JORGE DORÉ- POESÍA

Señor, heme aquí humilde ante las huellas
de tu pasión: tu mapa de sufriente.
Aquellas que guardara el fino lienzo
incapaz de arroparte para siempre;

contarlas es contar el infinito
de un amor tan profundo y elocuente
que habló con sangre más que con palabras
y superó el dominio de la muerte.

He aquí el relato fiel de tus tormentos,
tus golpes tus heridas y el torrente
de injurias que la tela no contuvo
pero que tanto hubieron de dolerte:  

Esa ominosa lluvia de flagelos
en tu espalda y de espinos en tus sienes
son vestigios de todos los pecados
pasados y futuros y presentes.

(Después de tantos siglos hoy los hombres
han vuelto al paganismo y adolecen
de luz y de virtud. Andan a oscuras
y el amor a sí mismos los pervierte).

La herida del costado ¡tan profunda!,
esa que aún se ensancha y que te duele
cuando todos los que aún te martirizan
meten su mano en ella… ¡y no creen!

(¿Hoy cuántos corazones enconados
no pierden la fe en ti para volverse
de piedra, miserables, insensibles
y ávidos de mundanas pequeñeces?).

Tu rostro, tumefacto mas sereno
a pesar del abuso de insolentes
que hicieron mofa vil de tu realeza
¡tú que eres nuestro rey eternamente!

(¿Y cuántos golpes más no te propinan
los nuevos fariseos, los herejes,
los adversos al dogma y el blasfemo
cuando frente a tu cruz muestra sus dientes?).

La salida del clavo en tu muñeca,
tus brazos transformados en torrentes
de sangre ¡cuando solo hacía falta
derramar una gota por tus fieles!

(¿Cuántos hombres no viven rechazando
su propia salvación porque resienten
un Dios que ponga coto a sus delitos,
un límite a sus males recurrentes?).

Y tus pies, cuyas plantas estamparan
con brochazos de lacre incandescente
el lino que sirviera de testigo
al noble testamento de tu muerte

(¡Cómo el réprobo huye de tu lado
horrorizado de poder quererte
y de tener que renunciar al vicio
que habrá de condenarlo eternamente!).

Tu excelso amor, Jesús, está plasmado
en esta tela donde alcanzo a verte
sin saber en cuál fibra de la misma
se encuentran mis pecados: ¿En tu frente,

en tus pies, en tu pecho desgarrado,
en tus brazos ansiosos de acogerme
o en la honda cavidad de tu costado
donde aspiro al refugio que me ofreces?

Señor, ante el misterio de este lienzo,
–monumento a tu amor– devotamente
inclino mi cabeza, humilde, y pido:
¡Ven y reina por siempre y para siempre!