HERMANO RAFAEL ARNAIZ BARÓN

Rafael Arnaiz Barón, comúnmente conocido como el Hermano Rafael, nació en Burgos el 9 de abril de 1911, y falleció en el Monasterio de San Isidoro de Dueñas, Palencia, el 26 de abril de 1938. Fue un monje trapense, considerado uno de los grandes místicos del siglo XX.

EL SILENCIO

De las cosas que nos consuelan en la vida monástica una de ellas es el silencio.

Y sobre todo, hay ciertas horas en que el silencio se impone por lo necesario; se necesita; es el consuelo del trapense; es el refugio del afligido y desconsolado; es el recreo del que está alegre, y hace la felicidad del enamorado de Dios.

En el silencio es donde el monje encuentra el bálsamo de sus dolores y de sus, algunas veces, desolaciones; en el silencio monacal es donde el alma que goza de Dios esconde sus delicias; en el silencio se ama mejor a Dios; con el silencio el sufrimiento es más eficaz; en el silencio es donde muchas veces se encuentra el consuelo que no pueden dar las criaturas.

¡Qué hermoso y agradable es el silencio!

¡Cómo ayuda al alma a buscar a Dios!

¡Y cómo una vez que a Dios se ha encontrado nos ayuda a conservarle, y a no profanar su presencia!

Algunos días, el alma de cierto trapense encuentra su felicidad en conservar su silencio.

Este trapense no se cambiaría por nadie; y, lo que para el mundo es una penitencia, para él es su cielo en la tierra.

Cuando lentamente transcurren las horas de la noche…, de esa noche que el monje utiliza para orar delante de Dios…, cuando toda la naturaleza duerme y las mismas tinieblas invitan al alma al recogimiento y a la oración…, cuando en esas horas serenas ese frailecillo se acerca al altar de Dios, y recibe en su corazón al Autor de la noche, al Dios que hizo los Cielos cubiertos de estrellas…, entonces, cuando el alma se encuentra rodeada de paz por fuera y de luz por dentro…, cuando las tinieblas envuelven el Monasterio y divinos resplandores iluminan el corazón…, entonces es cuando se necesita silencio.

El sol, como avergonzado de turbar la paz de la noche, va asomando poco a poco en el horizonte…, una tenue neblina rodea los objetos del paisaje…, la creación se va despertando…, todo se va inundando de luz poco a poco…, la iglesia del convento tiene una ventana encima del Altar Mayor…, por esta ventana entra la luz, y esta luz suave del amanecer hiere y acaricia la Imagen de la Virgen María…, llega hasta el Sagrario, y entra hasta el Coro…

Ya se puede leer claramente en los grandes libros…, a medida que la luz que Dios envía al mundo cada mañana lo va inundando todo… el alma del monje se va inundando también de alegría, de paz, de agradecimiento al Señor que es tan bueno con el hombre…; entonces, cuando todo empieza a vivir, cuando los pájaros aturden en el cementerio con sus cantos, cuando el sosiego de la oración se cambia por los instrumentos del trabajo manual…, cuando el monje comienza su jornada, quién sabe si a padecer…, entonces el alma de este hombre, dándose cuenta de que la vida sobre la tierra es lucha, de que aún está en el destierro, eleva su corazón sobre todas las cosas, pide el auxilio a Dios, a quien ofrece las obras del día, se abraza a la cruz de cada día, y con el pensamiento en la Virgen se refugia en el silencio…, en ese silencio que le ayuda a conservar la oración de la noche…, y en ese silencio le ofrece a Dios, unas veces el sudor de su frente, otras el frío, y siempre su trabajo, sea cual fuere.

¡Qué hermoso es ese silencio del trapense durante su trabajo!…, el alma se dilata al abismarse en la grandeza de Dios manifestada en los cielos bajo los cuales ese monje trabaja…

La creación entera está sujeta a la mano del hombre…, todo canta las glorias de Dios…; los trigos, las flores, los montes y el cielo…; todo es un concierto sublime de armonía, nada falta y nada sobra, todo lo que hace Dios está bien hecho…

El alma de este trapense unas veces está en la tierra arañando los terrones, y otras está en el Cielo bendiciendo a Dios…, pero siempre en silencio…

Aunque algunas veces se interrumpa para cantarle a la Virgen…, yo conozco algún caso.

SOLEDAD

¡Cuántas cosas se le ocurren a mi alma a propósito de esa palabra, y qué difícil es expresar la alegría de la soledad al que algunas veces tantas lágrimas le ha costado!

Sin embargo, qué alegre es el estar solo con Dios…; qué paz tan grande se respira cuando nos vemos solos…, solos el alma y Dios; qué caminos tan distintos lleva el mundo y lleva Cristo.

El mundo se busca a sí mismo, y a sí mismo se encuentra.

El alma que no busca a Dios, busca otras almas, y si no las halla, llora su soledad…; tristes lágrimas que amargan el corazón y no dan consuelo.

Pero el corazón que busca a Cristo ama la soledad de todo y de todos, pues es en esa misma soledad donde Jesús se muestra; es en esa soledad donde busca a las almas; ahí las lleva a veces a costa de dolores y de sacrificios.

Es precisamente sola donde Él la quiere.

¡Cuánto cuesta subir esa pequeña pendiente en la que se van dejando tantas ilusiones, a veces afectos, a veces parece que pedazos del alma entera…; cuesta, Señor!… ¡Cuesta a veces acompañarte a esas soledades del espíritu y del cuerpo adonde quieres llevarnos!…

Día tras día, Jesús va haciendo su obra en el corazón de sus amigos… Poco a poco va arrancando, a veces suavemente, a veces de un golpe, tantas y tantas cosas que atan al alma, a la tierra y a las criaturas.

Dejemos hacerle a Él…, Él es el Dueño de todo…, y efectivamente, si Dios nos quiere para sí, irremisiblemente nos llevará a la soledad, y allí nos hablará al corazón.

¡Qué grande es Dios!… ¡Qué bien hace las cosas!…

¡Lo que al principio tanto nos cuesta, lo que tantas lágrimas nos ha hecho derramar!… ¡Bendita soledad con Cristo! Es nuestro mayor consuelo en la tierra. En esa soledad goza el alma del enorme consuelo de saberse sola con Él…, ¿qué más quiere? ¿Qué pueden dar los hombres? ¡Qué divina escuela es la soledad para aprender a conocer a Dios y parra no esperar nada del mundo!

¡Bendita soledad que nos acerca a Dios y nos desprende de las criaturas!

¡Aprendamos ahí a acompañar a Jesús en la Cruz, y después a María, cuya alma, más en el Cielo que en la tierra, después de muerto su Hijo nos enseña su Soledad y nos invita a acompañarla!

¡Qué grande es la misericordia de Dios!

¡Qué engañados estábamos cuando creíamos que la soledad era Cruz!; ¡qué ceguera tan grande es buscar a Dios entre consuelos humanos!; bien es verdad que cuando Él quiere se manifiesta a los hombres de mil modos y maneras…, es cierto, mas siempre es a través del consuelo; es un paisaje con niebla, es cierto que es Dios, pero está detrás…, detrás de nuestros sentidos, de nuestros sentimientos, de nuestras ilusiones…, detrás de las criaturas a las que vamos a buscar lo primero; Dios se manifiesta al alma a través de todo eso, y es una imagen suya, efectivamente, pero sin contornos, confusa, imprecisa…, es un paisaje con niebla…; el paisaje está, pero la niebla lo desdibuja, y lo primero que se ve es la niebla.

Dios está en todo, pero ese todo no es Dios.

Las almas acostumbradas a ver al Creador en los más pequeños detalles de la Creación, en las maravillas de la naturaleza, en la armonía del Introito de una Misa, o en el corazón de un hombre, qué duda cabe de que gozan de Dios, y que Dios se vale de todo eso para muchas veces despertar a un alma dormida. Que efectivamente el alma ve a Dios, nadie lo duda, mas es de una manera imperfecta, pues antes de llegar al paisaje, su vista se ha detenido en la niebla…, bien sea un insecto, o el sol, un trozo de música o la grandiosidad de un corazón.

¡Qué claramente se llega a ver que es en la soledad de todo donde de veras se encuentra a Dios!; ¡qué gran misericordia es la suya cuando haciéndonos saltar por encima de todo lo criado nos coloca en esa llanura inmensa, sin piedras ni árboles, sin cielo ni estrellas…, en esa llanura que no tiene fin, donde no hay colores, donde no hay ni hombres, donde no hay nada que al alma distraiga de Dios!

Infinita bondad del Eterno que, sin merecerlo, nos coloca en esas regiones de las soledades para allí hablarnos al corazón.

Infinita paciencia la de Dios que, día tras día, noche tras noche, va persiguiendo a las almas, a pesar de las caídas de éstas, a pesar de las ingratitudes y los egoísmos, a pesar de los obstáculos que continuamente le ponemos, a pesar de escondernos muchas veces, no a su castigo, sino, vergüenza da decirlo, a su gracia.

Cómo se me ensancha el alma cuando medito en aquellas canciones de San Juan de la Cruz, una de ellas dice:

«En soledad vivía, y en soledad ha puesto su nido»

El místico Doctor, en sus anotaciones a la canción supone al alma que ya vivía en soledad; y Dios, contento de esta soledad, ha puesto en ella su nido.

Alma generosa la del Carmelita, que fue buscando a Dios en la soledad de todo. No así la mía que fue lo contrario, es llevada de la mano del Altísimo a todas partes, y muchas veces no de buen grado, sino a rastras.

Mas ya todo acabó. Seré generoso, seré dócil, me lleves donde me lleves, amaré lo que Tú ames, incluso el vivir, si ese es tu deseo. Me abismaré en esa soledad del espíritu y del cuerpo para que en ella, como dice la canción, hagamos el nido de amores Divinos, en ella me trates, me ilustres, me guíes para que en ésta senda de la vida por el mundo no me pierda ni me extravíe. Condúceme, Señor, por ese camino de soledades que es el seguro, pues al no haber otros que lo crucen y siendo Tú el guía, ¿qué hay que temer?…

En la Trapa de San Isidro un frailecillo…, menos aún, un simple Oblato pasa por el sendero de la vida monástica con el corazón loco de alegría en su soledad, y con los labios sellados por el silencio, pero siempre mascullando, o una oración, o algún cantar, y el que ahora le toca es la canción del fraile de Hontiveros, el hermano de Teresa:

«En soledad vivía,

y en soledad ha puesto ya su nido,

y en soledad la guía

a solas su querido

también en soledad de amor herido».

ESTAR OCULTO

Uno de los encantos, mejor dicho, consuelos de la vida monacal es el estar oculto a las miradas del mundo. Esto lo comprenderá quien guste meditar en la vida de Cristo.

Para dedicarse a un arte…, para profundizar en una ciencia, el espíritu necesita soledad y aislamiento, necesita recogimiento y silencio.

Ahora bien, para el alma enamorada de Dios, para el alma que ya no ve más arte ni más ciencia que la vida de Jesús, para el alma que ha encontrado en la tierra el tesoro escondido, el silencio no le basta, ni su recogimiento en soledad; le es necesario ocultarse a todos, le es necesario ocultarse con Cristo, buscar un rincón de la tierra donde no lleguen las miradas profanas del mundo, y allí estarse a solas con su Dios.

El secreto del Rey se mancha y pierde brillo al publicarse.

Ese secreto del Rey es el que hay que ocultar para que nadie lo vea; ese secreto que muchos creerán son comunicaciones Divinas y consuelos sobrenaturales…, ese secreto del Rey que envidiamos a los Santos, se reduce muchas veces a una Cruz.

No pongamos la luz bajo el celemín, nos dice Jesús en el Evangelio. Publiquemos las grandezas de Dios, hagamos llegar al corazón de nuestros hermanos los tesoros de gracias que Dios derrama a manos llenas sobre nosotros; publiquemos a los cuatro vientos nuestra fe; llenemos el mundo de gritos de entusiasmo por tener un Dios tan bueno; no nos cansemos de predicar su Evangelio, y decir a todo el que nos quiera oír que Cristo murió amando clavado en un madero…, que murió por mí…, por ti…, por aquél…, y si nosotros de veras le amamos, no lo ocultemos…: no pongamos la luz que puede alumbrar a otros, debajo de un celemín.

Mas en cambio, Bendito Jesús, llevemos allá adentro y sin que nadie se entere, ese divino secreto…, ese secreto que Tú das a las almas que más te quieren…, esa partecita de tu Cruz, de tu Sed, de tus Espinas. Ocultemos en el último rincón de la tierra nuestras lágrimas, nuestras penas y nuestros desconsuelos…; no llenemos el mundo de tristes gemidos, ni hagamos llegar a nadie la más pequeña parte de nuestras aflicciones.

Seamos egoístas para sufrir, y generosos en la alegría.

Hagamos la felicidad de los que nos rodean, y no enturbiemos el ambiente con caras tristes cuando Dios nos mande alguna prueba.

Ocultémonos para estar con Jesús en la Cruz, no busquemos mitigación al dolor en el consuelo de las criaturas, pues haremos dos cosas que no son malas, pero que no son perfectas; primero, al dejar a Dios por lo que no es Dios, pues no es consuelo suyo lo que de Él no viene, y si Él no quiere darlo, al buscarlo fuera de Él le perdemos a Él, y también perdemos muchas veces el mérito del sufrimiento; segundo, hacemos en nuestro egoísmo, por lo menos queremos hacer, participar a demás de lo nuestro para así descargarnos y conseguir con esto un alivio ficticio y falso, pues si te duele una muela, te seguirá doliendo, lo digas o no.

En resumidas cuentas, casi siempre es un acto de egoísmo, y también falta de humildad dar importancia a lo tuyo, como si por ser tuyo fuera importante.

En cambio, no buscando nada en las criaturas, y sí todo en Dios, se llega a amar la Cruz, pero la Cruz a solas y escondido…, la Cruz, oculto con Dios y lejos de los hombres.

Ocultemos nuestra vida, si nuestra vida es penar.

Ocultemos el sufrir si el sufrir nos causa pena.

Ocultémonos con Cristo, para sólo a Él hacerle partícipe de lo que, mirándolo bien sólo es suyo… el secreto de la Cruz.

Aprendamos de una vez, meditando en su vida, en su Pasión y en su Muerte, que sólo hay un camino para llegar a Él…, el camino de la Santa Cruz.