PADRE CERIANI: ¿RISA O TRISTEZA?

A PROPÓSITO DE HILARIUS

En el segundo párrafo de un texto que anda circulando por internet, titulado Las “nimiedades” del gran Basilio, firmado por Hilarius, se hace referencia a un viejo trabajo mío sobre la Bula de Paulo IV Cum ex apostolatus officio.

La alusión en cuestión dice:

“… lo que [escribió] el P. Ceriani y sus amanuenses contra la Bula Cum ex Apostolatus Officio de Paulo IV (Cuarto)”.

Que escribí sobre la Bula en cuestión, sí lo reconozco.

No tuve amanuenses, pero sí colaboradores.

Que escribí contra la Bula, lo niego rotundamente.

Parece que Hilarius no ha leído mi trabajo. No es su obligación, lo acepto. Pero…, si se refiere a él, lo menos que se le puede exigir es que lo haya leído.

Y cualquiera que lo haya hecho, comprenderá que no escribí contra la Bula Cum ex apostolatus officio, del Papa Paulo IV.

En efecto, en la Introducción de mi ensayo escribí:

Tanto el Pontífice como el documento que nos ocupan tienen una particular importancia, que se reactualiza en las circunstancias peculiares del siglo XX y estos años posconciliares.

En efecto, Juan Pedro Carafa (Paulo IV) fue realmente insigne en defender la Fe, especialmente durante los últimos años de su vida, los del Pontificado.

La Bula tiene especial interés porque su finalidad era evitar que la herejía se apoderase de la jerarquía eclesiástica, sin excluir la Sede Suprema. Es digna de ser estudiada y constituye un llamado de atención y una exhortación en esta tempestad sin precedentes.

Ella advierte a los que, descansando plácidamente en una cómoda obediencia, parecen no preocuparse por los ataques peligrosísimos contra la Fe, máxime cuando provienen de las autoridades de la Iglesia. Su “papolatría” los enceguece y no perciben el peligro. Pero la Bula está allí y les llama la atención: es posible que la herejía entre en la Iglesia y que sus jerarcas se contaminen.

Ella exhorta también a quienes comprueban desvíos de la Fe y el pulular de sentencias heréticas o favorecedoras de la herejía, y si bien los inspira el amor a la Verdad y a la Iglesia, muchas veces actúan más por pasión y celo amargo que con sabiduría y prudencia. Su “papoclasia” los conduce por senderos falsos. Mas la Bula está allí y los amonesta: bien interpretada, con mayor razón dentro del marco de la legislación actual, no permite llegar tan fácilmente —como muchos de ellos lo hacen— a la conclusión de la invalidez del acto electivo del Pontífice o de su deposición si ha sido válidamente electo.

A “papólatras” y “papoclastas” se dirige nuestro estudio.

Más adelante señalé bien los límites de mi artículo:

Nuestro trabajo es limitado, no abarca todos los matices y carece de muchos datos valiosos que por falta de material no podemos proporcionar. Sin embargo, esperamos que este estudio de la Bula “Cum ex Apostolatus officio” despertará el interés de todos y contribuirá al esclarecimiento de muchos.

Nos detendremos en la traducción y análisis que el Dr. Disandro hizo de este documento, y fuera publicado por Ediciones del Instituto de Cultura Clásica “San Atanasio”, con dos ediciones: junio de 1978 y febrero de 1987. Utilizaremos la última edición y la citaremos como “Bula”.

Si bien Disandro imagina que la primera edición de su trabajo “recorrió los caminos de Argentina y de America” (“Bula, pág. 8), estamos convencidos por experiencia del escaso conocimiento que, lamentablemente, tienen del texto pontificio la mayoría de los católicos, incluidos “tradicionalistas” y “disandristas”. Por eso ofrecemos una nueva traducción y una interpretación diferente en aspectos importantes, cuyo tono, necesariamente polémico, corresponde no sólo al tema sino también al estilo dialéctico con que Disandro encara sus trabajos y al cual debe, en parte, el predicamento de que goza entre sus seguidores.

Previamente a entrar en tema, presenté una Breve semblanza del doctor Disandro:

Carlos Alberto Disandro, nacido en 1918, estudió en la capital de su provincia natal (Córdoba) y en la Universidad Nacional de La Plata, donde se graduó como Doctor en Letras y ejerció la mayor parte de su larga docencia, centrada en las cátedras de lengua y cultura latinas.

Sobresalió merecidamente en su especialidad no sólo por su vigorosa penetración intelectual y aguda sensibilidad artística, modeladas con la guía de maestros destacados y apoyadas en una sólida formación filológica, sino justamente por no clausurarse en la estrechez estéril de una disciplina académica de presunta asepsia. Estudió, en efecto, temas, autores y épocas diversos, tratando de enfocarlos con una perspectiva integradora (cuyo valor no pretendemos ni interesa juzgar aquí): poesía y filosofía griegas, obras de distintas literaturas (española, alemana, inglesa, argentina, etc.), “filosofía de la historia”, política, educación… y, con obstinada constancia, la vasta problemática religiosa del cristianismo.

Esta enumeración, a la que debe añadirse su producción lírica, no intenta ser exhaustiva sino destacar la variedad de intereses humanísticos plasmados en cerca de 25 libros, más de 60 publicaciones menores y un largo doble centenar de artículos. Conferencias, cursos, congresos y demás actividades académicas paralelas a sus escritos testimonian su intensa y continua dedicación a las tareas del espíritu, concretada asimismo en reiterados intentos de formar grupos de estudio y en una polémica pero apasionada actuación en la vida política, particularmente universitaria, con progresiva alineación dentro del “movimiento” peronista.

Adversario de la cultura barroca, se caracterizó, desde larga data, por su oposición a los jesuitas, tanto a los que observan las constituciones de San Ignacio como a los progresistas. No se cuenta, por cierto, entre los que —como nosotros— veneran el glorioso Concilio de Trento.

Recibió el relegamiento, el silencio y la hostilidad de la “intelligentsia” oficialista civil y eclesiástica. Agreguemos que la agresividad de sus planteos y su estilo, signos, según dicen, de un carácter tajante e imperativo, ha generado tanto el odio de los enemigos y el resentimiento de muchos amigos como la adhesión más o menos incondicional de sus adictos. Lamentablemente, estas actitudes determinan que, casi sin excepciones, la valoración de su obra se sustituya por un rechazo frontal o se obnubile por la comodidad de una aceptación sumisa.

Dado que en nuestro presente estudio sobre la Bula de Paulo IV, según anticipamos, se expondrán interpretaciones muchas veces adversas a las de Disandro, queremos aclarar desde un principio nuestra voluntad de mantenernos lejos de todo extremismo pasional: no conocemos personalmente a Disandro ni tenemos pendientes con él agravios o beneficios particulares. Y, sobre todo, la serenidad es la actitud y el método correcto para la búsqueda de la verdad.

Por ello —nobleza obliga— corresponde reconocer primero el mérito disandrista de haber exhumado, al menos en América, y haber puesto a consideración el texto de Paulo IV, documento cuya importancia ya señalamos para la historia de la Iglesia, especialmente en sus circunstancias actuales.

Negarse a estudiar el tema de la relación entre la jerarquía eclesiástica y los diversos grados de desviación de la Fe es un caso particular del fariseísmo voluntaria y culpablemente ciego que niega (¡todavía!) la existencia de la crisis actual del cristianismo. Fingiendo creer que “la obediencia (en lugar de la Verdad) los hará libres”, se renuncia al obligatorio y piadoso ejercicio de la inteligencia, que nos dio Dios, también para participar en la vida de la Iglesia.

En conclusión: se puede discrepar totalmente con esta, otras o todas las tesis religiosas de Disandro, pero es inmoral —sea por papolatría o por otras razones— prohibirse pensar y discutir los problemas acuciantes del catolicismo contemporáneo, enterrando la cabeza como avestruces teológicos, y facilitar la digestión de la conciencia desvalorizando previamente a este molesto acusador con ignorancia simulada, con su supuesta excomunión e incluso con su rápida ubicación en el infierno.

Errado o no, Disandro exhibe una vida entregada sin interrupciones al análisis de grandes cuestiones cristianas. Desde joven tuvo papel protagónico en asociaciones como la Acción Católica, hasta culminar en la empresa de los Cursos de Cultura Católica, junto con los más destacados representantes del tomismo argentino, posteriormente aggiornados. Ya al comenzar la década del 60 advirtió el contubernio del progresismo católico con los marxistas, al que denominó “el frente del algodón”, ante la miopía de la mayoría clerical… Denunció desde los primeros tiempos las desviaciones del Concilio Vaticano II.

Llegó así hasta su conocida postura “sedevacantista”, de la cual no nos ocupamos aquí globalmente sino sólo para discutir un punto preciso: su pretensión de fundamentar en la Bula de Paulo IV la automática deposición de un papa hereje.

Antes de continuar con la presente aclaración a Hilarius y a quien corresponda, hago saber que en su momento, allá por mayo de 1990, hice llegar en mano al doctor Disandro un ejemplar del trabajo con una carta en la cual lo invitaba a un debate público sobre la interpretación y aplicación de la Bula paulina.

Repito: el doctor Disandro recibió en propias manos trabajo y carta.

Nunca tuve respuesta suya a ninguno de los dos textos. Comprendo…, ¿quién es Ceriani para que el doctor Disandro se digne responderle?

No sé si Hilarius ha publicado algo al respecto en los últimos 27 años. En caso afirmativo le rogaría me haga llegar a la dirección de Radio Cristiandad su o sus trabajos:

cristiandadradio@gmail.com

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En julio de 2011 retomé en Radio Cristiandad el trabajo Sobre la Bula Cum ex apostolatus officio, y le consagré tres Especiales. Allí escribí y explique:

El planteo del problema nos proporciona cuatro cuestiones para estudiar:

I: El análisis de la Bula en general.

II: La abrogación de la Bula “Cum ex Apostolatus officio”, mas allá de que haya sido o no aplicada en algún caso concreto.

Estos dos puntos fueron objeto de la primera parte de los Especiales:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2011/07/29/especiales-de-cristiandad-con-el-p-ceriani-sobre-la-bula-cum-ex-apostolatus-oficcio-de-pablo-iv-%E2%80%93-1%C2%BA-parte/

III: La vigencia de la disciplina que ella establecía.

Se trató en la segunda parte de los Especiales:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2011/07/29/especiales-de-cristiandad-con-el-p-ceriani-sobre-la-bula-cum-ex-apostolatus-officio-%E2%80%93-2%C2%BA-parte/

IV: La posibilidad de la deposición del Sumo Pontífice en virtud de este documento, dejando de lado que haya sido o no abrogado.

Analizado en la tercera parte de los Especiales:

https://radiocristiandad.wordpress.com/2011/07/30/especiales-de-cristiandad-con-el-p-ceriani-sobre-la-bula-cum-ex-apostolatus-officio-%E2%80%93-3%C2%BA-parte-y-final/

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En esta aclaración solamente me limitaré a destacar los puntos más importantes de la Cuarta Cuestión: Posibilidad de la deposición de un Papa canónico en virtud de la Bula.

Los (…) indican las supresiones que hago ahora para no alargarme demasiado.

Papa canónico a fide devius

Disandro comienza diciendo en la página 24:

“En efecto, es verdad que Paulo IV recuerda de paso la sentencia Romanus Pontifex omnes iudicat, a nemine in hoc sæculo iudicandus, lo que parecería contradecir todos los pormenores de la Bula que atañen al caso preciso de un papa en funciones. Pero no es así: se entiende la sentencia de quien conserva la legitimidad in re, pues de otro modo serían contradictorios los párrafos 6 y 7. Por eso a continuación de la sentencia antedicha agrega que Romanus Pontifex, si deprehendatur a fide devius, possit redargui, usando un verbo (deprehendi) y un giro (a fide devius) de fuerte referencia al sujeto que el contexto siempre entiende de una grave situación o coyuntura contra la fe. Eso despierta el recuerdo de la profecía de Daniel y por lo mismo la responsabilidad directa del pontífice. Pues debemos notar que tanto el giro ya subrayado, como la mención de la profecía no atañen a los recursos inconvenientes, desviados o heréticos de cardenales u obispos, pues eso comienza a puntualizarse en el parágrafo 2, sino al deber estricto del pontífice (de que hablan la introducción y el parágrafo 1) en el cuidado de la Fe.”

Dada la importancia que este documento tiene, la cual es resaltada por el mismo Disandroparece inimaginable pensar que Paulo IV “recuerde de paso” la sentencia según la cual el Romano Pontífice a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie en este mundo.

Precisamente porque no es un recuerdo pasajero, sino algo que está bien presente en la mente del legislador, “en todos los pormenores de la Bula” sistemáticamente es excluido el “caso preciso de un papa en funciones”, es decir, “de quien conserva la legitimidad in re y no puede ser juzgado por nadie una vez que le fue conferida.

Destacamos una vez más la necesidad del análisis desapasionado del texto. Teniendo en cuenta esto, Paulo IV, después de haber declarado en el § 6 írrita, nula y sin efecto la elección de quien hubiese incurrido en herejía previa, en el § 7permite sustraerse a la obediencia de quien fuera así promovido, pero manda prestar estricta obediencia y fidelidad a los canónicamente electos. Luego, no hay contradicción alguna.

Porque esto es así y no de otro modo, a continuación de la sentencia antedicha agrega que el Romano Pontífice, si fuese sorprendido en una desviación de la Fe, puede ser argüido, impugnado, reprochado, hacérsele ver su error, etc.

(…)

Dado que el Romano Pontífice canónicamente electo, conservando la legitimidad in re, juzga a todos y no puede ser juzgado por nadie; y en caso de desviación de la Fe solo puede ser argüido; mas considerando el grave peligro que significaría que un hereje pudiese ser elegido Papa; precisamente por estas tres cosas es que Paulo IV viene a anular la elección de quien hubiese incurrido en algún crimen contra la Fe.

Como “el giro ya subrayado y la mención de la profecía atañen al deber estricto del Pontífice en el cuidado de la Fe” es por eso que se lo menciona explícitamente sólo en los §§ 17 y 6: en un caso, tratándose del Papa canónico (§§ 17); en el otro, anulando la elección (§ 6), porque sabe que una vez canónicamente electo, ya no podrá ser juzgado.

(…)

Entendiendo como lo entiende Paulo IV y cualquiera que lea sin pasión ni prejuicio, no cabe sino una conclusión: un Papa canónicamente electo juzga a todos y no puede ser juzgado por nadie en este mundo; reclama estricta fidelidad y obediencia; si es hallado desviado de la Fe, puede ser argüido, reprochado o impugnado.

Por lo tanto, en el documento de Paulo IV no encontramos la doctrina: un Papa canónicamente electo y en funciones puede desviarse de la fe, incurrir en herejía o caer en cisma y, por alguno de esos motivos, ser depuesto.

En las notas que acompañan su traducción, el Profesor Sequeiros dice que este párrafo sobre el Pontífice Supremo es el que más sufre la rapiña de los intérpretes: cada uno se aferra al jirón que le interesa y en general todos descuidan la comprensión de su totalidad.

Los papólatras detienen la lectura al enterarse de que “nadie puede juzgarlo en este mundo” y pasan como sobre ascuas por el resto de la frase.

En cambio, quienes pretenden incluir al Papa canónicamente electo entre los depuestos por la Bula a causa de herejía subrayan la proposición consecutiva y su subordinada condicional (“al punto que el S. P…. si fuera sorprendido en una desviación de la fe podría a su vez ser impugnado“), dándole un valor absoluto, sin precisar el significado de las palabras ni estudiar su relación con la proposición relativa intercalada.

Es indispensable leer y reflexionar sobre dicha nota.

Mal uso de la analogía

Disandro da un paso más, y dice en la página 25:

“En segundo lugar deducimos la misma conclusión a partir del parágrafo 5, que trata de quienes hayan favorecido, protegido o promovido la herejía. Esos incurren en las mismas sanciones de la Bula. Ahora bien, si en ese caso se consideran depuestos de sus dignidades, oficios y beneficios, obispos, cardenales, etc. ¿cuál sería el motivo para excluir a quien tiene la responsabilidad mayor para impedir se cumpla la profecía antedicha? Por analogía es evidente que un papa canónicamente electo, y que promoviera, protegiera o alentara la herejía o los herejes perdería los títulos de legitimidad canónica, y cesaría de ser pontífice. Esta conclusión coincidiría con un pasaje del parágrafo 2, donde la enumeración de cargos y dignidades con jurisdicción dice: de cualquier grado, condición y preeminencia incluso obispos, arzobispos, etc. o de cualquier otra dignidad eclesiástica. ¿Cuál podría ser en la Iglesia esa “otra dignidad”, si a continuación el párrafo menciona: cardenales, legados, etc.? ¿No se sugiere inequívocamente la dignidad jurisdiccional del pontífice Romano? Creo que sí.”

La respuesta al interrogante es tan sencilla como clara: el motivo por el cual Paulo IV excluye explícitamente al Papa es:

* o porque Paulo IV es de la opinión que un Papa canónicamente electo no puede favorecer, proteger o promover positiva y voluntariamente la herejía;

* o porque considera que, aun concediendo que esto ocurriese, no hay lugar a la deposición en virtud del derecho eclesiástico, puesto que la Primera Sede por nadie en este mundo puede ser juzgada, ni siquiera por un Papa posterior.

El sólo hecho de que en un documento de tanta importancia se excluya explícitamente al Sumo Pontífice, tiene que hacernos pensar que algún motivo grave e importante debe existir. Si ninguna de las dos razones avanzadas por nosotros es la correcta, otra será la causa. El legislador no está obligado a darla.

Responder que “es evidente” que en tales suposiciones el Papa “cesaría de ser pontífice” es, al menos, temerario; pero extraer esta conclusión “por analogía” y ciñendo un texto hasta deformarlo es una grave irresponsabilidad.

Disandro dice: Por analogía es evidente que un papa canónicamente electo, y que promoviera, protegiera o alentara la herejía o los herejes perdería los títulos de legitimidad canónica, y cesaría de ser pontífice” (pág. 25)

Jurídicamente es inaceptable hablar de analogía en materia penal.

Cualquier estudiante de derecho penal sabe perfectamente que esto es cierto; conviene sin embargo consultar el Código de Derecho Canónico para fundamentar nuestra afirmación.

Recurrimos a los cánones 11, 15, 16, 18, 19, 20 y 2219.

(…)

Queda claro desde el punto de vista canónico que la aplicación de la analogía es inaceptable en esta materia por tratarse de derecho penal.

Deformación de un texto

Como acabamos de ver, para reforzar su conclusión, Disandro utiliza la enumeración del § 2, en la cual cree ver “sugerida inequívocamente la dignidad jurisdiccional del pontífice romano”

Hagamos un paralelo para comprobar si esto es así.

Hago notar aquí la ausencia de “estado” y “orden“, “honor” y “cargo“, así como también un desliz en la traducción: el verbo præfulgeant (sobresalgan o resplandezcan) lleva como complementos “dignitate Ecclesiastica”, “Cardinalatus honore”, “Legationis munere” y “mundane auctoritate seu excellentia”.

Esto nos prueba que:

1°) o la “traducción castellana” no ha sido “cuidadosamente pensada”, a pesar de que Disandro lo afirma en el Prólogo a la segunda edición (página 7),

2°) o realmente lo ha sido, lo cual significaría que el error es voluntario y tiene una finalidad, aumentando la responsabilidad del traductor.

El que sin duda fue cuidadosamente pensado es el texto de la página 25 que comentamos y sobre el cual volvemos: “… de cualquier grado, condición y preeminencia, incluso obispos, arzobispos, etc. o de cualquier otra dignidad eclesiástica. ¿Cuál podría ser en la Iglesia esa “otra dignidad”, si a continuación el párrafo menciona: cardenales, legados, etc.? ¿No se sugiere inequívocamente la dignidad jurisdiccional del Pontífice Romano? Creo que sí”.

Como método para resaltar aquello sobre lo cual quiere llamar la atención, en la traducción utiliza, sin advertir al lector, las mayúsculas; aquí el procedimiento es otro: recorta el texto, agrega los “etc.” y formula dos preguntas que responde como el oráculo de Delfos, sin afirmar ni negar, sino con un sugerente “creo que sí”.

El resultado es una verdadera deformación del pensamiento e intención del legislador y un engaño (quizás un autoengaño), violatorio de la conciencia del lector.

Ruego a quien me lee, compare con atención el texto original, nuestra traducción y la de Disandro, así como también esta última con su texto de página 25.

La diferencia de esta versión con el resto es enorme, y se agrava la responsabilidad por el hecho de que es posible e incluso muy probable que gran parte de los lectores del trabajo de Disandro sólo retengan lo dicho en el comentario, sin pasar a la traducción y menos al original latino.

En efecto, no es lo mismo decir:

“o de cualquier otra dignidad eclesiástica superior”

Que decir:

“o de cualquier otra dignidad eclesiástica”

Y mucho menos:

u otra mayor

Y además ¿qué finalidad tiene la primera interrogación?: “¿Cuál podría ser en la Iglesia esa “otra dignidad”, si a continuación el párrafo menciona: cardenales, legados, etc.?”

Explicamos:

Paulo IV aplica las penas a los que han incurrido en la culpa, sean estos de cualquier estado, grado, orden, condición y preeminencia; y aunque resplandezcan por una dignidad eclesiástica, o por el honor del Cardenalato y por el cargo de una Legación, o por una autoridad o excelencia temporal.

Por lo tanto, en el pensamiento del legislador, no es lo mismo “una dignidad Eclesiástica” que el “honor del Cardenalato” o el “cargo de una Legación“.

Entre las dignidades eclesiásticas, diferentes del honor del Cardenalato y del cargo de una Legación, distingue o enumera: la Episcopal, la Arzobispal, la Patriarcal, la Primacial “u otra mayor” (aut alia maiori); o como quiere Disandro: “otra superior”).

Ahora comprendemos la importancia y gravedad del desliz en la traducción “cuidadosamente pensada” alia maiori forma parte de las dignidades Eclesiásticas que, con el honor del Cardenalato y el cargo de una Legación resplandecen entre las autoridades espirituales junto a las temporales.

Esto se prueba por la forma incorrecta de traducir Episcopali, Archiepiscopali, Patriarchali, Primatiali, Cardinalatus, y  Legationis.

No hace falta saber latín para darse cuenta que allí no dice obispos, sino episcopal; arzobispos sino arzobispal, etc.

¿Por qué traduce Disandro, OBISPOS, ARZOBISPOS, PATRIARCAS, PRIMADOS? Todo parece indicar que para su interpretación necesita unir “dignidad eclesiástica” a otra superior, y entonces ya no puede traducir episcopal, arzobispal, etc.

¿Por qué no traduce “honore” y “munere“? No hace falta dominar la lengua latina para advertir que no es algo superfluo que pueda omitirse en la traducción. Aquí también para su interpretación parece necesitar CARDENALES y LEGADOS.

Ahora bien la potestad de jurisdicción eclesiástica tiene sólo dos grados de institución divina: el Supremo Pontificado y el Episcopado subordinado (canon 108). Por institución eclesiástica se añadieron otros muchos grados, según las necesidades de los tiempos.

Todos los canonistas enseñan que los oficios y las dignidades anejas a esos cargos se dividen, en razón de la potestad de jurisdicción, en “maiora et minora” es decir, “mayores y menores”.

Esta distinción entre dignidades mayores y dignidades menores la establece el mismo Paulo IV en la Bula que analizamos.

En efecto, en el § 3 dice: “…nec ullo unquam tempore ad eorum pristinum statum, aut Cathedrales, Metropolitanas, Patriarchales, et Primatiales Ecclesias, seu Cardinalatus, vel alium honorem, aut quamvis aliam maiorem, vel minorem dignitatem (…) restitui, reponi, reintegrari, aut rehabilitari possint…”

Es decir, “… y nunca jamás puedan ser restituidos, repuestos, reintegrados o rehabilitados a su prístino estado, o a Iglesias Catedrales, Metropolitanas, Patriarcales y Primadas, o al Cardenalato u otro honor, o a cualquier otra dignidad mayor o menor… “, (Subrayados nuestros).

Son oficios o beneficios mayores (llamados “ápices dignitatum vel prælaturæ maiores”) aquellos que llevan aneja la potestad episcopal o cuasi-episcopal, o sea: Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos, Coadjutores, Auxiliares, Vicarios y Prefectos Apostólicos, Administradores Apostólicos, Abades o Prelados nullius, Vicarios generales y Capitulares.

Sólo Prümmer incluye al Sumo Pontífice entre las dignidades mayores; sin embargo los cánones 108 y 218 no dejan lugar a dudas sobre este punto, que, por otra parte, no está en discusión con Disandro, quien, al traducir mal, ni siquiera llega a considerarlo.

Han desaparecido de la Iglesia latina los Exarcas, los Corepíscopos y los Archimandritas. Los Patriarcas y los Primados han quedado, pero con un título sin jurisdicción (canon. 271).

En la Iglesia oriental la jurisdicción no tiene grados puramente titulares, sino que todos tienen poder jurisdiccional. Los grados son: Patriarca, Metropolita, Obispo, Exarca, Vicario patriarcal, Obispo auxiliar, Corepíscopo, Archimandrita, Protopresbítero y Presbítero.

En consecuencia, el texto de Paulo IV debe entenderse así: “… aunque resplandezcan por una dignidad Eclesiástica Episcopal, Arzobispal, Patriarcal, Primacial u otra mayor“, es decir, de Exarca, Coadjutor, Auxiliar, Corepíscopo, Archimandrita, Vicario Apostólico, Prefecto Apostólico, Administrador Apostólico, Abad nullius, Prelado nullius, Vicario general o Vicario Capitular.

Si en tiempo de Paulo IV estaban vigentes todas estas dignidades eclesiásticas, no podemos precisarlo; si el legislador tuvo intención de abarcar posibles futuras dignidades, no podemos probarlo.

Lo cierto y claro es que se refiere a “dignidades Eclesiásticas“, incluso las mayores o que llevan aneja la potestad episcopal o cuasi-episcopal, entre las cuales solo enumera cuatro e incluye el resto bajo el nombre genérico (“alia maiori“) sin descender a la especie.

Existen 11 enumeraciones de aquellos a los cuales afectan las disposiciones de la Bula: una en el § 2, cinco en el § 3, una en § 5, dos en el § 6, una en el § 7 y otra en el § 8.

En las siete primeras y en la última se excluye explícitamente al Sumo Pontífice.

En las tres restantes se hace referencia a él, en las dos del § 6 para invalidar la elección pontifical y en la del § 7 para exigir fidelidad y obediencia al Papa canónicamente electo.

Los listados octavo y noveno, del § 6, se refieren a los jerarcas eclesiásticos cuya promoción o asunción es nula por herejía previa. Aquí, sí está explícitamente mencionado el (pseudo) pontífice, las dos veces.

Además, aquí la enumeración ascendente culmina con el “Romano Pontífice”; en el § 2, no, a pesar de que la lista paralela, la de las autoridades mundanas, alcanza el rango más alto, el de Emperador. También esto prueba que Paulo IV cumple con la prudentísima obligación de todo legislador: explicitar delitos y delincuentes.

Paulo IV habla de aquellos que resplandecen por una dignidad Eclesiástica, o por el honor del Cardenalato y por el cargo de una Legación. Ahora bien, por sobre estas tres categorías está la suprema y plena potestad de jurisdicción del Romano Pontífice (canon 218).

Por lo tanto:

1) no es lo mismo en el texto de Paulo IV sobresalir o resplandecer por una dignidad Eclesiástica mayor que hacerlo por el honor del Cardenalato y por el cargo de una Legación.

2) con mayor razón, muy diferente es brillar por la suprema y plena potestad.

3) esa “otra dignidad” de Disandro es la “alia maiori” (otra mayor) de Paulo IV, dignidad eclesiástica que lleva aneja la potestad episcopal o cuasi-episcopal entre las que sólo enumera las de Obispo, Arzobispo, Patriarca y Primado.

Todo lo que llevamos dicho en este largo comentario constituye una prueba más de la necesidad absoluta e impostergable de anticipar que el documento no enumera el caso del Papa canónico entre los posibles incursos en herejía y, como consecuencia de ello, depuestos.

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Con lo transcripto aquí me parece suficiente por hoy.

Hilarius termina su texto con estas palabras:

¿Intervendrá el padre C. para decirnos que lo afirmado por el concilio de Calcedonia y por el de Letrán I fue abolido por algún código? Antes que la risa nos invada, pongamos punto final.

Todo parece indicar que Hilarius no ha tenido tiempo de ponerse serio en 27 años…, desde aquellos días de mayo de 1990…

Ante la falta de honestidad intelectual del doctor Disandro en este tema, me invadió la tristeza…

Tal vez el discípulo sea mayor que el maestro…

De no ser así, me penetrará nuevamente el sinsabor…

Que Dios lo bendiga, Hilarius; rezo por su alma.

 

Padre Juan Carlos Ceriani