Padre Juan Carlos Ceriani: Sermón de la Solemnidad de San José

 

SAN  JOSÉ

Esposo de la Santísima Virgen María

Los justos que vivieron antes del advenimiento de Cristo, conocedores de las profecías, tuvieron un alma vibrante de esperanza.

Sabiendo que Dios es fiel a su palabra, aguardaban la realización de las promesas: la venida de un Mesías, cuya misión consistiría en traer alegría a la tierra y salvar al mundo, librándole de sus pecados y del poder del maligno.

Ahora bien, si el hecho mismo de esa redención estaba fuera de toda duda, nadie podía prever la desconcertante manera en que habría de producirse: mediante la Encarnación del Hijo de Dios.

Y era necesario que el nacimiento del Hombre-Dios tuviera al menos un carácter excepcional en un punto: el Hijo eterno de Dios no podía nacer más que de una mujer virgen.

Sólo el Espíritu Santo debía ser el autor de su concepción, pues es inimaginable que fuera de otra manera.

El Hijo de Dios no podía tener más que un Padre en el sentido exacto y preciso del término.

Ciertamente, eso se podía lograr mediante un prodigio, pero se trataba sin duda de un prodigio indispensable.

Ahora bien, si Dios debía revestir la naturaleza humana en el seno de una virgen por obra y gracia del Espíritu Santo, ¿qué iba a pasar con el honor del Niño y con el de su madre si los hombres ignoraban el misterio? ¿No quedaban expuestos a ser víctimas del desprecio y del baldón público? ¿No recaería la vergüenza sobre Aquel que venía a purificar al mundo de toda mancha lo mismo que sobre Aquella que lo había engendrado?

Ciertamente, Dios habría podido intervenir para revelar milagrosamente el misterio de la concepción virginal de su Hijo.

Se habría podido oír una voz proveniente del cielo —como sucedió en el Tabor— declarando que ése era su Hijo bien amado, nacido de una Virgen.

Pero esta forma de obrar no es propia de Dios. A su infinita sabiduría le place, incluso para realizar los más asombrosos milagros, usar los medios más sencillos, menos aparatosos.

Para poner la reputación de su Hijo y de la Madre al abrigo de las ultrajantes sospechas de los hombres, le bastó cubrir el misterio de su concepción con el velo de un santo y legítimo matrimonio.

Si hacía falta que la Virgen-Madre tuviera un marido para salvar su honor, también él era necesario para que fuese padre nutricio del Niño que iba a nacer.

Asombrosa proposición si se piensa que este Niño era el Verbo divino, y por lo tanto padre nutricio de todas las criaturas, Aquel de quien todos los seres reciben su vida, su sustancia y su crecimiento.

¿Iban, pues, a cambiarse los papeles y la criatura convertirse en proveedora de su Creador? Así iba a ser, en efecto.

Aquel cuya Providencia abarca la entera creación, va a pedir a una criatura humana que le socorra, porque quiere nacer como los demás niños: desnudo, frágil, inerme, incapaz de proveer por sí mismo a las necesidades más imperiosas de su naturaleza humana, sin poder expresarlas más que mediante gemidos inarticulados y lágrimas.

Y así como ha puesto junto a las más humildes cunas un padre y una madre, pondrá también junto a su propia cuna, al lado de su Madre, un hombre con verdadero corazón de padre que tendrá como misión alimentarle, vestirle y ofrecerle una morada.

Todas esas tareas le van a ser confiadas a San José.

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Cuando el Señor, en su infinita misericordia, promulgó el decreto de nuestra redención, no sólo escogió en el tiempo todas las circunstancias que debían preceder, acompañar y seguir a su ejecución, sino que también determinó con toda precisión el oficio y orden de todos los que debían tomar parte en tan portentoso misterio.

Y así como desde la eternidad escogió entre todas las mujeres a la que había de ser Madre Virgen del Verbo, eligió también entre todos los hombres al que había de servir de Padre legal al Hijo, de Esposo virginal a la Madre, y de sostén, custodio y defensa a entrambos.

De aquí se sigue que María debió de estar comprendida inmediatamente después de Jesús en el decreto de la Encarnación del Verbo y predestinada a ser augustísima Reina y Madre del Hijo de Dios.

De aquí se sigue que a la predestinación de la Virgen Madre debió seguir también inmediatamente la de San José, porque para ocultar al mundo este misterio hasta que se realizara, así como para poner a salvo el honor de la Madre y el buen nombre del Hijo era preciso que María fuera desposada con el varón más justo y humilde de la casa de David.

Por eso no se concibe la predestinación de la Virgen Santísima sin contemplar a su lado a su castísimo Esposo, el glorioso Patriarca San José.

Al comienzo de la creación, la maravillosa sabiduría de Dios dijo a Adán, tras llamarle a la existencia: No es bueno que el hombre esté solo. Yo le daré una ayuda semejante a él.

Cuando llegó el momento elegido por Dios para reparar el desastre causado por el pecado de la primera pareja, vio que tampoco era bueno que la Virgen diese a luz sola, sin apoyo ni ayuda de nadie.

San José fue el fruto de ese gran designio divino. En el pensamiento de Dios, estaba predestinado a dar al Niño que había de nacer, y a su Madre, un hogar tranquilo, con objeto de que uno y otro pudiesen disfrutar, a los ojos de los hombres, de una situación normal: habría de ser el guardián que rodearía como con un velo de silencio, de candor, de paz y de respeto, la inocencia de María y la debilidad del Niño.

Gracias a San José, su honor quedaría libre de toda sospecha, y si un día hubiera de ser puesto en tela de juicio, sería el testigo más autorizado, el menos sospechoso para atestiguar su integridad.

A la espera de que la identidad del Niño quedase desvelada, sería, con su sola presencia silenciosa y santa, el guardián del secreto de la Encarnación virginal.

Así como la Virgen fue antes del tiempo predestinada a ser Madre del Hijo de Dios, así San José fue juntamente con Ella escogido por nutricio y custodio de Jesús y María.

San José fue destinado por Dios a servir a la economía de la Encarnación.

He aquí el origen y vena inagotable de las grandezas de San José, su predestinación eterna a ser cooperador del misterio más grande que adoraron los siglos.

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¿Quién jamás, ni de los mayores justos, de la tierra, ni de los espíritus celestiales, tuvo participación tan inmediata en las obras más excelsas e inenarrables del Omnipotente?

¿No exige tal cooperación una santidad superior a la de los demás escogidos?

Únicamente San José, como canta la Iglesia, no solamente fue nombrado por el Todopoderoso ayo, defensor y custodio de Jesucristo, mas también siervo fiel y prudente, constituido por el Señor cabeza de su familia para que a su tiempo la sustentara.

¿Puede caber mayor gloria para una criatura mortal?

¿Qué cargo, ministerio ni dignidad puede imaginarse entre los nacidos, salva la Divina Maternidad, mayores y más divino que los conferidos por la Trinidad augustísima a nuestro glorioso Patriarca?

Luego, si los dones han de ser proporcionados a la grandeza de la vocación, hemos de confesar que, después de María, no hubo jamás pura criatura más enriquecida de gracias que San José; las cuales le hicieron más grato a los ojos divinos que otra ninguna y más idóneo para la inefable dignidad que se le confirió.

Y es aquí donde hay que admirar la grandeza de la misión recibida por San José: dar morada a quien creó el Universo, alimentar a quien es la Providencia mantenedora de todos los seres, vestir a quien da a los lirios del campo un ropaje más maravilloso que el de Salomón, ejercer respecto de Aquel a quien todos los hombres llaman “Padre” la carga y los deberes de la paternidad.

Pero, por sublime que fuera la tarea que Dios confió a San José, lo que esperaba de él en primer lugar era su abnegación.

Cada vez que Dios llama, sus exigencias implican, para el llamado, la obligación de vaciarse moralmente de sí mismo, con objeto de no tener a la vista más que la búsqueda de los deseos divinos.

Por eso, el alma de José debía estar dispuesta a todas las renuncias y todas las abnegaciones.

Por eso, también, Dios, que le había escogido desde toda la eternidad, le había ido moldeando espiritualmente para que estuviera a la altura de sus funciones.

Mientras tanto, nadie, viendo a José atravesar las callejas de Nazaret, descalzo, con una viga al hombro, camino de su taller, supondría el incomparable destino que Dios tenía reservado a este humilde artesano de aldea, sin el cual nada hubiese sucedido, en el misterio de la Encarnación, tal y como Dios lo había decretado.

Cuando la Biblia nos dice que el Faraón se quitó su anillo y se lo puso en el dedo a José, le vistió con vestiduras de fino lino, le puso un collar de oro, y le hizo montar en su carro mientras los heraldos ordenaban a todos que se arrodillasen a su paso, ¿no anunciaba proféticamente el triunfo de nuestro glorioso San José? ¿Y no nos dice la Iglesia, como antaño el Faraón, que vayamos a José, que nos pongamos bajo su tutela y que tengamos confianza en su sabiduría y en su poder?

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En los años 1869 y 1870 se reunieron en Roma todos los obispos del mundo, para celebrar un Concilio general, que fue el primero Vaticano. En este Concilio se habló también de San José, y se hizo más solemnemente de lo que ya se había hecho en el Concilio de Constanza, el año 1414.

En dicho Concilio, Gerson había propuesto se invocara a San José como Patrono de toda la Iglesia. La propuesta fue bien acogida, si bien no pudo actuarse, por varias circunstancias.

En el Primer Concilio Vaticano fue presentada la misma petición por muchísimos obispos, no sólo en nombre propio, sino también en nombre de los feligreses confiados a su cuidado. El Concilio aplaudió la proposición, y el papa Pío IX, de felicísima memoria, con un Decreto que expidió el 8 de diciembre de 1870, Quemadmodum Deus, declaró solemnemente a San José, Patrono de la Iglesia universal.

Este glorioso título dado a San José es antiguo, si se considera el culto privado, porque desde muchos siglos venía siendo invocado como Patrono de la Iglesia universal por algunos cristianos; y es nuevo, si se atiende a la declaración pública y oficial, porque la Iglesia no lo saludó como a tal sino después de 1870.

Muy a propósito fue este Decreto del Sumo Pontífice, y muy propio de San José es el título con que se lo honra, pues Él desde el Cielo hace por todos los cristianos lo que los Santos Patronos locales o particulares hacen para con los cristianos de determinado país, de una provincia, de un reino; esto es, los asiste, los protege, los defiende, y se constituye en su abogado defensor y padre ante el trono de Dios.

Por esto podemos afirmar que Dios confió a San José en el Cielo, el mismo oficio que tenía cuando estaba en la tierra. Aquí abajo fue el custodio del Cuerpo real de Jesucristo, y desde el Cielo es el custodio de su Cuerpo Místico, la Iglesia Católica.