SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

LIBRO I.
PRECEPTOS PARA CUANDO ESTAMOS SANOS.
CAPITULO II.


Del segundo precepto del arte de bien morir, que es morir al mundo.

Para vivir, pues, bien es necesario morir primero al mundo que al cuerpo, porque todos los que viven al mundo están muertos a Dios; ni es posible empezar alguno a vivir a Dios con vida espiritual y buena, si no muere primero al mundo. Y es verdad esta tan clara y manifiesta, que no la puede negar, sino el que fuere infiel, sin conocimiento de. Dios, por cuanto todas las sagradas escrituras la están predicando y diciendo. Y aunque pudiera alegar muchos lugares en su comprobación, no traeré más que tres testigos, que son los tres Apóstoles San Juan, Santiago, y San Pablo, para que con el testimonio de dos ó tres conste la verdad. Testigos sin duda dignos de todo crédito, sin reparo ni excepción, por cuya boca habló el Espíritu Santo, que es espíritu de verdad.

Empezando, pues, por el Apóstol San Juan, introduce a Cristo en el capítulo XIV, que dice : Vino el Príncipe de este mundo, y no tiene cosa en mí. Adonde entiende al demonio por el príncipe de este mundo, porque lo es de todos los pecadores, y por el mundo entiende las gavillas de los malos, que adoran el mundo, y el mundo los estima a ellos. Y poco más abajo en la misma Escritura añade : Si os aborrece el mundo, persuadíos que primero me aborreció a mí; si fuera de este del mundo, él os amara como a suyos; pero porque no sois de él, sino escogidos y entresacados por mí, por eso os aborrece el mundo. Y más abajo confirma la misma verdad, diciendo a su Eterno Padre 5: Yo no ruego por el mundo, sino por aquellos que me diste; donde manifiestamente declara Cristo que por el mundo son entendidos aquellos que han de oír con su Príncipe Satanás el día del juicio, apartaos de mí, malditos, al fuego eterno. Y como si no bastaran estos testimonios repite la misma verdad en sus epístolas el mismo Apóstol diciendo : No queráis amar al mundo, ni a sus haberes y riquezas, ni cosa que fuere suya; porque si alguno ama al mundo, no queda la caridad del Padre en él, por cuanto todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, codicia de los ojos, y soberbia de la vida, lo cual no es del Padre sino del mundo, el cual se pasa con todos sus deseos y codicias; pero el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre.Todo lo dicho es del Apóstol San Juan. Oigamos ahora a su condiscípulo Santiago, el cual en su epístola canónica, dice así : ¿Por ventura adúlteros, no sabéis que la amistad de este mundo, es enemistad de Dios? Cualquiera que diere la mano a este mundo, trabando amistad con él, por el mismo caso la rompe con Dios, y se hace enemigo suyo. ¿Qué más claro pudo hablar para enseñar a los hombres, que es lance necesario morir al mundo, dando de mano a sus pompas y deleites, y a todo cuanto adora, para vivir a Dios, y conservar su amistad, sin la cual no se puede vivir bien?

Hable ahora el Apóstol San Pablo coapóstol de los dos, y vaso escogido de Dios, el cual en la primera carta de las dos que escribió a los de Corintio, hablando con todos los fieles, dice las palabras siguientes : Debiérades haber salido de este mundo. Esto es, con el espíritu, dejándole, pisándole, y dándole del pié a cuanto estima; y luego más abajo añade s: Mientras somos juzgados, somos reprehendidos de Dios, porque no seamos condenados con este mundo: adonde claramente enseña que todo el mundo ha de ser condenado el último día del juicio. Y por tanto es cosa averiguada que por este nombre de mundo, ni entiende el cielo, ni la tierra, ni los elementos, ni todos los hombres que viven en el mundo, sino los que aman sus pompas y deleites, y siguen sus desordenados apetitos. Porque los buenos y santos que viven en el mundo, en los cuales reina la caridad de Dios, y conservan su amistad, aunque viven en él, no son de él, como los malos y pecadores, los cuales viven en el mundo, y son del mundo, porque no reina en ellos la caridad de Dios, sino el amor sensual de la carne, la lujuria, la avaricia, que es el deseo de los ojos, y la soberbia de la vida, por la altivez y arrogancia con que se ensalzan sobre todos, despreciando a los demás, y apreciándose así solos, imitando a Lucifer, y no a Cristo que fue dechado de inocencia, mansedumbre y humildad.

Asentada, pues, esta verdad, si alguno quisiere aprender de raíz el Arte de bien morir, conviene, y con todas veras, que no fingida y disimuladamente, sino de corazón y de obra salga con el espíritu de este mundo, y muera totalmente a él, de suerte que pueda decir con el Apóstol San Pablo1: El mundo es cruz para mí, y yo lo soy para él. Y esto lo diga no solamente con la lengua sino mucho más con el corazón, el cual está patente a Dios, persuadiéndose que este no es juego de niños, sino el negocio más grave y de mayor peso que puede tener y en que hay suma dificultad. Y si no, repare en lo que respondió Cristo cuando sus discípulos le preguntaron si eran pocos los que se salvaban, y les respondió: La puerta es estrecha, poned toda diligencia en procurar entrar por ella. Y por San Mateo habló más claro diciendo : Entrad por la puerta angosta, porque es ancho y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos van por él; pero la puerta de la vida es angosta, y el camino estrecho, y pocos los que van por él.

Verdaderamente no se puede negar, sino que es cosa difícil vivir en el mundo, y despreciar los bienes que adora; ver cada hora lo hermoso y brillante, y no amarlo y desearlo; tener a la boca lo dulce y sabroso y no deliciarse con ello; pisar las honras, apetecer los trabajos, buscar el puesto humilde, y dar a los otros el alto; y finalmente, vivir en el mundo como si un hombre no estuviera en él, y en la carne como si no fuera de carne: propiedad angélica, y vida de espíritus celestiales. Y siendo esto así, con todo eso, escribiendo a los de Corintio el Apóstol San Pablo, los cuales no eran monjes anacoretas, ni religiosos, ni todos eclesiásticos, sino seglares casados, que vivían con sus mujeres y familias, les amonesta que vivan en el mundo como si no estuvieran en él, dando de mano a todo cuanto aprecian, diciendo5: Así que, hermanos, esto os exhorto y digo, que pues el tiempo es breve, lo que resta es, que los casados vivan como si no lo fueran, y los que tienen mujeres como si no las tuvieran, los que lloran como si no lloraran, los que se alegran como si no se alegraran, los que compran como si no poseyeran, los que usan de este mundo como si no le usaran, porque pasa como sombra.

En las cuales palabras lo que persuade a los fieles el sagrado Apóstol, es que tengan el corazón tan libre de lo terreno, y tan levantado a lo celestial, que no se prendan y aficionen de cosa de este mundo más que si no les tocara, y que traten de manera las cosas de que forzosamente usan, que no se pegue su corazón a ellas; amen a sus mujeres, pero con tal moderación como si no las tuvieran; si las ocasiones les forzaren a llorar los hijos, ó tener sentimiento en los casos adversos, eso sea con tal templanza, como si no lloraran ó no lo sintieran; y si tomaren gozo por los sucesos prósperos ó adelantamiento, sea con tal medida como si no le tomaran; esto es, como si no les tocaran los honores y prosperidades; y si compraren la casa ó la viña, no les ocupe más el corazón que si no los compraran. Finalmente pretende el Apóstol, que vivamos en este mundo como huéspedes y peregrinos, a quien no toca nada de él, no como ciudadanos y vecinos de la tierra, arraigados en ella.

Y no es solo el Apóstol San Pablo el que exhortó esta virtud a los hombres; porque la misma persuadió San Pedro con muy claras palabras diciendo1: Yo os ruego que & fuer de extranjeros y peregrinos, os abstengáis de los deseos y apetitos carnales, que hacen guerra al alma. Adonde nos persuade el Príncipe de los Apóstoles que vivamos en nuestra ciudad y en nuestra casa, como si estuviéramos en tierra extraña, tan descuidados de lo temporal, tan libres y desasidos nuestros corazones de lo caduco y temporal, que ni nos alegremos por lo mucho, ni nos entristezcamos por lo poco, ni la abundancia nos levante, ni la penuria nos abata, ajenos de toda solicitud, y libres de todos los apetitos y deseos sensuales que batallan contra el espíritu; porque en apartando los ojos de estas cosas temporales, cesan los de ellas, y la guerra de los apetitos carnales. Esto es, pues, lo que decíamos, estar en el mundo y no ser del mundo; como lo ejercitan los siervos de Dios, y que están muertos al mundo, y viven a sólo el espíritu, de donde les nace no temer la muerte corporal, la cual no les trae mal sino bien, no les quita sino les da eternas ganancias, conforme a aquello del Apóstol : Cristo mi es vida, y mi ganancia morir.

Pero pregunto yo ahora, ¿cuáles y cuántos hallaremos en nuestro tiempo tan muertos al mundo como si no vivieran en carne mortal, tan muertos a sí mismos que puedan asegurar sus almas, y la salud eterna? Yo creo que se hallan muchos, no sólo en las religiones y en el estado eclesiástico sino también en el seglar, que verdaderamente están muertos al mundo, y saben muy bien el Arte de bien morir; pero tampoco no puedo negar sino que hay muchos tan vivos, que no solamente no están muertos al mundo, sino entregados de corazón a él, y tan cautivos de sus deseos, tan presos de sus honras, riquezas, deleites sensuales, que si no tratan de veras de sacudir su yugo, y salir de sus prisiones, y morir con efecto al mundo, morirán malamente, y como dice el Apóstol, serán condenados con el mundo.

Pero dirán los amadores de este siglo, que es materia difícil y más que difícil, vivir en el mundo, y morir al mundo; y nadar en los bienes temporales, y despreciarlos; y habiéndoselos dado Dios para que los gozasen, dejarlos totalmente como si estuvieran muertos: a los cuales respondo, que ni yo aconsejo, ni Dios manda, que los dejen totalmente, desnudándose con efecto de todo lo temporal y necesario para la vida humana, así riquezas como honras. Ni todos los Santos hicieron eso; porque Abrahán, que fue varón perfectísimo, tuvo muchas riquezas en el mundo; y David, Ezequías y Josías, fueron santísimos reyes, y poseyeron muchos honores y bienes temporales; a los cuales pudiéramos añadir un copioso catálogo de reyes y señores cristianos, que en medio de la opulencia de los bienes temporales, conservaron la inocencia del alma, juntamente con crecido caudal de muy heroicas virtudes. Y así no se les veda a los fieles la posesión de estas cosas, sino el amor desordenado de ellas, que llama el Apóstol San Juan concupiscencia de la carne, codicia de los ojos, y soberbia de la vida.

No se puede negar sino que Abrahán era muy rico, pero no solamente usaba parcamente de sus riquezas, sino que tenía el corazón tan libre y despegado de ellas, que estaba siempre prontísimo para dejarlas todas a la primera voz ó seña de la voluntad de Dios. Porque quien a su propio hijo no perdonó por su amor, sino que estuvo tan desarraigado de él, y tan pronto a la voz de Dios, que luego sin tardanza salió a sacrificársele; ¿con cuánta mayor presteza le ofreciera su hacienda si se la pidiera? Quien no dudó derramar la sangre de su propio hijo por Dios, mucho menos dudaría derramar su hacienda por El, si fuera necesario para su servicio. Rico era Abrahán de los bienes temporales, pero mucho más de los espirituales; de viva fe y ardiente caridad, por lo cual viviendo en el mundo estaba muerto al mundo, y andando por él no era de él. Lo cual se verificó en otros muchos varones santísimos, los cuales nadando en honras y riquezas de este siglo, vivían en medio de ellas sin tocar a ellas, ni prenderse de su afición, muertos al mundo, y vivos a solo Dios, de quien se dice con verdad que aprendieron y supieron el Arte de bien morir.

Por lo cual se colige por buena consecuencia, que no hacen, a un hombre vecino de este mundo la abundancia de riquezas, de honras y deleites, ni los imperios, señoríos y posesiones de la tierra, por muchas que tenga sino la afición y codicia de ellas, que en una palabra se llama concupiscencia ó apetito, el cual se opone directamente a la caridad de Dios. Y así si alguno empezare a amar a Dios por quien es, y al prójimo por el mismo Dios, ese tal empieza a salir de este mundo, y tanto se aleja de él, cuanto se acerca y une a Dios por su amor; y al paso que va viviendo con esta vida de caridad va muriendo al mundo; porque como son opuestos, no puede crecer la caridad sin .disminuirse el amor sensual. De donde proviene, que lo que reinando en el alma la codicia, y sensualidad se tenía por imposible, conviene a saber, que muriese al mundo el hombre que vive en el mundo, creciendo la caridad y amor verdadero de Dios, se hace muy fácil, y se ejecuta sin dificultad, porque lo qué es difícil y como imposible de llevar a la sensualidad y apetito carnal, es fácil, y yugo leve y suave, a la caridad y amor de Dios.

De todo lo dicho se colige cuánta verdad es lo que dijimos arriba, que morir al mundo y al cuerpo no era juego de niños, sino materia grave y dificultosa; porque verdaderamente lo es mucho a los hombres sensuales, que no han gustado de la dulzura y suavidad del espíritu, ni experimentado las fuerzas de la divina gracia que da Dios a los que le sirven, y la suavidad que sienten los que tratan las materias de espíritu, cuya dulzura es tal, que hace amargo y desabrido todo lo temporal y terreno. Y por tanto, cualquiera que deseare de corazón aprender el Arte de bien morir, conviene que en primer lugar muera al mundo, y a sí mismo para vivir a Dios y al espíritu, por cuanto es imposible abrazar cosas tan distantes y contrarias como es Dios y el mundo, la carne y el espíritu, la tierra y el cielo, vivir para Dios y vivir para sí mismo, gozar de la tierra y justamente del cielo.