SAN BERNARDO: ABAD DE CLARAVAL – DOCTOR DE LA IGLESIA

LAS GRANDEZAS INCOMPARABLES DE MARÍA

CAPÍTULO PRIMERO

MARÍA LA ESCOGIDA DEL SEÑORRustic Mornings (1)

Dice el salmista que para que exista la gloria en nuestra tierra, la misericordia y la verdad mutuamente vinieron a encontrarse, y se dieron un beso la justicia y la paz. Y el Apóstol afirma que la materia de nuestro gozo, es el testimonio de nuestra conciencia (II Cor, I, 12). Pero no es este testimonio como el de aquel fariseo (Luc., XVIII, 11-12), que con pensamiento falso y engañoso hablaba de sí mismo, no siendo, por lo tanto, verdadero su testimonio, sino que es aquél que da el Espíritu de Dios a nuestra alma.

En tres cosas, a mi parecer, consiste este testimonio.

Pues, en primer lugar, debes creer que no puedes recibir el perdón de los pecados, sino por la misericordia de Dios; después, que nada puedes hacer que sea bueno, si igualmente no te viene de su mano; y últimamente, que con ningunos méritos puedes conseguir la gloria, si el mismo no te la da graciosamente.

Porque, dime, ¿quién podrá volver puro al que de impura simiente fue concebido, sino el que está limpio de toda mancha y puro de toda impureza? A la verdad, lo que está hecho, no puede menos de haber sido hecho, pero si Dios no lo atribuye, será como si no se hubiera hecho. Esto consideraba David cuando decía: Dichoso el hombre a quien el Señor no arguye pecado alguno (Salmo XXXI, 2).

Y de las buenas obras, ¡cuán cierto es que ninguno las puede hacer por sus propias fuerzas!, porque si no supo mantenerse firme nuestra naturaleza estando sana, ¿cuánto menos podrá levantarse por sí misma estando corrompida? Todas las cosas, en cuanto está de su parte, tienden a su origen, y hacia él se sienten constantemente inclinadas. Así nosotros, que fuimos creados de la nada, es constante que, dejados a nuestras propias fuerzas, nos inclinemos siempre a la nada del pecado.

En cuanto a la vida eterna, sabemos que los trabajos del tiempo presente no tienen proporción alguna con la gloria que se ha de manifestar algún día en nosotros, y esto aunque un hombre sólo los tolerase todos. Ni son tales los méritos de los hombres que por derecho se les deba la vida eterna; ni Dios les haría injuria alguna si no se la diese.

Porque, sin contar que todos los méritos de los hombres son dones de Dios, y así el hombre por ellos se hace más deudor de Dios que Dios del hombre; ¿qué son todos los méritos para gloria tan grande? ¿Quién es mayor que el profeta de quien el mismo Dios dio un testimonio tan insigne diciendo: He hallado un hombre según mi corazón? (I Reyes, XIII, 14). Y, sin embargo, él también tuvo necesidad de decir: No entréis, Señor, en juicio con vuestro siervo (Salmo CXLII, 31). Ninguno pues se engañe, porque si lo quiere pensar bien, hallará que ni con diez mil puede salir al encuentro de quien viene a él con veinte mil (Lucas, XIV, 31).

Con todo, no bastan enteramente estas cosas, sino más bien deben reputarse como el principio y fundamento de nuestra fe.

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Si crees que no pueden ser borrados tus pecados sino por aquel Señor contra quien pecaste, y en quien no cabe pecado, bien haces; pero debes añadir a esto, la confianza de que Él te perdonará. Este es el testimonio que da en tu corazón el Espíritu Santo cuando dice: Se te han perdonado tus pecados. Y así juzga el Apóstol que el hombre graciosamente se justifica por la fe.

Igualmente en cuanto a los méritos, si crees que no se pueden tener sino por Él, no es bastante, hasta que el Espíritu de verdad te dé testimonio de que por Él los has obtenido. Y lo mismo acerca la vida eterna, es necesario que tengas el testimonio del espíritu de que has de llegar a ella con el favor divino. Él mismo, pues, condona los pecados, da los méritos y confiere los premios.

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Además, estos testimonios son dignos de la mayor fe, pues acerca del perdón de los pecados tienes el más poderoso argumento en la Pasión de Cristo. La voz de su Sangre evidentemente es mucho más poderosa que la voz de la sangre de Abel, clamando en los corazones de los escogidos por la remisión de todos los pecados, puesto que por nuestros pecados fue entregado. Y no hay duda que es más poderosa y eficaz su muerte para el bien, que nuestros pecados para el mal.

No es menos eficaz argumento tampoco en cuanto a las buenas obras, su Resurrección; porque resucitó Jesucristo para nuestra justificación (Rom., IV, 25). Y respeto a la esperanza del premio eterno, es testimonio su Ascensión, puesto que ascendió el Señor a los Cielos para nuestra glorificación.

Estas tres cosas las tienes consignadas en los Salmos cuando dice el Profeta: Dichoso el hombre a quien el Señor no imputó pecado alguno (Salmo XXXI, 2). Y en otra parte: Dichoso el hombre que tiene de vos el auxilio (Salmo LXXXIII, 6). Y también: Dichoso aquel a quien escogisteis y tomasteis a vuestro servicio; pues habitará en los atrios de vuestra casa (Salmo LXIV, 4).

Esta es la gloria verdadera, ésta es la gloria que mora en nosotros, porque viene de aquel Señor que habita en nuestros corazones por la fe. Mas los hijos de Adán, buscando la gloria de unos y de otros, no querían la gloria que viene sólo de Dios; y así, ambicionando la gloria que procede del exterior, tenían la gloria no en sí mismos, sino más bien en los demás.

Y ¿queréis saber ahora de dónde le viene al hombre la gloria que en él habita? Lo diré brevemente. Esta gloria, habitará aquí en nuestra tierra, si la misericordia y la verdad mutuamente se encontraren y si se dieren un beso de amistad la justicia y la paz.

Es necesario que a la misericordia, que se anticipa y nos previene, salga a su encuentro la verdad de nuestra confesión y sigamos en lo demás la santidad y la paz, sin las cuales ninguno verá a Dios. Porque, cuando el hombre se compunge, ya la misericordia se adelanta y le previene, pero de ningún modo entrará en él hasta que la verdad de la confesión salga a encontrarla por sus pecados.

Pequé contra el Señor, dice el mismo David al Profeta Natán al ser reprendido. También el Señor ha transferido y perdonado tu pecado (II Reyes, XII, 13), le contesta el Profeta. Y sin duda en esto se encontraron mutuamente la misericordia y la verdad.

Te digo esto para que te apartes de la maldad. Mas para que obres lo bueno, debes cantar acompañado del tímpano y en el coro, de suerte que la mortificación de tu cuerpo, los frutos de la penitencia y las obras de justicia, se hagan en espíritu de concordia y unidad, porque esta unidad de espíritu es el vínculo de la perfección.

A más de esto, no debes desviarte a la diestra, ni a la siniestra; porque hay algunos cuya diestra está llena de maldad; como lo estaba la de aquel Fariseo de quien más arriba hablamos. Él no era, a su parecer, como los demás hombres; sino que se daba a sí mismo como dijimos, una aprobación y un testimonio que no eran verdaderos.

Pero cualquiera que sea aquel en quien la misericordia y la verdad se encontraren mutuamente, y se dieren un beso amistosamente la justicia y la paz, que se gloríe sin temor ninguno: pero que se gloríe en el Espíritu que le da testimonio, que es el Espíritu Santo y Espíritu de verdad.

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Para que la gloria exista en nuestra tierra, la misericordia y la verdad mutuamente se encontraron, y se dieron un beso la justicia y la paz.

Si el hijo sabio es la gloria del padre, no habiendo otro más sabio que la misma Sabiduría, es claro que Cristo, fortaleza de Dios y sabiduría de Dios es la gloria del Padre Celestial y Eterno (Hebreos, I, 1).

A ello se refiere David al indicar por cuantos y varios modos se había predicho de Él en los hombres; de qué manera ha sido hecho esto, y se han cumplido las cosas que estaban predichas por los Profetas, y cómo ha habitado la gloria en nuestra tierra.

Es como si más claramente dijera: Para que el Verbo se hiciera carne, y habitara entre nosotros, la misericordia y la verdad mutuamente vinieron a encontrarse, y se dieron un beso la justicia y la paz (Salmo LXXXIV, 11) Misterio grande, digno de ser considerado con la mayor diligencia, si tuviéramos inteligencia capaz de penetrar su profundidad, y a la misma inteligencia no la faltasen palabras.

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Diré de ello lo que alcanzo, aunque sea muy poco, y con esto tal vez daré ocasión al sabio para que profundice más este misterio.

Me parece que veo al primer hombre cubierto, desde su creación, con estas cuatro virtudes, y adornado, según lo que dice el Profeta, con el vestido de la salud.

Porque la perfección e integridad de la salud consiste en estas cuatro virtudes, y sin estar todas ellas no puede encontrarse, especialmente no pudiendo ser virtudes estando separadas unas de otras.

Había recibido el hombre la misericordia como una guardia y criada que había de ir delante de él y también debía seguirle y que igualmente debía de protegerle y ampararle en todas partes. He aquí qué ayo puso Dios a su niño y qué paje señaló al hombre recién nacido.

Pero tenía también necesidad de un maestro, como noble y racional criatura, no debía ser guardada como un irracional, sino más bien educada como un niño. Para este magisterio ninguno era más a propósito que la Verdad misma, que le llevaría después al conocimiento de Aquel que es la veracidad por esencia.

Además para que el hombre no fuese sabio para hacer lo malo, y esto mismo se le atribuyese a pecado, como a quien sabía lo bueno y no lo hacía, recibió también la justicia para ser regido por ella.

Y le añadió la mano benignísima del Criador, la paz, para que reposase y se deleitase: paz verdaderamente duplicada, de suerte que ni sintiese en su interior guerra alguna ni por fuera ningún temor, que es como decir, que ni su carne combatiese contra el espíritu, ni le infundiese terror ninguna criatura.

Y así puso libremente nombre a las bestias de toda especie y la serpiente misma no se atrevió a acometerle a cara descubierta en la tentación, sino que lo hizo con fraude. ¿Qué le faltaba pues, a aquel a quien custodiaba la misericordia, enseñaba la verdad, regía la justicia y recreaba la paz?

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¡Mas ay! Este hombre por una gran desdicha suya y necedad, bajó de Jerusalén a Jericó: cayó en manos de ladrones y, según leemos, lo primero que hicieron fue despojarle de sus vestidos.

¿Pero acaso no estaba despojado el que viniendo el Señor se queja de que estaba desnudo? Sí, y ni podía volver a vestirse o tomar los vestidos que le habían quitado, sin que Cristo perdiese los suyos. Porque así como no podía ser vivificado en el alma sino interviniendo la muerte corporal de Cristo, así no podía tampoco volver a vestirse, sin que Cristo fuese despojado. Y ¿quién sabe si para simbolizar estas cuatro partes del vestido que perdió el primer y viejo hombre, no fueron divididos en otras tantas partes los vestidos del segundo y nuevo Adán?

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¿Preguntas acaso qué significa la túnica inconsútil que no se dividió en la muerte del Señor sino que se dio por suerte? Yo creo que en ella se significa la divina imagen, que no siendo cosida y ajustada, sino innata e impresa en la naturaleza misma, no puede partirse, ni dividirse, tampoco.

Porque a imagen y semejanza de Dios fue hecho el hombre: consistiendo la imagen en la libertad de su arbitrio, y la semejanza en las virtudes.

La semejanza sin duda pereció, pero la imagen durará tanto cuanto dure el hombre: en el infierno mismo podrá esta imagen quemarse, pero no consumirse; podrá abrasarse, pero no borrarse. La imagen, pues, no se parte sino que viene por suerte, y a cualquiera parte que vaya el alma, allí estará juntamente con ella.

No sucede lo mismo con la semejanza: pues o permanece en la virtud del alma, o si ésta peca, se trueca miserablemente, volviéndose entonces el hombre semejante a los animales irracionales.

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Pero puesto que dijimos que había sido despojado el hombre de las cuatro virtudes, conviene que digamos de qué modo fue despojado de cada una.

Perdió el hombre la justicia cuando Eva obedeció a la voz de la serpiente, y él a la voz de la mujer prefiriéndola a la divina. Quedaba todavía algún arbitrio que les podía valer; y esto mismo les insinuaba el Señor en aquel cargo y residencia que les hizo después de su culpa: pero le desecharon dejando ir su corazón a palabras de malicia para alegar excusas de su pecado.

El primer oficio de la justicia es no pecar; el segundo es condenar el pecado por la penitencia.

Perdió el hombre la misericordia, cuando de tal modo se dejó arrastrar Eva de su concupiscencia, que ni tuvo compasión de sí misma, ni de su esposo, ni de sus hijos que habían de nacer, entregándolos a todos juntos a una maldición terrible, y a la necesidad de la muerte.

Adán también expuso a la mujer, por cuya causa había pecado, a la divina indignación como queriendo detrás de su espalda evitar la saeta de la ira de Dios. Dice: Vio la mujer que el fruto de aquel árbol era bueno para comer y bello a los ojos y de aspecto deleitable (Génesis, III, 6), y dio oídos a la serpiente que le aseguraba serían como dioses.

¡Ay! Con dificultad se rompe una cuerda triplicada, de curiosidad de deleite y de vanidad. Esto sólo tiene el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida. Y embelesada y atraída por estas cosas, desechó de sí esta madre cruel, toda misericordia.

Adán también, que con tanta imprudencia se había apiadado antes de la mujer para pecar en su compañía, no quiso tener de ella misericordia, cuando lo dictaba la prudencia sufriendo así mismo la pena.

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Fue igualmente privada la mujer de la verdad, primeramente torciendo y pervirtiendo lo que había oído: Moriréis ciertamente, y diciendo: No sea acaso que muramos: y después creyendo a la serpiente que completamente lo negaba y decía: De ningún modo moriréis.

De esta misma manera fue privado Adán de esta virtud cuanto tuvo vergüenza de confesarla, poniéndose a tejer las hojas, esto es, el velo de pretextos y excusas que presentó: pues la misma Verdad ha dicho: Si alguno tuviere vergüenza de mí delante de los hombres, tendré yo vergüenza de él delante de mi padre (Lucas, IX, 26).

Y al punto perdieron también la paz, porque no hay paz para los impíos dice el Señor. ¿Por ventura no encontraron en sus miembros una ley contraria a la razón, cuando por primera vez comenzaron a avergonzarse de estar desnudos? Temí, dice, porque estaba desnudo (Génesis, III, 10). No temías así poco antes, miserable, no temías así; no buscabas las hojas, aunque estabas desnudo en el cuerpo como ahora.

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Desde entonces (prosiguiendo la parábola de David, que dice, que la misericordia y la verdad mutuamente se encontraron y se reconciliaron con un beso de amistad), parece haber nacido una grave contienda entre las virtudes.

La verdad y la justicia afligían al hombre miserable; la paz y la misericordia, no tomaban parte en este celo y juzgaban que más bien se le debía perdonar.

Tienen estas dos virtudes entre sí la conexión de hermanas de leche, así como también son de esta manera las primeras. De esto se siguió que perseverando aquellas en pedir venganzas y afligiendo por todas partes al hombre delincuente y juntando a las molestias presentes las amenazas del futuro suplicio; se retiraron éstas al corazón del Padre, volviéndose al Señor que las había dado al hombre. De esta manera, cuando todo se veía lleno de aflicción, Él sólo meditaba pensamientos de paz. No se daba punto de reposo la paz, y la misericordia tampoco guardaba un momento de silencio, sino que ambas a dos se esforzaban en conmover con piadoso susurro las paternales entrañas del Señor, diciendo: ¿Nos desechará Dios para siempre o podrá resolverse a no sernos jamás favorable? ¿Se olvidará Dios de tener misericordia, o su cólera detendrá el curso de sus piedades? (Salmo LXXVI, 8 y 10).

Y aunque durante muy largo tiempo pareció que no se daba por entendido el Padre de las misericordias, a fin de satisfacer entretanto al celo de la justicia y de la verdad: sin embargo no fue infructuosa la importunidad de las suplicantes, sino que fueron oídas en el tiempo oportuno.

Tal vez se puede creer que instando ellas mucho, las dio esta respuesta: ¿hasta cuándo durarán vuestros ruegos? Soy deudor también a vuestras hermanas la Justicia y la Verdad, a quienes veis dispuestas para hacer venganza en las naciones; que sean, pues, llamadas a consejo, que vengan y conferenciaremos sobre el particular.

Se apresuran los nuncios celestiales a cumplir esta orden, pero al ver la miseria de los hombres y la plaga cruel que les aquejaba, lloraban amargamente, como habla el Profeta, los nuncios de la paz (Isaías, XXXLII, 7.). ¿Quiénes más fielmente buscarían y rogarían lo que condujese a la paz, que los ángeles de la misma? Y puesta de acuerdo con su hermana la Justicia, acudió a la cita la Verdad el día señalado, pero subió hasta las nubes, no todavía brillante, sino algo obscurecida y anublada por el celo de la indignación. Y sucedió lo que el Profeta dice: Señor, en el cielo está vuestra misericordia y vuestra verdad llega hasta las nubes (Salmo XXXV, 6).

***

Sentado en medio de las dos el Padre de las luces, una y otra alegaban los argumentos que creían más convincentes. ¿Quién te parece que mereció asistir a este coloquio, para que pueda decirnos lo que pasó?

¿Quién lo oyó y nos lo podrá contar? Tal vez son cosas inefables y no es permitido al hombre el hablar de ellas. Pero el resumen de toda la controversia parece haber sido el siguiente: Necesita de conmiseración la criatura racional, dice la Misericordia, porque se ha hecho mísera, miserable en gran manera. Llegó el tiempo de compadecerme de ella, sin que sea posible dilatarlo para más adelante.

Y replicaba a esto la Verdad: Señor, que se cumpla la palabra que vos pronunciasteis. Es preciso que muera Adán enteramente, con todos los que estaban con él el día que pisoteando vuestro mandato, comió la manzana prohibida. ¿Para qué, dice la Misericordia, para qué, Padre, me habéis engendrado, si tan presto he de perecer? Sabe la misma Verdad que vuestra piedad perecería, quedando reducida a la nada, si alguna vez no os compadecieseis de las miserias del hombre. E insiste a su vez la Verdad resueltamente: ¿quién ignora Señor, que si el transgresor evita la sentencia de muerte que está promulgada contra él, perecerá para siempre vuestra verdad y no durará eternamente?

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Mas he ahí, que uno de los Querubines sugiere la idea, de que todas las litigantes comparezcan ante el Divino Salomón: porque al Hijo se le ha dado toda la potestad de juzgar, dice el Señor (Juan, V, 22). Y así se hizo en efecto: juntáronse en presencia del Hijo divino, la Misericordia y la Verdad, alegando cada cual en su favor las razones antes indicadas. Confieso dice la Verdad, que la Misericordia tiene buen celo, pero ojalá fuera conforme, a la prudencia. Ahora, ¿con qué razón juzga que se haya de perdonar al transgresor más bien que atenderme a mí que soy su propia hermana? Y tú, le replica la Misericordia, ni a uno ni a la otra perdonas, sino que te enardeces con tanta indignación contra el transgresor, que envuelves con ella a tu hermana juntamente. ¿Qué mal te he hecho yo? Si tienes algo contra mí, dímelo: y si no ¿por qué me persigues?

¡Grande controversia, en verdad, disputa sobremanera intrincada! ¿Quién no diría: mejor que este hombre no hubiera nacido? Así era: no parecía posible que en lo relativo a la salvación del hombre pudieran llegar a un acuerdo la Misericordia y la Verdad: tanto más, cuanto que ésta dirigiéndose al Juez, le hacía notar que el agravio de que ella fuera víctima resultaría desfavorable al mismo Juez; e insistía en que a todo trance era necesario que la palabra de su Padre no quedara frustrada, y que por ningún pretexto debía quedar letra muerta aquella palabra viva y eficaz.

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En esto interviene la Paz: dejaos, os ruego, de discusiones, cese vuestro altercado: que es indecoroso contender entre sí las virtudes.

Y mientras tanto, inclinándose el Juez, con el dedo escribía en tierra. Las palabras de aquella Escritura, que la Paz iba leyendo en alta voz a medida que el Señor las trazaba, por estar sentada más cerca de Él, eran éstas: La Verdad dice: pereceré yo si no se ejecuta la sentencia dada contra Adán; y la Misericordia replica: Estoy perdida si no consigo que se apiaden de él; pues bien, establezcamos una muerte buena y santa, con lo cual una y otra habrán obtenido lo que piden.

Todos se pasmaron al oír las palabras de la Sabiduría eterna, al oír aquel arbitrio que era composición y sentencia al mismo tiempo: pues era manifiesto que no se las dejaba ocasión alguna de queja, con tal de que se pudiese hacer lo que una y otra pretendían: esto es, que muriese el hombre y juntamente consiguiese misericordia.

Pero, ¿cómo, dicen las dos, se podrá conseguir esto? La muerte es cruelísima y amarguísima, la muerte infunde a los mismos oídos espanto y horror.

¿De qué modo podrá hacerse buena?

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La muerte de los pecadores, dice el Juez, es pésima, pero la muerte de los Santos puede hacerse preciosa.

¿Por ventura no será preciosa, si fuere la puerta de la vida y la entrada de la gloria?

Sí, contestan; preciosa será entonces; mas ¿cómo se podrá hacer esto?

Será, prosigue el Juez, si hallamos a alguno que, sin deber nada a la muerte, consienta en morir por amor al hombre; porque no podrá la muerte coger al inocente, sino que éste como está escrito taladrará con un garfio las quijadas del infernal Leviatán (Job, XL, 19); y entonces será derribado el centro de la muralla y se llenará el caos inmenso ahondado por el pecado entre la muerte y la vida.

Sin duda el amor, fuerte como la muerte, y aun más fuerte que la muerte si penetrase en el atrio de aquel valiente armado, le atará y saqueará todas sus alhajas y al penetrar abrirá paso en lo profundo del mar del pecado, a fin de que puedan pasar tras él los que por él hayan sido librados.

Pareció buena la propuesta, como que era fiel y digna de todo acatamiento. Pero ¿dónde encontrar ese ser inocente e inmaculado que se preste a morir no por solventar una deuda propia, sino por pura liberalidad; no por haberla merecido, sino por puro beneplácito?

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Sale al punto la Verdad a dar la vuelta al orbe entero y no halla a nadie totalmente libre de mancha, ni aún el niño cuya vida es de un sólo día sobre la tierra.

La Misericordia a su vez registra todo el Cielo y aún en los mismos Ángeles encuentra sino la maldad, a lo menos una caridad menor que la que se busca.

Sin duda esta victoria estaba reservada para aquél Señor cuya caridad fue la mayor de todas, pues entregó su vida por siervos inútiles e indignos. Porque, aunque el Señor ya no nos llama siervos, esto mismo es efecto de un amor inmenso y de una dignación insigne. Mas nosotros aunque hiciésemos enteramente cuanto nos han mandado, ¿qué otra cosa deberíamos decir sino que somos siervos inútiles? (Lucas, XVII, 18). Pero ¿quién presumiría proponerle esto?

Incapaces vuelven el día señalado la Verdad y la Misericordia muy acongojadas por no haber encontrado lo que tanto deseaban. Y entonces las llama aparte la Paz, y procura consolarlas diciéndoles: vosotras no entendéis nada de este asunto y es inútil que discurráis para solventarlo porque no hay nadie, absolutamente nadie que pueda realizar esta maravilla. Sólo Aquel que indicó el remedio, es capaz de aplicarlo.

Entendió el Rey lo que quería significarse con esto y exclamó: Pésame de haber hecho al hombre  (Génesis, VI, 7) Pena tengo, sí, pues a mí me toca tolerar la pena y hacer penitencia por el hombre que yo crié. Mas véame ahí, ya vengo; no puede pasar este cáliz sin que Yo le beba. Y llamando en seguida al Ángel Gabriel: Anda, le dice, di a la hija de Sión: Mira que viene tu Rey (Zacarías, IX, 9).

Apresuróse el Ángel a cumplir este encargo y dijo a María. Oh hija de Sión, prepara tu tálamo porque has de recibir en él a tu Rey y Señor.

Y se adelantaron al Rey que había de venir la Misericordia y la Verdad, pues está escrito: La Misericordia y la Verdad irán delante de vuestro rostro (Salmo LXXXIV, 11). Y la Justicia le preparó el trono, según el Profeta que dice: La Justicia y el Juicio son la preparación de vuestro trono (Salmo LXXXVIII, 15). Y la Paz vino en su compañía también para que se viera que había sido fiel el Profeta que dijo: Habrá Paz en nuestra tierra cuando Él viniere; de ahí es que habiendo nacido el Señor cantaba el coro de los Ángeles: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (Lucas, II, 14).

Entonces la Justicia y la Paz que parecían estar discordes entre sí, se dieron el beso amistosamente. Pues, a la verdad, la primera justicia, si es que merece tal nombre, que procedía de la ley, no llevaba en sus labios el dulce beso, sino más bien un aguijón, oprimiendo más con el temor que atrayendo por el amor. Por esto no tuvo eficacia para la reconciliación, como la tiene ahora la presente justicia, que viene por la fe en Jesucristo.

Porque ¿de dónde procedía, que ni Abraham, ni Moisés, ni los demás justos de aquel tiempo podían recibir en su muerte la paz de la bienaventuranza, ni entrar en el reino de la paz, sino de que todavía la justicia y la paz no se habían dado el beso de la reconciliación?

Por eso, debemos amar y seguir la justicia con el más fervoroso celo, pues la justicia y la paz se han dado ya el ósculo de reconciliación, y han establecido entre sí un pacto indisoluble de amistad; de suerte, que cualquiera que traiga consigo el testimonio de la justicia, será recibido con placentero rostro y alegres abrazos por la paz, durmiendo ya y descansando en su regazo dulcemente.

***

Y fue enviado, dice el Evangelista, el Ángel Gabriel por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret a una Virgen desposada con un varón que se llamaba José de la Casa de David y el nombre de la Virgen era María.

Y habiendo entrado el Ángel a donde estaba le dijo: Dios te salve, llenas de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre las mujeres.

Cuando oyó esto se turbó y pensaba qué salutación sería ésta. Y el Ángel le dijo: No temas María porque has hallado gracia delante de Dios, he aquí que concebirás en tu seno y tendrás un Hijo y le llamarás Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre y reinará en la Casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Y dijo María al Ángel: ¿cómo puede ser esto, si no conozco varón? Y respondiendo el Ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra la virtud del Altísimo, por eso lo Santo que nacerá en Ti será llamado Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel tu parienta también ha concebido un hijo en su vejez, porque no hay cosa alguna imposible para Dios. Y dijo María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y se retiró de Ella el Ángel (Lucas, I, 26-38).