SAN ROBERTO BELARMINO- EL ARTE DE BIEN MORIR

INTRODUCCIÓN

Estando a mis solas en mi acostumbrado retiro, adonde dando de
mano a los negocios públicos, atiendo al propio, empecé a pensar cuál fuese la causa porque tan pocos hombres aprendiesen el arte de bien morir, siendo así verdad que ninguno hay más necesario, ni que más presto, ni con mayor cuidado se deba aprender; y confieso que no hallé otra razón sino la que da el Sabio, conviene a saber, porque es infinito el número de los necios. Porque ¿cuál estulticia puede hallarse mayor que poner tanto conato en aprender tanto número de artes, como aprenden los mortales, para adquirir las riquezas y honores temporales, y para conservar los bienes perecederos de la tierra, sin perdonar a trabajo, ni a cuidado por adquirirlos, y echar tan en olvido el arte de bien morir, que es el arte de las artes, y el que enseña a ganar la suma de los bienes eternos como si no hubiera o no importara aprenderle?

Y que el arte de morir bien sea el arte de las artes, no creo habrá hombre que lo niegue, si atentamente considerare que en la hora de la muerte hemos de dar cuenta a Dios de todas nuestras obras, palabras y pensamientos, sin perdonar a la más mínima seña que hubiéremos hecho en el trascurso de toda nuestra vida, teniendo por acusador al demonio, por testigo a nuestra conciencia, y por Juez a Dios, de quien esperamos la sentencia, ó de gloria para siempre con los santos en el cielo, o de pena perdurable para ser atormentado con los condenados en el infierno. Cada día experimentamos, y hoy lo podemos ver si queremos, que si un hombre tiene un pleito, aunque por cosas pequeñas, no deja piedra por mover para salir con victoria, y llevar sentencia en favor, solicitándole de día, desvelándose de noche, hablando a los jueces, consultando a los letrados, importunando a los amigos, azorando a los procuradores, valiéndose de los parientes, echando las redes por todas partes para no perderle; y teniendo en la muerte un pleito de grande importancia como es el de la salvación eterna, de cuya sentencia pende vivir ó morir para siempre, descuidan los mortales de tal manera de él, que muchas veces les coge tan desapercibidos como si no les tocara, y se hallan tan ajenos de la cuenta, que no saben responder a nada; y no pocas veces tan rendidos de la enfermedad, que no están en su acuerdo, y hallándose en aquel trance tan gastados y consumidos, son forzados a dar cuenta tan estrecha, y de tanto, número de cosas de que en sana salud y con mucho tiempo y advertencia no se acordarían, y se hallarán atajados sin saber responder de mil cargos a uno.

Esta es la razón porque se condenan los hombres a montones, y como dice San Pedro : Si el justo con dificultad se salvará, el impío y pecador, ¿á dónde irán a parar? Traspasado, pues, con un cuchillo de dolor, de ver este descuido y perdición, y con celo de la salvación de mi .alma y de las de mis hermanos, tuve por empleo saludable, y de suma importancia, amonestar en primer lugar, y en segundo a mis prójimos, que hagamos sumo aprecio del arte de bien morir; y si hubiere algunos que le hayan aprendido de otros mayores maestros, tomen esta lición, no como mía, sino como de las sagradas Escrituras y santos Padres de la Iglesia, de donde yo la he sacado y aprendido, para saber morir bien, pues a todos tanto nos importa.

Pero antes de entrar en esta materia, ni de llegar a los preceptos de este arte, deseo averiguar una cosa, y es la calidad de la muerte, y si es de tal jaez que se deba contar entre las cosas malas, ó ponerse en el catálogo de las buenas. Y verdaderamente que si consideramos a la muerte desnuda, y como se representa a la vista, todos la condenaremos por mala, pues nos priva de la vida tan amada a los vivientes. Allégase a ello lo que dice el Sabio, que : Dios no hizo la muerte , etc., sino que por envidia del demonio tuvo entrada en el mundo. Lo cual confirma el Apóstol, diciendo : Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte en quien todos pecaron. Y si Dios no hizo la muerte, no es buena, pues Dios no hizo cosa mala, sino todas buenas, como lo testifica Moisés, diciendo : Vio Dios cuantas cosas hizo, y eran buenas.

Pero aunque es verdad que la muerte no es buena de su cosecha, pero la sabiduría de Dios la supo sazonar de tal suerte, que fuese causa de muchos bienes, y por ellos apetecible y sabrosa, como lo cantó David en el Salmo, diciendo : Preciosa es la muerte de los justos en el acatamiento de Dios. Y la Iglesia, dice hablando de la de Cristo, muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando reparó nuestra vida. Y es cierto que no pudiera destruir la muerte, y recuperar la vida, muerte que no fuera buena, por lo cual es necesario confesar, que, si no todas, alguna muerte es buena. Y estuvo tan persuadido de esta verdad S. Ambrosio, que no sólo creyó que había algunas muertes buenas, mas pasó más adelante, que compuso un libro entero de la bondad de la muerte, en el cual prueba con muchas y buenas razones, que aunque la muerte tuvo origen del pecado, acarreó muchas utilidades a los hombres.

Y la misma razón enseña, que aunque la muerte sea de suyo mala, pero por la gracia de Dios, puede causar muchas cosas buenas. Y lo primero no se puede negar, sino que nos trae un gran bien, pues nos saca, y pone fin a las miserias que padecemos en esta vida, de las cuales se lamentaba Job, diciendo : El hombre que nace de mujer, vive poco tiempo, y se llena de muchas miserias.

El tiempo corto, pero las miserias muchas; la vida breve, pero las calamidades largas. Por lo cual dijo el Eclesiastes : Siempre alabé más a los muertos que a los vivos, y tuve por más dichoso que a ambos, al que aún-no había nacido, ni experimentado los males que hay debajo del sol. Y prosiguiendo su pensamiento añade : Ocupación pesada ha sido criada para todos los hombres, y grave yugo ha sido impuesto sobre las cervices de los hijos de Adan, desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte, cuando vuelvan a la tierra, que es madre de todos. Y San Pablo también se quejaba de las miserias de esta miserable vida, cuando decía : Infeliz y miserable de mí, ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte? Adonde llama muerte a la vida, por las calamidades que trae consigo.

Consta, pues, claramente de los testimonios dichos de la Sagrada Escritura, que la muerte nos libra de las muchas calamidades y miserias de esta vida.

Pero fuera de este bien, nos trae otro mayor, abriéndonos la puerta de la cárcel de este cuerpo para el reino de la gloria, como 1o testifica San Juan Evangelista, el cual, estando en la .Isla de Patmos, oyó una voz del cielo que le dijo : Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor: ya, dice el Espíritu, es tiempo de que descansen de sus trabajos; sus obras les siguen a donde vaya. Sin duda que es dichosa la muerte de los Santos, que por mandato del Rey del Cielo salen de la cárcel del cuerpo, y entran en el reino de la gloria, adonde acabados los trabajos, descansan dulcísimamente, y reciben sus almas el premio de sus obras, y la corona de la .bienaventuranza.

Y no solamente es buena la muerte para los Santos, que pasan de este mísero mundo a la felicidad de la gloria, sino también para las almas que van al Purgatorio; porque las libra del temor del infierno, y les asegura la gloria. Y lo que más es, que a los mismos condenados qué bajan al infierno, trae la muerte algún linaje de bien, porque les acorta el plazo de pecar, y minora las penas que habían de padecer, las cuales crecieran más si se tardara la muerte, y no les acortara los plazos de la vida.
Por estas utilidades que cogen en la muerte, no la temen los varones píos, ni les parece de tan mala cara como, a los malos, antes la tienen por dulce y apacible, y como tal la desean y llaman; como lo hacia el apóstol San Pablo, el cual decía : No tengo más vida que a Cristo, y mi muerte es mi ganancia; abrázame en deseos de morir y de estar con Cristo. Y en la carta a los Tesalonicenses exhorta a los fieles que no lloren a los difuntos, ni se entristezcan en la muerte de sus deudos y amigos, considerando que no están muertos, sino vivos para Dios, y que duermen para el mundo.

No ha muchos años que vivió en Génova una fiel sierva de Cristo, su nombre Catalina, adornada de virtudes heroicas, tan abrasada en el amor de Cristo su celestial esposo, que ninguna cosa más deseaba que la muerte, llamándola cada día, y quejándose de su tardanza para sacarla de las prisiones del cuerpo, y colocarle en la libertad de Dios; y era tal su deseo, que decía no había cosa más hermosa que la muerte, ni más dulce, ni más suave, ni que más apeteciese; una sola cosa, decía, tiene mala, y es que huye de quien la busca, y viene a quien no la quiere; juzgando que por amarla y desearla ella tanto no acertaba a su casa.

De lo dicho se concluye, que aunque la muerte, por ser hija del pecado, es mala, pero por la gracia de Cristo, que quiso morir por nosotros, tiene mucho de bueno, útil y saludable, y es digna de ser amada y deseada.