SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO IV.

Del cuarto precepto del Arte de bien morir, en que se ponen tres documentos.

Aunque la doctrina dicha de las tres virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, era suficiente para vivir bien, y morir bien, y saber cumplidamente este Arte; pero para poder cumplirla mejor, nos da Cristo Nuestro Redentor tres documentos en su Evangelio, los cuales quiero poner en este capítulo, que son del duodécimo de San Lucas, adonde dice: Estad ceñidos, y con luces encendidas en las manos, semejantes a los criados que esperan d su Señor cuando ha de venir de bodas, para abrirle con presteza cuando llegare. Bien aventurados aquellos, que cuando venga el Señoríos hallare velando.

Estas son las palabras de Cristo, cuya parábola se puede entender de dos maneras: o de la última venida, cuando ha de venir a juzgar a todos los hombres el día del juicio universal, o de la particular cuando viene a juzgar a cada uno en el día de su muerte; de quien la entiende San Gregorio en la homilía que hizo sobre este Evangelio, que es la que hace más a nuestro intento, y la que parece que cuadra más al de Cristo, que fue hacer a los hombres solícitos y diligentes de su salvación todos los días de su vida, con el temor de la cuenta que les ha de pedir. Porque la del juicio universal sólo podía despertar a los que entonces vivieran, de la cual estaban lejísimos los Apóstoles y los fieles a quienes predicaba, y los que después les siguieron, fuera de que le han de preceder muchas señales el día último del juicio. Porque, como dice Cristo, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo, y habrá tales calamidades en el mundo, que los hombres se quedarán secos de temor; todo lo cual los despertará para que se preparen, y no les coja aquella venida de repente y desapercibidos. Y así esta de que habla en el Evangelio se ha de entender de la particular de cada uno, la cual se llama muchas veces la venida del Señor, y que vendrá como ladrón cuando menos le esperan, porque le esperen siempre, y nunca los halle descuidados.

Asentada esta verdad como firme fundamento de lo que hemos de decir, expliquemos esta parábola brevemente, y ponderemos cuánto nos importa que nos halle la muerte preparados; pues sin duda es la cosa más necesaria para todos que podemos tener. Tres cosas nos amonesta el Señor en las palabras referidas: la primera, que estemos ceñidos; la segunda, que tengamos luces en las manos; la tercera, que velemos esperando su venida, la cual es tan oculta a los hombres, como la del ladrón que viene a escalar la casa, que ni se sabe cuándo ni cómo vendrá, sino que siempre espera a cuando están más descuidados.

Empezando, pues, de la primera, mondándonos que estemos ceñidos, nos amonesta que estemos a punto para salir a recibirle cuando viniere a juzgarnos en la hora de la muerte. Y usa de la metáfora de ceñirse, aludiendo a la costumbre de los orientales, los cuales usaban de vestiduras largas, y cuando habían de hacer diligencia en algún negocio, las levantaban en la cinta porque no les impidiesen, de donde se dijo, poner aldas en cinta, o estar ceñidos, para significar estar aprestados para cualquiera negocio. Prueba bien esto lo que se dice del Ángel San Rafael en el libro de Tobías, que saliendo a buscar criado que fuese con él de camino: en saliendo Tobías halló un mancebo hermoso, de buen talante, ceñido, y como á punto y dispuesto a caminar. A la cual costumbre aludió también San Pedro cuando dijo: Ceñidos interiormente en el alma, esperad templados, abstinentes, perfecta y cabalmente . Y San Pablo: estad ceñidos y aprestados en efecto de verdad.

Pero moralizando, este cíngulo de que aquí habla Cristo, significa dos cosas: la primera, la castidad y mortificación de la carne; y la segunda, la disposición para recibir a Cristo, cuando venga a juzgarnos. De la primera lo entienden San Basilio, San Agustín y San Gregorio, y con razón: porque verdaderamente entre todos los afectos desordenados del alma, ninguno nos impide más el paso y la diligencia para recibir a Dios, que el sensual de esta carne, así como al contrario, ninguna virtud nos hace más ágiles y prontos que la castidad y mortificación de los apetitos sensuales. Y así leamos en el Apocalipsis, que las vírgenes seguían al Cordero a donde quiera que iba; y San Pablo, exhortando a esta virtud, dice: El que vive sin mujer anda solícito en las cosas del servicio de Dios, y no cuida sino de agradarle; pero el que está casado, tiene cuidado de las cosas del mundo, y de agradar a su mujer; y tiene divido el corazón; y es lance forzoso que no esté tan ágil y dispuesto para recibir a Dios cuando llamare a su puerta.

Esto se ha dicho siguiendo la primera exposición de estas palabras; pero atendiendo a la segunda, que es de San Cipriano, en el libro de la exhortación al martirio, la cual siguen comúnmente todos los expositores, y afirman que en estas palabras en que nos manda el Redentor estar ceñidos, no habla del cíngulo de la mortificación y continencia solamente, sino de la preparación de ánimo que debemos tener siempre para recibirle y darle cuenta de nuestras vidas, en cualquiera hora y tiempo que tocare a nuestras puertas, y nos llamare a juicio. Lo que pretende es que de tal manera conversemos en el mundo, y tratemos los negocios temporales, que no ahogue nuestro espíritu, ni nos enseñoreen de manera que olvidemos el mayor y más importante de cuantos negocios tenemos, que e$ el de nuestra muerte, y la cuenta que en ella nos han de pedir, tan exacta, no sólo de nuestras obras, palabras y pensamientos, sino de la más mínima seña que hubiéremos hecho en nuestra vida. Cierto es que ha de venir, e incierto el cuándo será, a residenciarnos este exactísimo Juez, que ni se amansa con ruegos, ni se hablanda con regalos, ni recibe excusas, ni disimula cargos, ni acata personas, y a todos ha de juzgar igualísimamente, y dar la sentencia conforme a sus obras.

Dime, pues, ahora, ¿qué harán entonces los que ahora viven tan descuidados de este negocio, como si no hubieran de morir, ni hubiera para ellos juez, ni juicio, ni día de cuenta? ¿Qué responderán cuando entre de improviso por las puertas de su casa aquel Juez riguroso, y les pida estrecha cuenta de todas sus obras, de todos sus pensamientos, de todos sus deseos, de todas las omisiones que han tenido, de que se hallarán tan olvidados como si no hubiera pasado por ellos, porque nunca se prepararon para tan estrecha cuenta? ¿Parécete que esta gente saldrán ceñidos a recibir a Cristo? ¿O que antes se hallarán tan impedidos con la multitud de apetitos sensuales, que no puedan dar un paso para salir a abrirle, y como animales inmundos se quedarán torpes en el lodo de sus vicios, mudos a su voz, y desahuciados de su salvación? ¿Qué responderán al Juez cuando les diga: ¡desdichados de vosotros porque no tomasteis mi consejo, que tantas veces os amonesté, diciéndoos : Buscad primero el reino de Dios y su virtud, y todas estas cosas se os darán más a más. Porque no atendisteis a aquellas palabras tantas veces repetidas en el Evangelio . Marta, Marta, solícita andas y turbada, divertida a muchas cosas, una es la necesaria, María escogió la mejor parte, que no la perderá para siempre. Si reprendo, di, la solicitud de María, por demasiada, aunque atendía con tanto cuidado a mi servicio, ¿cómo no me dará en rostro vuestra solicitud y ocupación continua, nacida de una sed insaciable de allegar riquezas superfluas, de alcanzar honras vanas y peligrosas, de cumplir vuestros desordenados apetitos, olvidados totalmente del reino de Dios, que es el primer cuidado que debiérades tener, al fin como del negocio más importante de toda vuestra vida?

Piensa esto despacio, y ahora que tienes tiempo atiende a lo que te importa, y vive de tal suerte, que cuando llegue aquella hora no te halle descuidado, sino tan ceñido, y tan ajustadas tus cuentas, que las puedas dar rectamente.

Pero vengamos al segundo oficio o diligencia que debe hacer el fiel siervo y diligente para recibir a su Señor, que es tener luz ardiendo en la mano. Porque no basta estar ceñidos para correr con presteza el camino, sino que fuera de esto pide que tenga luz en las manos, para alumbrarle, porque viene de noche de las bodas, y no le podrá recibir dignamente si está a oscuras. Esta luz o hacha encendida es la Ley de Dios, en la cual dice David : Tu palabra es luz para mis pies: y el Sabio en los proverbios, tu Ley es luz; porque alumbra y enseña adonde hemos de poner los pies, y los pasos que hemos de seguir para caminar al cielo. Pero hace de advertir lo que añade el Redentor, que la han de tener en las manos, no en el aposento, o en la celda, sino en las manos, para recibirle, y alumbrarle cuando venga; porque la Ley divina se ha de tener en las manos, ejecutada con las obras, haciendo lo que manda, para que dé luz, y alumbre en el camino del cielo; y de otra suerte no alumbrará, porque verdaderamente hay muchos que tienen la Ley de Dios en sus aposentos y en sus libros, y saben de memoria sus preceptos, y la entienden y aun la enseñan, y no les alumbra, ni caminan al cielo, porque no la tienen en las manos, ni la ponen por obra, antes hacen lo contrario cometiendo muchos y graves pecados. Pluguiera a Dios que no fuera esto verdad, ni viéramos a muchos hombres doctos cometer gravísimos pecados, no por falta de luz, pues tienen tan grande conocimiento de la Ley divina, que la enseñan a los otros, sino porque no ajustan sus acciones a sus preceptos, ni atienden a sus hechos, ni en sus obras a lo que Dios manda, sino a lo que les dictan las pasiones de la avaricia, de la sensualidad y ambición, y de los otros apetitos sensuales. Si cuando el rey David miró a Betsabé consultara su deseo con la Ley de Dios, no cayera en el pecado, pues le estaba predicando: no codiciarás la mujer de tu prójimo; mas como lo consultó con su hermosura, fue vencido del deleite, y cometió tan feo adulterio, y tras de él el homicidio.

Conviene, pues, tener siempre la Ley de Dios en la mano, alumbramos con su luz, seguir sus consejos, y meditar su lección de día y de noche, como dice el mismo Profeta, porque Dios mandó guardar exactísimamente sus mandamientos. Ruego a Dios que se enderecen nuestros pasos por ella en el camino del Señor, sin discrepar un ápice de lo que ordena; porque sin duda se hallará dispuesto y apercibido para recibirle cuando venga, el que la tuviere presente, y se alumbrare con su luz.

Resta el tercero y último oficio que debe hacer el fiel siervo, conviene a saber: que esté siempre en vela, esperando a su Señor sin descuidarse jamás, porque sabe que ha de venir, y no sabe cuándo vendrá, y porque ignora la hora, debe velar todas las horas: y bienaventurados aquellos siervos a los cuales hallare velando cuando venga su Señor. Con particular providencia no quiso Dios que los hombres supiesen la hora de su muerte, porque no se diesen a vicios, sensualidades y deleites, todo el tiempo antecedente, dejando la penitencia para aquella hora. Por esta causa ordenó Dios, que así como no hay cosa más cierta que la muerte, no la hubiese más incierta que la hora del morir, porque no nos descuidásemos en alguna, y siempre estuviésemos apercibidos. Y así ordena que unos mueran en el vientre de su madre, cuando empezaban a vivir, otros en naciendo, otros en la juventud, otros en la edad mayor, y otros en la vejez. Unos mueren de repente, otros de larga enfermedad; unos acaban la vida después de haber convalecido, otros antes de convalecer; unos a hierro, otros a fuego; y finalmente, no hay cosa más incierta que el tiempo y modo de salir de esta vida. Una puerta hay para entrar y muchas para salir; nueve meses de término señaló a los hombres para desembarcar en el mundo, pero para tornarse a embarcar y salir de él no les dio una hora, ni un momento de seguridad. Lee las Escrituras, y especialmente los Sagrados Evangelios, y no hallarás en todos ellos cosa más repetida que la semejanza del ladrón con la muerte que tocamos arriba, repitiendo una y muchas veces que velemos, que velemos y no durmamos jamás, porque no sabemos cuándo ha de venir, y ordinariamente viene como el ladrón cuando menos la esperamos. Este es el blanco a que tiran muchos de los sermones de Cristo, esto nos avisa frecuentemente, este silbo nos da como vigilante y solícito pastor para que estemos siempre alerta y no nos coja la muerte descuidados.
De lo dicho se puede fácilmente colegir, cuánta sea la negligencia e ignorancia, por no decir la locura de tan grande parte de los hombres, que viven tan descuidados y olvidados de la muerte como si no la esperaran, y tan sumidos y anegados en los negocios del siglo como si no esperan otra vida, y hubieran de vivir en ellos eternamente. Y dándoles tantas voces y tan saludables consejos los predicadores y confesores, y los libros sagrados, y Dios por ellos, para que despierten y no les coja la muerte desapercibidos, a todo están sordos, sin prepararse para aquella última hora, de la cual pende la felicidad ó infelicidad eterna de sus almas; y cuán pocos son los que velan y tratan de veras de prepararse para ella! ¡Si hubieran de morir dos veces, tuvieran algún linaje de disculpa, apelando de la primera a la segunda, y esperando recuperar en la última lo que perdieran en la primera; pero no habiendo de morir más que una vez, y siendo su acierto tan importante, suma demencia parece descuidarse en negocio de tanta monta. Aprende tú ahora a velar para morir; ensáyate muchas veces para que no yerres acción tan importante, que no has de hacer más de una vez, y sabrás el Arte de bien morir. Así hacia San Francisco, del cual refiere su historia, que cada año algunas veces señalaba término fijo a su vida, como si de cierto hubiera de morir; toma tú la misma lección y serás bien seguro.

Pero dirásme, qué debes hacer cuando sientes que llega ya la muerte, para morir bien. A lo cual te respondo lo que tú no ignoras: es que confieses tus pecados con verdadero dolor y propósito de la enmienda, y recibas los demás Sacramentos que ordena para aquel trance la Iglesia. Esto deben hacer todos los fieles, doliéndose muy de corazón una y muchas veces de haber ofendido a Dios. Y si me dijeres que no lo pueden hacer los que mueren de repente, ni los que pierden el juicio con la fuerza de la enfermedad, aquí es donde hago la fuerza de mi razón, y adonde entra el consejo de Cristo, y las amonestaciones de velar y estar siempre apercibidos, porque no sabes si en aquella hora te salteará tan de repente que no te deje preparar. Toma, pues, mi consejo, y todos los días dos veces, ó por lo menos una, antes de echarte a dormir, examina tu conciencia, piensa con atención y confusión tus pecados, ponderando quién eres tú, y quién es Dios a quien ofendiste; llora, gime y hiere tus pechos con entrañable dolor, y firme propósito de la enmienda, y si hallares alguna culpa que notablemente agrave tu conciencia, no dilates a otro día confesarla, pudiendo, pues no sabes si acostándote bueno amanecerás en la otra vida, como ha sucedido a muchos tan robustos y más que tú. De esta manera velarás siempre, y estarás apercibido, porque con dificultad morirá mal quien tomare este consejo, disponiéndose todos los días a morir, que es el Arte de acertar y alcanzar la vida eterna.