ME S D E S A N J O S É – Día Veintinueve

Preparación para consagrarse a él como esclavo.

La verdadera devoción a San José consiste esencialmente en la confianza ilimitada en la intercesión de este Santo Varón, en la imitación de sus virtudes y en el amor filial que se le profese. Ser su devoto quiere decir tratar de amar al Padre Celestial como él lo hizo; y poner la vida, los bienes y todos los actos del día bajo su paternal patrocinio.

Los que quieran ser fieles devotos del Padre Protector de la Iglesia, y verdaderos servidores de su culto, deben consagrarse a él como sus esclavos. Pero como se ama lo que se conoce, es fundamental para esta alianza admirarse con su vida a través del Catecismo de San José, incluido en esta preparación.

La esclavitud del santo exige una fórmula que será publicada el día 31 de marzo, y que indica la dedicación de la vida entera al servicio de su piedad. Significa alabar al benditísimo Patriarca desde que aparece la primera luz del día hasta que se va al lecho, para lo cual, también el último día de este mes, entregaremos una pequeño Devocionario Josefino con las oraciones del cristiano al amparo de San José.

Quienes deseen manifestarse como verdaderos devotos del Castísimo Esposo de Nuestra Santa Madre, deben luchar por ser almas de oración que frecuenten los sacramentos, amantes del silencio, la pureza, modestia y humildad, tener una encendida caridad y una vida que se realice en la laboriosidad y el ocultamiento. Y para alcanzar tan altas aspiraciones, es que a él recurriremos diciendo cada día en el Acordaos: “que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo”.

Día 17

ACTO DE CONTRICIÓN

¡Oh, Dios Omnipotente!, arrepentido por las muchas culpas que he cometido contra vuestra divina majestad, vengo a solicitar de vuestra misericordia infinita generoso perdón. Por la valiosa intercesión del Santísimo Patriarca Señor San José os suplico humildemente que me concedáis nuevas gracias para serviros y amaros, a fin de que después de haber combatido denodadamente en esta vida, tenga la dicha de alcanzar el galardón eterno a la hora de la muerte. Así sea.

CATECISMO DE SAN JOSÉ

30-¿Cómo fue digna del Salvador la exaltación de José?

Si alguno merecía resucitar con el Salvador y acompañarle en cuerpo y alma al cielo para honrar su glorioso triunfo, era seguramente san José. Era justo que José, dice san Bernardino de Sena, después de haber vivido familiarmente en la tierra con Jesús y María, reinase como ellos eternamente en el cielo en cuerpo y alma. Es dulce oír el lenguaje sencillo de san Francisco de Sales, que quita la más mínima duda respecto de esto: hace hablar así san José a Jesús visitando el limbo: acordaos, oh Jesús que cuando vinistéis del cielo a la tierra, yo los recibí en mi estancia, en mi familia, y que apenas estuvísteis en el mundo yo os recibí en mis brazos. Ahora que vos debéis ir al cielo, conducidme con vos. Os he recibido en mi familia, recibidme ahora en la vuestra. Yo os he llevado en mis brazos, llevadme en los vuestros, y así como tuve cuidado de alimentaros y conduciros durante el curso de vuestra vida mortal, tened ahora cuidado de mí, y conducidme a la vida eterna.

Era, pues, digno del Salvador de los hombres que su padre adoptivo recibiese este honor supremo, que sólo podía hacer su exaltación perfecta. Pero si esto era digno del salvador, creamos que el Salvador lo cumplió. Sigamos, pues, a José con nuestras miradas, y alegrémonos de su triunfo.

31-¿Cómo fue favorable a los hombres la exaltación de José?

Así como la gloria de José fue un homenaje a sus méritos, del mismo modo el poder con que Dios le honró es un recurso en nuestras necesidades. No podemos dudar de ningún modo, dice san Francisco de Sales que este glorioso Santo tenga mucho crédito en el cielo, cerca de aquel que tanto le ha favorecido y que le elevó en cuerpo y alma.

Aquí se rezan 7 Ave Marías en honor de los dolores y gozos del Señor San José, pidiéndole la gracia de ser su fiel esclavo.

M E M O R A R E

Acordaos, ¡oh castísimo esposo de la Virgen María, San José, mi amable protector, que nunca se ha oído decir que ninguno de los que ha invocado vuestra protección o implorado vuestros auxilios, hayan quedado sin consuelo. Lleno de confianza en vuestro poder, llego a vuestra presencia, y me recomiendo con fervor!

¡Ah! No desdeñéis mis oraciones, oh vos, que ha­béis sido llamado padre del Redentor, sino escu­chadlas con benevolencia, y dignaos recibirlas favo­rablemente.

Así sea.

Trescientos días de indulgencias (una vez por día) apli­cables a los difuntos. (Breve de N. S. P. el Papa León XIII.)