P. BASILIO MERAMO: ORIGENES EL ANTIMILENARISMO Y SUS ORIGENES

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Para hablar del origen del antimilenarismo debemos remontarnos a Orígenes (186-254) y a la herejía de los alogianos (o álogos) que niegan la divinidad del Logos, del Verbo. Acerca de Orígenes, de quien hizo su apología biográfica un arriano con la talla de ser el Padre de la Historia de la Iglesia, Eusebio de Cesarea y amigo de otro arriano y prelado palaciego como él en la corte del Emperador Constantino el Grande, Eusebio de Nicomedia, el P. Alcañiz dice: La vida de Orígenes conocemos máximamente por Eusebio, que lo quería mucho y le consagró en su Historia Eclesiástica varios capítulos”. (Alcañiz-Castellani, La Iglesia Patrística y la Parusía, ed. Paulinas, Buenos Aires 1962, p.185).

Santo Tomás dice que Orígenes es un impío y un hereje, por insólito y extraño que parezca dada la gran fama y genialidad del personaje.

Que Orígenes sea un impío y hereje lo afirma Santo Tomás por negar la divinidad de Cristo y la divinidad de Espíritu Santo, desde el comienzo en su comentario al Evangelio de San Juan, el cual fue escrito para manifestar la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo negada por los gnósticos, tales como los ebionitas entre otros y el mismo Cerinto, como señala Santo Tomás en su prólogo: “Surgieron herejes a cerca  de la divinidad de Cristo, los cuales eran los que decían que Cristo era un puro hombre, como Ebión y Cerintos falsamente opinaban”. (Com. Evan. Joannem. Ed. Marietti, Turini (Italia) 1820, p. 3).

Cerinto fue el gran contradictor y enemigo personal de San Juan, quien no quiso ni entrar a las termas al enterarse que estaba dentro y temía que se cayera el techo encima, tal como lo relata San Ireneo: “Hay quienes le oyeron decir que Juan, discípulo del Señor, yendo en Efeso a bañarse, cuando vio dentro a Cerinto, salió de las termas sin bañarse por temor, según él, de que se desplomaran las termas porque se hallaba dentro Cerinto enemigo de la verdad”. (Contra las Herejías, lib. III, ed. Apostolado Mariano, Sevilla 1994, p. 21).                      

Santo Tomás dice claramente sobre Orígenes algo que pasa totalmente ignorado, pues nadie hasta ahora lo había hecho conocer, hasta donde sepa: “Sabido es también que acerca de esta cláusula  Orígenes erró torpemente, por el modo de hablar que en el griego se tiene, tomando ocasión así su error. (…) Orígenes blasfemó al decir que el Verbo no es Dios por esencia, a pesar de que sea  esencialmente el Verbo; sino que es dicho Dios por participación, así sólo verdaderamente el Padre es  Dios por su esencia; y así sostenía que el Hijo era menor que el Padre”. (Com. Evan. Joannem…, 1820, p.17). Y más adelante: “En segundo lugar hay que evitar el error de Orígenes, que dice que el Espíritu Santo entre todas las cosas fue hecho por el Verbo, de lo que se sigue que Él mismo es una creatura; y esto lo sostuvo Orígenes. Ahora bien, esto es herético y blasfemo, puesto que el Espíritu Santo es de la misma gloria, substancia y dignidad con el Padre y el Hijo”. (Ibídem, p.20).

Por esto, Santo Tomás equipara a Orígenes con Arrio (hereje gnóstico ebionita) relacionándolos: “Se excluye también  el error de Arrio y Orígenes, los cuales decían que Cristo no fue verdadero Dios, sino por participación solamente”. (Ibídem. p.32).

 Con esto queda más que claro como Orígenes es tan hereje como Arrio  y al ser anterior Orígenes viene a ser el gran precursor de Arrio (250 o 256 – 336), y no únicamente del gran heresiarca es precursor, sino que además, por si fuera poco, también lo es  de los pneumatómacos (enemigos del espíritu, que niegan la divinidad del Espíritu Santo), contra  los cuales combatió San Basilio el Grande; contra factum non est argumentum, por más que nadie lo haya visto ni dicho hasta nuestros días.

 Demasiado se ha enaltecido la memoria de Orígenes que por muy gran genio que fuera, fue un blasfemo y hereje. Pero aun con ser hijo de mártir por parte su padre Leónidas y él mismo  siendo perseguido y torturado muriendo (4 años) después por causa del maltrato sufrido, la Iglesia nunca lo consideró un mártir;  además, el II Concilio de Constantinopla en 553 lo condena (Denz. 223) por sus impíos escritos. Pero todo esto pasa como si nada fuera, dado su gran prestigio.

 El P. Alcañiz relata al respecto: “Tanta autoridad adquirió en ese tiempo dentro de la Iglesia que San Jerónimo testifica: ‘cuando habla Orígenes los demás se dan por mudos’ ”. (Ibídem, p. 186). Esto influye en la posteridad desgraciada y muy lamentablemente por desgracia, a tal punto que el P. Castellani señala a continuación: “Los patrólogos y críticos actuales estiman que Orígenes no fue herético sino algunos de sus discípulos; y que sus obras fueron corrompidas por ellos; como de hecho se quejó Orígenes mismo durante su vida se estaba haciendo. (Cf. De Groot, ‘Historia Dogmatum’, tomo I, cap. VI- Univers. Greg. Roma, 1931)”. (Ibídem, p. 186-187).

Esto lamentablemente es desconocer las cosas, los mismos hechos históricos, lazos simpatías y amistades con gnósticos, arrianos y demás herejes, y lo que afirmó Santo Tomás; todo se esfuma de un plumazo, hasta el P. Castellani se deja impresionar, cosa que por suerte no pasó con el P. Alcañiz.

La gran ponderación que de Orígenes hace el primer historiador y Padre de la Historia de la Iglesia, que es un arriano, produce su efecto; así nació de mal la historia eclesiástica, qué se podía esperar para el futuro histórico con semejante paternidad. Tenemos así, paradójicamente, la más bella “paternidad” de la Historia de la Iglesia, tan hermosa que todos nos tragamos el cuento y esto viene a confirmar una vez más las sabias palabras de las Sagradas Escrituras: “stultorum infinitus est numerus” (el número de los estultos -o imbéciles- es infinito) Ecl. 1, 15; y para colmo de remate, hoy cambiadas en el nuevo texto de la Vulgata, edición de Pablo VI.

Orígenes que estampó con su fama la idea de Cayo, sacerdote de Roma de origen griego, que era alogiano, pertenecía a la secta de los álogos negadores de la divinidad del Verbo (Logos), adujo que el Apocalipsis era obra de Cerinto, para desprestigiar la autoridad del mismo y en el cual resplandecía la divinidad de Cristo Rey con todo el poder de su gloriosa majestad. Impugnaban, así tanto Cayo como Orígenes la autoría del Apocalipsis de San Juan, que detestaban por la evidente manifestación que de la divinidad de Cristo, el Verbo Encarnado y Rey del Universo, tiene.

Esta es toda la sin razón de su impugnación herética y por lo mismo placentera a Orígenes, que la impone con todo su prestigio y fama. Así nace el antimilenarismo como consecuencia de la negación de la divinidad de Cristo patente en el Apocalipsis.

De aquí parte todo el antimilenarismo herético, gnóstico y judaizante; pero después pasa a influir en algunos santos este pensamiento antimilenarista, que sin tener el aspecto herético que le dio su origen, y combatiendo los errores de un milenarismo herético como el de Cerinto o un milenarismo judaizante como el de Nepote y Apolinar y sus secuaces, quedando relegado el Milenarismo Patrístico y para colmo muchas veces metido en el mismo saco por no distinguir en el fragor del combate.

Por ser discípulo de Orígenes en la escuela de Alejandría, San Dionisio (200-265), queda marcada sobre él la influencia antimilenarista y antiapocalíptica del maestro, algo atenuada pero sin la base herética que le dio su nacimiento, puesto que, si bien, con cierta reticencia hacia el Apocalipsis, lo reconocía como libro inspirado, pero que no era su autor San Juan; vemos que hay santos para todo si con humor se miran un poco las cosas.

Esto fue lo que el Santo dijo tal como el P. Alcañiz expone: “Yo sin embargo no oso del todo rechazar ese librillo (…). Pues aunque yo no lo entiendo, sospecho sin embargo que algún significado superior subyace en sus palabras (…). Y no condeno las cosas que no puedo entender (…). Así que no dudo que Juan se llamó su autor y por Juan fue escrito; y confieso que fue necesario a eso un varón inspirado del Espíritu Santo: Pero que él haya sido el Apóstol, hijo de Zebedeo, hermano de Yago, de quién es el Cuarto Evangelio y la Epístola llamada Católica, eso no lo concederé fácilmente (…) conjeturo no son de un solo y mismo autor”. (La Igl. Patr. …, p.192-193).

A partir de entonces se transmite la aprehensión hacia el Apocalipsis y al Milenarismo Patrístico, a otros Santos Padres, pero sin el componente herético de su origen Origenista. Y así de triste como es el origen del antimilenarismo, lo es análogamente el origen del alegorismo, pues tal como es sabido, Orígenes se mutilo castrándose por su exégesis literal crasa y cruda y no le quedó más recurso que alegorizar para no acabar decapitándose.

San Dionisio combate el milenarismo deformado de Nepote, así como San Epifanio lo hace contra el de Apolinar, quienes eran dos milenaristas judaizantes, luego combaten el milenarismo corrompido por las ideas ridículas judaizantes con toda razón, tal como el P. Lacunza dice: “S. Dionisio no tuvo en mira otra cosa, que los excesos ridículos de Nepos, y sus pretensiones particulares sobre la circuncisión, y la observancia de la ley de Moisés; a que se añadían otros errores muy parecidos a los de Cerinto”. (La Venida del Mesías en Gloria y Majestad, ed. Ackermann, Londres 1826, Tomo I, p.60).

San Epifanio (315-403) hace lo mismo escribiendo contra Apolinar (310-390): “El segundo santo padre que se cita, es S. Epifanio que escribió cien años después de S. Dionisio Alejandrino (…) es cierto que habla dos veces de los Milenarios, y contra ellos. La primera en la herejía 28, solamente habla de Cerinto (…). La segunda en la herejía 77, habla de Apolinar y sus secuaces. (…) Con que toda la impugnación va a los judaizantes”. (Ibídem, p.62-63).

San Jerónimo (342-419) es el siguiente santo que habla en contra del milenarismo, tal como el P. Lacunza señala: “El tercer padre que se cita contra todos los Milenarios sin distinción, es S. Jerónimo. Más yo no sé por qué citan para esto a S. Jerónimo. (…) lo primero, jamás habló de propósito sobre el asunto, sino que apenas lo tocó de paso (…). Lo segundo, jamás explica determinadamente de qué Milenarios habla”. (Ibídem, p.64). Para decir más adelante después de analizar las cosas que dice sobre el milenarismo S. Jerónimo, concluye: “Luego es claro que S. Jerónimo habla aquí solamente de Cerinto”. (Ibídem, p.65).

No obstante hay que considerar lo que al respecto dice el P. Alcañiz, pues me parece a mí que el P. Lacunza minimiza la dificultad que se plantea y queda sin respuesta puesto que: “San Jerónimo es tenido por el principal adversario del milenismo, ya que nadie se lanzó contra él más veces ni con tanta acritud, por lo cual conviene detenerse más en él y pesar con cuidado todos los lugares donde toca el tema”. (La Igl. Patr. …, p.259). Después del análisis textual asevera: “Se trata pues del milenismo craso, el cual profesan según Jerónimo ‘los judíos y los judaizantes nuestros, no nuestros mientras judaícen’. De estas palabras parece colegirse que Jerónimo incrimina de herejía a aquellos católicos que se rehúsa llamar ‘nuestros’ ”. (Ibídem, 261).  Repitiendo más adelante lo mismo: “Como se ve se trata otra vez del milenismo carnal atribuido por nuestro Doctor a los judíos y ‘nuestros judaizantes’ ”. (Ibídem, p.262). Y nuevamente sobre otro texto dice: “Otra vez milenismo craso de ‘nuestros semijudíos’ ”. (Ibídem, p.263).

Y aquí viene la apreciación que debemos tener presente: “De modo que San Jerónimo moteja siempre el milenismo craso, opinión que atribuye a bulto y carga cerrada a todos los milenistas”. (Ibídem, p.263). Este es el problema, todos llevan del bulto sin distinción. Esto se explica debido a que San Jerónimo respira por la herida causada por Orígenes, su óptica es unívoca por más que no quiera, dada la gran influencia que ejerce por su fama el genio de Orígenes sobre San Jerónimo, pues lo admira sin percatarse de sus graves errores por los cuales va hacer condenado por el II Concilio de Constantinopla en el año 553.

Por esto el P. Alcañiz hace la siguiente reflexión muy ilustrativa: “Como se ve San Jerónimo golpea acerbamente al milenismo craso que atribuye a los judíos y a los que llama continuamente ‘nuestros judaizantes’ y los ‘semijidíos’. ¿Quiénes son estos semijudíos? Pues son los Santos Padres que vimos hasta ahora y todos los fieles que le siguen. Como se ve por todas sus palabras, San Jerónimo suncha juntos los milenistas católicos en un paco sin que nunca venga a sus mientes la distinción entre milenismo carnal y espiritual”. (Ibídem, p.264).  

Este es todo el problema de San Jerónimo que no vio por óptica origenista; errores cometen los santos, pues son hombres al fin y al cabo, no son Dios por muy santos de altar que sean, y esto sea dicho sin mermar la admiración y veneración que como santos merecen. Pero si el Santo no se percató del error, no es lícito hoy continuarlo, porque por muy amigo de Platón (parafraseando el adagio), más amigo, debemos ser, de la verdad que nos hace libres.

Para aclarar lo anteriormente afirmado en el texto citado de San Jerónimo, el P. Alcañiz dice: “Lo cual para dejar fuera de duda, transcribiremos un párrafo del Com. a Ezequiel (XXXVI, 1. – M. L., XXV, 338-9) harto explícito: ‘Y como sería enojoso ahora perseguir largamente el dogma judaico y la beatitud del vientre y del paladar judaico, que codicia todo lo terreno (…) pasamos al sentido espiritual (…). Puesto que no esperamos la Jerusalén de oro y de gemas de las fábulas judaicas (…) ni vamos a soportar la injuria de la circuncisión, ni sacrificar a Dios toros y borregos, ni dormir en ocio todo el sábado. Lo cual prometen muchos de los nuestros, y principalmente de Tertuliano intitulado… y Lactancio… y Victorino Petabionense… y nuestro Severo… etc. Y entre los griegos juntaré al primero el último nombre, con Ireneo y Apolinar…’. Más claro no es posible. San Jerónimo atribuye el milenismo craso que tanto lo irrita a los grandes Padres de la Iglesia Latina, desde Tertuliano a Sulpicio Severo, de los cuales menciona los principales. Y para que no haya resquicio de confusión enyunta al final el milenismo de San Ireneo con el grosero kiliasmo del hereje Apolinar”. (Ibídem, p.264-265).

Y prosigue el P. Alcañiz para que no queden dudas: “Se corrobora con el largo párrafo antimilenista del Prefacio al libro XXXVIII del Com. a Isaías, que reza: ‘ (…) cómo deban entenderse, y cómo debe interpretarse el Apokalipsi de Juan, en el cual si lo entendemos literalmente, no queda más sino judaizar; mas si lo entendemos espiritualmente, como se debe,    entonces nos hallamos en contradicción con muchos Antiguos, Tertuliano, Victorino y Lactancio, de Latinos; y de los Griegos, omitiendo el resto, mentaré solamente al  Obispo de Lión, Ireneo; contra el cual el elocuentísimo Dionisio, Pontífice de la Iglesia Alejandrina escribió un elegante libro (error de Jerónimo; el libro no es contra Ireneo sino contra Nepote; y por lo demás, ninguno de los dos responde en su milenismo a la descripción que se sigue), riéndose de la fábula de los mil años, (…) la sangre de los sacrificios, el descanso sabático, la injuria de la circuncisión, las nupcias, los partos, delicias de convites, (…)’ (M. L. XXIV, 627). A todos los milenistas católicos atribuye pues Jerónimo el más crudo kiliasmo kerinthiano”. (Ibídem, p.265-266).

 

Pero hay aquí una gran objeción y diríamos una contradicción sin detrimento del Santo, pues como hace ver el P. Alcañiz: “Aquí San Jerónimo no dejaba ver que se le alzaba una objeción grave: pues si a una mano tantos Padres y Doctores y aquella ‘ingente multitud’ de fieles abrazaba el ‘milenismo judaico’; y a otra mano, esa doctrina era judaica, hay que decir que todos ellos cayeron en herejía. ¿Qué responde Jerónimo a este obvio reparo? (…); aunque es verdad que los Judíos creen en la restitución de una Jerusalén de oro y gemas, y de nuevo víctimas y holocaustos, y casamientos de los Santos y el Reino terreno de Cristo Salvador: cosas que aunque no sigamos, no podemos empero condenar, porque muchos de los varones eclesiásticos y de los mártires las dijeron. Y así, cada cual abunde en su sentido, y a Dios se reserve la resolución. Esta solución enaltece la reverencia de Jerónimo hacia los Padres Mártires; pero espanta que no ose ‘condenar’ aquel milenismo grosero y judaico de que habla, aquí como doquiera. Pues admitir entre los Santos resucitados ‘nupcias’, francachelas, relleno de panzas y circuncisión y sacrificios de ‘toros’ y lo demás que el Santo atribuye a los milenistas católicos ¿quién no ve que a orejas católicas rechina?”. (Ibídem, p.267-268).

 

De lo cual resulta que: “El que considere lo precedente verá fácil que la angostura en que se metió San Jerónimo, que lo lleva a dar una conciliación contradictoria, es del todo irreal. Bien puede ‘condenar’ tranquilamente el kiliasmo craso sin empacharse en los ‘santos varones y mártires a quienes reverencia’, pues ellos jamás lo tuvieron ni enseñaron, sino otro muy diverso; lo mismo que la ‘ingente multitud’ de fieles. Pues como hemos visto en el discurso desta obrita los Padres milenistas jamás sostuvieron la doctrina que Jerónimo les cuelga. Los matrimonios, los sacrificios, circuncisiones y demás pertenencias de la ley Judaica, ni a uno solo de los Padres ocurre atribuir a los santos resurrectos”. (Ibídem. p. 268).

 Queda clara la confusión de San Jerónimo al atribuir los errores del milenarismo craso y carnal a los Padres milenaristas, este fue todo su problema. Lo irónico es que los antimilenaristas de hoy no tienen ni siquiera en cuenta las palabras de San Jerónimo, ya sea por desconocimiento, ya sea por cerrazón: “cosas que, aunque no sigamos, no podemos condenar”.

 

Queda claro también que San Jerónimo, si bien no compartía el milenarismo, no obstante no era antimilenarista como muchos hoy lo son pretendiendo basarse en él, pues no se atreve a condenarlo como confiesa, por estar respaldado en que muchos de los varones eclesiásticos y de los mártires las dijeron. Por eso San Jerónimo estaba en un dilema o si se quiere en una contradicción; por una parte condena con fuerza el milenarismo carnal herético y el  judaizante con toda la razón del mundo, pero de otra parte no podía distinguir el Milenarismo Patrístico (de muchos de los varones eclesiásticos y de los mártires que tanto venera) y que  no puede condenarlo. El problema radica en que para San Jerónimo no había más milenarismo que uno solo, por culpa de la óptica de Orígenes al que tanto admiraba. Eso es todo el asunto y el problema.

 El P. Alcañiz en este sentido nos respalda al decir: “Para San Jerónimo, un solo milenismo existía en el mundo, y no una interpretación literal de la Escritura (…). Por tanto el Santo Doctor, aunque se arroja acerbamente contra el kiliasmo craso, confiesa que no se atreve a condenarlo por su reverencia ‘a tantos Santos y Mártires’, reverencia que es muy de loar; pero que no resuelve nada, a causa de un error histórico”. (Ibídem, p.316). 

San Agustín (354-430) es el cuarto santo citado en contra del milenarismo y de él dice el P. Alcañiz: “Hay que distinguir en San Agustín dos tramos; en el primero profesó el milenismo; en el segundo se retiró del, sin condenarlo”. (Ibídem, p.275).

San Agustín por influencia de San Jerónimo muda de posición, abandona el milenarismo patrístico, al cual había adherido al principio (primera etapa) y después cambia (segunda etapa) por la interpretación alegórica por la influencia de San Jerónimo, pero sin condenar la que abandonó.

El P. Alcañiz dice al respecto: “Bien se puede imaginar el efecto del campanazo de San Jerónimo en San Agustín (354-430). El joven Agustín había naturalmente abrazado el milenismo, común en la Iglesia Afra: pero en el libro XX de la Ciudad de Dios, escrito después de los más graves y ásperos comentarios antikiliastas de San Jerónimo, San Agustín se retira del milenismo y fragua la interpretación alegórica del Cap. XX del Apokalipsi que después expondremos; pues se sabe cuánta deferencia mostró  el Doctor africano a los comentarios exegéticos del ermita palestinense que poseía las dos lenguas que él ignoraba, griego y hebreo”. (Ibídem, p.316).

Así pues, vemos cómo San Agustín cambia de parecer, pero sin reprobar su antigua visión y sin confundir en uno solo, como lo hizo San Jerónimo en una visión unívoca y errónea debido a la perspectiva de Orígenes, el genio del alegorismo, dada la mala experiencia que tuvo en su vida por el literalismo exegético crudo y duro al extremo de mutilarse castrándose, y de seguir en esas acabaría decapitándose en consecuencia; luego no le quedaba más alternativa que alegorizar. Esta es la triste historia del alegorismo exegético. Y por esas ironías de la historia estamos mentalmente castrados en materia exegética, luego en situación peor que el padre del alegorismo, que por propia voluntad (aunque errónea) lo fue físicamente, mientras hoy se es mentalmente castrado, pero involuntariamente.

Dice así, el P. Alcañiz sobre este cambio de San Agustín: “Mudó después de opinión; pero conociendo mejor que Jerónimo la historia del kiliasmo, resolvió la cuestión, distinguiendo los dos milenismos: el craso que condena netamente, y el espiritual, que califica de ‘tolerable en cierto modo…’ con tal que instituya gozos espirituales y no deleites carnales’ ”. (Ibídem, p.317).

Resta como objeción contra el milenarismo, el decreto del Santo Oficio, pues tras San Jerónimo y San Agustín la historia exegética predominante siguió a estos dos eminentes doctores sin mayor contraposición quedando sepultado prácticamente el Milenarismo Patrístico y como cuasi excomulgado y condenado por los dos decretos de Roma.

 

Al respecto el P. Castellani manifiesta: “Hubo hace poco dos decretos para la América del Sur de una Sacra Congregación Romana en que prohíbe enseñar como ‘peligroso’ (sin condenarlo como ‘erróneo’) una especie de milenismo. ¿Qué especie? Aquel que ‘Cristo reinará corporalmente en la tierra’, dice el primer decreto informativo al arzobispo de Chile; ‘visiblemente’ corrige el 2° decreto, extendido a toda América del Sur (11-VII-1941) y (28-VII-1944). La corrección del adverbio ‘corporáliter’ sustituido por ‘visibíliter’ es fácil de comprender. El alegorista que redactó el primer decreto no advirtió quizá que sin querer se condenaba a sí mismo. En efecto, los alegoristas o antimilenistas sostienen como hemos visto que el profetizado Reino de Cristo en el universo Mundo es este de ahora, es la Iglesia actual. ¿Y cómo reina Cristo en este reino? Reina desde el Santísimo Sacramento. ¿Está allí corporáliter? Sí. Había que corregir rápidamente eso. Está pues prohibido enseñar en Sudamérica que Cristo reinará visiblemente desde su trono en Jerusalén sobre todas las naciones; presumiblemente con su ministro de Agricultura, de Trabajo y previsión y hasta de guerra si se ofrece. Muy bien prohibido. Teología a la Fulton Sheen. ‘Teología para negros’, llama a este fábula Ramón Doll. Con perdón de los negros. Ningún Santo Padre milenista ­-y hay muchos, como hemos visto- o quier escritor actual serio, ha descripto así el Reino de Cristo”. (La Igl. Patr. …, p. 350-351).

El P. Eusebio de Pesquera aclara sobre el valor de la prohibición: “Respuesta: -‘Esa opinión del Milenarismo mitigado no se puede enseñar sin reparos’. La expresión latina ‘tuto doceri non posse’ resulta difícil de traducir con exactitud. Pero resulta evidente que con ella se quiere eludir un claro pronunciamiento doctrinal sobre la ortodoxia o heterodoxia del milenarismo mitigado. Sólo se pone en guardia contra él, para que sus opiniones, o más bien sus puntos de vista sobre el sentido de tantos pasajes escriturarios, no se enseñen normal y tranquilamente en los centros escolares de la Iglesia. (…) Aquí viene bien lo de ‘no ser más papistas que el Papa’. Dejemos las cosas en su punto, y no queramos tener por definido lo Roma no ha querido definir”. (Maran Atha ¡El Señor viene!, ed. Círculo, Zaragoza 1982, p. 85).

Igualmente el P. Antonio van Rixtel dice lo mismo: “Con todo estamos aquí frente a una resolución disciplinaria de alcance restringido: 1° No se trata de la doctrina del Reino, sino que se declara solamente que es peligroso enseñar un punto determinado de ella, a saber, el punto característico del Milenarismo mitigado. 2° Es pues, una medida disciplinaria que prohíbe la enseñanza de este punto característico del Milenarismo por ser peligroso. 3° Este peligro procede, pues, no de la doctrina del Reino como tal, sino del punto determinado que, como se ve, afecta a los milenaristas mitigados. (…) “Y ¿por qué es peligroso enseñar esto? La medida disciplinaria no lo dice expresamente. Pero es muy claro que esto tiene que ser un peligro que se sigue inmediatamente de aquella enseñanza milenarista, por mitigada que sea, la cual sostiene que Cristo (con sus santos o sin ellos) ha de venir visiblemente a esta tierra a reinar, antes del Juicio Final”. (Gaviglia Cámpora, Tercer Milenio – El Misterio del Apocalipsis, ed. Gladius, Buenos Aires 1995, p. 510-511).

El peligro consiste principalmente según el P. Antonio van Rixtel en el milenarismo judaizante y craso de los primeros siglos.

El motivo del segundo decreto fue para corregir el error manifiesto del primero como lo hace ver el P. Castellani con cierta ironía: “Son dos disciplinares, no doctrinales; es decir, son órdenes, y dicen que el milenismo espiritual no se puede enseñar sin peligro en esos paisuchos, nada más. Eso fue lo que fulminó al pobre Martínez Zubiría, José Ignacio, y al Padre Straubinger y a varios otros. Se asustaron, se calláron la boca y no dijeron nada. Esos dos decretos están firmados por el Card. Pizzardo (o Pizzapardo, como le decían en Roma) y define mal el milenismo, pues el primero dice que los que enseñan que Jesucristo va a reinar durante mil años en la tierra ‘corporalmente’ son peligrosos y eso no se debe enseñar. Ahora bien, alguien le hizo notar al Card. Pizzardo que se estaba ‘condenando a sí mismo’ porque según ellos la Iglesia actual es el Reino de los 1000 años, y ahora Cristo reina en el Smo. Sacramento corporalmente. También le advirtieron al Card. Marchetti Selvaggiani que por condenar a los milenistas espirituales se estaba condenando a sí mismo; y entonces cambiaron corporáliter por visibíliter, que no va a reinar visiblemente en la tierra durante mil años. Pero ningún milenista espiritual enseña que Jesucristo reinará visiblemente en el mundo con un Ministro Agricultura o de Bienestar Social y de todas esas cosas. Nadie dice eso”. (Catecismo para Adultos, ed. Patria Grande, Buenos Aires 1979, p. 178-179).

Y a continuación expone el P. Castellani el Milenarismo Patrístico (de muchos varones eclesiásticos y mártires) Que ni el mismísimo y fulminante San Jerónimo se atrevía a condenar: “Todos dicen que van a resucitar una parte de los muertos (los mártires de los últimos tiempos) y ellos van a gobernar la tierra pero no como gobernantes ordinarios sino apareciéndose a los ‘viadores’, a los mortales que van a quedar; van a quedar mortales durante Mil años y van a procrear  gente y van hacer numerosos los cristianos que vivan en ese tiempo de la Iglesia, pero van a gobernar los obispos y los curas, como siempre. Se van a aparecer los resucitados como Jesucristo se apareció después de su resurrección a los Apóstoles. Y esas solas apariciones van a poner una prosperidad increíble en la Iglesia”. (Ibídem, p.178-179).

Esto es el Triunfo Pleno, Total y Universal de Cristo Rey por derecho y de hecho; es el Triunfo del Sagrado Corazón que a su vez se identifica con el de los Sagrados Corazones de Jesús y María y del tan esperado Triunfo del Inmaculado Corazón de María.

Esta es la única, valedera y verdadera Restauración de la Iglesia y de su Triunfo. Esta es la Bienaventurada Esperanza de San Pablo, apocalíptica y milenarista, igualmente es la realización de la Gran Profecía que trasunta toda las Sagradas Escrituras y el gran secreto anhelo de toda la historia de la humanidad para que se haga un único rebaño y bajo un solo Pastor. Esto es lo que se ha desdibujado por las herejías que han tergiversado el Apocalipsis y el Milenio Mesiánico de Cristo Rey, y que los alegoristas acérrimos y los Antimilenaristas en su cerrazón niegan y combaten encarnizada, febrilmente en su obcecada ignorancia.

El Apocalipsis como dicen la Sagradas Escrituras es la: “Revelación de Jesucristo, que Dios, para manifestar a sus siervos las cosas que pronto deben suceder, anunció y explicó, por medio de su ángel a su siervo Juan”. (Apoc. 1,1), y es: “Bienaventurado el que lee y los que escuchan las palabras de esta profecía y guardan las cosas en ella escritas; pues el momento está cerca”. (Apoc. 1,3) y lo repite al final: “Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro” (Apoc. 22,7). “¡Así sea: ven, Señor Jesús!”. (Apoc. 22,20). El que desprecia la inteligencia de las profecías peca contra el Espíritu Santo. Maran Atha, ¡El Señor Vuelve!

Basilio Méramo

Bogotá, 13 de Marzo de 2017