SANTO TOMÁS DE AQUINO: SUMA TEOLÓGICA

TRES ARTÍCULOS ESCLARECEDORES

La sola ojeada de las siguientes sentencias de Santo Tomás invita a la lectura y reflexión de los tres artículos tomados de su Suma Teológica que presentamos más abajo. Dichas máximas se encuentran igualmente resaltadas en los artículos correspondientes.

» El pecado original se llama pecado de la naturaleza.

» A veces se castiga con pena corporal a los hijos por los padres.

» Uno es castigado a veces sin culpa, aunque nunca sin causa.

» A nadie se castiga nunca con una pena espiritual por un pecado ajeno; en cambio, uno es castigado a veces con penas temporales por un pecado ajeno.

» Según el juicio divino, los niños son castigados con castigos temporales juntamente con sus padres.

» Se toma venganza de los animales y de cualquier otra criatura irracional porque así se castiga a sus dueños.

» Por el pecado de uno se aplica a muchos un castigo general para realzar con ello su solidaridad.

Con más de setecientos años de anticipación, el Doctor Angélico refutó muchos de los sentimentales prejuicios del hombre moderno, comenzando por el de la negación del pecado original y sus consecuencias.

Ia-IIæ, q.81, a.1

El primer pecado del primer padre se transmite a sus descendientes por generación

Según la fe católica, se debe sostener que el primer pecado del primer hombre se transmite a sus descendientes por generación.

Por lo cual, aun los niños, luego de nacer, son llevados al Bautismo como para ser lavados de alguna infección de culpa.

Lo contrario es herejía pelagiana, como es claro por San Agustín en muchos de sus libros.

Mas para explicar de qué modo pueda transmitirse a los descendientes por generación el pecado del primer padre, diversos teólogos buscaron caminos diferentes.

Algunos, considerando que el sujeto del pecado es el alma racional, sostuvieron que el alma se transmite con el semen; de modo que así de un alma inficionada procederían almas inficionadas.

Mas otros, rechazando ésto como erróneo, se esforzaron en demostrar cómo se transmite la culpa del alma del padre a su prole, aun cuando no se transmita el alma, por el hecho de la transmisión de los defectos corporales del padre a su prole; así, un leproso engendra a un leproso, y un gotoso a otro gotoso, por alguna corrupción del semen, aunque tal corrupción no sea lepra o gota.

Siendo el cuerpo proporcionado al alma y redundando en el cuerpo los defectos del alma, y viceversa, de igual modo dicen que los defectos culpables del alma pasan a la prole por transmisión del semen, aunque el semen actualmente no sea sujeto de la culpa.

Pero todas estas explicaciones son insuficientes.

Porque concedido que algunos defectos corporales pasen del padre a la prole por generación, y, consiguientemente, también algunos defectos del alma, por la disposición inconveniente del cuerpo —como cuando a veces los dementes nacen de dementes—; sin embargo, esto mismo de tener por generación un defecto parece excluir la razón de culpa, que consiste en ser voluntaria.

Por consiguiente, aun en el supuesto de que el alma racional se transmitiera, por el hecho mismo de que la mancha del alma de la prole no está en su voluntad, perdería la razón de culpa que exige castigo; porque, como dice Aristóteles en el libro III de los Éticos: Ninguno reprochará al ciego de nacimiento el ser ciego, sino que más bien le compadecerá.

Y por consiguiente, habrá que buscar otro camino, diciendo que todos los hombres que nacen de Adán pueden considerarse como un único hombre, en cuanto convienen en la naturaleza que reciben del primer hombre, al modo que en el derecho civil todos los que son de una comunidad se consideran como un cuerpo, y la comunidad entera como un hombre.

Dice también Porfirio que, muchos hombres, por participación de la misma especie, son un solo hombre.

Así pues, la multitud de hombres procedentes de Adán son como muchos miembros de un solo cuerpo.

Mas el acto de un miembro corporal, por ejemplo la mano, no es voluntario por la voluntad de la mano misma, sino por la voluntad del alma, que es la primera en mover los miembros.

Por donde el homicidio que comete la mano, no se le imputaría a la mano como pecado si se considerara la mano en sí misma, en cuanto separada del cuerpo; sino que se le imputa en cuanto es parte del hombre, movida por el primer principio motor del hombre.

Así, pues, el desorden que hay en este hombre nacido de Adán no es voluntario con la voluntad del mismo, sino con la del primer padre, que con la moción de la generación mueve a todos los que proceden de él por su origen, como la voluntad del alma mueve al acto a todos los miembros.

De ahí que el pecado así derivado del primer padre a todos sus descendientes se llame original, como el pecado que se deriva del alma a los miembros del cuerpo se llama actual.

Y así como el pecado actual, cometido por algún miembro, no es pecado de aquel miembro a no ser en cuanto dicho miembro es algo del mismo hombre, por lo que se llama pecado humano; así el pecado original no es un pecado de esta persona, a no ser en cuanto esta persona recibe la naturaleza del primer padre. Por donde también se llama pecado de la naturaleza, según aquello de Ef 2, 3: Éramos por naturaleza hijos de ira.

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1ª Objeción: En Ez 18, 20 se dice: El hijo no llevará la iniquidad de su padre. Mas la llevaría si la heredara de él. Luego nadie hereda por generación pecado alguno de sus padres.

Respuesta: Se dice que el hijo no llevará el pecado del padre, porque no se le castiga por dicho pecado, a no ser que sea partícipe de la culpa. Y así ocurre en nuestro caso: pues el hijo hereda la culpa del padre por generación; como puede heredar el pecado actual por imitación.

5ª Objeción: En el libro III de los Éticos, dice Aristóteles que ninguno reprende a los que son deformes por naturaleza, sino a los que lo son por pereza y negligencia. Mas son deformes por naturaleza aquellos que tienen alguna deformidad de nacimiento. Luego nada que sea por generación es reprensible ni pecado.

Respuesta: Aquello que es de nacimiento no es reprochable si se considera en sí mismo al que nace. Mas, si se considera en cuanto se refiere a algún principio, puede serle reprochable; lo mismo que, por culpa de alguno de sus antepasados, puede uno sufrir la ignominia de su estirpe.

Ia-IIæ, q.81, a.2

Los otros pecados del primer padre o los de los antepasados próximos no se transmiten a los descendientes

Si uno lo considera atentamente, verá que es imposible que se transmitan por generación algunos pecados de los antepasados próximos o también del primer padre, exceptuado el pecado primero.

La razón de ello es que el hombre engendra a otro idéntico a sí en la especie, mas no en cuanto a lo individual.

Y por eso aquellas cosas que pertenecen directamente al individuo, como los actos personales y lo relativo a ellos, no los transmiten los padres a sus hijos; un gramático, por ejemplo, no transmite a su hijo el conocimiento de la gramática que adquirió por su propio estudio.

Mas se transmiten de padres a hijos las cosas que pertenecen a la esencia de la especie, a no ser que haya un fallo de la naturaleza; así, el que tiene ojos engendra a un hijo dotado de ojos, a no ser que falle la naturaleza.

Y si la naturaleza es fuerte, también se propagan a los hijos algunos accidentes individuales, relativos a la disposición de la naturaleza, como la agilidad del cuerpo, la agudeza del ingenio y otras cosas semejantes; mas de ningún modo aquellas cosas que son puramente personales, como hemos dicho.

Pues bien, como a la persona pertenece algo por sí misma y algo por el don de la gracia, así también a la naturaleza puede pertenecer algo por sí misma —esto es, lo causado por sus propios principios— y algo por el don de la gracia.

Y de este modo la justicia original era un don de la gracia conferido a toda la naturaleza humana en el primer padre. Don que el primer hombre perdió por el primer pecado.

De ahí que, como aquella justicia original hubiese sido transmitida a los descendientes juntamente con la naturaleza, así también se transmitió el desorden opuesto.

Mas los demás pecados actuales, ya del primer padre, ya de los otros, no corrompen la naturaleza en cuanto a lo que es de la misma, sino en cuanto a lo relativo a la persona, esto es, con respecto a la proclividad al acto del pecado.

Por consiguiente, los otros pecados no se transmiten.

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1ª Objeción: Nunca se merece el castigo sino por alguna culpa. Mas algunos, según juicio divino, son castigados por el pecado de sus próximos antepasados, según aquello de Ex 20, 5: Yo soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres hasta la tercera y cuarta generación. Aun en el derecho humano, los hijos son desheredados por el pecado de sus padres a causa del crimen de lesa majestad. Luego la culpa de los antepasados próximos también pasa a sus descendientes.

Respuesta: Según dice San Agustín en la epístola a Avito, nunca se castiga a los hijos por sus padres con un castigo espiritual, a no ser que comulguen en su culpa o por generación o por imitación; porque todas las almas son inmediatamente de Dios, según se dice en Ez 18, 4. Mas a veces se castiga con pena corporal a los hijos por los padres tanto en el derecho divino como en el humano, en cuanto que el hijo es algo del padre según el cuerpo.

2ª Objeción: Es más transferible a otro lo que uno tiene por sí mismo que no lo que recibe de otro; el fuego, por ejemplo, puede calentar más que el agua calentada. Ahora bien, el hombre transmite a la prole por generación el pecado recibido de Adán. Luego mucho más el pecado que él mismo cometió.

Respuesta: Aquello que tiene uno por sí mismo se puede transmitir más fácilmente, con tal de que sea transmisible. Mas los pecados actuales de los antepasados próximos no son transmisibles, ya que son puramente personales, como hemos dicho en la solución.

3ª Objeción: La razón de que contraigamos el pecado original de nuestro primer padre es porque estábamos en él como en el principio de nuestra naturaleza, que él corrompió. Pero igualmente estábamos en los antepasados próximos como en ciertos principios de nuestra naturaleza, la cual, aunque esté corrompida, puede corromperse aún más por el pecado según aquello del capítulo último del Ap (22, 11): El que está manchado siga manchándose. Luego los hijos contraen por la generación el pecado de sus antepasados próximos como el del primer padre.

Respuesta: El primer pecado corrompió la naturaleza humana con una corrupción correspondiente a la naturaleza; mas los otros pecados la corrompen con una corrupción correspondiente sólo a la persona.

IIa-IIæ, q. 108, a. 4

Uno no debe vengarse de aquellos que pecaron involuntariamente

La pena es castigo del pecado. Ahora bien, todo pecado es voluntario. Por lo tanto, la venganza sólo debe ejercerse sobre el que peca voluntariamente.

Se puede considerar la pena de dos modos:

Primero, como castigo; y en este sentido únicamente el pecado la merece, porque por ella se restablece la igualdad de la justicia, en cuanto que aquel que pecando se excedió en lo de seguir su propia voluntad, padece contra su voluntad algún daño.

Por lo cual, como todo pecado es voluntario, incluso el original, conforme a lo dicho (Ia-IIæ, q.81, a.1), se sigue que nadie es castigado de esta forma sino por el pecado voluntario.

Desde otro ángulo, puede ser considerada la pena como medicina, que no sólo es sanativa del pecado pasado, sino que tiene asimismo virtud para preservar del pecado futuro y para empujarnos a hacer algo bueno.

Según esto, uno es castigado a veces sin culpa, aunque nunca sin causa.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que nunca la medicina priva de un bien mayor para procurar un bien menor —por ejemplo, dejarle a uno sin vista para curarle el calcaño—, sino que, a veces, causa un daño en lo menor para prestar ayuda en lo más importante.

Y como los bienes espirituales son los de mayor valor y los temporales los de menor, es por lo que a veces se le castiga a uno en estos últimos sin culpa, por ejemplo, con muchas penalidades de esta vida presente, que Dios le inflige para que le sirvan de humillación o de prueba.

En cambio, no se castiga a nadie en los bienes espirituales sin culpa propia, ni en ésta ni en la otra vida, ya que en la vida futura las penas no son medicina, sino consecuencia de la condenación espiritual.

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1ª Objeción: La voluntad de uno nada tiene que ver con la voluntad de otro.

Pero se castiga a unos por otros, según aquello de Ex 20, 5: Yo soy un Dios celoso, que castiga la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación.

Y, en efecto, por el pecado de Cam fue maldecido Canaán, su hijo (Gén 9, 25ss).

Asimismo, por el pecado de Giezi, la lepra se transmitió a sus descendientes, como leemos en IV Re 5, 27; igualmente, la sangre de Cristo hizo merecedores de castigo a los sucesores de los judíos, que dijeron: (Mt 27, 25): Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos.

Leemos también que, por el pecado de Acar, Israel fue entregado en manos de sus enemigos (Jos 7); y por el pecado de los hijos de Helí este mismo pueblo fue derrotado por los filisteos (I Re 4, 2-10).

Por tanto, el que falta involuntariamente debe ser castigado.

Respuesta: A nadie se castiga nunca con una pena espiritual por un pecado ajeno; porque la pena espiritual afecta al alma; y todo hombre, en cuanto al alma, es «libre».

En cambio, uno es castigado a veces con penas temporales por un pecado ajeno por tres razones:

Primera, porque uno, en lo temporal, puede pertenecer a otro, y así, en castigo de éste, se castiga también a aquél; como los hijos en cuanto al cuerpo pertenecen a los padres y los esclavos a sus dueños.

Segunda, en cuanto que influye el pecado de uno en otro:

Sea por imitación, como en el caso de los hijos que imitan los pecados de sus padres; en el de los siervos que imitan los de sus señores para pecar con mayor osadía.

Sea a modo de mérito, como los pecados de los súbditos merecen tener a un pecador por prelado, según aquellas palabras de Job 34, 30: El cual pone de rey a un hipócrita a causa de los pecados del pueblo; y asimismo, por el pecado de David al hacer el censo del pueblo, el pueblo de Israel fue castigado, como leemos en II Re, XXIV; o también por un cierto consentimiento o disimulo, como son castigados también temporalmente los buenos juntamente con los malos, porque no rebatieron los pecados de los malos, como dice San Agustín en I De Civ. Dei.

Tercera, para hacer más recomendable la unidad de la sociedad humana, por la que uno debe poner interés en que el otro no peque; y para hacer más detestable el pecado, al ver que el castigo de uno redunda en daño de todos como si todos fuesen un solo cuerpo, conforme dice San Agustín sobre el pecado de Acar.

En cuanto a las palabras del Señor: Que castiga en los hijos los pecados de los padres hasta la tercera y cuarta generación, según parece, tienen más que ver con la misericordia que con la severidad, al no vengarse del mal inmediatamente, sino esperar a que pase el tiempo para ver si sus descendientes, por lo menos, se corrigen; aunque, si va en aumento la malicia de éstos, llega a hacerse necesario, por así decirlo, el ejercer la venganza.

2ª Objeción: Voluntario es sólo aquello que depende del hombre.

Pero a veces se castiga a los hombres por cosas que no dependen de ellos; y así, por la enfermedad de la lepra son excluidos algunos de los cargos eclesiásticos, y pierde una iglesia la sede episcopal por su pobreza o por la malicia de sus habitantes.

Luego no sólo se toma venganza del pecado voluntario.

Respuesta: Conforme a las palabras de San Agustín, el juicio humano debe imitar al divino en los juicios manifiestos con que Dios condena espiritualmente a los hombres por sus pecados.

Pero no puede imitar los ocultos juicios de Dios, según los cuales castiga temporalmente a algunos sin culpa.

Porque el hombre no puede comprender las razones de tales juicios de manera que llegue a saber qué es lo que conviene a cada uno.

Por lo cual, nunca una persona puede ser castigada sin culpa a sufrir una pena como la de muerte, o la de ser mutilado o azotado.

Sin embargo, se le pueden imponer a uno penas aflictivas sin culpa, pero no sin causa.

Y ésto puede ocurrir por tres motivos.

Primero, porque uno queda inhabilitado, sin culpa, para tener o conseguir ciertos bienes, como por la lepra se le impide a uno la administración de una iglesia; y por la bigamia o el juicio de sangre se contrae impedimento para la recepción de las órdenes sagradas.

Segundo, porque el bien de que se le priva no es un bien propio, sino un bien común; y así, el que una iglesia tenga sede episcopal no es un bien que pertenece únicamente a los clérigos, sino a la ciudad entera.

Tercero, porque el bien de uno depende del bien del otro; y así, en el crimen de lesa majestad, por el pecado del padre, el hijo pierde la herencia.

3ª Objeción: La ignorancia es causa del involuntario.

Pero la venganza se ejerce a veces sobre algunos ignorantes; pues los niños de Sodoma, a pesar de su ignorancia invencible, perecieron juntamente con sus padres, como leemos en Gén 19, 25.

Igualmente, por el pecado de Datan y Abirón, a algunos niños, junto con ellos, se los tragó la tierra (Núm. 16, 27ss).

Y por el pecado de los amalecitas se mandó sacrificar incluso a los animales, que carecen de razón, como se nos dice en I Re 15, 2-3.

Por tanto, la venganza se ejerce en ocasiones contra los que no faltaron voluntariamente.

Respuesta: Los niños son castigados con castigos temporales según el juicio divino juntamente con sus padres o bien porque pertenecen a sus padres, y así éstos reciben también en aquéllos su castigo; o bien porque ésto es lo más provechoso para los hijos, no vaya a suceder, si se reservan para otro tiempo, que éstos imiten la malicia de sus padres y de este modo merezcan castigos más graves.

Y se toma venganza de los animales y de cualquier otra criatura irracional porque así se castiga a sus dueños. Y, a su vez, por inspirar de este modo horror al pecado.

4ª Objeción: La coacción es lo más opuesto al voluntario.

Pero el que comete un pecado coaccionado por el miedo, no por ésto queda exento del reato de pena.

Luego la venganza se ejerce también sobre los que no faltaron voluntariamente.

Respuesta: La coacción por temor no hace el acto del todo involuntario, sino mixto de voluntario e involuntario.

5ª Objeción: San Ambrosio, explicando un texto de San Lucas dice que la navecilla en que iba Judas fluctuaba, y, por tanto, también Pedro, aunque firme por sus propios méritos, se tambaleaba por deméritos ajenos.

Pero Pedro no aprobaba voluntariamente el pecado de Judas.

Luego a veces es castigado el que no falta voluntariamente.

Respuesta: Los demás apóstoles se tambaleaban por el pecado de Judas, del mismo modo que por el pecado de uno se aplica a muchos un castigo general para realzar con ello su solidaridad, como antes dijimos en la respuesta a la 1ª Objeción.