SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO III.

Del primer precepto del Arte de bien morir, que es de las tres virtudes teologales

Dijimos en el capítulo pasado que para morir bien era lance inexcusable morir primero al mundo, y que ninguno podía tener muerte feliz, si no daba primero de mano a todo lo que el mundo adora, viviendo en él como huésped y peregrino, y tratándose como muerto a todas las cosas del siglo. Resta ahora que digamos lo que deba hacer el que está muerto al mundo para vivir a Dios. Porque, como vimos en el primer capítulo, para morir bien la primera diligencia que se debe hacer es vivir bien, y aquel vive bien, que vive en Dios y para Dios; y por esta razón conviene averiguar ahora, qué debe hacer un cristiano para vivir a Dios, habiendo ya muerto al mundo.

Esto nos enseñará el Apóstol San Pablo en la carta que escribió a su discípulo Timoteo, adonde puso la suma dé la vida perfecta, y lo que debe hacer uno para vivir bien, en aquellas primeras palabras: El fin del precepto es la caridad, de corazón limpio y puro, de buena conciencia, y fe verdadera y no fingida; en que en breves palabras comprendió todo lo que deseamos saber. Bien cierto es que no ignoraba el sagrado Apóstol la respuesta que dio Cristo al mancebo que le preguntó qué había de hacer para ir al cielo, a quien respondió : Si quieres ir al cielo guarda los Mandamientos. Pero quiso explicar en las palabras dichas el fin y blanco del principal precepto, que es la caridad, del cual pende el cumplimiento de toda la ley, y el camino de la vida eterna, y quiso enseñar juntamente qué virtudes sean necesarias para alcanzar la gracia del Señor perfectamente, y mantenerse en ella, de las cuales había dicho en otra parte: En esta vida permanecen la fe, la esperanza, y la caridad, que es la mayor de estas tres. Dice pues ahora : La caridad es el fin y el blanco que mira el precepto: como si dijera; es el fin de todos los preceptos necesarios para vivir bien, porque de su observancia depende la vida buena y virtuosa, y la observancia de toda la ley; de manera que el que tiene caridad perfecta para con Dios, guarda los preceptos de la primera tabla que pertenecen a su amor, y el que la tiene para con el prójimo, guarda los de la segunda que se enderezan a ella; porque esta caridad para con Dios y para con el prójimo es el fin de toda la ley y los preceptos; por lo cual se dice comúnmente que todos los mandamientos se encierran en dos, en amar a Dios, y al prójimo como a nosotros mismos. Y así el Apóstol en la carta a los Romanos se declara más hablando de esta segunda parte, diciendo El que ama a su prójimo ha cumplido la ley. La cual dice, no serás adúltero, no matarás, no hurtarás, no levantarás falsos testimonios; y si hay otro cualquier mandamiento, todos se encierran en este, y se cumplen en él: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. La dilección del prójimo no obra cosa mala, luego el amor y caridad es la plenitud y cumplimiento de la ley. De lo cual podrá cualquiera entender claramente que todos los preceptos que se ordenan al culto y servicio de Dios, se encierran en el de la caridad. Porque así como la caridad del prójimo no obra cosas malas contra el prójimo, de la misma manera la caridad de Dios no puede obrar cosa mala para con Dios, y por tanto el cumplimiento de la ley, así para con Dios, como para con el prójimo, es el. amor y caridad. Pero para quitarnos de dudas declara el sagrado Apóstol cuál sea la verdadera caridad para con Dios y para con el prójimo, diciendo:

 La caridad de puro y limpio corazón, de buena conciencia, y de fe no fingida, sino firme y verdadera. En las cuales palabras entendemos con San Agustín, la virtud de la esperanza, que es una de las tres virtudes teologales y llamase conciencia buena, porque nace de buena conciencia, como la desesperación es mala y perversa, según aquella sentencia de San Juan, que dice : Carísimos, si nos reprende nuestro corazón, confianza tenemos en Dios. Ves aquí, pues, las tres virtudes en qué consiste toda la perfección de la ley, conviene a saber: la caridad de corazón limpio, la esperanza de buena conciencia, y la fe no fingida. Pero es de advertir, que así como la caridad es la primera en el orden de perfección, así lo es la fe en el de la generación espiritual, según aquello que dijimos arriba de San Pablo : Ahora quedan la fe, la esperanza y la caridad, y de las tres la mayor es la caridad.

Empezando, pues, de la fe, que es la primera piedra que ha de poner en el edificio espiritual de su alma el que se llegare a Dios muriendo a todo lo terreno, no sin causa añadió el Apóstol aquella palabra no fingida, porque la fe empieza la justificación del hombre, como no sea falsa y fingida, sino sincera y verdadera, de donde es que la fe de los herejes no da principio a su justificación, porque no es verdadera sino falsa; ni la de los pecadores, porque no es sincera sino fingida. Y para mayor claridad has de saber, que la fe se llama fingida de dos maneras, o por dos razones: la primera, cuando uno dice que cree y en realidad de verdad no cree lo que debe y enseña la fe; la segunda, cuando lo cree y no lo obra sino todo lo contrario, desmintiendo con las obras, lo que confiesa con la boca. Y de ambos habla San Pablo escribiendo a Tito su discípulo, cuando le dice, que hay unos hombres muy perversos  que confiesan a Dios con las palabras, y le niegan con las obras. Así entienden estas palabras los Santos Padres, Doctores de la Iglesia, San Gerónimo y San Agustín.

De lo cual se puede fácilmente colegir cuán grande y copioso es el número de los que viven mal, y por el consiguiente de los que no mueren bien. Dejo a una parte los infieles, paganos, gentiles, bárbaros y herejes, todos los cuales ignoran totalmente el arte de bien morir: hablo de los católicos; entre los cuales pregunto, ¡cuántos son los que confiesan a Dios con la boca y le niegan con la obra! ¡Cuántos son los que confiesan de palabra que Cristo es el juez universal de los hombres, y que ha de venir a juzgar a todos, así vivos como difuntos, y en cuanto a las obras viven de tal suerte como si esto no fuera verdad, o no lo creyeran, ni hubiera de venir a juzgarlos jamás! ¡Cuántos son los que confiesan que fue Virgen Purísima la Madre de Dios, y con sus obras, juramentos y blasfemias atestiguan lo contrario! ¡Cuántos hay que alaban hasta el cielo el ayuno, la oración, la limosna, la mortificación y las otras virtudes, y ninguna tienen con la obra, antes se dan desenfrenadamente a los vicios contrarios! Dejo de multiplicar ejemplos, que son notorios a todos; y persuádanse que no tienen fe verdadera y perfecta los que no creen lo que dicen,  si lo creen obran lo contrario como si no lo creyeran. Y de aquí pueden conocer que no han empezado a vivir bien, ni esperen morir bien, y felizmente, si no se disponen con la gracia de Dios Nuestro Señor a mudar el camino, y empezar a aprender el arte de bien morir, que es el de bien vivir.

La segunda virtud, que pertenece a la justificación del hombre, es la esperanza, por otro nombre la buena conciencia, como la llama el Apóstol San Pablo. Esta virtud, como dijimos arriba, es hija legítima de la fe, porque verdaderamente no puede esperar en Dios el que, o no lo conoce, o no cree que es omnipotente y misericordioso para perdonarle y hacerle mercedes, para lo cual importa muchísimo la buena conciencia. Porque ¿cómo o con qué cara llegará a pedir a Dios, que le haga mercedes, el que sabe que le ha ofendido, y no ha hecho penitencia de sus pecados? ¿Cómo podrá esperar que le ha de franquear sus tesoros, el que le tiene cerrada la puerta de su alma, y sabe que es su declarado enemigo? No me creáis a mí, sino al sabio de los sabios, el cual, hablando de la esperanza de los malos, si merece este nombre su presunción, dice así : La esperanza del pecador es como el vellón de la lana que se la lleva el aire, o como la espuma del agua leve y delgada que arroja la tormenta, o coma el humo que deshace el viento,  como la memoria del huésped que pasa de paso. En estas palabras amonesta el sabio con singular prudencia a los pecadores, la poca firmeza de su esperanza; porque aunque mientras viven pueden tener alguna fiducia de hacer en adelante penitencia, y salir del mal estado de sus culpas; pero si lo dilatan para el tiempo de la muerte, teman y tiemblen de su confianza, porque muchos que la han tenido se han condenado, y si Dios no lo previniere con sus auxilios y gracias especiales, crean que se condenarán como ellos, y que les saldrá vana su esperanza, y dirán lo que dijeron sus semejantes a la partida de este mundo, según lo refiere el sabio en el mismo lugar, por el tenor de las siguientes palabras Erramos, erramos el camino de la verdad, y no nos alumbró la luz de la santidad. ¿Qué nos aprovechó la soberbia? Todo pasó como sombra. Porque al salir de este mundo no hallaron nada en sus manos los varones de las riquezas, porque todas se quedan acá, y solo nos siguen las obras.

Esto, pues, dijeron los malos, forzados de la experiencia, y esto nos repite el sabio por excelentísima lección, para que aprendamos a bien vivir, y bien morir, y que si queremos hallarnos seguros en aquella hora, no dilatemos un punto nuestra enmienda, ni la dejemos para lo  porvenir, deteniéndonos en los pecados, con vana confianza de alcanzar después el perdón, como si tuviéramos el tiempo en nuestra mano, y segura la gracia y los auxilios de Dios para salir de pecado. Ahora nos los ofrece, no dilatemos nuestra penitencia para después, porque no perezcamos con los muchos a quien ha despeñado esta vana confianza, y aun despeñará en adelante si no toman el consejo del Espíritu Santo, y hacen luego penitencia, aprendiendo con diligencia, ahora que tienen tiempo, el arte de bien morir, que, como dijimos otras veces, es de bien vivir.

Resta ahora decir de la tercera virtud, que es la caridad, reina de todas virtudes, sin la cual ninguno vive ni en esta vida ni en la otra así en este camino como en la patria celestial, adonde todos caminamos. Llamase verdadera caridad, la cual nace de corazón limpio, no porque la limpieza del corazón engendre en realidad de verdad la caridad, la cual, como dice San Juan, proviene de Dios, y, como afirma el Apóstol, se difunde en nosotros por el Espíritu Santo, que viene a nuestros corazones; sino porque no se emprende sino en corazón limpio y purificado por la fe divina de todo error, conforme aquella sentencia de San Pedro, purificando con la fe sus corazones, de los errores que persuade la ceguedad y tinieblas de la infidelidad, y por la esperanza de los malos afectos, y desordenado amor de las criaturas. Porque así como el fuego material no prende en los leños verdes sino en los secos y bien dispuestos, de la misma manera el fuego de la caridad divina no se enciende en los corazones mal dispuestos con el verdor de los vicios y el afecto de las criaturas, sino en los preparados y dispuestos con el afecto de los bienes celestiales, limpios de la vana confianza de sí mismos, y llenos de las de Dios.

De aquí, pues, se puede claramente conocer cuál sea la verdadera caridad, y cuál la aparente y falsa; porque si uno habla altamente, y llora con sollozos y lágrimas, y hace algunas buenas obras, como son ayunos y penitencias, y juntamente retiene en su corazón el amor torpe y sensual, la gloria vana, el rencor con su prójimo, y otros vicios de este jaez, que manchan el corazón, este tal no tiene verdadera caridad, sino una sombra o fingimiento de ella. Y por tanto el sagrado Apóstol, con celestial prudencia, persuadiéndonos que tengamos estas tres virtudes teologales, en que, como dijimos, consiste la suma de la ley de Dios, no las nombra absolutamente fe, esperanza y caridad, sino fe no fingida, esperanza de corazón puro, y caridad verdadera, que son los instrumentos del arte de bien vivir y bien morir, que deseamos enseñar, y todos debemos aprender.