PADRE CALMEL: ALEGRÍA Y PAZ

LA ALEGRÍA QUE NOS DA JESUCRISTO

Y LA PAZ QUE PEDIMOS AL CORDERO DE DIOS

“En verdad, en verdad os digo, vosotros lloraréis y os lamentaréis; el mundo se alegrará; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se cambiará en gozo. Ahora estáis tristes; pero os volveré a ver y vuestro corazón se alegrará, y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. ” (Jo. XVI. 20-22)

En nuestro valle de lágrimas la Alegría que da Jesucristo es raramente brillante; ¿quién podrá dudarlo? Pero es una Alegría que resiste; lo suficientemente oculta, bien profunda, vivaz, para que nada ni nadie puedan llegar hasta el fondo.

¿Por qué es así? Porque somos amados por un Dios Salvador, que nos concede poder amarlo; porque, debido a su Pasión y a su Resurrección, seca la gran fuente de la tristeza, es decir, el pecado.

A medida que los años pasan, hacemos la experiencia que hay en la vida más tristezas que consolaciones, más decepciones que promesas mantenidas.

Nos damos cuenta que esta tierra es, no solamente un valle de lágrimas y lutos, sino también, lo que es más lamentable, un lugar de escándalos y trampas.

¡Y bien!, para leer el Evangelio de la Alegría, no dejemos de lado el recuerdo amargo de estas tristes comprobaciones; ya que es a hombres reales que se anunció el Evangelio de la Alegría. Así pues, no vacilemos recordar todo lo que la vida reserva de amargo y de pena. Pero tengamos este recuerdo en Dios.

Entonces, a pesar de todo, no dejaremos de creer en el Evangelio de la Alegría.

Oigamos las voces negativas (es por otra parte imposible no oírlas); pero, más allá de estas voces desastrosas, escuchemos la voz saludable del Señor, y no nos perderemos.

No se trata de ignorar los discursos negativos de la humana experiencia; se trata de oírlos permaneciendo ante el Señor; entonces dejarán de ser negativos.

Entonces, aunque la experiencia quiera convencernos de que no se puede resistir a la vida y a sus escándalos, la presencia del Señor (que tiene infinitamente más peso que esta experiencia) nos dará la certeza de que podemos escapar a los escándalos, si tenemos buena voluntad.

No abandones tu alma a la tristeza, no hay bien en ella” (Eccle. 38: 21 y 30: 25). ¿Cómo hacer para no abandonar nuestra alma a la tristeza? ¿Evitando ver lo que vemos, en nosotros mismos y en torno nuestro, en la Iglesia y en la sociedad?

En verdad, para no abismarse en la tristeza y permanecer en la Alegría evangélica, no se trata de evitar ver lo que es; sino de creer más allá de lo que se ve, y de amar en consecuencia.

Si creo más allá de las realidades que veo (y que existen ciertamente terribles), aparecen otras realidades que existen infinitamente más inmediatamente a mis ojos apaciguados: esas realidades que manifiestan el Amor de nuestro Salvador y su victoria sobre el Príncipe de este mundo y sobre los escándalos de la vida.

Si creo más allá de lo que veo, sé que, dentro del tiempo invariable del pecado, el tiempo de la victoria ya comenzó; y el tiempo del pecado se suprimirá definitivamente cuando Jesús se haya convertido todo en todos.

¿Cómo no abandonar mi alma a la tristeza? Acordándome del Misterio de Jesucristo; teniendo bastante Fe para tener una memoria cristiana.

Lo propio de la Alegría evangélica es no ser incompatible con la tristeza, el abatimiento o la desolación; es ser incluso posible y brillar aun en medio de la tristeza misma, del abatimiento y de la desolación.

Más profunda que todos los dolores y todas las tristezas, esta Alegría procede de la misteriosa presencia (en lo íntimo de ser) del Señor Jesucristo, que nos ama sin medida y que nos libró del mal.

Esta Alegría no se presenta nunca con un carácter indiscreto o estridente, negador de la humilde realidad humana. Ésta es una realidad de amor, de dolor y de trabajo; pero, más profundamente aún, y en su fuente más oculta, es una realidad religiosa; y de la religión de Jesucristo, victorioso del diablo y la muerte.

Con respecto a la Paz, la doctrina cristiana es a la vez extremadamente simple y elevada.

Se resume en estas dos proposiciones del Señor: “Os doy la Paz”; “No os la doy como la da el mundo”.

Es decir, existe una Paz verdadera para los hombres fieles al Señor Jesús: esta Paz no es la del mundo.

Sobre este último punto el profeta ya había dicho que “no hay paz verdadera para los impíos”.

El mundo, la contraiglesia, por la cual el Señor no rogó, tiene ciertamente la pretensión de dispensar la Paz. El mundo pretende satisfacer y colmar las aspiraciones de los hombres. En algunos casos es necesario convenir que lo logra; pero es necesario constatar, al mismo tiempo, que es al precio del sofocamiento de los deseos más profundos del alma, de las aspiraciones más humanas del ser humano.

Si el mundo consigue obtener para sus adeptos la paz de un Infierno indoloro, es, sin embargo, un Infierno. Salvo que se conviertan, los mundanos conocerán, el último día, que ya vivían efectivamente en el Infierno, y que el Infierno no puede seguir siendo indoloro. “No est pax impiis”.

La Paz que da Jesucristo es una Paz en el amor y en la Cruz.

Es importante considerar que esta paz no se da nunca en la facilidad, en la cobardía y en el egoísmo, hacia donde suspiran naturalmente los pobres hombres.

La Paz que da Jesucristo responde a otra aspiración; viene a escuchar la plegaria temblorosa de los hijos de Dios, que se saben pecadores pero que tienen de buena voluntad:

“Señor, danos la fuerza de permanecer fieles. Somos tan impuros y tan pobres que esta fidelidad no es posible sin ser probados en el interior por los sacrificios que pedirás de nosotros, sin ser afligidos fuera por las pruebas que te agradará enviarnos. Señor, danos solamente, en el corazón mismo de la lucha y del sufrimiento, el seguir siéndote fieles y el amarte. Nuestra cruz es indispensable para cooperar a la Redención del mundo; danos solamente el no cansarnos de cooperar a esta Redención; no dimitir debido al cansancio y a los fracasos. Cordero de Dios, la Paz que te pedimos es la de pobres pecadores que se saben tales y que aceptan las consecuencias; débiles discípulos que quieren, sin embargo, amarte, trabajar en tu obra, y que aceptan poner el precio. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, que lo destruyes por tu Cruz, danos tu Paz, que es una Paz crucificada.”

Tales son los santos deseos que viene a colmar el benignísimo Jesús.

Los deseos naturales del hombre se vuelcan hacia una paz y una felicidad que hacen abstracción del destino sobrenatural, del estado de caída y de redención.

Los santos deseos de la gracia no pueden volverse sino hacia una Paz y una Felicidad de gracia, una Paz y una Felicidad que piden la purificación del alma por el amor, y a la unión por amor al Salvador Crucificado, para la Redención del género humano.

No es jamás en un sentido de facilidad, sino siempre en un sentido de tensión, de Cruz, de Amor generoso; resumidamente, en un sentido de Iglesia militante, que es necesario escuchar la buena nueva de los Ángeles de Belén: “Paz a los hombres de buena voluntad”, y que es necesario pronunciar la gran plegaria del Santo Sacrificio: “Cordero de Dios que quitas los pecados de mundo, danos la paz”.