SAN ANTONIO DE PADUA: OCTAVA DE PASCUA

EL SALUDO DE PAZ

Vino Jesús, se puso en medio de los discípulos y les dijo: ¡Paz a vosotros! Dicho ésto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se alegraron, al ver al Señor. De nuevo dijo Jesús: ¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió a mí, así yo os envío a vosotros.

Lo primero que resalta en este Evangelio, es el triple saludo: “ ¡Paz a vosotros! “, como motivo de la triple paz que Cristo estableció entre Dios y el hombre, reconciliando al hombre con el Padre por medio de su Sangre; entre el Ángel y el hombre, asumiendo la naturaleza humana y elevándola por encima de los coros de los Ángeles; y entre el hombre y el hombre, reuniendo en sí mismo, como piedra angular, al pueblo de los judíos y al de los gentiles.

Observa también que en el nombre “PAX” hay tres letras y una sola sílaba. Todo ello simboliza la Unidad y la Trinidad de Dios. En la letra P está señalado el Padre; en la letra A, que es la primera vocal, está señalado el Hijo, que es la voz del Padre; y en la X, de doble consonante, está indicado el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo. Al decir: “¡Paz a vosotros!”, Jesús nos recomendó la fe en la Unidad y en la Trinidad.

“Vino Jesús y se puso en medio”. El centro es el lugar que compete a Jesús: en el Cielo, en el seno de la Virgen, en el pesebre del rebaño, en el patíbulo de la Cruz.

En el Cielo: “El Cordero, que está en medio del trono”, o sea, en el seno del Padre, “los guiará y los llevará a las fuentes de las aguas de la vida” (Ap 7, 17), o sea, a la saciedad de los gozos celestiales.

En el seno de la Virgen: “Exulten y canten alabanzas, oh habitantes de Sión, porque grande es en medio de ti el Santo de Israel” (ls 12, 6). Oh bienaventurada María, que eres la habitación de Sión, o sea, de la iglesia, que en la encarnación de tu Hijo fundó el edificio de su fe, exulta con todo el corazón y canta con la boca tu alabanza: “¡Mi alma glorifica al Señor!”, porque el grande, el pequeño y el humilde, el santo y el santificador de Israel está en medio de ti, o sea, en tu seno.

En el pesebre del rebaño: “Serás conocido en medio de dos animales” (Ha 3, 2); “el buey conoce a su propietario y el asno, el pesebre de su amo” (I Sam 1,3).

En el patíbulo de la cruz: “Crucificaron con Él a otros dos, acá y allá, y a Jesús en el medio” (Jn 19, 18).

“Vino Jesús y se puso en medio”. “Yo estoy en medio de vosotros ‑nos dice en San Lucas‑ como aquel que sirve” (22, 27). Él está en el centro de todo corazón. Está en el centro, para que de Él, como del centro, todos los rayos de la gracia se irradien hacia nosotros, que estamos en la circunferencia, nos damos vuelta a su alrededor o nos agitamos en la periferia.

Con todo lo anterior concuerdan las palabras de los Hechos de los Apóstoles: “En aquel tiempo se levantó Pedro en medio de los hermanos ‑estaba reunido un grupo de casi ciento veinte hombres‑, y dijo: “Hermanos…”; y todo lo que sucedió para la elección de San Matías (1, 15‑16).

Cristo, resucitado de entre los muertos, estuvo en medio de los discípulos; y Pedro, que antes había caído renegándolo, se levantó en medio de los hermanos. Con ello nos indica a nosotros que, levantándonos del pecado, podemos ponernos en medio de los hermanos, porque en el centro está la caridad, que se extiende tanto a los amigos como a los enemigos.

“Vino Jesús, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡Paz a vosotros!”. Recuerda que existe una triple paz. Primero: la paz del tiempo, de la cual se habla en el tercer libro de los Reyes: “Salomón tuvo paz en los alrededores” (4, 24); segundo: la paz del corazón, de la cual se dice: “Con él en paz me acuesto y en seguida me duermo” (Salm 4); y también: “La Iglesia gozaba de paz por toda la Judea, la Galilea y la Samaría; y crecía caminando en el temor del Señor; y estaba henchida de los consuelos del Espíritu Santo” (Hech 9, 31). Judea se interpreta “confesión”; Galilea, “pasaje”; y Samaría, “custodia”.

La Iglesia, o sea, el alma fiel, halla la paz en estas tres cosas: en la confesión, en el tránsito de los vicios a las virtudes y en la guarda del precepto divino y de la gracia recibida. Y de esta manera crece y camina de virtud en virtud en el temor del Señor, pero no en el temor servil, sino en el temor filial; y en toda tribulación rebosa de los consuelos del Espíritu Santo. Tercero: la paz de la eternidad, de la que dice el Salmo: “El mantiene la paz en tus fronteras” (147, 14).

La primera paz debes tenerla con tu prójimo y la segunda contigo mismo; y así, en la octava de la resurrección, tendrás también la tercera paz con Dios en el Cielo. Detente, pues, en el medio y vas a tener paz con tu prójimo. Si no te pones en el medio, no podrás tener paz. En la “circunferencia” no puede haber ni paz ni tranquilidad, sino agitación y volubilidad.

Se dice de los elefantes que, “cuando traban algún combate, toman un cuidado particular de los heridos, ya que a los heridos y a los fatigados los encierran en el centro del grupo” (Solino). De la misma manera, acoge también tú en el seno de la caridad a los débiles y a los heridos. Así lo hizo el guardia de la cárcel, del que se habla en los Hechos de los Apóstoles, quien “tomó a Pablo y a Silas en aquella misma hora de la noche y les lavó las heridas; luego, los llevó a su casa y les preparó la mesa; y se regocijó con toda su casa, por haber creído en Dios” (16, 33‑34).

“Jesús se puso en medio de los discípulos y les dijo: “¡Paz a vosotros! “. Dicho esto, les mostró las manos y el costado”. San Lucas añade que Jesús dijo: “¡Miren mis manos y mis pies: soy yo mismo!” (24, 39).

Según mi opinión, el Señor mostró a los apóstoles las manos, los pies y el costado por cuatro motivos.

Primero: para demostrar que de veras había resucitado y para quitarnos así toda duda.

Segundo: para que la paloma, o sea, la Iglesia o también toda alma fiel, anidara en sus llagas, como en profundas aberturas, y así pudiera esconderse de la vista del gavilán, que trama acechanzas para arrebatarla.

Tercero: para grabar en nuestros corazones los signos extraordinarios de su pasión.

Cuarto: les mostró pidiendo que también nosotros compartamos su pasión y no volvamos a crucificarlo de nuevo con los clavos de nuestros pecados.

Nos mostró sus manos y su costado, diciendo: “He aquí las manos que los crearon, cómo fueron traspasadas por los clavos; he aquí el costado, del que ustedes fieles, mi Iglesia, fueron engendrados, como Eva fue engendrada del costado de Adán; ese costado fue traspasado por la lanza, para abrirles la puerta del paraíso, cerrado por la espada llameante del querubín. El poder de la sangre, brotada del costado de Cristo, alejó al Ángel y melló la espada, mientras el agua apagaba el fuego. No quieran, pues, crucificarme de nuevo, profanar la sangre de la alianza, en la que fueron santificados, y llevar afrenta al Espíritu de la gracia.

Si prestas atención a tales razones y las escuchas, oh hombre, tendrás paz contigo mismo.

Después de haberles mostrado las manos y el costado, el Señor dijo de nuevo: ¡Paz a vosotros! Como el Padre me envió a mí a la pasión, aunque me ame, casi con el mismo amor también yo los envío a ustedes a aquellos sufrimientos, a los que el Padre me envió a mí.