LOS SACRAMENTALES

EL AGUA BENDITA

¿Qué son los Sacramentales?

Los Sacramentales son cosas o acciones, de las cuales suele usar la Iglesia, a semejanza en cierto modo de los Sacramentos, para obtener, con la eficacia de su impetración, algunos efectos, principalmente espirituales.

Entre las cosas que son Sacramentales se cuentan los cirios benditos, las palmas, las medallas, los escapularios, la sal, el pan, etc.; y entre las acciones: la Señal de la Cruz, la recitación del Confíteor, etc.

Su eficacia les viene de la dignidad y mérito de la Iglesia, que ha sido quien los ha instituido en virtud de la autoridad recibida de Jesucristo.

Los Sacramentales no son de institución divina, sino eclesiástica, y solamente a la Sede Apostólica le compete crear otros nuevos, abolir los existentes, cambiarlos, y darles la interpretación auténtica (can. 1145).

Sus efectos

Según los teólogos, los Sacramentales tienen la virtud especial:

– De dedicar las personas y las cosas al culto divino, y esto lo producen infaliblemente como “ex opere operato”, por el solo hecho de usar un rito establecido por la Iglesia a ese objeto.

Así, por ejemplo, un abad, un cementerio, una imagen, etcétera, por el mero hecho de ser bendecidos con el rito establecido por la Iglesia, infaliblemente quedan dedicados a Dios.

– De arrojar o reprimir los demonios, y esto por vía de impetración, ya que las oraciones de la Iglesia son dignas de ser atendidas.

– De alcanzar algún beneficio temporal, como la salud o la mejoría de alguna enfermedad, pero no infaliblemente, sino en cuanto puede convenir a la salvación del alma.

A eso tienden, entre otras, las bendiciones de los enfermos, tanto de personas como de animales. Este efecto se produce de diverso modo: o bien preservando al hombre o a sus bienes, por especial providencia de Dios de males futuros; o bien librándoles de males presentes, v. gr. de la enfermedad; o bien otorgándoles un bienestar temporal.

– De comunicar gracias actuales, en virtud de la impetración de la Iglesia.

Se entiende de las gracias necesarias para desempeñar dignamente el oficio recibido en virtud de algún Sacramento.

– De perdonar el pecado venial, y esto, según la opinión más común de los teólogos, excitando píos movimientos con los cuales se alcanza la remisión de la culpa.

Así, uno que reza el Confíteor, o se da golpes de pecho, o se persigna con Agua Bendita, etc., con algún arrepentimiento, puede alcanzar el perdón de algún pecado venial.

– De remitir la pena temporal, si bien esto es muy discutible.

Dice Santo Tomás que “el reato de la pena se perdona solamente en la medida del fervor que uno tiene para con Dios, fervor que se excita por los Sacramentales, unas veces más, otras menos”.

Adviértase que no todos los Sacramentales producen todos los efectos señalados, sino que cada uno produce aquellos para los cuales ha sido instituido por la Iglesia. Los efectos propios de cada Sacramental se deducen ora por su institución, ora del tenor de las fórmulas al administrarlos.

Diversas clases de Sacramentales

Los antiguos distinguían por lo menos siete clases de Sacramentales, mas los teólogos modernos los reducen a estos tres:

a) – las bendiciones y consagraciones,

b) – los exorcismos, y

c) – el uso de las cosas exorcizadas y benditas.

Los Sacramentales muy a menudo se concretan en objetos y cosas reales, que sirven para el uso o consumo de las personas, y aun de los animales. Así sucede, v. gr., con las imágenes, los templos, los vasos sagrados, el agua, el pan, la ceniza, etc.

En estos casos “las cosas consagradas o benditas con bendición constitutiva —dice el Derecho Eclesiástico— deben ser tratadas con respeto, y no pueden destinarse a usos profanos o impropios, por más que sean del dominio privado”.

Esta regla, empero, no reza con las cosas benditas con bendición solamente invocativa, v. gr., los carruajes, las maquinarias, etc.

No es hacer uso profano ni impropio, por ejemplo, el dar pan o pasto bendito a los animales, si han sido bendecidos para ellos, ni colocar sobre ellos o en los corrales, gallineros, porquerizas, etc., medallas o imágenes benditas.

En cambio, sería profanar los Sacramentales usar de ellos para hacer algún daño a otro, para encantamiento, para seducciones, etcétera, como también destinar las cosas benditas a usos sucios e indignos.

Por lo demás, se ha de usar de los Sacramentales con gran confianza y devoción, pero sin darles mayor alcance del que la Iglesia les da, ni desviarlos de su destino natural. Hacer lo contrario sería incurrir en la superstición y en la idolatría, faltando gravemente contra la religión.

¡Guerra, por lo tanto, a las prácticas adivinatorias, a los maleficios, a los usos mágicos, al curanderismo, etc., por más que se ejerzan con objetos o con agua bendita y ante imágenes religiosas y con gestos devotos!

Contra todas estas supercherías, la Iglesia se muestra rigurosa e implacable, advirtiendo que, en punto a creencias y culto, sólo se hace responsable de lo que ella enseña, autoriza y aprueba. “Por lo tanto, cualquier rito que no haya sido sometido a su escrupuloso examen, cualquiera bendición que no haya sido aprobada por ella y que se da prescindiendo de las reglas fijas por ella establecidas, no puede ser autorizado ni de su nombre, ni de su mediación, ni de su intercesión; es un producto extraño que entra —de donde-quiera que él venga— en el orden privado, individual, el cual será más o menos sano, según sea su naturaleza y procedencia”

 LOS ELEMENTOS NATURALES Y SU SIMBOLISMO

Hay en la naturaleza ciertos elementos y productos a los cuales se les atribuye un significado simbólico, más o menos relacionado con el uso común que de ellos hacemos.

Así, el agua, el fuego, el aceite, etcétera, amén de su utilidad práctica, y precisamente por los excelentes servicios que nos prestan, tienen para nosotros un lenguaje y una poesía especial, que la Iglesia, tan amante del simbolismo, no podía menos de aprovechar para su Liturgia.

Añádase a ésto que el mismo Jesucristo consagró con su uso algunos de estos elementos, como el agua del río Jordán, la saliva, el aire, etcétera, comunicándoles secretas virtudes en orden a la vida sobrenatural; y que de algunos otros, como de la luz, de la sal, de la vid, etc., explotó para sus discursos su rico simbolismo.

Los elementos y productos naturales más usados en la Liturgia, son: la luz, el fuego, el agua, la saliva, el aire, el aceite, el bálsamo, la cera, el pan y el vino, la sal, la ceniza y el incienso.

EL AGUA

El agua es uno de los elementos más indispensables para la vida. Al principio del mundo, el Espíritu de Dios la acarició con su soplo y Jesucristo la santificó con su contacto en las corrientes del río Jordán. Ella, con el vino, forma parte de la materia de la Eucaristía, y ella sola constituye la materia única del Sacramento de la regeneración. Por eso la Iglesia la profesa una devoción y hace de ella, en sus ritos, un uso abundante, ora para las purificaciones, ora para las abluciones.

En la Liturgia se usan tres clases distintas de agua: el Agua Bautismal, el Agua Lustral ordinaria y el Agua Gregoriana.

El Agua Bautismal se bendice y consagra en dos ocasiones solemnes: el día de Sábado Santo y la Vigilia de Pentecostés. Está mezclada con los santos Óleos y se usa exclusivamente para el Bautismo.

El Agua Lustral es la bendecida y mezclada con sal para usarse en las aspersiones purificadoras de las personas y de las cosas, como un complemento de las preces y bendiciones que sobre ellas hace el sacerdote.

El Agua Gregoriana, así llamada porque fue San Gregorio Magno quien fijó sus elementos, se compone de agua, sal, vino y ceniza, y se usa únicamente para la consagración de las iglesias y altares.

Aparte de estas aguas, está el agua natural, de la que unas gotas se mezclan con el vino para la Misa, significando por ella la humanidad de Jesucristo y la participación de los fieles en el sacrificio, y en mayor cantidad para las abluciones del cáliz y de los dedos del celebrante.

EL AGUA BENDITA

El Agua Bendita o Lustral es un sacramental que usa la Iglesia en muchas de sus ceremonias y pone a nuestra disposición como una ayuda para nuestra santificación y protección.

El agua es uno de los cuatro elementos primordiales de los antiguos y a ella está ligada naturalmente la idea de purificación. El agua, además, refresca y da vida. Sin ella no sería posible la vida sobre la tierra.

En el Santo Bautismo se nos recuerda la doble función del agua, hecha materia de este Sacramento: lava el pecado original y da la nueva vida sobrenatural al alma. Por eso se la bendice solemnemente en la Vigilia de Pascua, que recuerda el paso de los hebreos por el Mar Rojo a pie enjuto, librándose de la esclavitud de Egipto y entrando en el camino hacia vida nueva en la tierra prometida.

El agua que se usa como sacramental también es bendecida, aunque no con la solemnidad del agua destinada a la pila bautismal.

Se exorciza primero para quitar de ella todo influjo maligno y se la sala un poco para significar la incorrupción. La sal que para ello se utiliza también es exorcizada y bendecida.

Las oraciones que trae el Rituale Romanum para bendecir el sacramental del agua (Ordo ad faciendam aquam benedictam) son bellas y dignas de ser meditadas.

La Iglesia usa el Agua Bendita para santificar las cosas creadas. No hay bendición en la que no se asperja con ella la persona, el ser o la cosa objeto de la misma. Con ella acompaña a los difuntos en su último viaje. También es una eficaz arma contra las insidias diabólicas.

En cada iglesia, santuario u oratorio suele haber una pila con Agua Bendita a la entrada. El fiel que entra en el sagrado recinto, lo primero que debe hacer es acercarse a tomarla con las yemas de los dedos y signarse.

Existe un díptico latino que sirve para acompañar este gesto y es muy significativo:

Haec aqua benedicta sit nobis salus et vita (Que esta agua bendecida sea para nosotros salvación y vida).

Es recomendable que en cada hogar haya también una pequeña pila para el Agua Bendita para que nos acostumbremos a utilizarla antes de iniciar nuestra jornada, al salir de casa y regresar, etc.

En los monasterios benedictinos, antes de retirarse la Comunidad del Coro, después de Completas, el abad rocía a todos los monjes, uno por uno, con agua bendita, como para poner a sus hijos al abrigo de los peligros nocturnos. También los fieles, al acostarse, deben rociar su cama y su persona con agua bendita.

Si vemos que se va agotando el Agua Bendita que tenemos en casa, y no podemos proveernos de ella, basta añadir de a poco una cantidad que sea menor a la mitad de lo que nos queda del Agua Bendita original para que todo quede bendecido.

Sin embargo, a no ser en caso de necesidad, es mejor pedirla nueva cada vez que lo necesitemos.

No dejemos la saludable costumbre de emplear el Agua Bendita en nuestras acciones principales. Es un auxilio muy fácil que la Iglesia pone a nuestra disposición.

¿Qué efectos tiene el agua bendita?

Tradicionalmente se sabe que el agua bendita tiene los siguientes efectos:

– Ahuyenta toda potestad demoníaca sobre las personas y lugares sobre las que se rocía.

– Borra los pecados veniales.

– Ahuyenta toda sombra, fantasía y astucia diabólica.

– Quita las distracciones en la oración.

– Nos dispone, con la gracia del Espíritu Santo, a una mayor devoción.

– Se nos infunde la virtud de la divina bendición para recibir los Sacramentos, para administrarlos, y para celebrar los divinos oficios de Dios.

¿Cómo utilizarla en el hogar?

Una forma de uso es persignarse con Agua Bendita. Otra es aspergerla (salpicarla) sobre sí mismo o sobre otras personas, lugares u objetos.

Para persignarnos, tomemos un poquito de Agua Bendita con dos dedos de la mano derecha y hagamos la Señal de la Cruz diciendo: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.

Podemos rezar la siguiente oración: Lávame, Señor, y quedaré limpio; purifícame y quedaré más blanco que la nieve. Crea en mí un corazón recto, dame, Señor, un espíritu firme (Salmo 50).

Recordemos que con aquellas palabras fuimos librados del pecado original y del espíritu del mal el día de nuestro Bautismo.

Luego podemos rociar devotamente toda la casa con un poco de agua bendita rezando la siguiente oración: Que esta Agua Bendita sea salud y gracia para todos los que habitan y visitan nuestra casa, por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.