SAN BERNARDO: ABAD DE CLARAVAL – DOCTOR DE LA IGLESIA

LAS GRANDEZAS INCOMPARABLES DE MARÍA

CAPÍTULO SEGUNDO

MARÍA ADMIRACIÓN DE CIELOS Y TIERRA

MARÍA ADMIRACIÓN DE CIELOS Y TIERRAMARÍA ADMIRACIÓN DE CIELOS Y TIERRA

Fue enviado, pues, el Ángel Gabriel por Dios, a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David, y el nombre de la Virgen era María.

¿Qué fin tendría él Evangelista al expresar en este lugar con tanta precisión los propios nombres de tantas cosas? Yo creo que pretendía con esto, que no oyésemos con negligencia, lo que él procuraba referir con tanta exactitud.

Nombra al Nuncio que es enviado, al Señor por quien es enviado, a la Virgen a quien es enviado, al Esposo de la Virgen, y señala con sus propios nombres el linaje de ambos, a la ciudad y a la región.

¿Para qué todo esto? ¿Piensas tú que alguna de estas cosas esté puesta aquí superfluamente? ¡Ah! No. De ninguna manera: porque si no cae una hoja del árbol sin causa, ni cae en tierra un pájaro sin la voluntad del Padre Celestial, ¿podría yo creer, que de la boca del Santo Evangelista saliese una palabra superflua, especialmente en la sagrada historia del que es Palabra de Dios?

No lo pienso yo así: todas están llenas de soberanos misterios, y cada una rebosa en celestial dulzura. Pero esto acontece si tienen quien las considere con diligencia y sepa chupar miel de la piedra, y aceite del peñasco durísimo, como dice la Escritura (Joel, III, 9).

Si, verdaderamente, en aquel día destilaron dulzura los montes y manó leche y miel de los collados; cuando enviando los Cielos su rocío desde lo alto y haciendo las nubes como una lluvia, descender al Justo (Isaías, XLV, 8) se abrió la tierra alegre, y brotó de ella, el Salvador; cuando derramando el Señor su bendición, y dando nuestra tierra su fruto, sobre aquel monte que se eleva sobre todos los montes, monte fértil y pingüe, salieron a encontrarse mutuamente la misericordia y la verdad, y se dieron un beso la justicia y la paz (Salmo LXXXIV, 11); en aquel tiempo en que este no pequeño monte entre los demás montes, este bienaventurado Evangelista, escribió con estilo dulcísimo el principio de nuestra salud, tan deseado de nosotros, que soplando el austro y rayando el sol de justicia, se difundieron cié él aromas espirituales.

Y ojalá que ahora envíe Dios su palabra; y los derrita: ojalá que sople su espíritu, y se hagan inteligibles para nosotros las palabras evangélicas, se hagan, en nuestros corazones más estimables que el oro y las piedras más preciosas, se hagan más dulces que la miel y el panal.

***

Dice pues: Fue enviado el Ángel Gabriel por Dios.

No creo sea este Ángel de los menores en la milicia celestial; no suelen serlo los que acostumbran ser enviados por cualquier causa con embajadas a la tierra. Y se deja entender también esto claramente, en su mismo nombre, que significa Fortaleza de Dios, y porque en el sagrado texto no se dice que haya sido enviado, como acostumbra hacerse entre los Ángeles, por algún otro espíritu más excelente que él, sino por el mismo Dios.

Se expresa en el Evangelio que fue enviado por Dios, y quizá se dijo por Dios, para que no se piense que reveló Dios su designio acerca de la encarnación a alguno de sus bienaventurados espíritus, antes que a la Virgen, si se exceptúa solamente el Arcángel San Gabriel, que sin duda era de tanta excelencia entre los suyos, que fue reputado digno de tal nombre y también de tal embajada.

Ni deja de haber al mismo tiempo mucha proporción entre el oficio de nuncio y el nombre del Ángel. Porque a Cristo, que es la virtud de Dios, ¿quién mejor le podía anunciar que este espíritu, a quien ilustra nombre semejante? ¿Qué otra cosa es fortaleza sino virtud?

Ni parezca asimismo inadecuado o impropio, que el Señor y el nuncio se nombren de un mismo modo, siendo así que la causa de llamarse ambos con semejante nombre no es igual en los dos. De un modo se llama Cristo fortaleza o virtud de Dios, y de otra manera muy diferente el Ángel; el Ángel sólo por denominación pero Cristo lo es también substancialmente.

Cristo se llama y es virtud de Dios, viniendo con mayores fuerzas contra aquel fuerte armado que solía guardar en paz el atrio de la casa y le venció con su propio brazo, y así le quitó valerosamente todas las alhajas que en otro tiempo había hecho cautivas.

El Ángel San Gabriel empero, es llamado fortaleza de Dios, o por haber merecido la prerrogativa de ser encargado de anunciar la venida de la misma virtud, o porque debía confortar a una Virgen naturalmente tímida, sencilla, vergonzosa, para que no la sorprendiese el pavor, o la novedad de tan grande milagro: lo cual hizo diciéndola: No temas María porque has hallado gracia delante de Dios.

Y quizás tampoco será imprudente creer que este mismo Ángel fue quien confortó y libró de sus dudas al Esposo de la Virgen, varón ciertamente humilde y timorato aunque no se diga por el Evangelista. José, le dijo, hijo de David no temas recibir a María por tu consorte.

Luego oportunamente fue elegido San Gabriel para este asunto, o mejor diré, por encargársele asunto semejante se distingue justamente con tan excelente nombre.

***

Fue enviado, pues, el Ángel Gabriel por Dios. ¿A dónde? A una ciudad de Galilea llamada Nazaret.

Veamos si, como dice Natanael, puede salir de Nazaret algo que sea bueno… a Mí las revelaciones y promesas hechas a los Padres y a Abraham, Isaac y Jacob se me representan como una simiente del conocimiento de Dios echada desde el Cielo a la Tierra, simiente de la cual está escrito: Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado la simiente, hubiéramos sido como Sodoma, seríamos semejantes a Gomorra (Isaías, I, 9).

Floreció esta simiente en las maravillas que se mostraron a la salida del pueblo de Israel de Egipto, en las figuras y enigmas misteriosos por todo el camino en el desierto hasta la tierra de promisión, en las visiones y vaticinios de los Profetas, en la ordenación del Reino y del Sacerdocio hasta Cristo.

Y no sin razón se entiende ser Cristo el fruto de esta simiente y de estas flores también, diciendo David: Derramará Dios su bendición y nuestra tierra dará su fruto (Salmo LXXXIV, 13) y en otro lugar: Colocaré a tu descendencia sobre tu trono (Salmo CXXXI, 18).

En Nazaret se anuncia que Cristo ha de nacer; porque en la flor se expresa el fruto que ha de venir; pero en saliendo el fruto se cae la flor, porque apareciendo la verdad en la carne, pasó la figura. Por lo cual también Nazaret se dice Ciudad de Galilea, esto es, de la transmigración, porque naciendo Cristo, pasaron todas aquellas cosas que arriba conté, las cuales como dice el Apóstol: Les sucedían en figura (I Cor., X, 11).

También nosotros, que tenemos ya el fruto, hemos dejado atrás estas flores, que aun cuando estaban en su belleza se previó que habían de pasar. Por lo que dijo David: Dura un día como el heno, florece por la mañana y se pasa; por la tarde inclina la cabeza se deshoja y se seca (Salmo LXXXIX, 6).

En la tarde, esto es cuando vino la plenitud del tiempo en que envió Dios a su Unigénito hecho de una mujer, hecho bajo de la ley (Gal., IV, 4), diciendo Él mismo: Mira que hago nuevas todas las cosas (Apoc., XXI, 5) las viejas pasaron y desaparecieron así, como al romper el fruto, se caen y se secan las flores. Sobre lo cual se halla también escrito: Se secó el heno y cayó la flor, mas la palabra de Dios queda para siempre (Isaías, XL, 8). Sí, la palabra es el fruto, pues la Palabra es Cristo. Buen fruto es Cristo, que permanece para siempre.

***

Pero ¿dónde está el heno que se secó? ¿Dónde la flor que se cayó? Responda el Profeta: Toda carne es heno y toda su gloria como la flor del heno (Isaías, XL, 6). Luego si toda carne es heno aquel pueblo carnal de los judíos se secó como el heno.

Así fue. ¿Por ventura no se secó como el heno, cuando el mismo pueblo vacío de todo jugo del espíritu se pegó tenazmente a la letra seca? ¿No cayó también la flor cuando aquella gloria que tenían en la Ley desapareció para siempre? Si no cayó la flor ¿en dónde está el Reino, en dónde el Sacerdocio, en dónde los Profetas, en dónde el Templo, en dónde aquellas grandezas de que solían gloriarse y decir? ¡Cuántas cosas hemos oído y conocido y nuestros padres nos han contado! (Salmo LXXVII, 3, 5). Y también: ¡Cuántas cosas mandó a nuestros padres que hiciesen conocer a sus hijos!

***

A Nazaret, pues, ciudad de Galilea fue enviado el Ángel Gabriel por Dios. ¿Ya quién? A una Virgen desposada con un varón que se llamaba José.

Pero, ¿qué Virgen es ésta tan respetable que un Ángel la saluda? ¿Tan humilde que esté desposada con un artesano? Hermosa mezcla la virginidad y la humildad; no poco agradable debe de ser a Dios aquella alma en quien la humildad engrandece a la virginidad y la virginidad adorna a la humildad. ¿De cuánta veneración te parece será digna aquella, cuya humildad engrandece la fecundidad y cuyo alumbramiento consagra la virginidad?

Oyes hablar de una Virgen, oyes hablar de una humilde; si no puedes imitar la virginidad de la humilde, imita la humildad de la Virgen. Loable virtud es la virginidad, pero más necesaria es la humildad: aquélla se nos aconseja, ésta nos la mandan; a aquélla te convidan, a ésta te obligan. De aquélla se dice: El que la pueda guardar, guárdela (Mateo, XIX, 12). De ésta se ha escrito: El que no se haga como un niño no entrará en el Reino de los Cielos (Lucas, XVIII, 3).

De modo, que aquélla se premia como sacrificio voluntario, ésta se exige cerno servicio obligatorio. Puedes salvarte sin la virginidad, pero no sin la humildad. Puede agradar la humildad que llora la virginidad perdida; más sin la humildad me atrevo a decirlo, ni aun la virginidad de María hubiera agradado a Dios.

¿Sobre quién descansará mi espíritu, dice el Señor, sino sobre el humilde y manso? Sí, sobre el humilde, no sobre el que es virgen. Con que, si María no fuera humilde, no reposara sobre ella el Espíritu Santo; y si el Espíritu Santo no reposara sobre Ella no concibiera por virtud del mismo.

Porque, dime, ¿cómo pudiera concebir de Él sin Él? Claramente, pues, aparece que para que hubiese de concebir del Espíritu Santo, como Ella dice: Miró el Señor a la humildad de su sierva (Lucas, I, 48), mucho más que a la virginidad; y aunque por la virginidad agradó a Dios, con todo eso concibió por la humildad.

De donde consta, que la humildad fue la que hizo agradable a Dios su virginidad.

¿Qué dices virgen soberbio? María olvidada de que es Virgen, se gloría de la humildad; ¿y tú, menospreciando la humildad, te glorías en tu virginidad?

Miró, dice ella, el Señor a la humildad de su sierva.

Y ¿quién es ella?

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Una Virgen santa, una Virgen pura, una Virgen devota. ¿Por ventura eres tú más casto que ella? ¿O más devoto? ¿O será tu castidad más agradable a Dios que la de María, para que puedas tú sin humildad agradarle con la tuya, no habiéndole Ella, sin esta virtud, agradado con la suya?

Cuanto más digno de honor eres por el don singular de la castidad, tanto mayor injuria te haces a ti mismo, afeando en ti su hermosura con la mezcla de tu soberbia; y mejor te estaría no ser virgen, que hacerte soberbio por la virginidad.

No es de todos la virginidad ciertamente, pero es de muchos menos todavía la humildad acompañada de la virginidad. Pues, si no puedes más que admirar la virginidad de María, procura imitar su humildad y te basta. Pero, si eres virgen y al misino tiempo humilde, eres grande a los ojos del Señor.

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Con todo eso hay en María otra cosa mayor de que admirarte, es la fecundidad junta con la virginidad.

Jamás se oyó en todos los tiempos que mujer alguna fuese madre y virgen al mismo tiempo. Y si consideras también de Quién es Madre, ¿a dónde llegará tu admiración sobre su grandísima excelencia? ¿Acaso no te llevará hasta llegar a persuadirte que ni admirarlo puedes como merece? ¿Acaso a tu juicio, o más bien al juicio de la verdad, no será digna de ser ensalzada la que tuvo a Dios por hijo suyo, sobre todos les coros de los Ángeles? ¿No es María la que confiadamente llama al Señor y Dios de los Ángeles, hijo suyo?, diciéndole: Hijo, ¿cómo habéis hecho esto con nosotros? (Lucas, III, 48) ¿Quién de los Ángeles se atrevería a esto?

Es bastante para ellos y tienen por cosa grande, que siendo espíritus por creación, hayan sido hechos y llamados Ángeles por gracia como lo dice David: El Señor es, quien hace Ángeles suyos a los espíritus (Salmo CIII, 4). Pero María reconociéndose Madre de aquella Majestad a quien ellos sirven con reverencia, le llama confiadamente hijo suyo.

Y ni se desdeña Dios de ser llamado lo que se dignó ser; pues poco después añade el Evangelista: Y estaba sujeto a ellos.

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Y ¿Quién estaba sujeto? ¿A quiénes? Dios a los hombres. Dios a quien están sujetos los Ángeles, a quien los Principados y las Potestades obedecen, estaba obediente a María, y no sólo a María, sino también a José por María.

Maravíllate de estas dos cosas, y mira cuál es de mayor admiración, si la benignísima dignación del Hijo o la excelentísima dignidad de tal Madre.

De ambas partes está el pasmo, de ambas el prodigio.

Que Dios obedezca a una mujer es humildad sin ejemplo, que una mujer tenga autoridad para mandar a Dios es excelencia sin igual.

Se canta en alabanza de las Vírgenes como cosa singular, que siguen al Cordero a cualquiera parte que vaya (Apoc., XIV, 4). ¿Pues de qué alabanzas creerás digna a la que va también delante del Cordero, y el Cordero la sigue detrás?

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Aprende, oh, hombre, a obedecer; aprende, tierra, a sujetarte, aprende, polvo, a observar la voluntad del superior. De tu Autor habla el Evangelista y dice: Y estaba sujeto a ellos. Esto es, estaba sujeto a María y a José.

Avergüénzate, soberbia ceniza: Dios se humilla ¿y tú te ensalzas? Dios se sujeta a los hombres ¿y tú anhelando dominarlos te prefieres a tu Autor? Ojalá si llegare a tener tales pensamientos, se digne Dios responderme, lo que dijo a su Apóstol reprendiéndole: Apártate detrás de mí, Satanás, porque no tienes gusto de las cosas que son de Dios (Mateo, XVI, 23). Puesto que cuantas veces deseo mandar a los hombres, tantas veces pretendo ir delante del Señor; y entonces, ni tengo gusto, ni tengo estimación de las cosas que son de Dios, porque del mismo se dijo: Y estaba sujeto a ellos.

Si te desdeñas de imitar el ejemplo de los hombres, a lo menos no puedes reputar indigno para ti el seguir el ejemplo de tu Autor. Si no puedes seguirle en todas partes a donde Él fuere, síguele al menos con gusto a donde por ti bajó. Si no puedes subir a la altura de la virginidad, sigue siquiera a tu Dios por el camino segurísimo de la humildad; de la cual, si las vírgenes mismas se apartaren, ya no seguirían al Cordero en todos sus caminos.

Sigue al Cordero, el humilde que se manchó; le sigue también el virgen soberbio; pero ni el uno, ni el otro le siguen a cualquier parte que vaya; pues ni aquél puede subir a la limpieza del Cordero que no tiene mancha; ni éste se digna bajar a la mansedumbre de quien enmudeció paciente, no delante de quien le esquilaba, sino delante de quien le daba muerte.

Sin embargo, más saludable modo de seguirle eligió el pecador en la humildad, que el soberbio en la virginidad; pues la humilde satisfacción de aquél purifica su inmundicia; cuando la soberbia repugnante de éste mancha su castidad.

***

Dichosa fue en todo María, a quien ni faltó la humildad, ni dejó de adornarla la virginidad. Singular virginidad, que no violó, sino que honró la fecundidad; ilustrísima humildad, que no disminuyó, sino que engrandeció su fecunda virginidad; incomparable fecundidad, a la que acompañan juntas la virginidad y humildad.

¿Cuál de estas cosas no es admirable? ¿Cuál no es incomparable? ¿Cuál no es singular? Será maravilla, si ponderándolas, no dudas cuál juzgarás más digna de tu admiración; esto es, si será más estupenda la fecundidad en una Virgen, o la integridad en una Madre; su dignidad por el fruto de su castísimo seno, o su humildad con dignidad tan excelente.

Todas estas grandezas son admirables, pero indudablemente que todas juntas deben preferirse a cada una de ellas y que es incomparablemente más sublimidad y más dicha haberlas poseído todas, que tenido algunas solamente.

Pero ¿qué maravilla que Dios, a quien leemos y vemos admirable en sus Santos, se haya mostrado más maravilloso en su Madre?

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Venerad, pues, los que os halláis en el matrimonio, tanta integridad y pureza en un cuerpo mortal; admirad vosotras vírgenes sagradas, la fecundidad de María; imitad personas todas, la humildad de la Madre de Dios; honrad Ángeles Santos a la Madre de nuestro Rey. Vosotros que adoráis al Hijo de nuestra Virgen, nuestro Rey y vuestro juntamente, Reparador de nuestro linaje, y restaurador de vuestra Ciudad.

A cuya dignidad, entre vosotros tan sublime, y tan humilde entre nosotros, sea dada, por vosotros igualmente que por nosotros, la reverencia que se le debe; y a su dignación, todo honor y toda gloria por todos los siglos.