el de aplastar con la violencia y la muerte la naciente religión de Cristo; sobre todo cuando el derecho emanado de la Iglesia se apartaba del derecho civil, hasta el punto de que Ignacio Mártir, Justino, Atenágoras y Tertuliano condenaban públicamente como injustos y adulterinos algunos matrimonios que, por el contrario, amparaban las leyes imperiales.

Y cuando la plenitud del poder vino a manos de los emperadores cristianos, los Sumos Pontífices y los obispos reunidos en los concilios prosiguieron, siempre con igual libertad y conciencia de su derecho, mandando y prohibiendo en materia de matrimonios lo que estimaron útil y conveniente según los tiempos, sin preocuparles discrepar de las instituciones civiles.

Nadie ignora cuántas instituciones, frecuentemente muy en desacuerdo con las disposiciones imperiales, fueron dictadas por los prelados de la Iglesia sobre los impedimentos de vínculo, de voto, de disparidad de culto, de consanguinidad, de crimen, de honestidad pública en los concilios Iliberitano, Arelatense, Calcedonense, Milevitano II y otros.

Y ha estado tan lejos de que los príncipes reclamaran para sí la potestad sobre el matrimonio cristiano, que antes bien han reconocido y declarado que, cuanta es, corresponde a la Iglesia.

En efecto, Honorio, Teodosio el Joven y Justiniano no han dudado en manifestar que, en todo lo referente a matrimonios, no les era lícito ser otra cosa que custodios y defensores de los sagrados cánones. Y si dictaminaron algo acerca de impedimentos matrimoniales, hicieron saber que no procedían contra la voluntad, sino con el permiso y la autoridad de la Iglesia, cuyo parecer acostumbraron a consultar y aceptar reverentemente en las controversias sobre la honestidad de los nacimientos, sobre los divorcios y, finalmente, sobre todo lo relacionado de cualquier modo con el vínculo conyugal.

Con el mejor derecho, por consiguiente, se definió en el concilio Tridentino que es potestad de la Iglesia establecer los impedimentos dirimentes del matrimonio y que las causas matrimoniales son de la competencia de los jueces eclesiásticos.”

3ª) El matrimonio es un contrato natural, que se funda de modo singular en la misma naturaleza y tiende al bien de la naturaleza y de todo el género humano.

4ª) Sólo puede realizarse entre el hombre y la mujer, y precisamente entre un solo hombre determinado y una sola determinada mujer.

5ª) El consentimiento matrimonial no puede ser suplido por ninguna potestad humana, a diferencia de lo que puede ocurrir en los demás contratos (Código de Derecho Canónico, canon 1081 § 1).

6ª) El matrimonio es un contrato que en ningún tiempo puede claudicar, o sea, conservar la fuerza de un pacto unilateral; sino que es necesario, a diferencia de otros contratos, que sea firme por ambas partes; de lo contrario, es nulo por el derecho mismo (Santo Tomás, Suma Teológica, Suplemento, q. 47, a.4).

7ª) Los derechos inherentes al contrato matrimonial no pueden, bajo ningún concepto, ser disminuidos por la autoridad pública, ni coartarse ni transferirse a otros (como ocurre, por ejemplo, con la prescripción).

8ª) En los demás contratos pueden los contratantes pactar muchas cosas a su arbitrio con relación al objeto mismo del contrato, efectos, obligaciones, etc. En el matrimonial, en cambio, su misma naturaleza determina todas las cosas en cuanto a la substancia, sin que se deje al arbitrio de los contrayentes alterar ni modificar en nada su constitutivo íntimo.

9ª) El matrimonio, por su propia naturaleza, es un contrato perpetuo, que ha de durar hasta la muerte, cosa que no ocurre necesariamente en los demás contratos.

10ª) Los que contraen matrimonio se ligan de tal suerte que ni por el mutuo consentimiento ni por otra razón alguna pueden rescindir jamás su compromiso, a diferencia de lo que ocurre en los demás contratos.

11ª) El matrimonio goza del favor del derecho; por consiguiente, en caso de duda, se debe estar por la validez del matrimonio mientras no se demuestre lo contrario (Código de Derecho Canónico, canon 1014). Este principio tiene una gran importancia y muchas aplicaciones en todo el derecho matrimonial.

Por estas y otras razones, es evidente que el matrimonio constituye un contrato singularísimo y sui generis, que no puede confundirse con ninguna otra especie de contratos humanos.

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II.- COMO SACRAMENTO

Ya hemos considerado el Matrimonio como Contrato Natural. Ahora veremos que se trata de un verdadero Sacramento de la Nueva Ley, instituido por Jesucristo.

La Iglesia enseñó siempre esta verdad, y la definió expresamente contra los protestantes en el Concilio de Trento, Sesión XXIV, del 11 de noviembre de 1563:

“El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, proclamólo por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne [Gen. 2, 28 s; cf. Eph. 5, 31].

Que con este vínculo sólo dos se unen y se juntan, enseñólo más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne [Mt. 19, 6], e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, confirmóla Él con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [Mt. 19, 6; Mc. 10, 9].

Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. Lo cual insinúa el Apóstol Pablo cuando dice: Varones, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella [Eph. 5, 25], añadiendo seguidamente: Este sacramento, grande es; pero yo digo, en Cristo y en la Iglesia [Eph. 5, 32].

Como quiera, pues, que el matrimonio en la ley del Evangelio aventaja por la gracia de Cristo a las antiguas nupcias, con razón nuestros santos Padres, los Concilios y la tradición de la Iglesia universal enseñaron siempre que debía ser contado entre los sacramentos de la Nueva Ley.

Furiosos contra esta tradición, los hombres impíos de este siglo, no sólo sintieron equivocadamente de este venerable sacramento, sino que, introduciendo, según su costumbre, con pretexto del Evangelio, la libertad de la carne, han afirmado de palabra o por escrito muchas cosas ajenas al sentir de la Iglesia Católica y a la costumbre aprobada desde los tiempos de los Apóstoles, no sin grande quebranto de los fieles de Cristo.

Deseando el santo y universal Concilio salir al paso de su temeridad, creyó que debían ser exterminadas las más notables herejías y errores de los predichos cismáticos, a fin de que el pernicioso contagio no arrastre a otros consigo, decretando contra esos mismos herejes y sus errores los siguientes anatematismos.”

Siguen los Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio, entre los cuales ocupa el primer lugar el siguiente:

“Si alguno dijere que el matrimonio no es verdadera y propiamente uno de los siete sacramentos de la Ley del Evangelio, e instituido por Cristo Señor, sino inventado por los hombres en la Iglesia, y que no confiere la gracia, sea anatema.”

El Código de Derecho Canónico [salvo que indiquemos otra cosa, nos referimos siempre al del año 1917], en su canon 1012, se expresa de este modo: “Cristo Nuestro Señor elevó a la dignidad de sacramento el mismo contrato matrimonial entre bautizados. Por consiguiente, no puede haber entre ellos contrato matrimonial válido que, por el mismo hecho, no sea sacramento.”

La explicación de la sacramentalidad del Matrimonio la da Santo Tomás con las siguientes palabras:

“El matrimonio, en cuanto es la unión del hombre y de la mujer en orden a la generación y educación de la prole para el culto divino, es un sacramento de la Iglesia; de ahí que los contrayentes reciban cierta bendición de los ministros de la Iglesia. Y así como en los otros sacramentos las ceremonias externas representan algo espiritual, también en éste se representa la unión de Cristo con la Iglesia por la del hombre y la mujer, según aquello del Apóstol: Gran sacramento es éste, pero entendido de Cristo y de la Iglesia (Eph. 5.32). Y como los sacramentos producen lo que figuran, hay que creer que por este sacramento se confiere a los contrayentes la gracia, que les hace pertenecer a la unión de Cristo con la Iglesia; la cual les es muy necesaria para que, al buscar las cosas carnales y terrenas, lo hagan sin perder su unión con Cristo y con la Iglesia” (Suma Contra Gentiles, 4, 78; Suma Teológica, Suplemento 42, 1).

En cuanto al momento de la institución de este Sacramento por Nuestro Señor Jesucristo, hay tres opiniones principales:

a) En las bodas de Cana, al honrarlas con su presencia y con el milagro de la conversión del agua en vino (lo. 2,1-11).

b) Cuando abrogó la ley del repudio y restableció la primitiva indisolubilidad del Matrimonio al decir: Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre (Mt. 19,6).

c) Después de la resurrección, durante los cuarenta días que permaneció con sus discípulos hablándoles del reino de Dios (Act. 1,3).

Este contrato, si bien religioso y sagrado, permaneció en estado de contrato natural —por oposición a sobrenatural— hasta el advenimiento de Cristo. Y este mismo contrato natural es el que elevó Cristo a la dignidad de Sacramento, sin inmutar lo más mínimo su carácter de contrato.

De donde se sigue:

a) que el Sacramento no resulta del contrato natural y de otro elemento extrínseco a él, sino que el mismo contrato matrimonial entre cristianos es Sacramento, y el Sacramento, en su integridad, es contrato;

b) que, siendo una misma cosa el contrato y el Sacramento, no hay posibilidad de separar uno de otro tratándose de matrimonio entre cristianos. Si no hay contrato válido, no hay Sacramento; y si no hay Sacramento, no hay contrato.

La esencia del Sacramento del Matrimonio está en el contrato válido, ya que ese mismo contrato fue elevado por Cristo a la categoría de Sacramento. Pero, como en todos los demás Sacramentos, cabe distinguir en el del Matrimonio su materia y su forma.

La materia próxima del Sacramento del Matrimonio consiste en la mutua entrega de los cuerpos manifestada por las palabras o signos equivalentes.

La forma del Sacramento consiste en la mutua aceptación de los cuerpos expresada por las palabras o signos equivalentes.

Benedicto XIV lo enseñó con las siguientes palabras:

“El legítimo contrato es, a la vez, la materia y la forma del sacramento del matrimonio; a saber: la mutua y legítima entrega de los cuerpos con las palabras y signos que expresan el sentido interior del ánimo, constituye la materia, y la mutua y legítima aceptación de los cuerpos constituye la forma” (Constitución Paucis, del 19 de marzo de 1758).

Es importante señalar que los cuerpos de los contrayentes, en cuanto sirven para la generación de los hijos, constituyen la materia remota del Sacramento.

¿Qué se diría de un Sacerdote que para bautizar, en un caso normal y ordinario, utilizara agua sucia recogida de un charco? ¿Qué se pensaría de otro que para la celebración de la Santa Misa se sirviese de una hostia previamente embarrada, o de vino mezclado con un líquido hediondo?

¿Qué hay que pensar y decir, entonces, de aquellos que llegan a la celebración de su Matrimonio, del cual son ministros, y se sirven de una materia, sus propios cuerpos, sucia, embarrada y hedionda?

Asimismo, hay que destacar que las palabras que pronuncia el Sacerdote al bendecir a los esposos («ego vos coniungo», etc.) no son la forma del Sacramento, ya que el Sacerdote no es el ministro del matrimonio.

Por lo tanto, en este Sacramento hay una doble materia y forma parcial que se completan mutuamente. Uno de los contrayentes pone la mitad de la materia y la mitad de la forma, y el otro pone las dos mitades que faltan; y entre los dos realizan la plena significación sacramental con la integridad de la materia y de la forma.

El sujeto del Matrimonio como contrato natural es cualquier hombre o mujer que carezca de impedimento dirimente. Pero para la recepción del Sacramento del Matrimonio es condición indispensable haber recibido el Bautismo.

Además, hay que distinguir entre sujeto para la validez y para la licitud. De donde se siguen dos conclusiones:

1ª) Para la recepción válida del Sacramento del Matrimonio se requiere estar bautizado y carecer de cualquier impedimento dirimente.

Por lo tanto, todos los bautizados, aunque sean herejes, cismáticos, apóstatas, etc., pueden recibir válidamente el Sacramento del Matrimonio; basta que quieran contraer verdadero matrimonio, sin poner alguna condición expresa que vaya contra la esencia del mismo. Si la pusieran, el matrimonio sería completamente nulo e inválido y, por consiguiente, no habría Sacramento.

Por otra parte, el matrimonio de los paganos, legítimamente contraído como contrato natural, adquiere la categoría de Sacramento en el momento mismo en que ambos se bauticen. Porque el consentimiento matrimonial persevera moralmente, ya que de suyo es irrevocable; luego en el momento mismo en que es informado por la gracia bautismal adquiere ipso facto la categoría de Sacramento y produce su efecto como tal.

Sin embargo, el matrimonio entre una persona no bautizada y otra bautizada contraído válida y lícitamente con dispensa eclesiástica del impedimento de disparidad de cultos, no tiene razón de Sacramento ni siquiera por parte de la persona bautizada.

La razón es porque el matrimonio constituye un contrato único e indivisible, no dos contratos parciales. Luego, si en una de las partes no puede ser Sacramento (como ciertísimamente no lo es en la parte no bautizada), tampoco puede serlo en la otra parte.

Se trata simplemente de un contrato natural válido, e incluso lícito para la parte bautizada, si obtuvo previamente de la Iglesia la dispensa del impedimento de disparidad de cultos.

2ª) Para la recepción lícita y fructuosa del Sacramento del Matrimonio se requiere, además, que los contrayentes estén en gracia de Dios, carezcan de toda clase de impedimentos impedientes y observen las demás leyes y ceremonias determinadas por la Iglesia.

Los bautizados que contraen matrimonio a sabiendas de estar en pecado mortal, cometen un sacrilegio y no reciben la gracia sacramental, aunque quedan válidamente casados, si tuvieron verdadera intención de contraer matrimonio.

Para la digna y provechosa recepción del Sacramento del Matrimonio, la Iglesia desea que los contrayentes hayan recibido previamente los Sacramentos de la Confirmación, Penitencia y Eucaristía.

Ya lo hemos dicho, pero es muy importante saber que los ministros, es decir, quienes administran el Sacramento del Matrimonio, son los mismos contrayentes.

En efecto, el acto que lo produce o constituye es el contrato o mutuo consentimiento entre personas hábiles según derecho. Pero este consentimiento lo emiten única y exclusivamente los contrayentes por un acto de su voluntad, que por ninguna potestad humana puede suplirse. Por eso, sólo ellos, y no el sacerdote, son los ministros de este Sacramento.

Por esta razón, el Código de Derecho Canónico dice expresamente que en peligro de muerte es válido y lícito el matrimonio celebrado ante testigos solamente (o sea, sin que asista ningún sacerdote); y también lo es fuera del peligro de muerte, si prudentemente se prevé que la falta de sacerdote habrá de durar por un mes (ver canon 1098).

El Párroco o el sacerdote delegado es el testigo cualificado de la Iglesia, deputado por ella ex officio para asistir al matrimonio y bendecirlo solemnemente en su nombre. Aunque no sea el ministro del sacramento, desempeña un oficio tan importante y especial en la celebración del matrimonio cristiano que, salvo contadas excepciones, su presencia afecta a la validez del mismo sacramento.

Ya sabemos que, en cuanto contrato natural, el matrimonio legítimamente celebrado establece entre los contrayentes un vínculo de suyo exclusivo e indisoluble y les da pleno derecho a los actos necesarios para la generación de los hijos.

En cuanto a sus efectos, el matrimonio cristiano como Sacramento, confiere la gracia sacramental a los que lo reciben sin ponerle óbice, y el derecho a las gracias actuales para cumplir convenientemente los fines del matrimonio.

Pío XI en su magnífica Encíclica Casti connubii, lo enseña de este modo:

“Desde el momento que con ánimo sincero prestan los fieles tal consentimiento, abren para sí mismos el tesoro de la gracia sacramental, de donde han de sacar fuerzas sobrenaturales para cumplir sus deberes y obligaciones fiel, santa y perseverantemente hasta la muerte.

Porque este sacramento, a los que no ponen lo que se suele llamar óbice, no sólo aumenta el principio permanente de la vida sobrenatural, que es la gracia santificante, sino que añade también dones peculiares, disposiciones y gérmenes de gracia, aumentando y perfeccionando las fuerzas a fin de que los cónyuges puedan no solamente entender, sino íntimamente saborear, retener con firmeza, querer con eficacia y llevar a la práctica cuanto atañe al estado conyugal, a sus fines y deberes; y, en fin, concédeles derecho al actual auxilio de la gracia cuantas veces lo necesiten para cumplir las obligaciones de su estado”.

Y Santo Tomás lo explica hermosamente con las siguientes palabras:

“Dondequiera que por donación divina se confiere alguna facultad, se dan también los oportunos auxilios para su debido uso, como lo manifiesta el hecho de que a todas las potencias del alma corresponden algunos miembros corporales, de los cuales puedan aquéllas servirse para ejercer sus operaciones. Y como en el matrimonio se le confiere al hombre, por divina disposición, el uso de la mujer para tener hijos, se le da también la gracia, sin la cual no podría realizarlo en forma conveniente; y así esa gracia es la última cosa contenida en este sacramento”.

Para terminar este tema, leamos con placer dos alocuciones de Pío XII en sus famosas Audiencia a los recién casados:

26 de abril de 1939

“Vuestra presencia, amados hijos e hijas, llena de alegría nuestro Corazón; porque si siempre es bello y consolador este acudir de los hijos en derredor del padre, nos es particularmente grato vernos rodeados por estos grupos de recién casados que vienen a hacernos partícipes de su gozo y a recibir una palabra de bendición y de aliento.

Y tenéis ciertamente que animaros, queridos esposos, pensando que el divino Autor del sacramento del matrimonio, Jesucristo Nuestro Señor, lo ha querido enriquecer con la abundancia de sus celestiales favores. El sacramento del matrimonio significa, como vosotros sabéis, la unión mística de Jesucristo con su esposa la Iglesia (en la cual y de la cual deben nacer los hijos adoptivos de Dios, herederos legítimos de las promesas divinas). Y de modo que Jesucristo enriqueció sus bodas místicas con la Iglesia, con las perlas preciosísimas de la gracia divina, se complace en enriquecer el sacramento del matrimonio de dones inefables.

Éstos son especialmente todas aquellas gracias necesarias y útiles a los esposos para conservar, acrecentar y perfeccionar cada vez más su santo amor recíproco, para observar la debida fidelidad conyugal, para educar sabiamente, con el ejemplo y con la vigilancia, a sus hijos y para llevar cristianamente las cargas que impone el nuevo estado de vida.

Todas estas cosas las habéis ya comprendido, meditado y gustado vosotros: y si en este momento os las recordamos es para participar también Nos en alguna manera de esta hora solemne de vuestra vida y para dar a la santa alegría que os anima una base cada vez más segura y más sólida.

Que Dios, que es tan bueno, os conceda no enturbiar jamás la grandeza de vuestros sagrados deberes.

Que sea prenda de favores divinos la bendición apostólica que os impartimos con efusión de corazón y que deseamos os acompañe en los días alegres y tristes de vuestra vida y quede siempre en vosotros como testimonio perenne de nuestra paternal benevolencia.”

3 de mayo de 1939

“Vuestra presencia, amadísimos esposos, trae a nuestra memoria y a la vuestra aquel episodio tan delicado y al mismo tiempo tan portentoso que leemos en el Santo Evangelio, de las bodas de Caná de Galilea, y el primer milagro obrado por Jesucristo Nuestro Señor en aquella ocasión.

Pero Él, el buen Maestro, quiso justamente traer con su presencia una particular bendición a aquellos afortunadísimos esposos, y como santificar y consagrar aquella unión nupcial, de igual modo que al tiempo de la creación había bendecido el Señor a los progenitores del género humano.

En aquel día de las bodas de Caná, Cristo abarcaba con su mirada divina a los hombres de todos los tiempos por venir y de modo particular a los hijos de su futura Iglesia, y bendecía sus bodas, y acumulaba aquellos tesoros de gracias que con el sacramento del matrimonio, instituido por Él, derramaría con divina largueza sobre los esposos cristianos.

Jesucristo ha bendecido y consagrado también vuestras bodas, amados esposos; pero la bendición que habéis recibido ante el santo altar, queréis confirmarla y como ratificarla a los pies de su Vicario en la tierra, y por esa razón habéis venido a él.

Nos os impartimos esa bendición con todo el corazón, y deseamos que quede siempre con vosotros y os acompañe a todas partes en el curso de vuestra vida. Y quedará con vosotros si hacéis que entre vuestros muros domésticos reine Jesucristo, su doctrina, sus ejemplos, sus preceptos, su espíritu; si María Santísima, a la que invocáis, veneráis y amáis, es la Reina, la Abogada, la Madre de la nueva familia que habéis formado.”