PADRE JULIO MEINVIELLE: LA SÍNTESIS TEILHARDIANA

LA COSMOVISION DE TEILHARD DE CHARDIN

Extractos del artículo publicado en Estudios Teológicos y Filosóficos, Año II – Tomo II – Nº 2, Buenos Aires, 1960.

La actividad de Teilhard de Chardin no se agotó en su tarea científica paleontológica sino que también se extendió abundantemente a las más grandes cuestiones referentes al origen y estructura del cosmos, abarcando problemas que interesan a la ciencia, metaciencia, cosmología, metafísica, teología y vida espiritual.

“La originalidad de mi creencia —escribía Teilhard de Chardin— consiste en que echa sus raíces en dos dominios de la vida habitualmente considerados como antagonistas. Por educación y formación intelectual yo pertenezco a los hijos del cielo. Pero, por temperamento y por estudios profesionales yo soy un hijo de la tierra. Después de treinta años consagrados a perseguir la unidad interior, tengo la impresión de que se ha operado, naturalmente, una síntesis entre las dos corrientes que me solicitan. Hoy creo, probablemente, más que nunca en Dios y, desde luego, más que nunca en el mundo. ¿No está aquí, en una escala individual, la solución particular, esbozada al menos, del gran problema espiritual con el que choca, en la hora presente, el frente de avance de la humanidad?” (Comment je crois).

La tentativa de Teilhard de Chardin, en su mera intención, no deja de ser peligrosa. Porque la ciencia actual no puede considerarse totalmente independiente de la filosofía moderna, la cual, como es sabido, es positivista, idealista y evolucionista. Querer entonces conciliar en una síntesis dos concepciones que se han de oponer necesariamente en muchos puntos fundamentales, no deja de ofrecer serios peligros.

Estos se agravan considerablemente, si tenemos en cuenta que, así como Teilhard de Chardin tenía gran dominio y autoridad en el terreno científico —particularmente en Paleontología—, tenía muchísimo menos, y aún mejor diríamos, tenía deficiente formación en filosofía y teología. Además, la que pudiera tener, se hallaba influenciada por corrientes heterodoxas como la de Bergson y de Edouard Le Roy, caracterizado filósofo modernista.

La síntesis teilhardiana debía resultar confusa, y como tal, un semillero de equívocos y errores que habían de provocar violenta reacción en los filósofos y teólogos católicos.

El sistema de Teilhard de Chardin

En un folleto policopiado que lleva el título Comment je crois, Teilhard de Chardin afirma, en epígrafe y de entrada: “Creo que el Universo es una Evolución. Creo que la Evolución va hacia el Espíritu. Creo que el Espíritu se eleva a lo Personal. Creo que lo personal supremo es el Cristo Universal”.

Teilhard de Chardin toma en serio y con carácter universal y absoluto la Evolución. Todo el fenómeno espacio-temporal se desarrolla evolutivamente. De las partículas de átomo al átomo, del átomo a la molécula, de la molécula a la gran molécula, de ésta al virus, del virus a la célula, de la célula a los protozoarios, de éstos al hombre, a través de todas las ramificaciones del Árbol de la Vida, del hombre a la planetización humana, y de ésta a la Pleromización de Cristo, todo en un continuo proceso evolutivo. Es un proceso total de cosmogénesis, biogénesis, noogénesis y cristogénesis.

Pero la evolución de Teilhard de Chardin, en oposición a la de los autores materialistas, es una Evolución dirigida y dirigida hacia estados de mayor conciencia y de espíritu. “La conciencia que aparece con evidencia en el hombre tiene una extensión cósmica y, como tal, se aureola de prolongamientos espaciales y temporales indefinidos” (Le phénomène humain).

La vida y la conciencia son una energía que, interna en la materia, dirige y da sentido a la Evolución universal empujando a la más mínima partícula del átomo hacia arriba, hacia el mundo de la Biosfera, de la Noosfera y de la Cristosfera.

Con el hombre entramos en la etapa de la Noosfera. También es esta etapa se cumple un proceso evolutivo. Después de una fase inicial de expansión y divergencia se inicia otra de convergencia. En esta etapa nos encontramos ahora. Es la era de la Colectivo, de la Planetización. “Una colectividad armonizada de conciencias, equivalente a una especie de super-conciencia. La Tierra no sólo cubriéndose de granos de pensamientos por miríadas, sino envolviéndose de una envoltura pensante, hasta no formar funcionalmente sino sólo un vasto Grano de Pensamiento, de escala sideral” (Le phénomène humain).

La humanidad se va acercando a un punto de convergencia en que todo se une, se concentra, se consolida, se anima. Teilhard de Chardin llama Omega a este punto y le asigna los caracteres de autonomía, actualidad, irreversibilidad y trascendencia, de suerte que repetidas veces afirma que este Punto Omega es Dios e insinúa que su método nos proporciona una verdadera prueba de la existencia de Dios.

Teilhard de Chardin no se detiene aquí. Como naturalista católico se siente autorizado a introducir en su vasta concepción del Universo evolutivo lo que él llama el fenómeno cristiano. El Punto Omega, dice, es Cristo. “Y si el mundo es convergente, y si Cristo ocupa su centro, la Cristogénesis de San Pablo y de San Juan no es otra cosa ni nada menos que la prolongación a la vez esperada e inesperada de la Noogénesis en la cual, para nuestra experiencia culmina la Cosmogénesis y Cristo se viste orgánicamente de la majestad misma de su creación” (Le phénomène humain).

Esta concepción evolutiva del misterio cristiano tendrá consecuencias en la vida ascética y espiritual e incluso en la teología, proporcionando una síntesis de la Fe cristiana y de la Fe en el Mundo que satisfaga por igual al hombre cristiano y al moderno en esta etapa de Planetización del Universo.

Crítica de la cosmovisión de Teilhard de Chardin

Siendo Teilhard de Chardin, por un lado, hombre de ciencias y de las ciencias naturales, en quien la hipótesis de la Evolución se había hecho carne como una verdad indestructible, y siendo, por otro, persona religiosa, en contacto diríamos continuo con las grandes enseñanzas de la fe que hacen de Cristo el Centro del Hombre, todo le llevaba a hacer una síntesis de su saber profano con su saber sagrado.

Por otra parte, se ha de reconocer que a través de lo que surge de sus obras, no parece grande su saber filosófico y teológico. Al contrario, es deficiente y más bien negativo.

Un impulso monista, es decir de querer explicarlo todo con un solo principio, mueve su actividad intelectual. De aquí, nada ha de extrañar que su cosmovisión, examinada objetivamente y a la luz de la filosofía y de la teología Católica, resulte suma y gravemente censurable.

La evolución generalizada

Teilhard de Chardin hace profesión de evolucionismo y de evolucionismo universal. Si nos presentara su obra como poética e imaginativa, nada tendríamos que objetarle. Pero invoca su carácter de hombre de ciencia, que arriba a conclusiones que a su vez son fruto de observación.

Sabido es que la evolución, incluso extendida al mero campo de la Paleontología, no es más que una hipótesis. Pero en fin, aunque la Evolución fuera comprobada en Biología, de aquí a extenderla a todo el campo del Cosmos, de la Vida, del Espíritu y de la Revelación, y ello en nombre de la observación científica de los fenómenos, hay un paso que no se puede franquear con seriedad.

Teilhard de Chardin da pie a que se lo censure de monismo metafísico. Su evolucionismo es una verdadera teoría filosófica que se esfuerza por admitir que lo más viene de lo menos y que, en consecuencia, lo más debe estar de alguna manera precontenido en lo menos. Y así en la más mínima partícula de átomo estaría la vida, la conciencia, la inteligencia y aun el misterio cristiano. Y esa partícula, por vía evolutiva, en virtud de su fuerza interior que la empuja, alcanzaría los más altos grados de la diversidad de los seres.

De aquí que el evolucionismo de Teilhard de Chardin comience por alterar el concepto filosófico de creación y, en consecuencia, el de Dios y el de materia.

Teilhard-Chardin, con el Padre Breuil, explorando la necrópolis de Ming, situada a unos 50 kilómetros de Pekín

El concepto de creación

Santo Tomás establece cómo la creación es producción de un ser total y absolutamente de la nada, o sea de un ser que antes de su producción no solamente no tenía existencia en cuanto tal ser, sino que no preexistía en un sujeto o materia del cual pudiera ser sacado.

Teilhard de Chardin no comprende la noción de creación ex nihilo. Por ello busca una base para que opere el poder creador. Un múltiple infinitamente disociado, una especie de pulverización infinita. Y subraya su metafísica del unir en contraposición a la del esse. “Lo que equivale a admitir que crear es lo mismo que unir. Y en verdad nada nos impide sostener que la unión crea” (Réflexions sur le péché originel).

Hay en Teilhard de Chardin un verdadero maniqueísmo, porque es Múltiple, esa Nada positiva, no viene de Dios sino que es independiente de Él y se le opone como un principio a otro Principio. De aquí que Teilhard de Chardin habrá de admitir luego la necesidad absoluta e inevitable del mal en la génesis del Universo.

El concepto de Dios

Si el constitutivo más profundo de la realidad no es el ser sino el unir, la esencia de Dios no ha de consistir tampoco en el Ser, el Esse Subsistens, sino en el unir. Dios mismo “no existe más que uniéndose”, afirma Teilhard de Chardin.

Vale decir que él destruye el recto concepto de Dios. Dios no sería Actualidad Pura; porque si su existir es unirse, quiere decir que previamente se halla en estado de desunión, de disociación. Se halla de algún modo en potencia.

Además, en Teilhard de Chardin, esta acción de Dios de unificar, con la que entraría en lucha contra lo Múltiple, tendría como efecto un acabamiento y perfeccionamiento del mismo Dios. ¿Qué Dios es éste que se perfecciona intrínsecamente con la misma criatura?

El concepto de materia

Teilhard de Chardin hace de la materia un algo —materia-espíritu— que es completamente ajeno a una sana filosofía. Para hacer de la materia una realidad espiritual, Teilhard de Chardin acude al principio de que “bien observado, aunque fuese en un solo punto, un fenómeno tiene necesariamente, en virtud de la unidad fundamental del Mundo, valor y raíces ubiquistas. La conciencia que aparece con evidencia en el hombre tiene una extensión cósmica y, como tal, se aureola de prolongación espacial y temporal indefinidas” (Le phénomène humain).

De aquí que la materia tenga Vida, Conciencia, Espíritu. Y si aplicamos el principio, como corresponde, en toda su universalidad, hayamos de decir que la materia sea crística y divina. Teilhard de Chardin la llama la divina materia.

Con todo derecho se ha denunciado un panvitalismo, panbiologismo, pancristianismo, y hasta un panteísmo en el pensamiento de Teilhard de Chardin.

Pero también se puede hablar de un panmecanicismo, porque el proceso de la Evolución sube accionado por ese Dentro o Interior de la materia que Teilhard de Chardin llama Energía Espiritual o Energía Radial que existe en la más mínima partícula del polvo cósmico. Un arreglo diverso de esas partículas pulverizadas puede explicar las diferencias de los seres. Lo cual significa que la estructura específica de los seres en el plano inorgánico, biológico y humano, no se debe sino a un simple arreglo o acomodamiento de las primitivas partículas materiales, dotadas de la energía radial.

Pero hay también un panmaterialismo, porque hay en Teilhard de Chardin una homogeneización de la materia y del espíritu. El Espíritu, la energía radial, no puede actuar sino en y dentro de la materia.

Convergencia de la Evolución y Punto Omega

En Teilhard de Chardin hay una metafísica de lo Uno. Sin embargo, caeríamos en un error si la concibiésemos como si el Uno estuviese al comienzo y, desde él, se verificase un proceso de expansión y divergencia. En Teilhard de Chardin al comienzo está lo múltiple que se va enrollando y concentrando en un proceso evolutivo de convergencia.

En el estadio de la Noosfera, que es el estadio de hominización, después de una primera fase de expansión divergente viene una segunda, de concentración y convergencia. Es la fase actual de la Humanidad, fase de planetización, en que las conciencias, sin perder su personalidad, se agrupan y cierran sobre sí mismas, no formando alrededor de su matriz terrestre, “más que una sola unidad orgánica mayor, cerrada sobre sí misma, una sola arqui-molécula hipercompleja, hipercentrada, hiperconsciente, coextensiva al astro sobre el cual ha nacido” (L’avenir de l’homme).

Este proceso de convergencia debe concluir en un Punto, que Teilhard de Chardin llama Omega. Sabido es, que para él, el Punto Omega es un Dios Personal hacia Quien converge el Universo.

El problema del mal y del pecado

Teilhard de Chardin construye a base de la Evolución un Universo que se estructura necesariamente, por vía de la unificación de la materia pulverizada. El Universo es necesario y no podría ser mejor ni peor de lo que es.

Si el hombre procede de modo necesario, no tiene responsabilidad moral y, en consecuencia, no puede haber verdadero pecado, que es una ofensa moral.

Tal lo que acaece en el Universo de Evolución de Teilhard de Chardin. Existe en él cierto mal, derivado de la inercia y pasividad de la materia que se resiste, estatísticamente, a la unificación. Pero es un mal físico de carácter necesario.

La Encarnación y la Redención

Al alterar la noción de pecado y reducirla a una falla puramente mecánica de un proceso evolutivo, Teilhard de Chardin resta importancia al pecado original. En consecuencia, la Encarnación del Verbo no se habría efectuado en vistas de la Redención del género humano. Tanto la Encarnación como la Redención serían una especie de acabamiento del mismo Cosmos, exigido por el proceso evolutivo.

Es inconcebible cómo Teilhard de Chardin haya podido enunciar errores tan groseros. La idea de la Evolución biológica, extrapolada al orden sobrenatural, naturaliza y pervierte los grandes misterios cristianos.

El Cristo evolutivo

La necesidad natural con que se desenvuelve el proceso evolutivo del Cosmos invade el misterio cristiano que no es sino un phylum en esta Evolución. Cristo, que se identifica con el Punto Omega, se hace solidario de la suerte necesaria e inevitable que afecta a este punto de convergencia de la Noosfera.

El lugar y el tiempo de la Encarnación del Verbo también estarían exigidos de modo natural y necesario. Razones cósmicas determinarían el lugar y el tiempo de la Encarnación. ¿Dónde queda la gratuidad sobrenatural de este misterio fundamental del cristianismo?

CONCLUSIÓN

Teilhard de Chardin biólogo ha tomado como profesión primera de su vida la de la fe en la Evolución. Creo en la Evolución. Y desde esta óptica biológica evolutiva ha pretendido divisar todo el panorama del Cosmos y de Dios, de la Naturaleza y de la Gracia, de las cosas de la tierra y del Cielo. Y ha inventado un sistema grandioso y coherente para la imaginación, en el cual todo se sostiene, todo se armoniza, todo se conjuga.

La imaginación queda satisfecha. Pero la inteligencia descubre aquí un sistema de un monismo imposible y absurdo.

¿Panteísmo, confusión? Preferimos pensar que se trata de una grandiosa fantasía. Grandiosa fantasía que, si se toma en serio —y en serio puede tomarla el hombre moderno, destituído de una recta metafísica— resultaría una peligrosa gnosis teosófica.