Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Jueves Santo

JUEVES SANTO

Con la Santa Misa de esta tarde conmemoramos la Institución de la Sagrada Eucaristía y del Sacerdocio.

Trasladémonos al Cenáculo, en el cual había de suceder la realidad a las figuras; en cuyo recinto había de levantarse el primer altar. Allí se ofrecería la oblación pura, que había sido anunciada por el Profeta.

Jesús ha llegado de Betania; todos los Apóstoles están presentes, incluso Judas, que guarda su secreto. El cordero está preparado; se observan fielmente los ritos que el Señor prescribió a Moisés.

Los Apóstoles no esperaban que una nueva comida sucediera a la primera. Jesús había guardado secreto; pero, teniendo que sufrir, debía cumplir su promesa.

Había dicho en la Sinagoga de Cafarnaún: Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno comiere de este pan vivirá eternamente. El pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Mi carne es verdaderamente comida y mi sangre verdaderamente bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él.

Había llegado el momento en que el Salvador iba a realizar esta maravilla de su caridad para con nosotros. Esperaba la hora de su inmolación para cumplir su promesa.

Mas he aquí que su Pasión ha comenzado. Ya ha sido vendido a sus enemigos; su vida en adelante estará en sus manos; puede ofrecerse en sacrificio y distribuir a sus discípulos la propia Carne y la propia Sangre de la víctima.

Entonces, tomando del pan ácimo que había sobrado de la cena, levanta los ojos al Cielo, bendice el pan y lo distribuye a sus discípulos diciéndoles: Tomad y comed, ésto es mi cuerpo.

Los Apóstoles reciben el Cuerpo de su Maestro; se alimentan de Él; y Jesús no está sólo con ellos a la mesa, sino que está en ellos.

Como este divino misterio, no es sólo el más augusto de los Sacramentos, sino que es un verdadero Sacrificio, que requiere la efusión de sangre, Jesús tomó la copa y, transubstanciando el vino en su propia Sangre, le da a sus discípulos diciendo: Bebed todos de él; es la Sangre de la Nueva Alianza, que será derramada por vosotros.

Y los Apóstoles recibieron, uno tras otro, esta divina bebida.

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En el Cenáculo hubo algo más que un Sacrificio… Tuvo también lugar la institución de un nuevo Sacerdocio.

¿Cómo podría haber dicho Jesús a los hombres: Si no coméis mi carne y bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros, si no se hubiese propuesto establecer en la tierra un ministerio por el cual se renovase, hasta el fin de los tiempos, lo que acababa de hacer en presencia de sus discípulos?

Por eso dijo a los hombres que ha escogido: Haced ésto en memoria mía; es decir, os doy el poder para transubstanciar el pan en mi propio Cuerpo y el vino en mi propia Sangre; os doy el poder de realizar de este modo, sacramentalmente, mi sacrificio redentor.

Y este poder se transmitirá en la Iglesia por la ordenación sacerdotal, hasta el fin de los siglos. Jesús continuará obrando, por el ministerio de hombres pecadores, la maravilla que ha hecho en el Cenáculo.

Hoy celebramos, pues, otro aniversario no menos maravilloso que el primero: la institución del Sacerdocio Católico.

El Verbo de Dios se hizo hombre precisamente para ser Sacerdote, porque el fin de la Encarnación es la Redención, y ésta debía lograrla Jesucristo por la gran función sacerdotal de su sacrificio.

El Verbo se encarna para redimir; redime por su sacrificio; y sacrifica por su ser y sus funciones de Sacerdote. Encarnación y Sacerdocio, Sacrificio y Redención, son absolutamente inseparables en la realidad objetiva de su ser y de su vida.

Pero Jesucristo, Verbo Encarnado, único sacerdote de la Nueva Alianza, no debía cesar en sus funciones; su Sacrificio, único sacrificio del Nuevo Testamento, debía perpetuarse hasta el fin de los tiempos. Y para este fin, Jesucristo multiplica los milagros de amor: instituye el Santo Sacrificio del Altar y el Sacerdocio Católico, cuya misión es renovarlo hasta la consumación de los siglos.

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El sacrificio que poseemos en nuestra Santa Religión, el de la Santa Misa, es el único Sacrificio santo y de todo punto perfecto.

Consideremos y admiremos las excelencias de la Santa Misa siguiendo las enseñanzas de San Lorenzo de Porto-Maurizio, en su magnífico libro El Tesoro Escondido de la Santa Misa.

La principal excelencia del Santo Sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la Cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el Sacrificio de la Cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios por todos los pecados del mundo; mientras que el Sacrificio del Altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo.

El mismo Cuerpo, la misma Sangre, el mismo Jesús que se ofreció en el Calvario, es el que al presente se ofrece en la Misa.

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En un sacrificio hay tres cosas que considerar: el sacerdote que lo ofrece, la víctima que ofrece, y la majestad de Aquél a quien se ofrece.

He aquí, pues, el maravilloso conjunto que nos presenta el Santo Sacrificio de la Misa bajo estos tres puntos de vista.

El Sacerdote que lo ofrece es un Hombre-Dios, Jesucristo.

La Víctima ofrecida es la vida de un Dios.

Y Aquél a quien se ofrece no es otro que Dios.

Avivemos nuestra fe, y reconozcamos en el sacerdote celebrante la adorable Persona de Nuestro Señor Jesucristo. Él es el primer sacrificador porque en cada Misa Él mismo se digna transubstanciar el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima.

De aquí resulta que el Sacrificio de la Misa siempre es agradable a Dios, cualquiera que sea la indignidad del sacerdote que celebra, puesto que el principal sacrificador es Jesucristo Nuestro Señor, y el sacerdote visible no es más que su humilde ministro.

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Entre otras utilidades que nos proporciona el Santo Sacrificio de la Misa, tenemos que nos hace capaces de pagar todas las deudas que tenemos contraídas con Dios.

El Angélico doctor Santo Tomás explica cuáles son nuestras deudas u obligaciones para con Dios, y entre ellas cita especialmente cuatro, y todas son infinitas.

La primera, alabar y honrar la infinita majestad de Dios, que es digna de honores y alabanzas infinitas.

La segunda, satisfacer por los innumerables pecados que hemos cometido.

La tercera, darle gracias por los beneficios recibidos.

La cuarta, en fin, dirigirle súplicas, como autor y dispensador de todas las gracias.

Ahora bien: ¿cómo se concibe que nosotros, criaturas miserables que nada poseemos en propiedad, podamos, sin embargo, satisfacer deudas de tanto peso?

La primera obligación que tenemos para con Dios, es la de honrarle. Siendo la majestad de Dios infinita, le debemos un honor infinito.

Pero, ¿en dónde encontraremos una ofrenda que sea digna de nuestro Soberano Creador? ¿Qué ofrenda podrá ser jamás digna de Dios, sino el mismo Dios?

Es preciso, pues, que Aquél que está sentado sobre su trono en lo más alto de los cielos, baje a la tierra y se coloque como víctima sobre sus propios Altares, para que los homenajes tributados a su infinita majestad estén en perfecta relación con lo que ella merece.

He aquí lo que se verifica en la Misa: en ella Dios es tan honrado como lo exige su dignidad, puesto que Dios se honra a sí mismo.

Jesucristo se pone sobre el Altar en calidad de víctima, y por este acto de humillación inefable adora a la Santísima Trinidad tanto como es adorable.

Oyendo con devoción la Santa Misa, damos a Dios una gloria y honor infinitos.

En la Santa Misa Jesús es quien se humilla; Jesús cuyas humillaciones son de un mérito y precio infinito.

De lo cual se deduce que la gloria y el honor que por su medio damos a Dios, ofreciéndole el Santo Sacrificio de la Misa, es una gloria y honor infinitos.

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La segunda obligación que tenemos para con Dios es la de satisfacer a su divina Justicia por tantos pecados como hemos cometido. ¡Qué deuda ésta tan inmensa!

Un solo pecado mortal pesa de tal manera en la balanza de la Justicia divina, que para expiarlo no bastan todas las obras buenas de los justos, de los Mártires y de todos los Santos que existieron, existen y han de existir hasta el fin del mundo.

Sin embargo, por medio del Santo Sacrificio de la Misa, si se considera su mérito y su valor intrínseco, se puede satisfacer plenamente por todos los pecados cometidos.

Comprendamos lo que debemos a Nuestro Señor Jesucristo. Él es el ofendido y, a pesar de ésto, no contento con haber satisfecho a la Justicia divina sobre el Calvario, nos dio y nos da continuamente en el Santo Sacrificio de la Misa el medio de aplacarla.

No quiere decir ésto que el Sacrificio de la Misa borre por sí mismo inmediatamente nuestros pecados en cuanto a la culpa, como lo hace el Sacramento de la Penitencia; sin embargo, los borra mediatamente, esto es, por medio de movimientos interiores, de santas inspiraciones, de gracias actuales y de todos los auxilios necesarios que nos alcanzan para arrepentirnos de nuestros pecados, ya en el momento mismo en que asistimos a la Misa, ya en otro tiempo oportuno.

Si el Sacrificio, en cuanto es propiciatorio, no aprovecha al que se halla en pecado mortal, siempre le vale como impetratorio, y por consiguiente todos los pecadores debían oír muchas Misas, a fin de alcanzar más fácilmente la gracia de su conversión y perdón.

En cuanto a las almas que viven en estado de gracia, la Santa Misa les comunica una fortaleza admirable para perseverar en tan dichoso estado, y borra inmediatamente, según la opinión más común, todos los pecados veniales, con tal que se tenga dolor general de ellos.

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La tercera obligación que tenemos para con Dios es la de darle gracias por los inmensos beneficios que debemos a su amor y a su liberalidad.

Repasemos todos los favores que hemos recibido de Dios, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia… Todo lo debemos a su infinita bondad.

Ahora bien; ¿cómo podremos jamás corresponder debidamente a tantos beneficios? Nuestra pobreza es tan grande, que no podemos pagar ni el menor de los beneficios que debemos a su liberalidad, porque el menor de ellos, por lo mismo que lo recibimos de una mano tan augusta, y que está acompañado de un amor infinito, adquiere un precio infinito, y nos obliga a un reconocimiento y acción de gracias igualmente infinito.

El Santo rey David nos indica ya el medio de satisfacer plenamente esta deuda de gratitud a los beneficios de nuestro Dios. Previendo en espíritu el Divino Sacrificio de nuestros Altares, el Profeta Rey proclama abiertamente que nada hay en el mundo que sea capaz de dar a Dios las acciones de gracias que le son debidas, a no ser la Santa Misa.

¿Qué daré yo al Señor en recompensa de los beneficios que me ha hecho? “Quid retribuam Domino pro omnibus quae retribuit mihi?”. Y dándose a sí mismo la respuesta, dice: Yo elevaré hacia el Cielo el Cáliz del Salvador: “Calicem salutaris accipiam”; es decir: yo le ofreceré un Sacrificio que le será infinitamente agradable, y con ésto solo yo satisfaré la deuda que tengo contraída por tantos y tan preciosos beneficios.

Todas las veces, pues, que asistamos a la Santa Misa, sepamos aprovecharnos de este inmenso tesoro, y ofrezcámoslo en testimonio de agradecimiento a Nuestro Soberano Bienhechor.

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No se limita a lo dicho la inmensa utilidad del Santo Sacrificio de la Misa. Por ella podemos, además, satisfacer la obligación que tenemos para con Dios de implorar su asistencia y pedirle nuevas gracias.

Conocemos cuán grandes son nuestras miserias, así corporales como espirituales, y cuánto necesitamos, por consiguiente, recurrir a Dios para que nos asista y no cese de socorrernos a cada instante.

Pero, por otra parte, ¿con qué título y con qué confianza nos atreveríamos a pedir nuevos beneficios, en vista de la excesiva ingratitud con que hemos correspondido a tantos favores que nos ha concedido, hasta el extremo de haberlos convertido contra Él mismo para ofenderlo?

Sin embargo, si no somos dignos de nuevos beneficios por méritos propios, alguien los ha merecido para nosotros. Nuestro buen Salvador ha querido con este fin ponerse sobre el Altar en el estado de Hostia pacífica, o sea un sacrificio impetratorio, para en él alcanzarnos de su Eterno Padre todo aquello de que tenemos necesidad.

Nuestro Señor, en su calidad de Supremo Pontífice, recomienda en la Misa a su Padre celestial nuestros intereses, pide por nosotros y se constituye abogado nuestro.

¿Qué confianza, pues, y aún qué seguridad debemos experimentar, si pensamos que el mismo Jesús intercede en la Misa por nosotros, que ofrece su Sacratísima Sangre al Eterno Padre en nuestro favor, y que se hace abogado nuestro?

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La Santa Misa nos proporciona todas las gracias espirituales, todos los bienes que se refieren al alma, como el arrepentimiento de nuestros pecados, la victoria en nuestras tentaciones, los socorros actuales, muchas buenas y santas inspiraciones.

Además, la Santa Misa nos alcanza también todos los bienes temporales, en tanto que puedan contribuir a nuestra salvación, como son la salud, la abundancia de los frutos de la tierra y la paz; preservándonos a la vez de todos los males que se oponen a estos bienes, como de enfermedades contagiosas, temblores de tierra, guerras, hambre, persecuciones, pleitos, enemistades, pobreza, calumnias e injurias.

En una palabra, la Santa Misa es la llave de oro del Paraíso.

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Para concluir, notemos que una sola Misa, considerado el acto en sí mismo y en cuanto a su valor intrínseco, bastaría para sacar todas las Almas del Purgatorio y abrirles las puertas del Cielo.

En efecto, la Misa es útil a las Almas de los Fieles Difuntos, no solamente como Sacrificio satisfactorio, ofreciendo a Dios la satisfacción que ellas deben cumplir por medio de sus tormentos, sino también como impetratorio, alcanzándoles la remisión de sus penas.

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¡Oh, bendita Misa, que tan útil eres a la vez a los vivos y a los muertos en el tiempo y en la eternidad!

Bien dice Tomás de Kempis en la Imitación de Jesucristo:

Cuando el sacerdote celebra, honra a Dios, alegra a los Ángeles, edifica a la Iglesia, ayuda a los vivos, da descanso a los difuntos, y se hace partícipe de todos los bienes (Libro IV, cap. V).

Formulemos, pues, el saludable propósito de oír la Santa Misa con la mayor frecuencia y devoción posibles.

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Como podemos comprobar, la Misa del Jueves Santo es una de las más solemnes del año; y aunque la institución de la fiesta del Santísimo Sacramento tiene por objeto honrar con el mayor esplendor este misterio, la Iglesia, al instituirla, no ha querido que el aniversario de la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio perdiese ninguno de los honores que se le deben.

Aun cuando la Iglesia suspende por algunas horas la celebración del Sacrificio eterno, no quiere con eso que su divino Esposo pierda ninguno de los honores que le son debidos en el Sacramento del Amor.

La piedad católica ha hallado medio para transformar en un triunfo para la Eucaristía los instantes, en los que la Hostia Santa parece como inaccesible a nuestra indignidad…

Para ello prepara un Monumento en cada templo. Allí traslada el Cuerpo del Señor; y, aunque esté cubierto de velos, los fieles vendrán a honrar el reposo del Hombre-Dios.