FÁTIMA Y LA PENITENCIA

Conmemoración es sinónimo de recordatorio.

En esta fecha tan importante, en la cual hace 100 años nuestra Santísima Madre se dignó aparecerse entre nosotros, escogiendo a tres inocentes niños, para avisarnos del destino del siglo porvenir y cómo reparar las ofensas cometidas a Nuestro Señor, para nuestra salvación y la de los “pobrecitos pecadores”, que era como ella los llamaba, qué mejor que destacar la penitencia como esencia de sus mensajes.

En esta crisis del fin de los tiempos, conviene que escuchemos nuevamente los relatos sobre las penitencias que los pequeños videntes hicieron por amor a Dios y a nuestra Santa Madre y para nuestra edificación.

Seguir el ejemplo de estos pequeños en edad pero grandes en amor a nuestra Madre y su Hijo, es a lo que debemos aspirar quienes, convencidos de amar a nuestro Señor en la verdadera Fe, aspiramos a la santidad para gozar junto a Él la eternidad.

“– ¿Queréis ofreceros a Dios, para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

– Sí, queremos – fue nuestra respuesta.

– Tendréis, pues, que sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza.”

MEDITACIÓN SOBRE EL INFIERNO Y LA ETERNIDAD

Un día llegamos con nuestras ovejas al lugar escogido para pastar, Jacinta se sentó pensativa en una piedra.

– Jacinta ven a jugar

– Hoy no quiero jugar

– ¿Por qué no quieres jugar?

– Porque estoy pensando así: aquella Señora nos dijo que rezásemos el Rosario e hiciésemos sacrificios por la conversión de los pecadores. Ahora cuando recemos el Rosario tenemos que rezar las Avemarías completas y el Padrenuestro entero. ¿Y qué sacrificios podemos hacer?

Francisco pensó enseguida en un buen sacrificio:

– Vamos a darle nuestra comida a las ovejas y así haremos el sacrifico de no comer.

En poco tiempo, habíamos repartido nuestro fiambre entre el rebaño. Y así pasamos un día de ayuno más riguroso que el de los austeros cartujos. Jacinta seguía pensativa, sentada en su piedra y preguntó:

– Aquella Señora también dijo que iban muchas almas al infierno. ¿Pero qué es el infierno?

– Es una cueva de bichos y una hoguera muy grande (así me lo explicaba mi madre) y allá van los que cometen pecados y no se confiesan y permanecen allí siempre ardiendo.

– Y ¿nunca más salen de allí?

– No

– ¿Ni después de muchos años?

– No, el infierno nunca se termina.

– Y ¿el Cielo tampoco acaba?

– Quien va al Cielo nunca más sale de ahí

– Y ¿Y el que va al infierno tampoco?

– ¿No ves que son eternos, que nunca se acaban?

Hicimos por primera vez en aquella ocasión, la meditación del infierno y de la eternidad. Tanto impresionó a Jacinta la eternidad que a veces jugando preguntaba:

– Pero, oye ¿después de muchos, muchos años, el infierno no se acaba?

Y otras veces:

– ¿Y los que allí están, en el infierno ardiendo, nunca se mueren? ¿Y no se convierten en ceniza? ¿Y si la gente reza mucho por los pecadores, el Señor los libra de ir allí? ¿Y con los sacrificios también? ¡Pobrecitos! Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos.

Después añadía

– ¡Que buena es aquella señora. Ya nos prometió llevarnos al Cielo!


Entonces Nuestra Señora nos dijo:

– No tengáis miedo. No os voy a hacer daño.

– ¿De dónde es Vd.? – le pregunté.

– Soy del Cielo.

– ¿Y qué es lo que Vd. quiere?

– Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13 a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que quiero. Después volveré aquí aún una séptima vez.

– Y yo, ¿también voy al Cielo?

– Sí, vas.

– Y, ¿Jacinta?

– También.

– Y ¿Francisco?

– También; pero tiene que rezar muchos Rosarios.

Entonces me acordé de preguntar por dos muchachas que habían muerto hacía poco. Eran amigas mías e iban a mi casa a aprender a tejer con mi hermana mayor.

– ¿María de las Nieves ya está en el Cielo?

– Sí, está. (Me parece que debía de tener unos dieciséis años).

– Y, ¿Amelia?

– Estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo. (Me parece que debía de tener de dieciocho a veinte años).

–¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros, en acto de desagravio por los pecados con que es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

– Sí, queremos.

– Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza

AMOR DESBORDANTE POR JESUCRISTO

Las apariciones surtieron efectos diversos en el alma de los pastorcitos, conduciéndoles a misiones específicas dentro de la gran vía expiatoria a la cual estaban siendo convocados. Esto ocurría de manera suave, aunque clara, como se puede ver en este episodio narrado por sor Lucía:

Un día le pregunté:

“-Francisco, a ti, ¿qué te gusta más: consolar al Señor o convertir a los pecadores, para que no vayan más almas al Infierno?

“-Me gusta mucho más consolar al Señor. ¿No viste cómo la Virgen, el último mes, se puso tan triste cuando dijo que no ofendieran a Dios, Nuestro Señor, que ya estaba muy ofendido? Yo quiero consolar al Señor y después convertir a los pecadores, para que no lo ofendan más”.

Curiosamente, aunque viera a la Virgen todos los 13 sin poder expresar con palabras el entusiasmo que sentía por Ella, el niño se deslumbró todavía más con la Santísima Trinidad, principalmente con Jesucristo. Esta auténtica fascinación polarizó su corazón, “toda su capacidad de amar”, y lo llevaba a exclamar: “Él me gusta tanto…”. O: “Estoy pensando en Dios que está tan triste, a causa de tantos pecados. ¡Si yo fuera capaz de darle alegría!”

– Sacrificaos por los pecadores, y decid a Jesús muchas veces, especialmente siempre que hagáis algún sacrificio: Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.

CORRESPONDENCIA  GENEROSA AL LLAMAMIENTO CELESTIAL

En la primera aparición, cuando Lucía preguntó si Francisco iría al Cielo, la Virgen le respondió: “También, pero tiene que rezar muchos Rosarios”. La advertencia era una evidente alusión al modo abreviado con que el niño solía rezarlo para terminar rápido. Y fue recibida por él con las mejores disposiciones: “Oh Señora mía, Rosarios, rezo todos los que Vos queráis”.

A partir de entonces Francisco redobló el número de Rosarios, rezando muchos con las niñas y otros a solas. Cuenta sor Lucía que “si le decía que viniera a jugar, que después rezaría con nosotras, respondía: “-Después también rezaré. ¿No te acuerdas que la Señora dijo que tenía que rezar muchos Rosarios?”.

Este espíritu de oración fervorosa distinguió al pastorcito hasta el final, como su arma más eficaz para llevar adelante la misión recibida del Cielo. Junto a ella estaba la de los sacrificios, en cuyo cumplimiento fue igualmente generoso: “La Señora dijo que tendríamos que sufrir mucho. No me importa; sufro todo lo que Ella quiera. Lo que deseo es ir al Cielo”.

LOS SACRIFICIOS

Uno de los ofrecimientos más grandes que hizo fue el de llevar una cuerda a la cintura, como describe su prima: “Íbamos con las ovejas por un camino, en el que encontré un trozo de cuerda de un carro. La cogí y, jugando, me la até a un brazo. No tardé en notar que la cuerda me lastimaba.

Entonces le dije a mis primos:

“-Mirad: esto hace daño. Podíamos atárnosla a la cintura y ofrecerle a Dios este sacrificio. “Los pobres críos aceptaron enseguida mi idea y a continuación tratamos de dividirla entre los tres. […] Ya fuera por el grosor o aspereza de la cuerda, ya porque a veces la apretábamos demasiado, este instrumento a menudo nos hacía sufrir horriblemente”.

La Santísima Virgen quiso suavizar el uso del instrumento de penitencia, ponderando en la aparición de septiembre: “Dios está contento con vuestros sacrificios, pero no quiere que durmáis con la cuerda; llevadla sólo durante el día”.

Entre tanto surgió el alba del 13 de Agosto La gente llegaba de todas partes, desde el día antes. Todos querían vernos, interrogarnos y hacernos sus peticiones para que nosotros se las transmitiéramos a la Santísima Virgen. En la mañana llegó una orden del síndico que fuera a la casa de mi tía porque allí me estaba esperando. Mi padre recibió la orden y me llevó allá, cuando llegamos él estaba con mis primos en un cuarto. Nos interrogó e hizo nuevos esfuerzos para que dijéramos el secreto y para que prometiéramos que no iríamos más a Cova de Iría. No habiendo obtenido resultado alguno le dijo a mi padre y a mi tío que nos llevaran con el párroco. De allí nos subió a la carreta diciendo que nos habría de llevar a Cova pero en lugar de eso nos llevó con él a Villa Nova de Ourem, donde habitaba y donde se encontraba el gobierno y las cárceles. Nos tuvo un poco en su casa, tratando con nuevas preguntas, con promesas y con amenazas para arrancarnos el secreto, resultándole todo inútil nos mandó encerrar en la prisión. Cuando, pasado algún tiempo, estuvimos presos, a Jacinta lo que más le costaba era el abandono de los padres. Y decía con su carita llena de lágrimas: « ¡Ni tus padres ni los míos nos vienen a ver! No se acordaron más de nosotros». «No llores, le dijo Francisco, se lo ofreceremos a Jesús por los pecadores». Y levantando los ojos y las manitas al cielo hizo el ofrecimiento: «Jesús mío, por tu amor y por la conversión de los pecadores». Jacinta añadió: «Y también por el Santo Padre y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María». Cuando después de habernos separado volvieron a juntarnos en una sala de la cárcel diciendo que dentro de poco nos vendrían a buscar para freírnos, Jacinta se apartó junto a una ventana que daba a la feria del ganado. Al principio pensé que estaría distrayéndose, pero no tardé en darme cuenta que estaba llorando. Fui para que viniese junto a mí y le pregunté por qué lloraba: «Porque, respondió, vamos a morir sin volver a ver a nuestros padres ni a nuestras madres». Y añadió, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas: « ¡Yo quería siquiera ver a mi madre!» «Entonces, ¿no quieres ofrecer este sacrificio por la conversión de los pecadores?» «Quiero, quiero». Y bañada en lágrimas, con las manos y los ojos levantados al cielo, hizo el ofrecimiento: «Jesús mío, por tu amor, por la conversión de los pecadores, por el Santo Padre y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María».

« ¿Qué quiere Usted de mí?» «Quiero que continúen yendo a Cova de Iria el día 13 y que sigan rezando el rosario todos los días. El último mes haré el milagro para que todos crean». « ¿Qué desea que hagamos con el dinero que deja la gente en la Cova de Iria?» «Que hagan dos andas. Una la llevas tú con Jacinta y otras dos niñas vestidas de blanco, y las otras que las lleve Francisco y otros tres niños. Las andas son para la fiesta del Rosario. El dinero que sobre, es para ayuda de una capilla que mandarán hacer». «Quería pedirle la curación de algunos enfermos». «Si, algunos curaré durante el año». Y tomando un aspecto más triste añadió: «Recen, recen mucho y hagan sacrificios por los pecadores, pues van muchas almas al infierno por no haber quien se sacrifique y pida por ellas». Y, como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al este. Desde aquel día, tal como nos pidió la Santísima Virgen, decidimos esforzarnos a hacer sacrificios por los pecadores.

Nos esforzábamos por hacer sacrificios por los pecadores que no dejábamos escapar ninguna oportunidad. Jacinta parecía insaciable en la práctica del sacrificio. Un día un vecino ofreció a mi madre un buen pasto para nuestro rebaño. Era bastante lejos y estábamos en pleno verano. Mi madre aceptó el ofrecimiento hecho con tanta generosidad y me mando ir allí. Como había una laguna donde el rebaño podía beber, nos dijo que era mejor que pasásemos la siesta a la sombra de los árboles. Por el camino encontramos a nuestros queridos pobres y Jacinta corrió a llevarles la limosna. El día estaba maravilloso, pero el sol era ardiente y en aquel pedregal árido y seco parecía querer abrasarlo todo. La sed se hacía sentir y no había ni gota de agua para beber. Al principio ofrecíamos el sacrificio con generosidad por la conversión de los pecadores, pero pasada la hora del mediodía no se podía resistir. Propuse entonces a mis compañeros ir a una aldea que quedaba cerca para pedir un poco de agua. Aceptaron la propuesta y allí fui a llamar a la puerta de una viejecita quien al darme un cantarillo con agua, me dio un poco de pan que acepté con reconocimiento y corrí a distribuirlo entre mis compañeros. En seguida di el cántaro a Francisco y le dije que bebiera. «No quiero beber», respondió. « ¿Por qué?» «Quiero sufrir por la conversión de los pecadores». «Bebe tú, Jacinta». «También quiero ofrecer el sacrificio por los pecadores». Eché entonces el agua en el hueco de una piedra para que la bebiesen las ovejas y fui a llevar el recipiente a su dueña.

Teníamos la costumbre de vez en cuando, de ofrecer al Señor una novena, o un mes entero sin beber. Hicimos una vez este sacrificio en pleno Agosto, cuando el calor era sofocante.

Otra vez mi tía fue a llamarnos para comer unos higos que había traído a casa y que verdaderamente abrían el apetito a cualquiera. Jacinta se sentó con nosotros al lado de la cesta y coge el primero para empezar a comer. De repente se acuerda y dice: «Es verdad; todavía hoy no hemos hecho ningún sacrificio por los pecadores. Tenemos que hacer éste». Pone el higo en la cesta, repite el ofrecimiento y allí los dejamos todos para convertir a los pecadores. Jacinta repetía con frecuencia estos sacrificios,

Un día fuimos a un lugar lleno de árboles de bosque. Había allí algunas encinas y robles. Las bellotas todavía estaban bastante verdes. Sin embargo le dije que podíamos comer de ellas. Francisco subió a una encina para llenar los bolsillos, pero Jacinta se acordó que podíamos comer de los robles para hacer el sacrificio de tomarlas amargas. Y así saboreamos aquella tarde tan delicioso manjar. Jacinta tomo éste por uno de sus sacrificios habituales. Cogía las bellotas de los robles y las aceitunas de los olivos. Le dije un día: «Jacinta, no comas eso que amarga mucho». «Las como porque son amargas, para convertir a los pecadores». No fueron solo estos nuestros ayunos. Quedamos en que siempre que encontrásemos a esos tales pobrecitos, les daríamos nuestra merienda; y las infelices criaturas, contentas con nuestra limosna, procuraban encontrarnos y nos esperaban por el camino. En cuanto los veíamos, Jacinta corría a llevarles todo nuestro sustento con tanta satisfacción como si no le hiciese falta.

Jacinta Tenía un semblante siempre serio, modesto y amable, que parecía revelar la presencia de Dios en cada acto suyo, como si se tratara de personas ancianas con grandes virtudes. No le vi nunca aquella excesiva ligereza o entusiasmo normal en los niños por los adornos o las diversiones, esto solo después de las apariciones, porque antes era la número uno del entusiasmo y de los caprichos. Jacinta tenía por el baile una afición especial y mucho arte. A pesar de esta atracción por el baile, que le bastaba a veces oír cualquier instrumento de los pastores para ponerse a bailar aunque estuviese sola, cuando después de las apariciones llegó San Juan y Carnaval me dijo: «Yo ahora, ya no bailo más». « ¿Y por qué?» «Porque quiero ofrecer este sacrificio a nuestro Señor». Y como éramos las cabecillas en el juego entre los niños, se acabaron los bailes que se acostumbraban a hacer en esas ocasiones.

Pasaban así los días de Jacinta, cuando nuestro Señor le mandó la neumonía que la postró en cama, con su hermano.

En las vísperas de la enfermedad decía:

– ¡Me duele tanto la cabeza y tengo tanta sed! Pero no quiero beber para sufrir por los pecadores.

Todo el tiempo que me quedaba libre de la escuela y de alguna otra cosa que me mandasen hacer, iba junto a ellos.

Un día, cuando pasaba hacia la escuela, me dijo Jacinta:

– Oye, dile a Jesús escondido que le recuerdo mucho y le amo mucho.

Otras veces decía:

– Dile a Jesús que le mando muchos saludos.

Cuando iba primero a su cuarto, me decía:

– Vete a ver a Francisco; yo hago el sacrificio de quedarme aquí sola.

Un día su madre le llevó una taza de leche y le dijo que la tomara.

– No quiero, madre mía – respondió, apartando la taza con las manos.

Mi tía insistió un poco, y después se retiró diciendo:

– No sé cómo hacerle tomar alguna cosa con tan poco apetito.

Después que quedamos solas, le pregunté:

– ¿Por qué desobedeces a tu madre y no ofreces este sacrificio al Señor?

Dejando caer algunas lágrimas, que tuve la dicha de limpiar, dijo:

– ¡Ahora no me acordé!

Llamó a su madre y, pidiéndole perdón, le dijo que tomaría todo cuanto ella quisiera. La madre le trajo la taza de leche y la tomó sin mostrar la más leve repugnancia. Después me dijo:

– ¡Si tú supieses cuánto me cuesta tomarla!

– Cada vez me cuesta más trabajo tomar la leche y los caldos; pero lo hago sin decir nada, por amor a Nuestro Señor y al Inmaculado Corazón de María, Nuestra Madrecita del Cielo.

– ¿Estás mejor?, Ie pregunté un día.

– Ya sabes que no mejoro.

Y añadió: – ¡Tengo tantos dolores en el pecho!, pero no digo nada; sufro por la conversión de los pecadores.

Cuando un día llegué junto a ella me preguntó:

– ¿Has hecho hoy muchos sacrificios? Yo he hecho muchos. Mi madre ha salido, y yo quise ir muchas veces a visitar a Francisco y no fui.

Un día me mandó llamar, para que fuese junto a ella deprisa. Allí fui corriendo, y me dijo:

– Nuestra Señora ha venido a vernos, y ha dicho que muy pronto vendrá a buscar a Francisco para llevárselo al Cielo. A mí me preguntó si todavía quería convertir más pecadores. Le dije que sí. Y me contestó que iría a un hospital, y que allí sufriría mucho por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María y por amor a Jesús.

Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios. A quien la abrazare, le prometo la salvación; y estas almas serán amadas por Dios, como flores puestas por mí para adornar su trono.

El CONSUELO

Fue este el día en que la Santísima Virgen se dignó revelarnos el secreto. Después, para reanimar mi fervor decaído, nos dijo:

– Sacrificaos por los pecadores, y decid a Jesús muchas veces, especialmente siempre que hagáis algún sacrificio:

Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María.

– ¿Me quedo aquí sola? – pregunté, con pena.

– No, hija. ¿Y tú sufres mucho? No te desanimes. Yo nunca te dejaré. Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te conducirá hasta Dios. A quien le abrazare, le prometo la salvación; y estas almas serán amadas por Dios, como flores puestas por mí para adornar su trono.

No podemos, luego de esta lectura, no hacer un serio examen interior y pensar que si tres sencillas criaturas pudieron soportar estos, a veces pequeños y a veces grandes sacrificios y dar tanto amor a cambio, estamos obligados nosotros a imitarlos.

Se nos ha revelado LA VERDAD, tenemos una responsabilidad con los “pobrecitos pecadores” que somos nosotros mismos.