Sí; no cabe ninguna duda…

“¡HA BLASFEMADO! ¿QUÉ NECESIDAD TENEMOS YA DE TESTIGOS? AHORA MISMO, VOSOTROS HABÉIS OÍDO LA BLASFEMIA”

(Mateo, XXVII, 65)

La frase del título, que pronunció Caifás cuando Nuestro Señor declaró su Divinidad, refiere a la pena establecida en Levítico XXIV, 16: “Quien blasfemare el Nombre de Yahvé muera irremisiblemente; toda la Congregación le apedreará. El extranjero y el indígena cuando blasfemare el Nombre morirá.” Monseñor Straubinger, comentando este pasaje, nos dice:

¡Cuán enorme delito sea la blasfemia se ve por el hecho de que Dios la hace castigar con la pena de muerte! Y sin embargo, tan arraigado se halla este mal entre los pueblos modernos que hoy se blasfema por costumbre, casi como por diversión.

Y es así; de esto acusaron al Mesías, y por eso el versículo siguiente de San Mateo, continúa con la pregunta de Caifás: “¿Qué os parece?” Contestaron diciendo: “Merece la muerte.

¿Qué es una blasfemia? Una injuria, ofensa o irreverencia a Dios; el vocablo proviene de las palabras griegas βλάπτειν (daño) y φήμη (fama).

En materia teológica la blasfemia no se limita a esos agravios a Dios, sino que se extiende a las injurias a lo sagrado y a los santos; y entre estos, en particular, a los ataques a María Santísima.

A Nuestro Señor no le probaron en el Sanedrín lo que consideraban una blasfemia; era un imposible, fue absurdo siquiera intentar hacerlo; pero tenemos que decir, con Monseñor Straubinger, que hoy en día —y mucho más que en su época— se blasfema por costumbre, casi como por diversión y, en algunos casos, por una ligereza impropia de quienes mejor deberían respetar el trato dado a Dios Nuestro Señor y a todo aquello que participa de su Gloria y de su Divinidad.

En un sustento del que nunca podrían haber echado mano los sumos sacerdotes farisaicos de aquél juicio inicuo, tenemos una prueba de esto último que acabamos de sostener.

Monseñor Williamson, en su Comentario Eleison Nº 508, del sábado 8 de Abril, expresó lo siguiente (le hacemos algunas correcciones menores de sintaxis y ortografía):

Todos necesitamos recordarnos a nosotros mismos que Dios es misterioso, en otras palabras que Él va infinitamente más allá de nuestras pequeñas mentes humanas. De otro modo nos arriesgamos a recortarlo a un tamaño adecuado para que Él encaje dentro de esas pequeñas mentes. “Pues mis pensamientos no son vuestros pensamientos, y vuestros caminos no son mis caminos, dice Yahvé. Así como el cielo es más alto que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos que vuestros pensamientos” (Is. LV, 8–9).

Esta gran lección es enseñada en el quinto Misterio Gozoso del Santo Rosario, cuando a la edad de 12 años Nuestro Señor se permitió estar perdido para Su Madre y San José a fin de recordarles que Él tenía que ocuparse de los asuntos de Su Padre. Su Madre no pudo comprender —“Hijo, ¿por qué has hecho así con nosotros?” Él había causado tres días de intensa ansiedad a sus padres humanos —“Tu padre y yo te estábamos buscando con angustia”. Nuestro Señor respondió como si ellos hubieran estado ansiosos sin razón —“¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que conviene que Yo esté en lo de mi Padre?” Pero tan intensa había sido la ansiedad de Sus padres que humanamente esta respuesta no tuvo ningún sentido para ellos —“Pero ellos no comprendieron las palabras que les habló”. Sin embargo, Su Madre sabía que era mejor no preguntar más nada a Su Hijo. En su lugar, Ella “conservaba todas estas palabras en su corazón” (Luc. II, 48–51) para ver por qué Dios estaba en lo correcto aunque Ella no pudiera entender.

A la futura cabeza de la Iglesia, Piedra sobre la cual Ella sería construida, la misma lección sobre los caminos de Dios trascendiendo por mucho los nuestros, necesitaba ser enseñada, aunque algo más rudamente que a la gentil Madre de Nuestro Señor. Demasiado humanamente, Pedro reprende a Nuestro Señor por atreverse a decirle a los Apóstoles que Él está yendo a Jerusalén para sufrir y morir. La respuesta de Nuestro Señor es punzante: “¡Apártate de Mí, Satanás!”, pero la explicación es esencialmente la misma que a Su Madre, “¡porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres!” (Mat. XVI, 21–23). Pedro, recién nombrado Piedra de la Iglesia (Mat. XVI, 18–19) es al que menos se le puede permitir pensar humanamente en lugar de divinamente cuando será cuestión de gobernar a la Iglesia.

Lo primero que nos llamó la atención es que casi en su integridad las transcripciones bíblicas responden a la traducción de Monseñor Straubinger, salvo dos excepciones menores: la pregunta de Nuestra Señora en el versículo 48 del capítulo II de San Lucas, omite la palabra “Hijo”; y el rechazo de Nuestro Señor a Pedro, en el versículo 23 del capítulo XVI de San Mateo, lo traduce el gran exégeta alemán: “¡Quítateme de delante, Satanás! ¡Un tropiezo eres para Mí, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres!” Como se ve, los textos no resultan discordantes.

Donde sí tenemos que discordar nosotros, es en los agravios blasfemos que se incluyen en el Eleison contra la Santísima Madre de Jesucristo… y contra San José, de paso… Creer que su presunto “no entendimiento” implicaba calibrar la Palabra de Dios como “cosas de los hombres” no sólo es sacrílego, sino que demuestra un desconocimiento alarmante de las Sagradas Escrituras y de la Santidad y Excelsitud de la Virgen María.

Desde el momento de la Anunciación demuestra la Madre de Dios que sabe muy bien de qué se trata la Gracia que inunda su alma. No precisamente cuando pregunta “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” Dice Monseñor Straubinger sobre este pasaje:

De las palabras: “No conozco varón” se deduce que María había hecho voto de guardar la virginidad. En las pocas veces que habla María, su corazón exquisito nos enseña siempre no sólo la más perfecta fidelidad sino también la más plena libertad de espíritu. No pregunta Ella cómo podrá ser esto, sino: cómo será, es decir que desde el primer momento está bien segura de que el anuncio del Mensajero se cumplirá, por asombroso que sea, y de que Ella lo aceptará íntegramente, cualesquiera fuesen las condiciones. Pero no quiere quedarse con una duda de conciencia, por lo cual no vacila en preguntar si su voto será o no un obstáculo al plan de Dios, y no tarda en recibir la respuesta sobre el prodigio portentoso de su Maternidad virginal.

En otras palabras, Nuestra Señora pregunta qué debe hacer, si renunciar a su voto virginal o proceder de otra manera cuyo misterio estaba reservado a Dios, y que se le revela por las últimas palabras del Arcángel San Gabriel.

Pero si este diálogo demuestra la disposición de María para las cosas de Dios (no las de los hombres), mucho más demostrativo es el “Fiat”.

El “Fiat” de Nazaret, que refleja por anticipado —y prepara— el “Fiat” de Getsemaní, tiene una diferencia con esta respuesta de Cristo frente al Cáliz que su Padre le propone por su Gloria: Nuestro Señor dijo en ese momento de indecible angustia: “Padre mío, si no puede esto pasar sin que Yo lo beba, hágase la voluntad tuya.” (Mateo XXVI, 42); fiat voluntas tua.

La Santísima Virgen en Nazaret respondió al Emisario Divino: “He aquí la esclava del Señor: séame hecho según tu palabra.” (Lucas I, 38); fiat mihi secundum verbum tuum. La Madre de Dios SABE que lo expresado por San Gabriel no es su voluntad propia sino la del Padre Celestial, y por eso no responde María específicamente a la voluntad angélica sino a su palabra, detrás de la cual discierne la Corredentora el designio divino, que acepta con plena conciencia y certeza de lo que le ha de deparar.

Gloriosa sabiduría la de ese FIAT con el que comenzamos las meditaciones del Santo Rosario; hágase que, luego del hágase consecuente de su Hijo Divino, le significó a María la inmensa gracia que meditamos al culminar la oración mariana por excelencia: aquélla aceptación le trajo esta Corona inmarcesible.

¿María no sabía, Monseñor? Ahí, pocos versículos después (46-55), tiene Su Eminencia un tratado de Teología incomparable, del cual dice Monseñor Straubinger:

Este himno, el Magníficat, está empapado de textos de la Sagrada Escritura, especialmente del cántico de Ana (I Reyes II, 1-10) y de los Salmos, lo que nos enseña hasta qué punto la Virgen se había familiarizado con los Sagrados Libros que meditaba desde su infancia. El Magníficat es el canto lírico por excelencia, y más que nada en su comienzo. Toda su segunda parte lo es también, porque canta la alabanza del Dios asombrosamente paradojal que prefiere a los pequeños y a los vacíos. De ahí que esa segunda parte esté llena de doctrina al mismo tiempo que de poesía. Y otro tanto puede decirse de la tercera o final, donde “aquella niña hebrea” (como la llama el Dante), que había empezado un cántico individual, lo extiende (como el Salmista en el Salmo CI), a todo su pueblo, que Ella esperaba recibiría entonces las bendiciones prometidas por los profetas, porque Ella ignoraba aún el misterio del rechazo de Cristo por Israel. Pero el lirismo del Magníficat desborda sobre todo en sus primeras líneas, no sólo porque empieza cantando y alabando, que es lo propio de la lira y el arpa, como hizo el Rey David poeta y profeta, sino también y esencialmente porque es Ella misma la que se pone en juego toda entera como heroína del poema. Es decir que, además de expresar los sentimientos más íntimos de su ser, se apresura a revelarnos, con el alborozo de la enamorada feliz de sentirse amada, que ese gran Dios puso los ojos en Ella, y que, por esas grandezas que Él hizo en Ella, la felicitarán todas las generaciones. Una mirada superficial podría sorprenderse de este “egoísmo” con que María, la incomparablemente humilde y silenciosa, empieza así hablando de sí misma, cuando pareciera que pudo ser más generoso y más perfecto hablar de los demás, o limitarse a glorificar al Padre como lo hace en la segunda parte. Pero si lo miramos a la luz del amor, comprendemos que nada pudo ser más grato al divino Amante, ni más comprensivo de parte de la que se sabe amada, que pregonar así el éxtasis de la felicidad que siente al verse elegida, porque esa confesión ingenua de su gozo es lo que más puede agradar y recompensar al magnánimo Corazón de Dios. A nadie se le ocurriría que una novia, al recibir la declaración de amor, debiese pedir que esa elección no recayese en ella sino en otra. Porque esto, so capa de humildad, le sabría muy mal al enamorado, y no podría concebirse sinceramente sino como indiferencia por parte de ella. Porque el amor es un bien incomparable —como que es Dios mismo (I Juan IV, 16)— y no podría, por tanto, concebirse ningún bien mayor que justificase la renuncia al amor. De ahí que ese “egoísmo” lírico de María sea la lección más alta que un alma puede recibir sobre el modo de corresponder al amor de Dios. Y no es otro el sentido del Salmo que nos dice: “Deléitate en el Señor y te dará cuanto desee tu corazón” (Salmo XXXVI, 4). Ojalá tuviésemos un poco de este egoísmo que nos hiciese desear con gula el amor que Él nos prodiga, en vez de volverle la espalda con indiferencia, como solemos hacer a fuerza de mirarlo, con ojos carnales, como a un gendarme con el cual no es posible deleitarse en esta vida.

¿La Madre de Dios se solazaba en las cosas de los hombres? Podría ser que no conociese en su profundidad todo el Misterio de la Redención, pero ya conocía no sólo lo que expresó en el Magníficat, sino que también conocía los textos de Isaías que prefiguraron al Varón de Dolores; tal vez pudiera ser que no llegara a penetrar totalmente la traición del Pueblo Elegido, suponiendo que los sufrimientos del Ungido habrían de ser provocados por otros hombres ajenos a Israel… del mismo modo que a tantos durante toda la Historia les costara muchísimo imaginar que la traición de estos Últimos Tiempos habría de surgir desde hombres insertados otrora en el seno de la Esposa del Cordero. Lo que es imperdonable, hoy, es no darse cuenta de esto y continuar en los devaneos fornicarios con herejes blanquecinos encumbrados y acompañando en la intención a cuantos felones púrpura andan mendigando componendas por ahí.

Pero este conocimiento limitado de Nuestra Señora en aquellos primeros momentos de la vida terrena de su Hijo, se fue ampliando durante los treinta años en que convivieron ambos en vida doméstica y recoleta.

Si a San Pedro le reveló Nuestro Señor que iba a padecer y a morir, ¿cómo no lo había de saber su Madre? Ahí tenemos la piadosísima práctica del Santo Vía Crucis que nos da otro indicio:

En la Tercera Estación Nuestro Señor cae como efecto de los padecimientos transcurridos desde su apresamiento; ¿quién aparece entonces?:

En la Cuarta Estación la Virgen Santísima se hace presente por primera vez desde el comienzo de la Pasión, no sólo para condolerse y com-padecer con Cristo, sino para alentarlo en el camino de la Cruz, como cualquier madre animaría a un hijo que se encuentra en el trance más dificultoso para lograr su meta. ¡Maravilloso anuncio de cómo la Virgen Santísima habría de socorrer y alentar a todos sus hijos en las caídas!

¿Y qué ocurre luego, según el Santo Vía Crucis? Llegan los dos auxilios y consuelos para Nuestro Señor:

En la Quinta Estación, el Cireneo, que le alivia momentáneamente del peso del Sagrado Madero; y en la Sexta Estación, la Verónica, que asea el Divino Rostro oculto por la Preciosísima Sangre, los salivazos y cuanta miasma pudieron arrojar los verdugos a la Santa Faz.

Pero según Usted la Virgen no sabía… ¡vamos, Monseñor!

No se le puede imputar al Matrimonio más sagrado de la Historia (que no son simplemente “sus padres humanos”), preocuparse en descifrar “… por qué Dios estaba en lo correcto… ”, dando a entender expresamente que no sabían.

No es lo mismo no comprender que no saber, o no entender, o no encontrarle sentido a la Palabra del Hijo de Dios; comprender es un término que viene de lo físico, y que en su primera acepción define el abrazar, ceñir o rodear por todas partes algo.

Ahí tiene Su Eminencia la clave a partir de la cual no supo —o no quiso— interpretar esto. Nuestra Señora vivió, como ningún otro ser humano, de la Fe; todo tenía sentido para Ella desde esa óptica, aunque se le escaparan por el momento algunos, unos cuantos o muchos detalles; no sólo en esta oportunidad, sino también unos cuantos años atrás, poco después de la Navidad, cuando el santo anciano Simeón le expresó lo que constituye el primero de sus Siete Dolores (Lucas II, 35). No abrazaba aún en su totalidad los alcances de los dichos del Niño Dios (de ahí que no comprendía todo), pero para Ella y para San José tenían el altísimo sentido de la Fe, percepción tremendamente elevada y distante de las apreciaciones del Pedro humanizado —y por eso satanizado— que rechaza Nuestro Señor poco antes de su Pasión.

También resulta de una mezquindad extrema malinterpretar la pregunta de Nuestro Señor: “¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que conviene que Yo esté en lo de mi Padre?” ¡Claro que lo sabían! Y Jesucristo sabía que lo sabían…

¡Cuántas veces se utiliza esa expresión coloquial presuponiendo acertadamente una respuesta afirmativa! El “¿no sabíais?” equivale a decir: “Sí que lo sabéis… aunque no comprendáis aún el modo, el día y la hora en que he de ocuparme en plenitud de las cosas de mi Padre; ya llegará el momento.”

Es una falacia perversa decir que Nuestro Señor le dirigió a su Madre Santísima el mismo reproche que al primero de los Apóstoles: “¡porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres!

La Virgen no sentía esas cosas como nacidas de los hombres, como Su Eminencia afirma… ¡habráse visto expresión más ofensiva para Nuestra Señora! Equivale, sin lugar a dudas, a considerarla también merecedora del ¡Quítateme de delante,… y no agrego el final de esa divina reprensión por respeto y veneración a la Sede de la Sabiduría…

Sedes Sapientiæ; no la invocaríamos así si hubiera sentido las cosas de los hombres y no las de Dios… Ahí la tiene Usted, Monseñor, en las Bodas de Caná, cuando Nuestro Señor le dice: “¿Qué a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía” (Juan II, 4); Ella, sin responder a esa expresión, se vuelve a los criados y les dice: “Cualquier cosa que Él os diga, hacedla” (versículo 5), sabiendo que con esa indicación disponía el comienzo de la vida pública de Jesucristo. O sea, transformando una cosa de los hombres (la falta de vino), en el principio de la suprema cosa de Dios: la Redención; en palabras de su Hijo, haciendo venir su hora…

¡Como del Fiat al Fíat!; del “mujer” de Caná de Galilea, al “mujer” del Gólgota; la Virgen Santísima sabía que con ese dulce imperativo materno —a Él dirigido, más que a los criados— enviaba a su Hijo, desde el banquete nupcial, hasta la Última Cena; del abrigo del Santo Hogar de la Sagrada Familia a la desnudez del Calvario.

Nuestra Madre del Cielo sabía; y tanto sabía, que el Salvador mejoró los elogios de su anónima seguidora referidos al aspecto biológico de la Maternidad Divina de María: “¡Felices más bien los que escuchan la palabra de Dios y la conservan!” (Lucas XI, 28) Dice el Doctor Straubinger sobre esta expresión de Nuestro Señor:

Jesús no repite los elogios tributados a María, pero los confirma, mostrándonos que la grandeza de su madre viene ante todo de escuchar la Palabra de Dios y guardarla en su corazón (II, 19 y 51). “Si María no hubiera escuchado y observado la Palabra de Dios, su maternidad corporal no la habría hecho bienaventurada” (San Juan Crisóstomo).

Y en otra parte, cuando el Redentor identifica a su madre y a sus hermanos con el auditorio que lo rodea: “Porque quien hiciere la voluntad de Dios, ése es mi hermano, hermana y madre.” (Marcos III, 35), expresa el insigne traductor:

Jesús no desprecia los lazos de la sangre; pero les antepone siempre la comunidad espiritual (Lucas XI, 28 y nota). María es la bendita, más porque creía en Cristo que por haberlo dado a luz (San Agustín).

La Virgen creía en Cristo; sabía, Monseñor; lea bien las Sagradas Escrituras e interprételas como se debe, sin fantasear sacrílegamente sobre la inaudita e inexistente igualdad esencial entre la actitud de la Santísima Madre del Verbo y las manifestaciones temporalizadas del Príncipe de los Apóstoles; de otro modo, va en camino de cruzarse con Caifás… y éste no ha de mentir cuando le reproche su blasfemia.