Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Vigilia Pascual

Sermones-Ceriani

VIGILIA PASCUAL

Después del sábado, cuando comenzaba ya el primer día de la semana, María la Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. Y he ahí que hubo un gran terremoto, porque un Ángel del Señor bajó del cielo, y llegándose rodó la piedra, y se sentó encima de ella. Su rostro brillaba como el relámpago, y su vestido era blanco como la nieve. Y de miedo a él, temblaron los guardias y quedaron como muertos. Habló el Ángel y dijo a las mujeres: No temáis, vosotras; porque sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí; porque resucitó, como lo había dicho. Venid y ved el lugar donde estaba. Luego, id pronto y decid a sus discípulos que resucitó de los muertos, y he aquí que os precederá en Galilea; allí lo veréis. Ya os lo he dicho.

El mundo católico entona el Aleluya de la Resurrección sobre las tristezas mismas del sepulcro.

Las campanas de Pascua nos anuncian, con sus voces jubilosas, que Cristo ha resucitado de entre los muertos.

Un himno inmenso, que repite la creación entera, vibra en los labios del alma para cantar con los acentos inspirados del Apóstol San Pablo: Cristo, resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte ya no puede tener dominio sobre Él. Porque la muerte que Él murió, la murió al pecado una vez para siempre; mas la vida que Él vive, la vive para Dios.

La Iglesia, ayer entristecida por la muerte del Redentor, viste de gala y resplandece de gloria para decirnos aquella palabra consoladora como una promesa y que resuena como una esperanza: Hæc est dies quam fecit Dominus, exultemus et lætemur in ea… Este es el día que hizo el Señor; alegrémonos por él y celebrémoslo.

En pos de las sombras viene la luz; y en pos de las tinieblas de la noche que llora, las claridades de la aurora que canta.

De las tinieblas de la noche surge el sol que derrama torrentes de luz sobre el mundo; así, de las tinieblas del sepulcro, surge también el Sol de Justicia, Jesucristo, que ilumina las inteligencias con los resplandores de su verdad y abrasa los corazones de los hombres con el fuego de su amor.

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Contemplemos la gloria de Jesucristo en su Resurrección.

En efecto, el misterio de la Resurrección, que celebra alborozada la Iglesia, es la consagración del triunfo de Jesucristo.

Porque Jesucristo ha triunfado del mundo, del pecado y de la muerte, y se ha constituido en centro de los corazones.

Este misterio es glorioso para Jesucristo. Él venció al mundo, al pecado y a la muerte.

Su sepulcro es glorioso, su sepulcro es amado, como cantó el Profeta.

No se cumplió en Él la palabra de Job: El hombre huye como la sombra, y no tiene permanencia…

Esta es la condición del hombre…; frágil, caduco, perecedero.

Pero Cristo vence a la muerte, y transforma las tinieblas del sepulcro en alegres resplandores de la vida.

Para Jesucristo su sepulcro es cuna, y la muerte resurrección.

Jesucristo triunfa del mundo… Tened confianza, yo he vencido al mundo…

Triunfa del demonio… Y despojando a los principados y potestades, denodadamente los exhibió a la infamia, triunfando sobre ellos en la Cruz.

Triunfa del pecado… ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado.

Triunfa de la muerte… ¿Dóndes está, oh muerte, tu victoria?

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Jesucristo, resucitando, se ha constituido centro de los corazones.

Los hombres que llegaron a la cumbre de la gloria, se perdieron en la sombra…; los adoradores de la belleza y del ideal, esparcieron la simiente del ensueño, y pasaron…

También los héroes conquistaron mundos para dormirse luego en sus heladas tumbas. Brillaron un día en el cielo de la humanidad, para caer después envueltos en la sombra del olvido.

Pero Jesucristo, hace de su cuna un templo; de su Cruz un trono; de su sepulcro un altar…; y de su tabernáculo un templo, un trono y un altar.

Es inolvidable. Sus enemigos han querido arrancarlo del pedestal en que lo colocó el amor de los hombres; pero Él sigue viviendo en nuestras inteligencias, en nuestros corazones, en nuestros hogares, en nuestros templos; reina aún en medio de nuestras tumbas. De sus manos alzadas y llagadas brotan rayos de esperanzas.

Los hombres se repartieron su túnica, pero su espíritu se encuentra inacabado e inagotable. Su palabra, proferida hace veinte siglos, todavía está vibrando en medio de la humanidad.

¿Por qué es inolvidable? Porque su muerte fue un acto de amor heroico.

Es inolvidable porque es Dios, y sólo Dios puede triunfar del olvido y perpetuarse en la memoria de los hombres.

Es inolvidable por la inmensa trascendencia religiosa y social de su doctrina.

Es inolvidable porque su Evangelio es la Carta Magna de la verdad.

Es inolvidable porque su primera palabra fue un mensaje de amor y porque su última palabra fue un canto de esperanza.

Es inolvidable porque su dolor sublimó todos los dolores…, porque su Cruz atrajo todos los corazones…

Por eso ha triunfado del olvido y vive en el corazón de los hombres, constituyéndose en centro de todos sus amores.

Cristo ha triunfado del mundo, del pecado, de la muerte y reina como un triunfador en la inteligencia y en el corazón de la humanidad. Christus heri et hodie, ipse et in saecula… Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.

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La Resurrección de Jesucristo es la imagen de nuestra resurrección espiritual.

Es la prenda de nuestra futura resurrección.

Y es también el modelo de nuestra resurrección espiritual.

Como la suya, nuestra resurrección espiritual debe ser:

1. Verdadera: Surrexit vere.

2. Visible: Et apparuit.

3. Constante: Jam non moritur

Para resucitar con Cristo es preciso que nuestra resurrección espiritual sea: verdadera.

La resurrección de Jesucristo fue verdadera; así también debe ser nuestra resurrección espiritual. Debernos levantarnos del sepulcro del pecado y resucitar verdaderamente a la vida de la gracia.

Del pecado a la gracia; de la tibieza al fervor; de la despreocupación de nuestros deberes religiosos a la práctica de las virtudes cristianas.

Nuestra resurrección debe ser visible y patente como la de Cristo.

Así, también, nosotros debemos mostrar nuestra resurrección por la enmienda de nuestra vida. No basta recibir la gracia; es necesario que nuestra voluntad aborrezca el pecado y practique las virtudes. Debemos quemar lo que hemos adorado; adorar lo que hemos quemado.

Debemos hacer que Cristo viva en nosotros y nosotros en Cristo.

Y hacer que Cristo viva en nosotros significa que le consagremos nuestra inteligencia, creyendo en sus palabras, viviendo en conformidad a nuestra fe; significa consagrarle nuestra voluntad, practicando sus mandamientos; significa consagrarle nuestra acción, haciendo que todo nuestro querer y nuestro obrar sea inspirado por la gracia.

La resurrección de Cristo fue constante.

También debemos ser constantes en la práctica de la virtud, constantes en combatir nuestras pasiones y crucificarlas en la Cruz de Jesucristo.

He aquí, pues, los caracteres de nuestra resurrección espiritual: verdadera, visible, constante.

Desgraciadamente, no todos resucitan como Jesucristo.

Unos resucitan como Lázaro para volver a morirse; se levantan, reciben la gracia y se vuelven a hundir en el sepulcro de la culpa.

Si buscamos la causa, la encontramos en la poca estimación que tenemos de la gracia de Dios, de ese don divino que exponemos sin temor y perdemos sin dolor.

Llevamos la gracia en vasos de arcilla y la exponemos a todos los peligros.

Debemos resucitar como Jesucristo, levantarnos para no volver a morir. Buscando y saboreando los bienes celestiales, con los pies en la tierra, pero con la frente y el corazón en el Cielo.

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Participando, pues, del espíritu de la Iglesia, entonemos el Aleluya del triunfo y llenemos de gozo nuestro corazón.

Avivemos en nuestro corazón la esperanza de vencer a nuestros enemigos como Cristo…., de triunfar en el Cielo, sufriendo con Cristo.

Alegría, en suma, gozo santo debe producir el triunfo de Cristo…

Y que la paz de Dios llene de gozo nuestros corazones…