Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 4ª de Pascua

 CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Ahora me voy a Aquél que me envió; y ninguno me pregunta: ¿A dónde vas? Porque os he dicho estas cosas, vuestro corazón se ha llenado de tristeza. Mas yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si yo no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros; mas si yo me voy, os lo enviaré. Y cuando Él venga, convencerá al mundo en orden al pecado, en orden a la justicia y en orden al juicio. En orden al pecado por cuanto no han creído en mí; respecto a la justicia, porque yo me voy al Padre, y ya no me veréis; y tocante al juicio porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado. Aún tengo otras cosas que deciros; mas por ahora no podéis comprenderlas. Cuando, empero, venga el Espíritu de verdad, Él os enseñará toda verdad; pues no hablará de suyo, sino que dirá todas las cosas que habrá oído, y os prenunciará las venideras. Él me glorificará; porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará.

Jesús dice a sus apóstoles: Ahora me voy a Aquél que me envió y ninguno me pregunta: ¿A dónde vas?

Esta frase de Nuestro Señor hace referencia a dos temas fundamentales: nuestros destinos eternos y el olvido o indiferencia de los hombres respecto de ellos.

Como el hombre pagano, muchos cristianos han puesto su corazón en la tierra, en lo creado, en lo humano; se han encerrado dentro de sí mismo, dentro de los estrechos horizontes de esta frágil vida humana.

Todo lo averigua el hombre, todo lo estudia, todo lo inquiere, penetra en los secretos de la naturaleza; sólo se olvida de sus destinos eternos.

Se ha olvidado de su fin, ninguno se pregunta a dónde va.

Y ésta es una locura. Es un loco el que sale de viaje y no sabe a dónde se dirige. Ese loco es el hombre, somos nosotros que hacemos el viaje de la vida y no sabemos a dónde vamos…

Incluso algunos ignoran de dónde vienen…

Viaje tan rápido, tan acelerado que entre la cuna y la mortaja…, apenas si media un día, un instante. Un día, cuya aurora es la cuna, cuyo ocaso es la fosa…

Día llama a nuestra vida la Sagrada Escritura; sueño, sombra, vapor que aparece por un poco de tiempo. Sueño que pasa, vapor que se desvanece, sombra que se muda, suspiro que se pierde en el vacío.

Éso es el hombre, tan orgulloso de sus conquistas, tan temerario en sus empresas…; una gota en la inmensidad de los mares, un átomo en la grandeza de los mundos, un momento entre dos eternidades.

El hombre se ha olvidado de la muerte, esa verdad enseñada por la revelación divina, demostrada por la razón y manifestada por la experiencia humana, por las condiciones mismas de la vida, por los latidos de nuestro corazón; verdad señalada por nuestro reloj; a cada hora, a cada instante nos acercamos a la muerte.

Pero el hombre cierra los ojos, no quiere ver, no se pregunta a dónde va; y esa indiferencia mata todas las energías del alma y corta el vuelo del espíritu.

El hombre también se ha olvidado del juicio, lo que sigue después de la muerte. Juicio severísimo que pesará en la balanza de la justicia eterna todas las obras de los hombres; juicio rectísimo que penetra en todos los afectos más íntimos del corazón; juicio sin apelación, sin intercesión ni componendas como los juicios humanos.

El hombre se ha olvidado también de la eternidad. Después del juicio, la insondable eternidad. Siempre jamás. Un perpetuo principio y ningún fin… O vida o muerte; o salvación o condenación. Pero esa eternidad depende de nuestra vida.

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Esa indiferencia de los Apóstoles, que consigna el Evangelio, es también la característica de muchos cristianos. Ninguno de ellos se pregunta a dónde va.

Los hombres, pues, han olvidado las verdades del orden sobrenatural. Las doctrinas materialistas han penetrado en las entrañas de las masas, y aun el respeto a Dios y a sus castigos ha desaparecido.

Se materializa el hombre, se precipita frenético sobre este momento que pasa y quiere saciar en este polvo vil su sed de infinito, su hambre de eternidad.

Hablar de Dios al hombre postmoderno, predicarle sobre la gracia, Cristo, la Eucaristía, es inútil; ese lenguaje no lo entiende…

Y en las costumbres, roto el freno por el libertinaje, el hombre moderno ha caído en un vergonzoso naturalismo.

El paganismo, el culto del desnudo, la novela naturalista, el dios dinero, el dios placer: éstos son sus ídolos…

Se cumplen aquellas palabras del Profeta Isaías:

También éstos se tambalean por el vino, andan extraviados a causa de las bebidas fuertes. El sacerdote y el profeta vacilan embriagados por los licores; el vino se los tragó; perdieron el seso por las bebidas fuertes; yerran en la visión, ignoran la justicia. Porque todas las mesas están cubiertas de vómito y de inmundicia; no hay ningún lugar limpio. Dicen: “¿A quién quiere éste enseñar ciencia y dar la inteligencia de su mensaje? ¿Acaso a los destetados de leche? ¿A los arrancados de los pechos maternos? Pues no hay más que precepto sobre precepto, precepto sobre precepto, regla sobre regla, regla sobre regla, un poco aquí, un poco allá.”

Como hoy en día…, embriaguez y vino, vómito e inmundicias designan la vida lujuriosa de los jefes políticos y eclesiásticos…

Ayer…, los malos sacerdotes y los falsos profetas se reían de Isaías repitiendo sus exhortaciones y mandatos en tono burlesco: precepto sobre precepto, precepto sobre precepto, regla sobre regla, regla sobre regla…

Hoy… los malos sacerdotes, los falsos profetas y las ovejas guiadas por ellos se ríen de los que recuerdan las exhortaciones y las profecías evangélicas: hoy promete, mañana vuelve a prometer; nunca se sabe lo que este profeta apocalíptico quiere decir, y nunca se cumplen sus vaticinios; habla de cosas futuras, etc.

¿Acaso a los destetados de leche? Los burladores no se dan cuenta de que con ésto dicen una estupenda verdad, ya que son precisamente los parvulitos los que entienden mejor la palabra de Dios…

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Aún más; el hombre no sólo se ha olvidado de sus destinos eternos, ha puesto su cielo en la tierra. El cielo aquí: ¡Nuestro cielo es la tierra; nuestro fin es el goce; nuestro culto la producción!

Este es el evangelio, la nueva buena, del hombre económico…, del hombre dinero…, lo posea o lo ambicione…

Y de ahí esa lucha enconada entre los hombres, el predominio del egoísmo, de la ambición, de los intereses.

Olvidados de su fin sobrenatural y ultraterreno, cada uno exige el mejor puesto y la mejor parte en el banquete de la vida.

El hombre sin esperanzas inmortales disputa, cuchillo en mano, un mendrugo, un pedazo de tierra que no bastará a dar sepultura a sus huesos miserables…

Y el mundo se ha convertido en un campo de lucha, se lanza por el derrumbadero de la anarquía, de la disolución social, preparando el cataclismo apocalíptico que se divisa en el horizonte…

Tal es, pues, el olvido y la indiferencia de los hombres, acerca de sus destinos inmortales y eternos, y sus consecuencias…

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En contrapartida, en el Evangelio de hoy se lee la promesa que hace Jesús a sus Apóstoles de enviarles el Espíritu Santo.

Hay que comprender bien la conexión que establece el divino Maestro entre su partida y la venida del Espíritu Santo. Una vez asentado ésto, será más fácil considerar el triple oficio del Espíritu Santo: respecto del mundo, respecto de los Apóstoles y respecto del mismo Jesucristo.

Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuere, el Paráclito no vendrá a vosotros; mas si yo me fuere, os lo enviaré.

Parece extraña, a primera vista, esta conexión entre la partida de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo, hasta el punto de que sea necesaria la partida de uno para la venida del otro, o, en términos análogos, de que la presencia de Jesucristo sea un impedimento para la venida y presencia del Espíritu Santo.

Y aquí está lo extraño: ¿qué podrá tener la presencia de Cristo para que sea un obstáculo a la venida del Espíritu Consolador?

Algunos han imaginado que los Apóstoles tenían demasiado cariño a Jesucristo hombre, y que este amor demasiado humano era un impedimento para la venida del Paráclito, Espíritu purísimo y santísimo.

Contra semejante interpretación se indignaba con razón Santa Teresa, notando que el amor a la sagrada Humanidad de nuestro Señor Jesucristo no es, ni puede ser, estorbo para nada bueno y espiritual, sino, muy al contrario, principio de todo bien.

Y por cierto, poco antes, en el mismo Sermón de la Cena, del cual forman parte las palabras que ahora consideramos, dice el mismo Salvador: Si alguno me ama, guardará mis palabras, y mi Padre le amará; y vendremos a él, y haremos en él nuestra mansión.

Donde el amor a Jesucristo, lejos de ser un obstáculo, es precisamente la razón de que el Padre y Él, y consiguientemente el Espíritu Santo, hagan en el justo su morada.

La verdadera razón del obstáculo no estaba, pues, en el amor a Jesucristo, sino más bien en las ilusiones fantásticas de un mesianismo terreno que los Apóstoles acariciaban, y que no habían de abandonar definitivamente hasta que el Salvador se les quitase de los ojos, y no pensasen ya más en verle reinar temporalmente.

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Declarado ya este punto preliminar, consideremos la triple acción del Espíritu Santo.

Jesús nos promete el divino Espíritu:

1º. Para argüir al mundo.

2º. Para difundir la verdad.

3º. Para dar testimonio del mismo Jesucristo.

 

. Para argüir al mundo: Cuando Él venga, convencerá al mundo en orden al pecado, en orden a la justicia y en orden al juicio.

Tres cosas hará, pues, con el mundo el Espíritu Santo:

 

Primera: Vendrá para argüir al mundo de pecado de incredulidad: En orden al pecado por cuanto no han creído en mí.

Le argüirá y convencerá de pecado, esto es, hará patente e inexcusable el pecado del mundo en no haber creído en Cristo, a pesar de tantas señales y maravillas como Él ha obrado para acreditar, su divina misión.

El mundo:

a) Se olvida de las verdades de fe de Jesucristo contenidas en su doctrina y sus ejemplos;

b) Altera y disminuye las verdades para ajustarlas a sus miras e inclinaciones;

c) No vive según la fe; y la fe le juzgará y condenará.

 

Segunda: El Espíritu Santo convencerá al mundo de la justicia y santidad del Señor y de su doctrina: Respecto a la justicia de mi causa, porque yo me voy al Padre.

Le convencerá de justicia, esto es, manifestará la igualdad y la gloria de Cristo en el seno del Padre, adonde ya no le verán ojos mortales.

Todos los que sigan sus pasos por el camino de la justicia y santidad no se engañarán, podrán estar seguros del Cielo y de la posesión de Dios.

 

Tercera: El Espíritu Santo convencerá al mundo del juicio que debe esperar y que se conformará en un todo con el de su jefe o príncipe, el demonio, que ya ha sido juzgado y condenado al infierno: Tocante al juicio porque el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

Le convencerá, pues, de juicio, esto es, confirmará y promulgará la sentencia de condenación ejecutada en satanás, cuyo imperio mundano queda arruinado para siempre.

Por medio de ese juicio, que el Señor hará del mundo:

a) Le demostrará sus errores, sus locuras;

b) Le echará en cara su amor a los bienes terrenos y placeres;

c) Le castigará eternamente por sus crímenes y desórdenes.

 

. En segundo lugar, Jesús nos promete el divino Espíritu para difundir la verdad.

Con los Apóstoles será doble la acción del Espíritu Santo: les dará la inteligencia de cuanto Cristo hasta ese momento les ha enseñado, y los introducirá en el conocimiento de nuevas verdades, principalmente de los acontecimientos futuros.

Tres años ha empleado el divino Maestro en instruir a los discípulos, pero ellos no le han entendido plenamente.

Después de haber predicado la verdad consignada en los Evangelios, Jesucristo añade: Aún tengo otras cosas que deciros; mas por ahora no podéis comprenderlas. Cuando, empero, venga el Espíritu de verdad, Él os enseñará toda verdad.

Ya lo tenía Él previsto, y así lo había querido, precisamente porque ya desde el principio contaba con la acción del Espíritu Santo, que a su tiempo y oportunidad había de dar pleno desarrollo a la semilla que Él entretanto depositaba en el corazón de los discípulos.

Además, para la enseñanza de otras verdades, esperaba el prudente Maestro la realización de ciertos acontecimientos, antes de los cuales los discípulos no estaban preparados para su inteligencia.

La revelación de estas verdades estaba reservada principalmente a la acción invisible del Espíritu de Dios.

Notemos aquí, para nuestro provecho, que la inteligencia íntima de las cosas divinas es obra del Espíritu Santo, cuya unción es luz del alma.

La verdad no se halla ni en las escuelas de los sofistas ni en los que viven sin freno entre sus gustos y diversiones, sino en las Santas Escrituras, en la Tradición y en las enseñanzas de la Iglesia.

Y tanto se ha difundido la verdad que hoy un niño católico, que haya aprendido bien su Catecismo, sabe más sobre los destinos del hombre, sobre el alma, el mundo y la vida, que los filósofos de la antigüedad, que sólo vislumbraron algunas verdades mezcladas con muchos errores.

 

. Para dar testimonio del mismo Jesucristo.

Dice Jesús, hablando del Espíritu Santo: Él me glorificará; porque recibirá de lo mío, y os lo anunciará.

La acción del Espíritu Santo respecto de Jesucristo es más misteriosa, porque nos introduce en el secreto de las relaciones divinas.

Él me glorificará, dice el Maestro. ¿Por qué? Porque recibirá de lo mío, añade.

¿En qué sentido el Espíritu Santo recibe de Cristo, y por eso glorifica a Cristo? El Señor lo acaba de decir: Porque no hablará de suyo, sino que las cosas que oyere, ésas hablará.

Guiados por la divina Revelación, procuremos entrar en las sagradas luces del misterio que encandilan nuestro espíritu.

Lo mismo que procede del Padre, el Espíritu Santo procede del Hijo; procede de entrambos juntamente como de un solo principio.

Proceder, dentro de las augustas procesiones divinas, es recibirlo todo.

Cuanto es el Espíritu Santo, su esencia divina, sus atributos divinos y su divina personalidad, todo lo recibe al proceder del Padre y del Hijo por inefable espiración.

Por eso el Espíritu Santo recibe del Hijo, por comunicación de identidad, su divina sabiduría; y así, al ilustrar con su luz la inteligencia de los discípulos, les comunica lo que del Hijo ha recibido, les habla lo que ha oído del Hijo.

Y como el Hijo glorifica al Padre, de quien todo lo ha recibido en virtud de la eterna generación, así el Espíritu Santo glorifica al Hijo no menos que al Padre, porque de entrambos juntamente lo ha recibido todo en virtud de su misteriosa espiración.

Si nuestra ruda inteligencia no alcanza la plena comprensión de estos divinos misterios, a lo menos debe creerlos humildemente y adorarlos rendidamente; y ha de esperar confiadamente que, en virtud de esta fe, animada de la divina caridad, llegará un día a la bienaventurada visión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, tres Personas distintas y un solo Dios verdadero.

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La Verdad parecía eclipsada con la muerte y sepultura de Jesús.

La resurrección, que confirma la Verdad, quedó reducida a un corto número de discípulos.

Pero vino el Espíritu Santo a los cincuenta días y Jesucristo quedó pública y solemnemente glorificado, y por millares se contaron los convertidos.

Ya lo había dicho el Salvador: Él dará testimonio de mí.

Y este mismo testimonio lo da la Iglesia a través de los siglos, asistida por el Espíritu Santo, por su inspiración; y sigue glorificando a su divino Fundador.

Demos gracias a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo de habernos hecho partícipes de estos dones, y pidamos la gracia de la fidelidad a tan altas mercedes.