Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo de Pascua

 DOMINGO DE PASCUA

En aquel tiempo, María Magdalena, y María la de Santiago, y Salomé compraron aromas, para ir a ungir a Jesús. Y muy de mañana, al día siguiente del Sábado, fueron al monumento, salido ya el sol. Y decían entre sí: ¿Quién nos separará la piedra de la puerta del sepulcro? Y, mirando, vieron separada la piedra, que era muy grande. Y, entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con traje blanco, y se asustaron. Pero él les dijo: No os asustéis: buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí; he aquí el sitio donde lo pusieron. Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro, que os precederá en Galilea; allí lo veréis, como os lo dijo.

Para aprovechar mejor este día de gloria y de gracia, reflexionemos ayudados por las consideraciones de San Bernardo.

Dios ha dispuesto todo con peso, número y medida. Pero de modo más particular aquellos tiempos en que apareció en el mundo y vivió entre los hombres.

Todo cuanto entonces hizo, habló o padeció lo ordenó de tal manera que cada momento y todos los detalles estaban colmados de gracia y de misterio.

Pero los días más insignes son los cuatro últimos y el que hoy celebramos, es decir: el día de la Procesión, el de la Cena, el de la Pasión, el de la Sepultura y el de la Resurrección.

Son unos días gloriosos y los más extraordinarios de todos.

En el primero se dignó aceptar el honor de los hombres y quiso entrar en Jerusalén entre el alborozo y la alegría de todo el mundo; además no lo hizo a pie, como siempre lo había hecho, sino montado en un jumento.

Fue el preámbulo de la Pasión, pues la envidia de los sacerdotes llegó al colmo.

En otra ocasión se nos dice que la multitud quería llevárselo y proclamarlo rey, y Él se retiró al monte. Ahora no le buscan y es Él mismo quien se presenta para ser recibido y proclamado por ellos como Rey de Israel. Y no hay duda que los estimulaba interiormente para que le glorificaran con todo entusiasmo.

Lo mismo ocurrió con su Pasión. Más de una vez huyó y se escondió de los judíos, y llegó a no querer presentarse públicamente en Judea porque los judíos trataban de matarle. Más, cuando llegó su hora, Él mismo se entregó a la muerte.

¡Pero, con qué modestia recibió Jesús esta gloria! No hace la entrada triunfal con caballos y carrozas, sino en un pollino.

Pero antes de la Pasión este entrañable Padre de familia quiso ofrecer un banquete a sus domésticos. ¡Y cuánto brilló también aquí el amor y la bondad del Salvador! Había amado a los suyos y los amó hasta el extremo.

A ellos no les esperaba la muerte corporal sino la tentación espiritual. El único en pasar de esta vida sería Él. Esta víctima fue la única eficaz y suficiente.

De manera especial la carne del Señor es una verdadera comida. Una comida que da vida, un pan bajado del cielo.

A continuación vino el día de la Pasión. En ella salvó al hombre y se entregó íntegramente como Hostia de salvación. Se compadeció de nosotros con un amor infinito.

Pero todo lo que se refería a Él tuvo fin, como Él mismo dijo a las mujeres que lloraban. El fin más rápido y glorioso que podemos imaginar: primeramente el descanso, y después la Resurrección.

Si nos esforzamos, también nosotros podremos entrar en ese descanso, contentos con soportar muchas tribulaciones. Mientras sufrimos la tribulación sólo deseamos que llegue el descanso, y nos parece lo más grande del mundo.

Pero ni siquiera en ese descanso conseguiremos el reposo, porque estaremos ansiosos de la gloria y desearemos la resurrección.

Cierto, dice el Espíritu: podrán descansar de sus trabajos.

Descansan del trabajo los que mueren en el Señor; pero sus gritos no cesan. Debajo del trono de Dios están gritando las almas de los degollados. No sienten ninguna molestia, pero todavía no poseen el gozo completo, hasta que el descanso dé paso a la Resurrección y el sábado culmine en la Pascua.

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Ahora bien, Resurrección significa paso, transición. Cristo no vuelve, sino que resucita; no retorna, sino que cambia de vida; ya no habita aquí, sino en otra patria.

La misma Pascua que celebramos no significa retorno, sino paso. Y el nombre de Galilea, donde veremos al resucitado, quiere decir cambiar de país, y no permanecer en el mismo.

Que la resurrección no constituya, pues, el retorno y la vuelta al pecado, y que no retornemos al país donde no reina la salud del espíritu.

Jesucristo resucitó y pasó a una vida más perfecta, realmente a una vida nueva. Y nos invita también a nosotros a cambiar, nos espera en Galilea.

Su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre, porque su vivir no es un vivir para la carne, sino para Dios.

¿Qué diremos a todo ésto nosotros, que vaciamos del sentido de Pascua la sagrada Resurrección del Señor, porque no hacemos de ella un paso, sino un retorno?

Estos días hemos llorado, y nos hemos entregado a la oración y a la compunción, a la sobriedad y abstinencia, para quedar libres y absueltos en este santo tiempo de Cuaresma de las negligencias de todo el año. Hemos compartido los sufrimientos de Cristo, y nos hemos vinculado de nuevo a Él por el bautismo de las lágrimas, de la penitencia y de la confesión.

Si hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a vivir todavía sujetos a él? Si hemos sentido dolor de nuestros defectos, ¿vamos a reincidir en ellos?

Éso no es cambiar de vida. Así no veremos a Cristo, ni es ése el camino que nos lleva a la salvación de Dios. Porque como sabemos todos, quien sigue mirando atrás no sirve para el Reino de Dios.

Dios quiera que nosotros estemos ya totalmente santificados y libres de esa miserable y sacrílega costumbre. Y que nuestra vida espiritual no decaiga ni se debilite al llegar el tiempo de la resurrección, sino que nos esforcemos en mejorar y superarnos.

El que resucita con Cristo, el que celebra la Pascua, el que corre a Galilea es el que, después de los rigores de la penitencia, no vuelve a los consuelos humanos, sino que vive confiado en la misericordia divina y se deleita y se inflama con el recuerdo y deseo de los premios eternos.

Si hemos resucitado con Cristo, busquemos lo de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; estemos centrados arriba, no en la tierra, para que así como Cristo fue resucitado de la muerte por el poder del Padre, así también nosotros comencemos una vida nueva.

Nos la concederá Aquél que pasó de este mundo al Padre, y nos llama a Galilea para manifestarse a nosotros.

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Muchos hombres no se enteran, no aceptan la Buena Nueva. Para unos, no ha nacido. Para otros, no resucitó. Otros, viven en una sencilla inocencia que, quizás, precise de alguna prueba adicional para mejorar su desarrollo en la salud espiritual.

Para algunos, Cristo no ha nacido todavía, en otros no ha muerto, y en otros aún no ha resucitado. En algunos no ha subido al Cielo y en otros todavía no ha enviado el Espíritu Santo.

Cristo no ha nacido para los que rehúyen el trabajo y temen la muerte, puesto que no aceptan que su victoria consistió en soportar el dolor y pasar por la muerte.

Cristo no ha resucitado en aquellos que sienten angustias mortales frente al peso de la vida y el rigor de la penitencia, y desconocen los gozos del espíritu. Si no se acortasen esos días, sería imposible perseverar.

En otros Cristo resucitó, pero no subió al Cielo: vive todavía con ellos en la tierra en una piadosa inocencia. Son fervorosos, y oran en la oración y suspiran en la meditación, siempre están alegres y contentos, y hacen de sus días un continuo Aleluya.

Conviene retirarles la leche y enseñarles a comer alimentos sólidos; les conviene que Cristo los deje solos y carezcan de ese fervor.

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Por lo tanto, ¿cuál ha de ser nuestro programa de vida para este tiempo Pascual?

Es tiempo de regocijarse con el Esposo.

Resurrexi et adhuc tecum sum. Resucité, pero aún quedo contigo. Estas palabras, las primeras que nos ofrece el Misal el día de Resurrección, deben servir de lema al período litúrgico en que nos encontramos.

El Señor ha resucitado; pero no se separa todavía de nuestra compañía; se queda con nosotros hasta el día de su Ascensión. Comprendemos, pues, que el Ciclo Pascual simboliza el tiempo de la patria, así como la Cuaresma simbolizaba el destierro.

De ahí que el Aleluya, el canto de la patria, nos regocije con sus alegres notas durante este tiempo.

En este ambiente debe vivir el cristiano; el Señor está aún con nosotros —nos lo recuerda el Cirio Pascual—; conversamos familiarmente con Él; representamos a los Apóstoles y discípulos que tuvieron la dicha de asistir a sus apariciones.

Que no desdiga nuestro tenor de vida de la actitud de espíritu que exige el tiempo pascual.

Por otra parte, hemos de dar nueva actualidad en nuestra vida a la gracia bautismal.

San Agustín nos lo predica con palabras muy penetrantes: “Terminando hoy las solemnidades del Sacramento Bautismal, nos dirigimos más especialmente a vosotros, que sois nuevos gérmenes de santidad, regenerados por el agua y el Espíritu Santo, brotes santos, nuevo coro de elegidos, flor de nuestro honor, fruto de nuestro trabajo, mi gozo y corona, vosotros todos los que estáis radicados en el Señor. Con palabras del Apóstol os exhorto: Mirad que pasó la noche, y que ya llegó el día; desechad, pues, las obras de las tinieblas y revestíos de las armas de la luz. Andemos con decencia, como corresponde al que anda de día; no en comilonas y borracheras, no en deshonestidades y disoluciones; no en contiendas y envidias; mas revestíos de Nuestro Señor Jesucristo. He aquí que se acercan los días en los cuales dirá el Señor: Un poquito y no me veréis, y otro poquito y me veréis. Ésta es la hora de la cual dijo: Vosotros estaréis tristes, pero el mundo se gozará; es decir, la vida en medio de la cual peregrinamos lejos de Cristo, está llena de tentaciones. Pero —añade— otra vez os veré, vuestro corazón se alegrará, y entonces nadie podrá arrebataros vuestro gozo.”

Rumiemos y dejémonos influenciar de estas consideraciones.

Por último, tengamos en cuenta que hemos muerto con Cristo para vivir su vida.

Cristo murió en la Cruz como cabeza de los elegidos. Luego con Él morimos todos. Nuestros pecados quedaron clavados en el leño. La naturaleza pecadora resultó crucificada.

Nuestra vida es vida nueva, como lo es la de Cristo después de la Resurrección.

¡Luminosa verdad! Meditémosla… Si después de resucitado a la vida, volvemos a las obras del hombre muerto, obligamos en cierto sentido a Cristo a dejar su Cuerpo glorioso para volver a tomar la carne de muerte.

Por el Bautismo formamos parte del Cuerpo glorioso de Cristo; con el pecado volvemos a las obras de muerte. Y si no hacemos bajar en realidad a Cristo de su solio, nos separamos al menos de su organismo, rasgando así en algún sentido el Cuerpo Místico de Nuestro Redentor.

¡Cuán grande malicia encierra el pecado!

Tengamos presente esta verdad, cuando la pasión declare sus pretensiones.

Hagamos nuestro el grito jubiloso del Apóstol: ¡Vivamos vida nueva! Cristo resucitado ya no muere; la muerte no tiene ya dominio en Él. Del mismo modo nosotros, muertos ya al pecado y resucitados a la vida, no volvamos a las viejas sendas del pecado, a las costumbres del viejo hombre, pues son costumbres de muerte, y nosotros hemos sido hechos nuevas criaturas, que no deben gustar la muerte del pecado.

Recemos y pidamos como nos enseña la Santa Madre Iglesia:

Haz, te rogamos, oh Dios Omnipotente, que habiendo celebrado las fiestas de Pascua, continuemos, con tu gracia, realizando su ideal en nuestra vida y costumbres.