Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 3ª de Pascua

Sermones-Ceriani

TERCER DOMINGO DE PASCUA

En aquel tiempo: Dijo Jesús a sus discípulos: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver, porque me voy al Padre. Al oír esto, algunos de los discípulos, se decían unos a otros: ¿Qué nos querrá decir con ésto: Dentro de poco no me veréis; mas poco después me volveréis a ver, porque voy al Padre? Decían pues: ¿qué poco de tiempo es este de que habla? No entendemos lo que quiere decirnos. Conoció Jesús que deseaban preguntarle, y les dijo: Vosotros estáis tratando y preguntándoos unos a otros, por qué os he dicho: Dentro de poco ya no me veréis; mas poco después me volveréis a ver. En verdad, en verdad os digo, que vosotros lloraréis y plañiréis, mientras el mundo se regocijará; os contristaréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, en los dolores del parto, está poseída de tristeza porque le vino su hora; mas una vez que ha dado a luz al infante, ya no se acuerda de su angustia, por el gozo que tiene de haber dado un hombre al mundo. Así vosotros al presente, a la verdad, padecéis tristeza; pero yo volveré a visitaros, y vuestro corazón se bañará en gozo, y nadie os quitará vuestro gozo.

Próximo a separarse de sus discípulos, el Maestro quiere dejarlos consolados. Bien sabe Él que su ausencia les ha de ser muy dolorosa; mas por eso mismo les propone, unos sobre otros, los más poderosos motivos de consuelo.

Una de estas razones es que la ausencia no será larga, y, que tras ella le volverán a ver, para no separarse ya más de su amable compañía.

Este motivo, para que les quede más grabado en la inteligencia y en el corazón, se lo anuncia con una especie de enigma: Un poquito, y ya no me veréis; y luego otro poquito, y me veréis.

Al principio los discípulos no entienden el acertijo; pero les despierta vivamente la curiosidad. Ésto quería el Maestro; y así se lo declara amablemente.

Dice, en sustancia, que dentro de muy poco les será arrebatado por la muerte, y ya no le verán; mas que de allí a poco, Él resucitará, y les visitará, y ellos le volverán a ver; y el gozo de esta nueva vista ya nadie jamás se lo quitará.

Tal es la corteza de las palabras del Maestro.

Procuremos nosotros penetrar en su sentido y saborearlas, para consuelo de nuestro corazón y provecho de nuestro espíritu.

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La muerte del Maestro había de ser dolorosísima para los pobres discípulos. Nosotros ahora apenas podemos figurarnos la tremenda desilusión que padecieron ellos, hundidos hasta los ojos en las fantasías de un reino mesiánico temporal y terreno.

La catástrofe del Maestro fue para su vacilante fe un rudo golpe, que si no los llevó a la desesperación fue por puro milagro de Dios.

Realmente se iban a verificar en ellos las palabras de Jesús: En verdad, en verdad os digo, que vosotros lloraréis y os lamentaréis; y, será lo más triste del caso, que entretanto el mundo se alegrará.

El Maestro, siempre leal, no les oculta lo sombrío del cuadro…

Pero éso no había de ser ni definitivo, ni duradero; a las tinieblas sucedería la luz.

Consideremos en particular las profundas razones con que el Maestro desvanece la tristeza del cuadro.

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El primer argumento es la mudanza de la tristeza en gozo. Vosotros a la verdad os afligiréis, mas vuestra tristeza se trocará en gozo.

Pasará la tristeza, pasará presto; y su lugar lo ocupará el gozo, tanto más dulce, cuanto mayor haya sido la tristeza pasada.

Nunca es más dulce la luz, que después de la oscuridad; nunca más suave el descanso, que después del trabajo; nunca más sabroso el manjar, que después del ayuno; nunca más tierno el abrazo, que después de larga ausencia; nunca más cordial la alegría, que después de las lágrimas.

Estas palabras, nacidas de las entrañas mismas de Nuestro Señor, se cumplen en todos nosotros. Ellas constituyen el fondo de la vida. En la vida del hombre, como en la vida de Cristo, hay Tabores y Calvarios, luces y sombras, alegrías que llegan al éxtasis y penas que tocan el abismo.

Lloraréis… Porque somos carne y sangre, de dolorosa humanidad. Y todos los hombres, ya lleven en su frente una corona de rey o una corona de espinas, ya anden sus pies las gradas de un trono o los desgarren en las espinas del camino, pueden decir con los acentos del Profeta David: Fueron mis lágrimas para mí pan día y noche.

Si miramos el fondo de la vida, encontramos la insuficiencia. Nada puede colmar nuestro corazón. Buscamos, perseguimos la felicidad…

Si la ponemos en las riquezas, nos producen desasosiego, inquietud del espíritu…

Si la ponemos en la amistad, en la gratitud, encontramos indiferencia, egoísmo, ingratitud…, que nos hieren como la hoja fría de un puñal…

Si la ponemos en las glorias, pasan como las nubes, como la sombra…

Si la ponemos en el poder, los escalones de todos los estrados están cubiertos de punzantes espinas…

Si la ponemos en el amor de las criaturas, este afecto nos engaña, nos miente, nos acongoja, pugna y muerde con tristeza, con rabiosos celos, con implacables angustias…

En el fondo de la vida está la insuficiencia…, en el fondo de nuestro corazón está el vacío, la tristeza…

Si observamos particularmente al hombre moderno, lo encontramos poseído de esa tristeza, de esa melancolía, de ese mal de nuestro siglo, la depresión; porque el hombre se ha saciado de carnal belleza, se ha vuelto de cara a la tierra y le ha pedido una felicidad que no le puede dar.

El hombre se postra ante ídolos de carne y de arcilla, se ha consagrado a la idolatría de la criatura…

Todo ésto nos entristece…

Y Dios permite estos sufrimientos para purificarnos…

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No obstante las condiciones de la vida, el cristiano tiene más motivos de alegría que de tristeza. Porque no ha puesto su felicidad en la tierra sino en el tesoro del Cielo.

El Apóstol San Pablo nos dice esa palabra que debe ser el programa de nuestra vida: Gaudete in Domino semper; iterum dico, gaudete.

Como los discípulos de Cristo, debemos llorar en el Triduo de la Pasión, pero debemos alegrarnos después que Cristo nos regala el don inefable de la paz y canta el aleluya del triunfo sobre las tristezas del sepulcro.

Y se gozará vuestro corazón, añade amorosamente el Maestro. No será vuestro gozo exterior y aparente, sino íntimo y cordial. No será como el gozo loco del mundo, que ahora se regocija estrepitosamente, porque triunfa de Mí; será el vuestro un gozo más sosegado y penetrante.

No irrumpirá tan adentro la tristeza que ahora padeceréis, como el gozo que luego disfrutaréis.

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Después de la Resurrección, Cristo ha querido que nuestra alegría sea perenne. Pero esa alegría no se cifra en los bienes imperfectos, contingentes de la vida, sino en Dios, en Cristo Señor.

Nuestro gozo se cifra en Dios… En Él encontramos nuestra felicidad, nuestro gozo…

El hombre busca la verdad, el bien, la belleza; tiene hambre de verdad y de amor. Dios es verdad, es bien infinito, es belleza. Dios es el único que puede sosegar los corazones inquietos. Fecisti nos Domine ad Te, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in Te, según la palabra de San Agustín, que es la voz de la humanidad desazonada.

Si el hombre sufre es porque se ha separado de Dios, porque pide la felicidad a las criaturas; porque quiere apagar su sed de infinito en el hilo de agua del arroyuelo, y se olvida de los raudales del manantial, que es Dios; porque se entretiene en los pálidos destellos de belleza que contempla en las criaturas, y se olvida de Aquél que es fuente de belleza ideal.

El hombre ha sido creado para Dios, y sólo Dios puede colmar su felicidad, y sólo en Dios puede hallar reposo.

Por eso Nuestro Señor añade: Y vuestro gozo nadie os lo quitará. La tristeza pasará, mas el gozo no pasará.

El gozo mundano se desvanecerá como el humo, el vuestro durará eternamente.

Tras la tristeza, el gozo, mas no inversamente; tras el nuevo gozo ya no hay que temer otra vez la tristeza.

¿Os podría turbar el gozo el temor de la muerte? Pues estaréis seguros de no morir para siempre.

¿Menguarían vuestro gozo el dolor, la enfermedad, la infamia, o cualquier otro género de penalidad física o moral? Pues no temáis; que nada jamás os podrá sobrevenir que enturbie o disminuya vuestro gozo.

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¿Y cuál será la causa, la fuente, de gozo tan dulce, tan íntimo, tan seguro? Con dos palabras lo declara el Maestro a los afligidos discípulos: Yo os volveré a ver, y vosotros me veréis.

Como si dijera más claramente: “Ahora se os parte el corazón de pena, porque vais a perder mi vista y compañía; mas no temáis, que dentro de poco nos volveremos a ver —Yo a vosotros, y vosotros a Mí—,y esta vista y compañía nadie será capaz de quitárosla”.

Nuestro gozo se cifra en Cristo, que es nuestra redención, nuestra justificación, nuestra glorificación.

Por la redención nos libró de la esclavitud del error, del pecado; con su muerte nos dio la vida, con sus llagas ha sanado las nuestras…

Por la justificación nos ha constituido herederos de su gloria, haciéndonos vivir su misma vida…

Por la glorificación se nos ha dado Él mismo en premio, en corona, en galardón…

Los que no hemos visto a Jesús con nuestros ojos, ni gozado de su amabilísima y amorosísima compañía; los que no hemos tenido la dicha de contemplar la luz de sus bellísimos ojos y de escuchar la dulzura de sus palabras; los que no hemos sentido de cerca las palpitaciones de aquél Corazón de amigo, no sabemos ni podemos imaginar todo lo que encierran estas palabras: Os veré, y me veréis.

Nosotros no vemos todavía a Jesús; estamos en el tiempo de la tribulación y de la tristeza; mas no desmayemos; que también para nosotros pasará la tristeza, como ya pasó para los Apóstoles, y a la tristeza seguirá el gozo: el gozo eterno del corazón, el gozo inefable de ver a Jesús y de estar con Él eternamente.

Esta esperanza secará nuestras lágrimas y vigorizará nuestro desmayado corazón.

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Las tribulaciones que anuncia Jesucristo a sus Apóstoles pueden ser para nosotros fuente perenne de méritos, si sabemos soportarlas.

Las tribulaciones para el alma son como el martillo que la forja y la perfecciona.

El que no ha sido tentado, ¿qué puede saber?, pregunta el Eclesiástico.

El primer efecto de las tribulaciones es abrir los ojos que la prosperidad tiene cerrados.

Otro efecto de la tribulación es separarnos del apego que tenemos a las cosas de la tierra. Dios pone hiel en las cosas terrenas para que, hallándolas amargas, las aborrezcamos.

Las tribulaciones abaten la soberbia, la vanagloria, y nos hacen humildes y que estemos contentos con el estado y condición en que Dios nos ha colocado.

La tribulación satisface por los pecados cometidos mucho mejor que las penitencias que nos imponemos voluntariamente.

San Agustín dice: Entiende que Dios es el médico que da la salud, y la medicina es la tribulación.

Las tribulaciones hacen que nos acordemos de Dios y que recurramos a su misericordia.

Y, en fin, son fuentes de méritos, porque nos hacen ejercitar todas las virtudes que Dios ama.

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¿Cómo debemos portarnos en ellas? El que se vea combatido de tribulaciones necesita dar de mano al pecado y ponerse en gracia de Dios.

En las angustias y tribulaciones debemos reconocer, ante todo, la mano que nos hiere; y que en ellas encontramos el castigo de nuestros pecados.

Debemos dirigirnos al Señor por la oración y levantar nuestras manos a fin de ser oídos.

Debemos alejarnos del pecado, y este alejamiento y las plegarias deben ser continuos, debemos perseverar si queremos ser escuchados.

Debemos tener siempre gran confianza en el Corazón de Jesucristo, pleno de misericordia; no abatirse, no dudar. Es necesario que en la tribulación no desconfiemos jamás de la piedad divina.

Siendo la tribulación necesaria, sea la cruz de la pobreza, del dolor, desolación, persecución, etc., debemos soportar con resignación y alegría las cruces que nos envíe Dios.

Hemos de unir nuestras tribulaciones a las que sufrió Jesucristo para que así se conviertan en gozo.

Tristitia vestra vertetur in gaudium. Entonces Dios transforma esas espinas en rosas, esos dolores en alegrías celestiales. Ellas serán nuestra corona en el cielo.

Recordemos que el tiempo de la tribulación es breve; breve el trabajo, la vida, la lucha; eterna la corona celestial.

Así vosotros al presente, a la verdad, padecéis tristeza; pero yo volveré a visitaros, y vuestro corazón se bañará en gozo, y nadie os quitará vuestro gozo…