Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Domínica 4ª de Cuaresma

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

En aquel tiempo, pasó Jesús a la otra parte del mar de Galilea, que es de Tiberíades. Y le seguía una grande multitud de gente, porque veían los milagros que hacía sobre los enfermos. Subió, pues, Jesús, a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. Y estaba cerca la Pascua, día de gran fiesta para los judíos. Y habiendo alzado Jesús los ojos, y viendo que venía a Él una gran multitud, dijo a Felipe: “¿De dónde compraremos pan para que coma esta gente?” Esto decía por probarle: porque Él sabía lo que había de hacer. Felipe respondió: “Doscientos denarios de pan no les alcanzan para que cada uno tome un bocado”. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: “Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces: mas ¿qué es ésto para tanta gente?” Pero Jesús dijo: “Haced sentar a esas gentes”. En aquel lugar había mucha hierba. Y se sentaron a comer, como en número de cinco mil hombres. Tomó Jesús los panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los que estaban sentados: y asimismo de los peces, cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: “Recoged los trozos que han sobrado, para que no se pierdan”. Y así recogieron y llenaron doce canastos de trozos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. Aquellos hombres, cuando vieron el milagro que había hecho Jesús, decían: “Este es verdaderamente el profeta que ha de venir al mundo”. Y Jesús, notando que habían de venir para arrebatarle y hacerle rey, huyó otra vez al monte Él sólo.:

El milagro de la multiplicación de los panes y de los peces es de todos los milagros de Jesús el único que narran los cuatro Evangelistas.

Y con razón. Porque de los innumerables milagros del Señor pocos habrá, y acaso ninguno, que sugiera reflexiones tan provechosas.

No es pasible recogerlas aquí todas; consideremos solamente cuán diferentes se muestran en él los pensamientos de los hombres y los pensamientos de Jesús.

Ya antes del milagro, es curioso e instructivo ver cuán desorientados y alborotados andaban los mismos discípulos.

Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida.

Mas Jesús les dijo: No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer.

Respondieron: ¿Que les demos nosotros de comer?… ¿Pero dónde lo vamos a comprar? Si doscientos denarios no bastarían para dar un bocado a cada uno… ¿Que cuántos panes tenemos nosotros? Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescadillos; pero ¿qué es esa miseria para tanta gente?

Estas y otras semejantes serían las razones de los discípulos…

Discurren por todas las hipótesis posibles, olvidando la única que iba a realizarse: el milagro.

¡Como si nunca hubieran presenciado un milagro de Jesús!

Tales suelen ser también nuestros pensamientos en los contratiempos, imprevistos e incluso anunciados: desorientación, alboroto, desconfianza.

Acudir a Dios, esperar en Dios, es lo que no se nos ocurre, o lo último en que pensamos.

Jesús, en tanto, ¡qué sentimientos tan contrarios abrigaba en su divino Corazón!

Ahora, como en otra ocasión parecida, diría sin duda: No quiero despacharlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino…

Pero este cuidado no enturbió en lo más mínimo la serenidad de su espíritu, ni disminuyó la calma de su Corazón…

Más aún, a juzgar por la narración de los Evangelistas, casi parece que el Salvador se permitió una amable ironía sobre los apuros de los discípulos: ¿De dónde compraremos pan para que coma esta gente?

Es que estaba seguro de sí, y sabía que contaba con un poder ilimitado para satisfacer a la necesidad de aquella muchedumbre y a las exigencias de su propio Corazón.

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La consecuencia que debemos extraer de estas consideraciones es una confianza sin límites en la bondad ilimitada y en el poder igualmente inmenso de Jesucristo.

Parece mentira, y es, sin embargo, una triste realidad, que conociendo como conocemos esta bondad y este poder sin límites de Jesucristo, desconfiemos tan neciamente como desconfiamos.

Hay pocas cosas de que el hombre tenga tanta necesidad como de ensanchar su mezquino corazón con la confianza.

Si queremos ahorrarnos muchas amarguras y lágrimas estériles, creamos de una vez en la caridad de Jesucristo, y confiemos en el amor de su piadosísimo Corazón.

¡Dichoso el que sabe depositar y sepultar en este Corazón todas sus penas, sus temores y sus congojas!

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Aún más de relieve todavía aparece la diferencia entre los pensamientos de los hombres y los pensamientos de Jesucristo durante la realización del milagro y después de él.

Los discípulos, que en un principio andaban tan pesimistas, así que vieron el estupendo milagro obrado por el divino Maestro, salieron de sí por el entusiasmo.

Los que en la desolación andaban tan caídos, en la consolación perdieron toda mesura.

Refiere San Juan que aquella gran muchedumbre saciada y atiborrada, viendo el prodigio que acababa de obrar el Salvador, quería arrebatarlo y llevárselo consigo a Jerusalén a la fiesta de la Pascua, que estaba próxima, y allí aclamarle por Rey.

Por lo que dicen los otros Evangelistas se deja entender fácilmente que los discípulos entraron de lleno en los descabellados pensamientos de la turba, y no es juicio temerario pensar que ellos mismos los atizaron, y acaso que ellos fueron los primeros en insinuarlos y esparcirlos: Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de Él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.

Mas sea de ésto lo que fuere, lo cierto es que unos y otros no supieron ver en el milagro otra cosa que una ocasión favorable para realizar sus ensueños e ilusiones desatinadas de prosperidad temporal y grandeza terrena.

Estaban hundidos hasta los ojos en sus codicias y ambiciones de tierra.

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¡Cuán opuestos eran los pensamientos de Jesús! Mientras multiplicaba tan portentosamente el pan terreno, tenía puesto su pensamiento y su Corazón en otro pan celestial, Pan de vida eterna, pan de hijos, pan de Ángeles, Pan de Dios.

Estaba cerca la Pascua…; en otra Pascua no lejana, la del año siguiente, Jesús, la noche antes de morir, había de instituir el Sacramento de su amor, la Sagrada Eucaristía.

Era ahora, según todas las probabilidades, el jueves por la tarde; en la tarde de otro jueves iba a dar cumplimiento a lo que en sus amorosos designios era símbolo de otro sustento del espíritu.

Estos gestos o actos de alzar los ojos al cielo, dar gracias al Padre celestial, bendecir el pan, partirlo y darlo a los discípulos, eran como un ensayo de lo que había de hacer el año siguiente, y que se había de repetir perpetuamente en su Iglesia en memoria suya hasta la consumación de los siglos.

¡Cómo debió de apenarse el bondadoso Maestro, cuando en medio de tan divinos pensamientos, frutos de su Corazón, salieron las turbas y sus mismos discípulos con aquel desatino de querer llevárselo a Jerusalén para arrojar a los Romanos de la Fortaleza Antonia y establecer así el Reino de Dios!

No entendieron la maravilla de los panes, porque tenían obcecado el corazón.

Quiera el Señor iluminar el nuestro, para que entendamos mejor que los discípulos este prodigio de su poder y de su amor, y más aún aquél otro prodigio de los prodigios simbolizado en él: la Sagrada Eucaristía; para que, recibiendo este Pan de vida eterna, consigamos por Él la íntima unión de nuestro corazón con el Corazón de Jesucristo.

Así se cumplirá felizmente en nosotros lo que el mismo Señor se dignó prometernos: que como Él vive de su Padre, así nosotros vivamos de Él y por Él.

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Porque, ese alimento material es símbolo del alimento espiritual que necesitan nuestras almas.

Y Jesús sacia también el hambre de verdad y la sed de justicia que sienten las almas.

Y ésto lo hace de diversas maneras, pues nos da:

1. El pan de la Verdad.

2. El pan de las lágrimas.

3. El pan de la oración.

4. El Pan Eucarístico.

5. El pan de la eterna felicidad.

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El pan de la Verdad es el pan que nutre las almas, el pan de la Palabra de Dios.

No sólo de pan vive el hombre… Sin este pan las almas perecen en los áridos desiertos de la duda, de la indiferencia, de la incredulidad; pierden las fuerzas espirituales y se ven agitadas y arrastradas por los vicios y concupiscencias.

Sólo Jesús puede darles ese pan. Es Él la verdad, es el pan vivo.

El pan de las lágrimas son las aflicciones que alimentan y fortalecen las almas que saben soportarlas con resignación.

La tribulación es la fragua donde se templa el espíritu.

Pan de lágrimas también es el espíritu de compunción, de penitencia, que fortalece y nutre las almas penitentes.

El pan de la oración es la meditación asidua, ferviente, llena de unción de los misterios de la fe.

Ella nutre la inteligencia, la voluntad, el corazón, toda la vida espiritual y sobrenatural.

El Pan Eucarístico, la Sagrada Eucaristía, es el más excelente de todos.

Luego de la multiplicación de los panes, hizo Jesús esta magnífica revelación y promesa:

“En verdad, en verdad os digo, Moisés no os dio el pan del cielo; es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es Aquel que desciende del cielo y da la vida al mundo (…) Soy Yo el pan de vida; quien viene a Mí no tendrá más hambre, y quien cree en Mí, nunca más tendrá sed (…) Yo soy el pan de vida (…) Yo soy el pan, el vivo, el que bajó del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre, y por lo tanto el pan que Yo daré es la carne mía para la vida del mundo (…) En, verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis la sangre del mismo, no tenéis vida en vosotros. El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, tiene vida eterna y Yo le resucitaré en el último día. Porque la carne mía verdaderamente es comida y la sangre mía verdaderamente es bebida. El que de Mí come la carne y de Mí bebe la sangre, en Mí permanece y Yo en él. De la misma manera que Yo, enviado por el Padre viviente, vivo por el Padre, así el que me come, vivirá también por Mí. Este es el pan bajado del cielo (…) El que come este pan vivirá eternamente”.

El pan de la eterna felicidad es el pan con que se alimentan los Bienaventurados en el Cielo: la visión intuitiva de Dios.

Pan de verdad, es la Suma Verdad…; pan de bondad, es la Suma Bondad…; pan de belleza, es la Suma Belleza…

Nutre Dios y diviniza. Sentados en el banquete de la gloria se nutren de Él eternamente los Santos y los Ángeles.

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Por medio de su Iglesia, a nosotros, que no tenemos recursos y estamos con tantas necesidades materiales y espirituales, Jesús sigue distribuyendo el pan espiritual, de la Verdad, la palabra de Dios, sus divinas enseñanzas, así como por su Providencia provee a nuestro sustento como provee al sustento de todas las criaturas.

Nuestros recursos están en su mano amorosa, en su bondad y su misericordia.

Como aquella muchedumbre, debemos seguir a Jesús, tener confianza en su bondad, agradarle y proclamarle rey de nuestros corazones.

Él nos sigue enseñando, alimentando mediante la confianza que anima nuestra fe, aumenta nuestro amor e inspira nuestro reconocimiento.

Recibamos ese don divino del alimento espiritual, y sigamos a Jesús por Él solo, mas allá de que opere o no milagros en nuestro favor…