Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón del Domingo de Ramos

 DOMINGO DE RAMOS

En aquel tiempo, Acercándose Jesús a Jerusalén, luego de llegar a la vista de Betfage, cerca del monte de los Olivos, despachó a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Id a esa casa que se ve enfrente, y al instante encontraréis una asna atada y su pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Si alguno os dijere algo, respondedle que los ha menester el Señor, y al punto os los dejará llevar”. Todo ésto sucedió en cumplimiento de lo que dijo el Profeta: “Decid a la hija de Sión: Mira que viene a ti tu rey lleno de mansedumbre, sentado sobre una asna y su pollino, hijo de la que está acostumbrada al yugo”. Los discípulos hicieron lo que Jesús les mandó; y trajeron el asna y el pollino, y los aparejaron con sus vestidos; y le hicieron sentar encima. Y una gran muchedumbre de gentes tendían por el camino sus vestidos; otros cortaban ramos de los árboles, y los extendían por donde había de pasar. Y las turbas que iban delante, como las que iban detrás, clamaban, diciendo: “¡Hosanna al Hijo de David, bendito sea el que viene en nombre del Señor!”

Hoy es doble el Evangelio de la ceremonia litúrgica: el de la solemne entrada que hizo el Señor en Jerusalén y el de la sagrada Pasión, según San Mateo.

Más bien que multiplicar las consideraciones sobre materia tan extensa y tan variada, será preferible concretarse a un solo punto, que de alguna manera se refiera a entrambos pasajes del Evangelio.

Este punto serán las lágrimas de Jesús en medio de su glorioso triunfo, según la narración de San Lucas.

Para apreciar en todo su valor estas lágrimas del Salvador, será conveniente reproducir con la mayor exactitud y viveza posible las circunstancias históricas.

Faltan sólo cinco días para la Pascua, para cuya celebración se ha reunido en Jerusalén una cantidad inmensa de judíos.

Conocida es la facilidad con que por aquel tiempo los judíos se excitaban y alborotaban hasta promover terribles sublevaciones, principalmente en ocasiones como la de la Pascua.

Bastaba que un fanático atizase el sentimiento nacional con color más o menos religioso, para que al instante viese afluir en torno suyo millares de exaltados, dispuestos a lanzarse a las aventuras más descabelladas.

Apenas hacía un año que ellos mismos habían querido arrebatar a Jesús y llevarle a Jerusalén para hacerle rey y restaurar el reino de Israel.

Jesús siempre se había mostrado ajeno y contrario a todas estas manifestaciones.

Mas he aquí que ahora, de repente, parece que cambia de actitud… Manda que le traigan una cabalgadura, consiente de buen grado en que la engalanen de la mejor manera posible, en que le alfombren el camino con sus mantos, que con ramos en las manos le vitoreen y aclamen como hijo de David y Rey de Israel, que viene en el nombre del Señor a restaurar el Reino de David, su Padre…

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Su entrada triunfal simboliza el Reino divino de Cristo.

Como Señor de cielos y tierra, de los judíos y gentiles, de todas las edades y condiciones, de la Naturaleza y del Universo, penetra en la ciudad santa.

Por última vez se presenta solemnemente antes de abismarse en la noche de su Pasión.

Es aclamado por los fieles, admirado por los incrédulos, celebrado por los peregrinos de todos los países venidos a la fiesta de Pascua.

Recibido por todos con entusiasmo, es piedra de escándalo para los fariseos

Cristo, buscado por los griegos y gentiles, anuncia la redención de los judíos y paganos, con la comparación del grano de trigo que ha de morir en la tierra, para producir fruto y nos anima a llevar la Cruz.

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Basta conocer un poco la historia de aquellos tiempos para comprender fácilmente el alcance de estas y otras semejantes exclamaciones de aquella turba delirante.

Ya creían llegado el momento de entrar en Jerusalén, desalojar la fortaleza Antonia de la guarnición romana e inaugurar con el Reino del Mesías una nueva era de gloria y de prosperidad para Israel.

Pero este frenesí llegó a su colmo, cuando poco después, desde la cumbre del monte de los Olivos, vieron delante de sus ojos la ciudad de Jerusalén en todo el esplendor de su gloria.

En primer término aparecía el Templo, iluminado entonces de frente por el sol de la mañana, con sus pórticos de mármoles, con su Santuario coronado de oro fulgurante.

Deslumbrados los ojos, palpitante el corazón, ante las puertas de la ciudad santa y del templo de Yahvé, agitando frenéticamente los ramos gritaban con delirio: Hosanna al Hijo de David, Hosanna al Rey de Israel.

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Jesús, en tanto, como dice San Lucas, al llegar cerca, así que vio la ciudad, lloró y sollozó sobre ella.

Apenas es imaginable contraste más violento que el que aquí se produce entre las locas ilusiones de la turba y la profunda tristeza de Jesús, entre los vítores de los discípulos y el llanto del Maestro.

Es justo que reflexionemos un poco sobre este contraste tan maravilloso.

¿Por qué la turba prorrumpía en aclamaciones y Jesús se movía a lágrimas?

Es que la turba soñaba en ilusiones fantásticas, mientras Jesús veía en toda su crudeza la triste realidad.

Hoy triunfo, vítores, aplausos; dentro de cinco días afrentas, ultrajes, torturas horribles, abandono, cruz…

A los clamores estrepitosos de Hosanna al Hijo de David, al Rey de Israel, pronto sucederían los gritos furibundos de Quita, crucifícale; no tenemos rey, sino a César, con otras voces más sangrientas con que le habían de insultar en su misma agonía.

Y lo más doloroso era que estos mismos que ahora le aclaman tan frenéticamente, dentro de poco se revolverán contra él, o le abandonarán cobardemente.

Mas no era ésto lo que más duramente lastimaba el Corazón manso y compasivo de Jesús…

Más le contristó, sin duda, la ceguedad de sus discípulos, y aun de los doce Apóstoles, que, después de tres años de seguirle y oír sus palabras de vida eterna, habían comprendido mal su pensamiento y concebían de manera tan carnal y terrena el Reino de Dios que les había predicado.

Pero lo que más afligió el Corazón del amabilísimo Salvador fueron los terribles castigos que la cólera divina iba a descargar sobre Jerusalén.

A la vista de la ciudad entre sollozos y lágrimas, como dice San Lucas, así habló el Señor: Si conocieses también tú, a lo menos en este día tuyo, el camino de la paz… Mas ¡ay! que está eso escondido a tus ojos. Que vendrán días sobre ti, en que tus enemigos abrirán trincheras en torno tuyo, y te cercarán y estrecharán por todas partes, y te arrasarán; y estrellarán a tus hijos en ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visitación.

Apenas habrá en todo el Evangelio otro pasaje en que se muestre tan al vivo la inefable compasión y ternura del Corazón de Cristo.

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La gloria, el triunfo, suelen embriagar el corazón humano, que, para saborear este placer, no repara en derramar la sangre de sus hermanos.

¡Cuán diferente el Corazón del Salvador! No solamente llora sobre Jerusalén entre las angustias de Getsemaní o las agonías del Calvario, sino en los momentos de su mayor gloria.

Sin reparar en las palmas que se agitan en torno suyo, contempla tembloroso las águilas romanas precipitarse sobre la ciudad prevaricadora; en vez de mirar la muchedumbre que le rodea regocijada, vuelve su vista a las legiones enemigas, atrincheradas en torno de la ciudad; en vez de complacerse en los vítores que llenan los espacios, oye los alaridos de los niños, que arrebatados por los brutales legionarios van a ser estrellados contra las losas del pavimento.

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La entrada triunfante de Jesucristo en Jerusalén, en medio de los hosannas jubilosos de la muchedumbre que le aclamaba como a su Rey, es ciertamente el símbolo de los triunfos obtenidos en el universo.

Pero la Iglesia profundiza el pensamiento del Domingo de Ramos…

De este modo, las palmas se convierten en profecía de la entrada triunfal de Cristo en el Cielo, con el pueblo por él redimido.

Mas esta redención no se hace sino por medio de la Cruz.

El camino de la Cruz es aparentemente de oprobio y de derrota; pero, en realidad, bajo la bandera de la Cruz y cuando parece que todo se pierde, Cristo va a la victoria.

Satanás y sus auxiliares llegan hasta destruir la sagrada Humanidad de Cristo y derribar el santo templo de su Cuerpo; pero precisamente, por este camino contribuyen a su cruenta victoria.

El Salvador resucita de entre los muertos y redime a los espiritualmente muertos.

El camino de la Cruz se ha convertido en camino del triunfo.

Con estos sentimientos, asistamos a la ceremonia de la bendición de los Ramos y de los oficios del Triduo Santo.