DOM PRÓSPERO GUÉRANGER: AÑO LITÚRGICO

EL TRIUNFO DE LA CRUZ

LA INVENCIÓN DE LA SANTA CRUZ

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Convenía que nuestro Rey divino se mostrase ante nuestra mirada apoyado en el cetro de su poder, para que nada faltase a la majestad de su imperio. Este cetro es la Cruz, y corresponde al Tiempo Pascual, rendirle homenaje. Contemplábamos antes la cruz como objeto de humillación para el Emmanuel, como el lecho de dolor sobre el que expiró; ¿pero después no venció a la muerte? Y esa Cruz ¿no ha llegado a ser el trofeo de su victoria? Que aparezca pues, y que toda rodilla se doble ante el augusto madero por el cual Jesús mereció los honores que hoy le tributamos.

El día de Navidad cantamos con Isaías: “Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, sobre sus hombros lleva el signo de su imperio” (Intr, de la Misa del día).

En verdad que le hemos visto llevando sobre sus hombros la Cruz, como Isaac llevó la leña para el sacrificio; pero hoy ya no es para Él una carga. Brilla con resplandor que embelesa las miradas de los Ángeles, y después de ser adorada por los hombres hasta tanto que dure el mundo, aparecerá de repente sobre las nubes para presidir junto al Juez de vivos y muertos la sentencia, favorable para los que la hayan amado y de reprobación para aquellos que la hayan hecho inútil para sí mismo por su desprecio o por su olvido.

Durante los cuarenta días que aún pasa Jesús en la tierra no le parece oportuno glorificar el instrumento de su victoria. La Cruz no aparecerá hasta que haya conquistado el mundo, a pesar de haber permanecido oculta. Su cuerpo permaneció tres días en el sepulcro; ella permanecerá enterrada tres siglos; pero también ella resucitará; esta es la admirable resurrección que hoy celebra la Iglesia. Jesús quiso, cuando se cumplieron los tiempos, aumentar las alegrías pascuales descubriéndonos este monumento de su amor. Nos le deja en las manos para consuelo nuestro, ¿no es justo, por tanto, que le rindamos homenaje?

LA CRUZ ENTERRADA Y PERDIDA

Nunca el orgullo de Satanás sufrió una derrota tan dolorosa como al ver que el Árbol instrumento de nuestra perdición, se convirtió en instrumento de nuestra salvación. Descargó su rabia impotente contra este madero salvador, que le recordaba cruelmente el poder invencible de su vencedor y la dignidad del hombre rescatado por tan elevado precio. Hubiera querido aniquilar esta Cruz temible; pero reconociendo su impotencia para realizar tan abominable designio, trató al menos de profanar y ocultar a las miradas del mundo un objeto tan odioso para él.

Incitó, pues, a los judíos a enterrar vergonzosamente el madero sagrado que el mundo entero venera. Al pie del Calvario, no lejos del sepulcro, había una profunda fosa. En ella arrojaron los hombres de la Sinagoga la Cruz del Salvador juntamente con la de los ladrones. Los clavos, la corona de espinas y la inscripción arrancada de la Cruz fueron también arrojados a la fosa que los enemigos de Jesús hacen rellenar de tierra y escombros. El Sanedrín cree haber acabado con la memoria del Nazareno que fue crucificado sin que descendiera de la Cruz.

Cuarenta años más tarde Jerusalén caía bajo la venganza divina. Pronto los lugares de nuestra redención fueron profanados por la superstición pagana; un templo a Venus en el Calvario y otro a Júpiter en el Santo Sepulcro; tales fueron las indicaciones con que la burla pagana conservó, sin pretenderlo, el recuerdo de las maravillas que se realizaron en aquellos lugares.

Con la paz de Constantino los cristianos destruyeron estos vergonzosos monumentos, y apareció a sus ojos el suelo regado con la sangre del Redentor, y el glorioso Sepulcro se expuso a su veneración. Pero la Cruz no apareció todavía y continuaba oculta en las entrañas de la tierra.

DESCUBRIMIENTODE LA CRUZ

La Iglesia no entró en posesión del instrumento de la salvación de los hombres hasta algunos años después de la muerte del emperador Constantino (año 337), generoso restaurador de los edificios del Calvario y del Santo Sepulcro (Estos santuarios fueron consagrados el 13 de septiembre del año 335). Oriente y Occidente se regocijaron al saber la noticia de ese descubrimiento, que venía a poner el último sello al triunfo del cristianismo. Cristo sellaba su victoria sobre el mundo pagano, levantando su estandarte, no en figura, sino realmente, aquel madero milagroso, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, y ante el cual en adelante todo el mundo cristiano doblará la rodilla. En el siglo IV el madero sagrado se veneró en la basílica que encerraba en vasto recinto el glorioso sepulcro, y la colina de la crucifixión. Sobre el lugar en que reposó la Cruz durante tres siglos se levantó otro monumento. Unos escalones conducen al peregrino hasta el fondo de ese misterioso asilo. Entonces comenzó una innumerable multitud de visitantes venidos de todas las partes del mundo para honrar los lugares en que se obró la salvación del género humano, y tributar los debidos honores al madero salvador. Pero los misericordiosos designios del cielo no permitieron que la preciosa prenda del amor del Hijo de Dios para con la pobre humanidad, estuviera en posesión de un solo santuario por muy sagrado que fuera. Una parte considerable fue destinada a Roma y se conservó en la basílica levantada en los jardines de Sesorio; a este santuario el pueblo romano le dio más tarde el nombre de Basílica de Santa Cruz de Jerusalén.

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RELIQUIAS

En el correr de los años la Santa Cruz honrará con su presencia otros muchos lugares de la tierra. En el siglo IV San Cirilo de Jerusalén afirmaba ya que los peregrinos que obtenían algunas astillas habían extendido por todo el mundo los favores divinos (Catequesis, IV, X, XIII).

En el siglo VI Santa Radegundis solicitó y obtuvo del emperador Justino II un fragmento de la parte considerable que poseía el tesoro imperial de Constantinopla. No podía Francia entrar en participación del precioso instrumento de nuestra salvación más que por las manos de su piadosa reina; y Venancio Fortunato compuso para la llegada de la augusta reliquia, el himno admirable que la Iglesia cantará hasta el fin de los siglos siempre que quiera celebrar las grandezas de la Santa Cruz.

Jerusalén, después de las alternativas de pérdida y recuperación, terminó por perder para siempre el objeto divino que era su principal gloria. Constantinopla, se hace la heredera, y esta ciudad es la fuente de numerosas larguezas que particularmente en tiempo de las cruzadas vienen a enriquecer las iglesias de Occidente.

Se establecieron nuevos centros de culto a la santa Cruz, en los lugares donde se guardaban fragmentos insignes; en todas partes la piedad desea una partecita del sagrado madero. El hierro divide las partes más considerables y poco a poco se extiende a todas las regiones. La verdadera Cruz está en todas las partes, y no hay cristiano que en los días de su vida no haya tenido ocasión de venerar algún fragmento.

Y ¿quién podrá contar los actos de amor y de agradecimiento que la vista de esta reliquia ha hecho brotar en los corazones?, y ¿quién no reconoce en esta profusión de reliquias una estratagema de la bondad divina para reavivar en nosotros el recuerdo de la redención sobre la que descansa nuestras esperanzas eternas?

Sea por tanto, venerado este día en que la Santa Iglesia une el recuerdo triunfal de la Santa Cruz, a las alegrías de la resurrección de Aquél que por ella conquistó el trono al que pronto le veremos subir.

Demos gracias por el beneficio señalado que ha restituido a los hombres, a fuerza de prodigios, un tesoro que no podía faltar a la dote de la Iglesia. En espera del día en que el Hijo del Hombre la enarbolará sobre las nubes del cielo.

El la ha confiado a su Esposa como en prenda de su segunda venida. Aquel día reunirá con su poder todos estos fragmentos, el árbol de la vida desplegará toda su hermosura a la vista de los elegidos, y los convidará con su sombra al descanso eterno.

Todos los años tenía lugar en Jerusalén el 14 de septiembre la ceremonia de la Exaltación u Ostensión de la Cruz. Esta costumbre pasó a Constantinopla y poco después a Roma. (Cfr. Año Litúrgico, 14 de septiembre.)

En España y Galla la fiesta era el 3 de mayo. La liturgia romana adoptó también más tarde esta misma fecha y por esta razón hay dos fiestas de la Cruz. Ignoramos el día exacto de la Invención. (Cfr. Vicente y Abel, Jérusalem nouvelle, tomo II. París 1924 pág. 201 y sgts.)

ELOGIO DE LA CRUZ

“Cristo crucificado es fuerza y la sabiduría de Dios” (Corint., I, 23). Son palabras de tu Apóstol, oh Jesús, y hoy vemos nosotros la realidad. La sinagoga quiso destruir tu gloria, clavándote en un patíbulo; se deleitaba pensando que está escrito en la Ley de Moisés: “Maldito el que pende del patíbulo” (Deut., XXI, 23). Y he aquí que ese patíbulo, ese madero infame, ha llegado a convertirse en tu trofeo insigne. En los esplendores de tu resurrección, la Cruz, lejos de proyectar una sombra sobre los rayos de tu gloria, realza con nuevo brillo la magnificencia de tu triunfo. Fuiste clavado en el madero, cargaste con la maldición; crucificado entre dos criminales, pasaste como impostor, y tus enemigos insultaron tu agonía sobre ese lecho de dolor. Si sólo hubieras sido hombre, no hubiera quedado de ti sino un recuerdo deshonroso; la cruz se hubiera tragado para siempre tus glorias pasadas, ¡oh Hijo de David! Pero tú eres Hijo de Dios y la Cruz es quien nos lo prueba. El mundo entero se postra ante ella y la adora; y los honores que hoy recibe compensan sobradamente el eclipse pasajero que tu amor por nosotros la impuso. No se adora un patíbulo, o si se le adora, es por ser el patíbulo de un Dios. ¡Oh, bendito sea aquél que pendió de un madero! En recompensa de nuestros homenajes al divino Crucificado, cumple en nosotros la promesa que hiciste: “Cuando sea elevado de la tierra todo lo atraeré a mí” (San Juan, XII, 32)

LAS RELIQUIAS

Para atraernos con mayor eficacia pones hoy en nuestras manos el mismo madero, desde lo alto del cual nos tendiste tu brazo. Este monumento de tu triunfo, sobre el que te apoyarás el último día, te dignas confiárnosle hasta el fin de los siglos. Para que saquemos de él un temor saludable de la justicia divina que te enclavó en ese madero vengador de nuestros crímenes, y un amor cada día más tierno para contigo, ¡oh Víctima nuestra, que no retrocediste ante la maldición, para que nosotros fuéramos benditos! Toda la tierra te da hoy gracias por el don inestimable que la has concedido. Tu Cruz dividida en innumerables fragmentos se halla presente en todos los lugares; no hay región del mundo cristiano que no haya sido consagrada y protegida por ella.

LA CRUZ Y EL SEPULCRO

El Sepulcro nos grita: “Ha resucitado, no está aquí.” La Cruz nos dice: “No le he sostenido sino un momento, y Él se ha ido a su gloria.” ¡Oh Cruz!, ¡oh Sepulcro! ¡qué corta fue su humillación y qué duradero el reino que por ella ha conquistado! Adoramos en ti los vestigios de su paso y vosotros quedáis consagrados para siempre, porque Él se sirvió de vosotros para nuestra salvación. ¡Gloria te sea dada, oh Cruz, objeto de nuestro amor y de nuestra admiración en este día! Continúa protegiendo a este mundo que te posee; sé el escudo que le defienda contra el enemigo, el socorro presente en todo momento que guarda el recuerdo del sacrificio unido al del triunfo: porque por ti, oh Cruz, Cristo vence, reina e impera. Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.